Un joven de Granada presenta a su nueva novia sin saber que ella es la jefa que acaba de despedir a su propio padre
PARTE 1
En Granada las tragedias familiares nunca entran por la puerta principal. Se cuelan por la cocina, se sientan al lado del pan, huelen el puchero y esperan a que alguien diga: “Bueno, ¿y qué tal el trabajo?”. Eso lo sabía todo el mundo menos Mateo, que aquel sábado subía la cuesta hacia la casa de sus padres con una sonrisa tan grande que parecía que le habían dado plaza fija, hipoteca sin intereses y tapa gratis para toda la vida.
Iba agarrado de la mano de Clara, su nueva novia, y tenía esa mezcla de ilusión y miedo que tienen los granadinos cuando invitan a alguien de fuera a comer a casa: ilusión porque la comida de su madre era religión, miedo porque su madre era capaz de preguntarle a una desconocida por su nómina, su tensión arterial y sus intenciones matrimoniales antes de ponerle la servilleta.
—Tranquila —le dijo Mateo, apretándole suavemente la mano—. Mi familia es muy normal.
Clara lo miró de reojo.
—Eso no tranquiliza nunca. Todo el mundo dice que su familia es muy normal justo antes de que aparezca un tío con un acordeón o una madre que conserva yogures caducados por cariño.
—Mi madre no conserva yogures.
—¿No?
—Conserva tuppers. Pero con nombre y fecha. Es una mujer organizada.
Clara sonrió, aunque en realidad llevaba toda la mañana con el estómago encogido. No por conocer a los padres de Mateo, sino porque aquel día había empezado torcido. Muy torcido. A las nueve y veinte, en una sala acristalada de una empresa de logística industrial a las afueras de Granada, había tenido que comunicarle a un empleado veterano que la compañía prescindía de su puesto. Era una de esas conversaciones que nadie quiere tener, de esas donde las palabras “reestructuración”, “nueva etapa” y “decisión difícil” suenan como si alguien las hubiera sacado de un manual para quedar fatal con educación.
El hombre se llamaba Francisco Ortega, aunque todos en la empresa lo llamaban Paco. Tenía cincuenta y nueve años, bigote serio, manos de haber trabajado más que discutido y una dignidad que llenaba la sala más que la mesa ovalada. Clara había notado que él no era un número. Lo había notado desde que entró. Lo notó cuando dejó la carpeta sobre la mesa y dijo:
—Ya me imagino por dónde va esto.
Ella había tragado saliva.
—Francisco, de verdad que lo siento.
—Eso me lo creo —respondió él, con calma—. Lo que no sé es si me sirve.
Aquella frase se le había quedado clavada a Clara toda la mañana. Y ahora, mientras caminaba con Mateo por una calle estrecha donde una vecina regaba macetas como si estuviera apagando un incendio, Clara intentaba no pensar en el rostro de aquel hombre.
—¿Estás bien? —preguntó Mateo.
—Sí, sí. Un poco nerviosa.
—Normal. Mi madre impresiona al principio, pero luego es muy cariñosa. Te va a preguntar si comes de todo.
—Como de todo.
—Mal. Entonces te va a poner de todo.
—¿Y tu padre?
Mateo se rió.
—Mi padre es más tranquilo. Paco. Hombre de pocas palabras. Cuando está contento dice “bien”. Cuando está enfadado dice “bien, bien”. Y cuando está muy enfadado se queda callado y corta pan con una precisión preocupante.
Clara intentó reírse, pero la palabra “Paco” le rozó por dentro.
—¿Paco?
—Sí, Francisco, pero le da coraje que le digan Francisco. Dice que Francisco suena a cuando te llama Hacienda.
Clara dejó de caminar durante medio segundo. Mateo no lo notó porque estaba mirando el móvil, revisando por decimoséptima vez el mensaje de su madre: “NO LLEGUÉIS TARDE QUE EL ARROZ SE PASA Y TU PADRE ESTÁ RARO”.
—Mi madre dice que mi padre está raro —comentó Mateo—. Eso puede significar muchas cosas. La última vez era porque el Granada perdió y la vecina del segundo le dijo que el fútbol era solo un juego.
