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Un turista confunde la llave del hotel y entra por error en la casa del alcalde durante San Fermín

Un turista confunde la llave del hotel y entra por error en la casa del alcalde durante San Fermín

Parte 1

Aquel siete de julio, Pamplona no parecía una ciudad, sino una olla exprés con pañuelo rojo.

Las calles estaban llenas de gente vestida de blanco, de vasos de plástico, de risas que rebotaban en las fachadas antiguas y de una música de charanga que parecía perseguir a cualquiera que intentara pensar con claridad. En los balcones colgaban banderas, camisetas secándose al sol y alguna abuela apoyada en la barandilla con esa expresión de “yo ya he visto de todo, pero esto cada año va a peor”.

Entre aquella marea humana caminaba Erik Madsen, turista danés de treinta y ocho años, dos metros de altura, piel de leche, pelo rubio aplastado por el sudor y una mochila que, después de seis horas de viaje, parecía contener piedras, ladrillos y todos sus arrepentimientos vitales.

Erik había llegado a Pamplona con una idea muy sencilla: vivir San Fermín “como un local”.

El problema era que ningún local viviría San Fermín con sandalias de trekking, una guía turística plastificada colgando del cuello y una camiseta que decía “I love España” comprada en el aeropuerto de Barajas.

—Perdón… sorry… disculpa… hotel… —murmuraba mientras intentaba avanzar por la calle Estafeta, esquivando a un grupo de jóvenes que cantaban algo que él no entendía, pero que sonaba a himno nacional de la resaca.

En una mano llevaba una llave antigua, grande, de metal oscuro, atada a un llavero de madera con el número 3 grabado a fuego. En la otra, un papel arrugado donde alguien de recepción había escrito una dirección con una caligrafía que, a esas alturas, podía ser una calle, una receta médica o una amenaza.

“Calle Mayor, número 18. Segunda puerta. Casa Norte.”

O eso creía leer.

El hotel se llamaba “Casa Norte Boutique Rooms”, un nombre que a Erik le había parecido encantador cuando reservó por internet. En las fotos aparecían camas blancas, vigas de madera, desayuno artesanal y una mujer sonriente sosteniendo una taza de café como si la vida no tuviera facturas.

La realidad había empezado a torcerse al llegar a la recepción provisional del hotel, instalada en una tienda de recuerdos porque el edificio principal, según le explicó un chico con ojeras y voz de haber dormido en una silla, estaba “en obras menores”.

—¿Obras menores? —preguntó Erik.

—Sí, bueno, una gotera.

—¿Grande?

—Depende de lo que usted entienda por grande.

El recepcionista le entregó una llave antigua, le señaló algo en un mapa y le dijo:

—Usted va todo recto, luego gira donde vea el bar con el toldo rojo, sube una cuesta, segunda puerta a la derecha. No tiene pérdida.

Erik, que venía de un país donde “no tiene pérdida” significaba que realmente no tenía pérdida, sonrió confiado.

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