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Un joven de Granada presenta a su nueva novia sin saber que ella es la jefa que acaba de despedir a su propio padre

Un joven de Granada presenta a su nueva novia sin saber que ella es la jefa que acaba de despedir a su propio padre

PARTE 1

En Granada las tragedias familiares nunca entran por la puerta principal. Se cuelan por la cocina, se sientan al lado del pan, huelen el puchero y esperan a que alguien diga: “Bueno, ¿y qué tal el trabajo?”. Eso lo sabía todo el mundo menos Mateo, que aquel sábado subía la cuesta hacia la casa de sus padres con una sonrisa tan grande que parecía que le habían dado plaza fija, hipoteca sin intereses y tapa gratis para toda la vida.

Iba agarrado de la mano de Clara, su nueva novia, y tenía esa mezcla de ilusión y miedo que tienen los granadinos cuando invitan a alguien de fuera a comer a casa: ilusión porque la comida de su madre era religión, miedo porque su madre era capaz de preguntarle a una desconocida por su nómina, su tensión arterial y sus intenciones matrimoniales antes de ponerle la servilleta.

—Tranquila —le dijo Mateo, apretándole suavemente la mano—. Mi familia es muy normal.

Clara lo miró de reojo.

—Eso no tranquiliza nunca. Todo el mundo dice que su familia es muy normal justo antes de que aparezca un tío con un acordeón o una madre que conserva yogures caducados por cariño.

—Mi madre no conserva yogures.

—¿No?

—Conserva tuppers. Pero con nombre y fecha. Es una mujer organizada.

 

Clara sonrió, aunque en realidad llevaba toda la mañana con el estómago encogido. No por conocer a los padres de Mateo, sino porque aquel día había empezado torcido. Muy torcido. A las nueve y veinte, en una sala acristalada de una empresa de logística industrial a las afueras de Granada, había tenido que comunicarle a un empleado veterano que la compañía prescindía de su puesto. Era una de esas conversaciones que nadie quiere tener, de esas donde las palabras “reestructuración”, “nueva etapa” y “decisión difícil” suenan como si alguien las hubiera sacado de un manual para quedar fatal con educación.

El hombre se llamaba Francisco Ortega, aunque todos en la empresa lo llamaban Paco. Tenía cincuenta y nueve años, bigote serio, manos de haber trabajado más que discutido y una dignidad que llenaba la sala más que la mesa ovalada. Clara había notado que él no era un número. Lo había notado desde que entró. Lo notó cuando dejó la carpeta sobre la mesa y dijo:

—Ya me imagino por dónde va esto.

Ella había tragado saliva.

—Francisco, de verdad que lo siento.

—Eso me lo creo —respondió él, con calma—. Lo que no sé es si me sirve.

Aquella frase se le había quedado clavada a Clara toda la mañana. Y ahora, mientras caminaba con Mateo por una calle estrecha donde una vecina regaba macetas como si estuviera apagando un incendio, Clara intentaba no pensar en el rostro de aquel hombre.

—¿Estás bien? —preguntó Mateo.

—Sí, sí. Un poco nerviosa.

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