—¿Y no lo es?
Mateo se detuvo y la miró como si acabara de blasfemar en la Catedral.
—Clara, cariño, primera norma para sobrevivir en esta familia: hay frases que se piensan, pero no se dicen.
Ella levantó las manos.
—Apuntado.
La casa de los Ortega estaba en una calle de barrio donde todo el mundo sabía a qué hora volvías, con quién ibas y si habías engordado, aunque nadie te lo dijera directamente. La fachada tenía una buganvilla que la madre de Mateo, Carmen, llamaba “la niña”, porque según ella le daba menos disgustos que sus hijos.
Antes de que Mateo pudiera llamar al timbre, la puerta se abrió.
—¡Ya era hora! —dijo Carmen, apareciendo con un delantal y cara de haber mandado tres audios de WhatsApp sin que nadie le respondiera—. ¿Tú sabes la hora que es?
—Mamá, son las dos y cinco.
—Pues eso. Tarde.
—Te dije que llegaríamos a las dos.
—Y yo te dije que a las dos ya estuvierais dentro, sentados, con la bebida puesta y alabando mi arroz.
Carmen miró a Clara y cambió de expresión tan rápido que parecía que alguien le había encendido una luz por dentro.
—¡Ay, tú eres Clara! Pero qué mona. Pasa, hija, pasa. Mateo, aparta, que tapas la entrada como si fueras un armario empotrado.
—Encantada —dijo Clara, intentando sonar relajada.
—Encantada yo. Mira qué pelo más bonito. ¿Es tuyo?
—Mamá.
—¿Qué? Pregunto porque ahora hay extensiones buenísimas. Yo no juzgo, yo aprendo.
Clara soltó una risa sincera por primera vez en toda la mañana.
—Es mío.
—Pues hija, enhorabuena. Pasa, que aquí fuera nos escucha la Encarni y luego baja a por sal con el parte completo.
El salón olía a arroz, limón, madera antigua y televisión de fondo. Había una mesa preparada con vasos desparejados, platos buenos de domingo y un centro de flores de plástico que llevaba allí desde la comunión de Mateo. En una esquina, sentado en una silla con la espalda recta y la mirada perdida, estaba Paco.
Mateo entró con la energía de quien cree que trae buenas noticias.
—¡Papá!
Paco levantó la vista.
Y el mundo se paró.
No fue un parón de película con música dramática. Fue peor. Fue un silencio real, de esos que hacen que se oiga el zumbido de la nevera, una moto pasando por la calle y a Carmen en la cocina diciendo: “¿Quién ha movido la sal?”.
Clara se quedó inmóvil.
Paco también.
Mateo, que no captaba nada, sonrió más.
—Papá, esta es Clara.
Paco no respondió. Miró a Clara como si acabara de ver aparecer en su salón una factura que ya había pagado.
Clara abrió la boca.
—Buenas tardes.
Paco tardó un segundo eterno en contestar.
—Buenas.
Mateo miró a uno y a otra.
—¿Os conocéis?
Carmen apareció con una bandeja de aceitunas.
—¿Cómo se van a conocer? Granada es chica, pero tampoco es un ascensor.
Paco no apartó la vista de Clara.
—A veces sí lo es.

Carmen dejó la bandeja sobre la mesa.
—Paco, no empieces con frases de película francesa que tenemos arroz.
Mateo soltó una carcajada nerviosa.
—Papá está raro, ya me lo dijo mamá.
—No estoy raro —dijo Paco.
Carmen arqueó una ceja.
—Llevas desde las diez mirando una servilleta.
—Me gustaba el dibujo.
—Es blanca, Paco.
—Pues por eso.
Clara tragó saliva. Mateo le pasó un brazo por los hombros, orgulloso, completamente ajeno al terremoto que estaba empezando bajo las baldosas.
—Bueno, pues eso. Quería presentaros a Clara. Llevamos poco, pero… no sé, me hacía ilusión que la conocierais.
Carmen se emocionó inmediatamente, porque Carmen podía pasar de interrogarte a adoptarte en cuestión de segundos.
