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Un músico callejero de Barcelona encuentra un bolso lleno de diamantes falsos y la policía no le cree nada

Un músico callejero de Barcelona encuentra un bolso lleno de diamantes falsos y la policía no le cree nada

PARTE 1

A Marc Rovira le gustaba decir que Barcelona era una ciudad donde uno podía tocar la guitarra durante tres horas, recibir doce monedas, dos consejos no pedidos, una petición de “Despacito” y, con suerte, un bocadillo de tortilla envuelto en servilleta de bar. No lo decía con amargura. Lo decía con la serenidad de quien había aprendido que la dignidad, cuando se vive de la música callejera, no siempre viene en billetes, pero a veces huele a pan tostado.

Aquella tarde, en el Barrio Gótico, la humedad se había quedado pegada a las piedras como si alguien hubiese pasado una fregona gigante por toda la ciudad y luego se hubiese olvidado de abrir las ventanas. Las callejuelas brillaban bajo las farolas, los turistas caminaban mirando hacia arriba con el mismo respeto con que uno mira una catedral o un menú sin precios, y Marc tocaba junto a una esquina cercana a la Plaça del Rei, sentado en su taburete plegable, con la funda de la guitarra abierta delante.

Llevaba una chaqueta vaquera gastada, una bufanda que había sido roja en algún momento de su vida y unas botas que sonaban como si protestaran cada vez que daba un paso. Tenía treinta y pocos, barba de tres días permanente y esa expresión de persona que no sabe si el mundo le cae simpático o le debe dinero.

 

Estaba tocando una versión muy sentida de una rumba catalana cuando una mujer de Valladolid se detuvo, le sonrió y le dijo:

—Qué bonito, hijo. ¿Es de los Gipsy Kings?

Marc siguió tocando, tragó saliva y contestó con una sonrisa profesional.

—Es mía, señora.

—Ah, pues se parece mucho a una que escuché en Benidorm.

—La inspiración viaja.

La mujer le echó cincuenta céntimos y se marchó con la satisfacción de haber apoyado el arte independiente sin poner en riesgo su economía familiar.

Marc miró la moneda caer sobre otras dos monedas de veinte, una de diez, un botón que alguien había dejado como si fuera una divisa aceptada, y un papelito doblado que decía “Ánimo, artista”. Lo leyó por tercera vez en la tarde.

—Ánimo tengo —murmuró—. Lo que me falta es alquiler.

A su lado, apoyado contra la pared, estaba Dani, un mimo que trabajaba tres calles más abajo pero que descansaba allí porque, según él, “los turistas en esta zona te miran como si fueras parte del patrimonio, pero no sueltan ni un euro”. Dani iba pintado de blanco de cuello para arriba y llevaba guantes negros. Se había quitado el sombrero y comía patatas fritas de una bolsa con una solemnidad casi religiosa.

—Hoy está flojo —dijo Dani.

—Hoy, ayer, el trimestre entero y posiblemente la historia de la música acústica en espacios públicos.

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