—Ay, mi niño. Siéntate, hija. ¿Quieres cerveza, agua, tinto con limón, una tila, una tila con cerveza?
—Agua está bien, gracias.
—Agua. Buena señal. Mateo, aprende.
Mateo protestó.
—Pero si yo bebo agua.
—Cuando te atragantas.
Todos se sentaron. Todos menos la normalidad, que se quedó en la puerta dudando si entrar o irse a tomar algo.
Paco cogió el cuchillo del pan.
Mateo miró a Clara y sonrió.
—¿Ves? Todo bien.
Clara le devolvió una sonrisa pequeña, pero sus ojos estaban clavados en la mesa.
Paco cortó una rebanada. Luego otra. Luego otra más.
Carmen lo observó.
—Paco, que somos cuatro, no viene una excursión del Imserso.
—Por si falta.
—Lo que falta aquí es que alguien diga qué pasa.
Mateo se rió.
—Mamá, no pasa nada.
Paco dejó el cuchillo lentamente.
—Mateo.
—¿Sí?
—¿De qué conoces a Clara?
Clara cerró los ojos un instante.
Mateo, feliz de contar una historia romántica, se inclinó hacia delante.
—Pues fue una casualidad preciosa. Nos conocimos en una cafetería cerca de Recogidas. Yo estaba trabajando con el portátil, ella pidió un café, se equivocaron de mesa, le trajeron el mío, empezamos a hablar…
—Le robaste el café a una mujer —interrumpió Carmen.
—No se lo robé.
—Eso en mi época era empezar mal, pero bueno.
Clara intentó ayudar.
—Fue un malentendido simpático. Él pidió café solo, yo con leche de avena, y el camarero nos miró como si estuviéramos complicándole la existencia.
Paco soltó una risa muy breve, sin alegría.
—Los malentendidos simpáticos están muy bien cuando no te cuestan el sueldo.
Mateo dejó de sonreír.
—¿Qué?
Carmen miró a Paco.
—Paco.
—No, Carmen. Ya que estamos todos tan simpáticos.
Clara habló por fin, con voz baja.
—Francisco, yo…
Paco levantó una mano.
—Paco. En mi casa, Paco.
Mateo miró a Clara.
—¿Por qué le has llamado Francisco?
Carmen se llevó una mano al pecho.
—Ay, madre mía.
Mateo parpadeó.
—¿Qué está pasando?
Paco miró a su hijo. Luego a Clara. Luego otra vez a su hijo.
—Que tu novia y yo nos hemos visto esta mañana.
Mateo sonrió, confundido.
—¿Dónde?
Paco apoyó las manos en la mesa.
—En mi empresa.
El silencio volvió. Esta vez entró sin pedir permiso, se sentó en medio de la mesa y metió el codo en el arroz.
Mateo se giró hacia Clara.
—¿Tu empresa?
Clara intentó hablar, pero no le salió nada. Carmen agarró el cucharón como quien agarra un micrófono en pleno drama.
Paco lo dijo despacio, como si cada palabra pesara un kilo.
—Clara es la jefa que esta mañana me ha despedido.
Mateo se quedó quieto, con la mano todavía rozando la de ella.
Y por primera vez en su vida, no supo si mirar a su padre, a su novia o al arroz, que seguía en la cocina pasando de punto como si también quisiera opinar.
PARTE 2
Mateo siempre había pensado que las situaciones imposibles eran cosas de series malas, de esas que su madre veía por la tarde mientras doblaba calcetines y decía “esto no hay quien se lo crea” sin dejar de mirar. Pero en aquel momento, sentado en el salón de sus padres, con su novia a la derecha, su padre enfrente y su madre sosteniendo un cucharón como si pudiera dirigir el tráfico emocional de la familia, entendió que la vida real tenía guionistas peores. Mucho peores. Y sin pausa publicitaria.
—¿Cómo que te ha despedido? —preguntó Mateo.
Lo preguntó mirando a Paco, aunque la respuesta estaba sentada a su lado, con las manos juntas sobre las rodillas.
Paco respiró hondo.
—Pues como suena. Esta mañana me han llamado a una reunión. He entrado con mi carpeta, porque yo soy tonto y todavía llevo carpeta, y allí estaba ella.
—No sabía que era tu padre —dijo Clara rápidamente.
—Claro —contestó Paco—. Normal. Yo tampoco sabía que eras la novia de mi hijo. Si lo llego a saber, me pongo colonia.
—Papá…
—¿Qué? Hay que causar buena impresión.
Carmen dejó el cucharón sobre la mesa con un golpe seco.
—Aquí nadie va a ponerse gracioso hasta que yo entienda el drama completo.
—Mamá, el drama está bastante claro —dijo Mateo, pasándose una mano por el pelo.
—No, claro no está. Clara, hija, ¿tú eres jefa jefa o jefa de esas que les dan un cargo para que se coman los marrones?
Clara respiró con dificultad.
—Soy directora de operaciones.
Carmen miró a Mateo.
—Has traído a una directora de operaciones a casa y no me has avisado para poner mantel bueno.
—Mamá, por favor.
—¿Qué? Una no recibe directores todos los días. Normalmente recibo al del butano y ya me parece importante.
Paco soltó una carcajada seca.
—Pues esta directora me ha operado el futuro estupendamente.
Clara bajó la mirada.
—Francisco…
Paco la señaló con un dedo, sin agresividad, pero con firmeza.
—Paco.
—Paco —corrigió ella—. Sé que no hay manera fácil de decirlo, pero la decisión no fue personal.
—Eso es lo que más gracia me hace —respondió Paco—. Que te quiten el trabajo no es personal. Debe de ser decorativo.
Mateo sintió que el pecho se le apretaba. Miró a Clara, luego a su padre. Quería decir algo maduro, equilibrado, algo que sonara a persona adulta capaz de gestionar conflictos. Lo único que le salió fue:
—Pero… ¿por qué?
Carmen asintió con fuerza.
—Eso. ¿Por qué? Porque Paco lleva en esa empresa desde antes de que tú nacieras. Y tú naciste tarde, que me tuviste tres días esperando y tu padre decía que ya venías con la malafollá granaina incorporada.
—Carmen —murmuró Paco.
—Déjame, que estoy contextualizando.
Clara levantó la cabeza. Tenía los ojos brillantes, pero no lloraba. Mateo conocía ese gesto. Clara era de las personas que se sostenían incluso cuando estaban a punto de romperse, como esas bolsas del súper que parece que aguantan hasta que llegas al portal y se te cae una sandía.
—La empresa está reduciendo costes. Han perdido dos contratos importantes. Se han fusionado departamentos. Yo llevo tres meses intentando salvar puestos, pero hoy nos obligaron a ejecutar varios despidos.
—Ejecutar —repitió Paco—. Qué palabra más bonita. Suena a informática, pero duele como una patada.
—Lo siento de verdad.
—Eso ya me lo has dicho esta mañana.
—Y lo sigo sintiendo.
—Pues mira qué bien. Ya somos dos sintiéndolo. Tú lo sientes y yo lo sufro.
Mateo tragó saliva.
—Papá, Clara no sabía…
Paco lo miró tan rápido que Mateo se encogió un poco.
—No sabía que yo era tu padre, no. Pero sabía que yo era alguien. Eso espero.
La frase cayó sobre Mateo con una fuerza inesperada. Clara cerró los ojos un segundo, herida, porque ahí no podía defenderse del todo. Era verdad. Paco no era solo el padre de Mateo. Era un hombre que había salido de su empresa con una carpeta en la mano y veintisiete años de antigüedad convertidos en un PDF.
Carmen, que solía arreglar el mundo con comida, se levantó de pronto.
—El arroz.
Mateo la miró.
—¿Qué?
—El arroz, Mateo. El arroz no tiene culpa de que tú hayas convertido la presentación de tu novia en un capítulo de sobremesa. Si se pasa, ya sí que tenemos tragedia.
—Mamá, ¿en serio te preocupa el arroz ahora?
—Me preocupáis todos. Pero el arroz es el único al que todavía puedo salvar.
Se fue a la cocina. Desde allí se la oyó abrir una tapa y murmurar:
—Ay, Señor, esto está más tenso que aparcar en el Albaicín un sábado.
Mateo se quedó con Paco y Clara en el salón. La televisión seguía encendida sin sonido. En la pantalla, un presentador sonreía exageradamente, como burlándose de ellos.
—Mateo —dijo Clara despacio—, no sabía que era tu padre. Te lo juro.
—Ya.
—Si lo hubiera sabido…
—¿Qué? —preguntó Paco—. ¿Me habrías despedido con más cariño?
—Paco, no quiero discutir con usted.
—Pues no haber venido a comer a mi casa después de dejarme sin nómina.
Mateo se levantó.
—Vale, vale. Un segundo. Necesito entender todo esto.
Paco apoyó la espalda en la silla.
—No tiene mucho misterio. Tu novia manda. Tu padre sobra. Tu madre ha hecho arroz para cuatro. España en miniatura.
—Papá, no hagas eso.
—¿Qué hago?
—Convertirlo en una frase graciosa para no decir que estás destrozado.
Paco se quedó callado.
Clara miró a Mateo con algo parecido a gratitud. En ese instante recordó por qué se había enamorado de él tan rápido. Mateo tenía una manera torpe pero limpia de mirar las cosas. Podía olvidarse las llaves dentro de casa, podía confundir suavizante con detergente y podía tardar quince minutos en decidir qué tapa pedir aunque fuera gratis, pero cuando había dolor delante, lo veía.
Paco se frotó la cara.
—Estoy cansado, hijo.
La voz le salió más baja, menos afilada.
—Esta mañana he salido de casa pensando que el mayor problema del día era que se me había acabado el café. Y a las diez y media estaba en la calle con una indemnización que no sé si me da para respirar tranquilo o para comprarme una bici y hacerme repartidor con ciática.
—No digas eso —dijo Carmen desde la cocina.
—¡Estoy dramatizando!
—¡Pues dramatiza sentado, que te sube la tensión!
Mateo soltó una risa breve, involuntaria. Clara también, aunque se tapó la boca como si reír fuera un delito. Paco la vio y, por un segundo, su gesto se ablandó. Solo un segundo.
Carmen volvió con la paellera, solemne, como si llevara una ofrenda de paz. La dejó en el centro de la mesa.
—Vamos a comer.
—Mamá…
—He dicho que vamos a comer. En esta casa se han discutido herencias, goteras, comuniones, multas de la zona azul y una vez si Raphael canta mejor en directo o grabado. Y siempre se ha comido.
—Esto es distinto —dijo Mateo.
—Todo es distinto hasta que tienes hambre.
Clara se levantó.
—Quizá debería irme.
Mateo se giró hacia ella.
—No.
Paco también habló, casi al mismo tiempo.
—Sí.
Carmen los miró a los tres.
—Nadie se va. Si se va ahora, esto se queda como una espina. Se sienta, come un poco, hablamos como personas y luego cada uno se va a llorar a su cuarto o a donde le corresponda.
Clara dudó.
—No quiero incomodar más.
Carmen la miró con una mezcla de firmeza y ternura.
—Hija, ya has llegado al nivel máximo. A partir de aquí solo puedes mejorar.
Mateo le apartó la silla.
—Quédate. Por favor.
Clara se sentó lentamente. Paco la observó, pero no volvió a protestar.
Comieron al principio en un silencio extraño. Carmen servía platos con energía militar.
—Paco, tú más pollo.
—No tengo hambre.
—Tú más pollo.
—Carmen.
—Más pollo he dicho.
A Clara le sirvió un poco menos, no por falta de cariño, sino porque estaba evaluando si podía tragar.
—Clara, si no puedes comer, lo entiendo. Pero prueba al menos. Que una cosa es despedir a mi marido y otra despreciarme el arroz.
Clara casi se atragantó.
—Está muy bueno.
—Claro que está bueno. Yo no despido a nadie, pero cocino que da gusto.
Mateo la miró.
—Mamá…
—Estoy siendo amable.
—Tienes una forma curiosa de ser amable.

—La amabilidad sin sinceridad es de Madrid.
Paco tosió para disimular una risa. Mateo lo vio y sintió una pequeña esperanza, absurda pero real. Tal vez aquello no se rompiera del todo. Tal vez solo se deformara.
Clara dejó el tenedor.
—Paco, puedo explicarle mejor lo que ocurrió. No para justificarlo. Para que sepa que no fue una decisión tomada a la ligera.
Paco la miró durante varios segundos.
—Habla.
Mateo contuvo la respiración.
Clara se enderezó.
—Cuando entré en la empresa, ya había un plan de recorte. Venía impuesto desde la central. Había una lista inicial con once nombres. Yo conseguí reducirla a seis. Intenté recolocar a tres personas. En su caso, el problema fue que su departamento se externaliza a partir del mes que viene.
—Mi departamento —repitió Paco—. Mi mesa, mis rutas, mis proveedores, mis llamadas a las siete de la mañana, mis broncas con almacén porque nadie encuentra un palé aunque lo tenga delante. Todo eso ahora se externaliza. Qué palabra más cómoda.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. Lo gestionas, que es distinto.
Clara aceptó el golpe en silencio.
Mateo se inclinó hacia delante.
—¿No hay ninguna opción? ¿Algún puesto interno, algo temporal, una consultoría?
Paco lo miró.
—Hijo, no me conviertas en proyecto.
—No es eso.
—Sí es eso. Me estás mirando como cuando arreglas el router apagándolo y encendiéndolo. Hay cosas que no se reinician.
Carmen, que hasta entonces había fingido ocuparse de las aceitunas, levantó la vista.
—Paco, tampoco te entierres antes de tiempo. Tú vales mucho.
—Para ti.
—Para mí y para cualquiera con dos dedos de frente.
—Pues la empresa parece que tiene uno y medio.
Clara respiró hondo.
—Hay una posibilidad.
Todos la miraron.
—No quiero prometer nada, porque sería irresponsable. Pero hay un proyecto nuevo con proveedores locales. No es el mismo puesto y no sé si se aprobará, pero alguien con su experiencia podría encajar como coordinador externo durante seis meses.
Paco soltó una risa amarga.
—Ahora soy externo. Esta mañana era despedido y a la hora del arroz soy externo. Estoy subiendo de categoría.
—No quería decirlo así.
—Ya.
Mateo miró a Clara con urgencia.
—¿Es real?
—Sí. Pero no depende solo de mí.
Paco dejó el tenedor.
—Mira, Clara. Agradezco el intento, supongo. Pero no quiero migajas por ser el padre de tu novio.
—No serían migajas.
—¿Y qué serían?
Clara sostuvo su mirada.
—Sería reconocer que la empresa se equivoca si pierde toda la experiencia de golpe.
Aquello cambió algo en la habitación. No lo arregló, pero lo movió. Paco no respondió enseguida.
Carmen, aprovechando el hueco, metió una cucharada de arroz en su plato.
—Come, Paco. Que con dignidad y el estómago vacío no se llega ni a Armilla.
Mateo miró a Clara. Clara lo miró a él. Entre ambos había ahora algo nuevo: no solo amor reciente, no solo deseo y cafés mal servidos, sino una grieta por la que se veía el mundo real, con sus facturas, sus padres, sus cargos y sus consecuencias.
Entonces sonó el timbre.
Los cuatro se congelaron.
Carmen cerró los ojos.
—Como sea la Encarni, yo me mudo.
Mateo se levantó.
—Voy yo.
Abrió la puerta y encontró a su hermana Laura con una bolsa de pasteles y cara de venir preparada para cotillear.
—¡Sorpresa! Mamá me dijo que venía la novia. He traído piononos.
Miró hacia dentro, vio a Clara, vio a Paco, vio el ambiente funerario con arroz, y sonrió lentamente.
—Uy. ¿Qué me he perdido?
Carmen apareció detrás de Mateo.
—Laura, hija, hoy no.
Laura entró de todos modos.
—Eso significa que hoy sí.
PARTE 3
Laura Ortega tenía treinta y dos años, una capacidad natural para llegar en el peor momento y una teoría personal según la cual en todas las familias había secretos, pero en la suya los secretos duraban poco porque su madre hablaba muy alto por teléfono. Trabajaba como profesora de secundaria y tenía la mirada entrenada de quien podía detectar una mentira adolescente a veinte metros. En cuanto entró en el salón, entendió que allí había pasado algo gordo.
—Buenas —dijo, mirando a Clara—. Tú debes de ser la novia.
Clara se levantó con educación.
—Clara. Encantada.
Laura le dio dos besos y notó que la chica estaba fría como la barandilla de Sierra Nevada en enero.
—Encantada. Yo soy Laura, la hermana. La que pregunta menos que mi madre pero con más precisión.
—Laura —advirtió Mateo.
—¿Qué? Estoy saludando.
Laura dejó los piononos sobre la mesa y se fijó en Paco.
—Papá, tienes cara de haber visto al casero.
Paco señaló a Clara con un gesto mínimo.
—Peor.
Laura miró a Clara, luego a Mateo, luego a Carmen. Su sonrisa se ensanchó.
—No me digáis que es inspectora de Hacienda.
—Ojalá —murmuró Paco.
Carmen le dio un manotazo suave en el hombro.
—No digas tonterías.
Mateo se pasó las manos por la cara.
—Laura, Clara es la jefa que ha despedido a papá esta mañana.
Laura se quedó quieta.
Por primera vez desde que había entrado, no dijo nada.
Aquello impresionó tanto a Carmen que murmuró:
—Milagro.
Laura parpadeó despacio.
—Perdona. Estoy procesando. ¿Tú has traído a casa a tu novia, que resulta ser la persona que ha echado a papá del trabajo, y nadie sabía nada?
—Correcto —dijo Paco.
—Mateo, hijo, tú cuando haces una presentación, la haces con giro final.
—Yo no sabía nada.
—Eso lo mejora y lo empeora a la vez.
Clara tomó aire.
—De verdad que lo siento. Yo tampoco sabía que Paco era su padre.
Laura la observó con atención. No había burla en sus ojos, solo curiosidad afilada.
—¿Y lo despediste tú personalmente?
—Sí.
—Uf.
—Laura —dijo Carmen.
—No, mamá, uf es una respuesta moderada. Tengo otras.
Mateo se puso entre ambas, aunque nadie se estaba moviendo.
—Por favor, no convirtamos esto en un juicio.
Laura lo miró.
—Mateo, cariño, esto es Granada. Aquí un juicio empieza con “yo no quiero meterme” y acaba con media calle opinando.
Como si la hubiera escuchado, desde el patio interior llegó una voz de vecina.
—¡Carmen! ¿Va todo bien?
Carmen cerró los ojos con desesperación.
—¡Sí, Encarni!
—¡He oído lo de despedido!
Paco miró al techo.
—Fantástico.
Carmen fue hacia la ventana.
—¡Encarni, métete en tus lentejas!
—¡No son lentejas, es cocido!
—¡Pues métete más hondo!
Laura se sentó como quien compra entrada para el teatro.
—Esto va a ser histórico.
Clara seguía de pie. Mateo se acercó a ella.
—¿Quieres salir un momento? Podemos dar una vuelta.
Paco soltó una risa amarga.
—Claro. Id a pasear. Yo mientras celebro mi nueva disponibilidad laboral.
Mateo se giró.
—Papá, no es justo.
—¿Qué parte?
—Que la ataques a ella como si hubiera venido aquí a humillarte.
Paco se levantó también.
—No la ataco. Estoy intentando no hacerlo, que es distinto.
—Pues no se nota mucho.
—Mateo —intervino Clara, suave—. No pasa nada.
—Sí pasa.
Paco apoyó las manos en el respaldo de la silla.
—¿Sabes qué pasa, hijo? Que esta mañana yo era tu padre. Un padre con sus problemas, su trabajo, sus manías, sus dolores de espalda y su orgullo. Y ahora, de repente, soy un obstáculo romántico. El pobre hombre que complica tu historia de amor.
Mateo abrió la boca, pero no encontró respuesta.
—No eres un obstáculo.
—Pues me estás mirando como si lo fuera.
Carmen se volvió desde la ventana.
—Paco, Mateo también está en medio.
—Ya lo sé.
—Y Clara también.
—También lo sé.
—Pues entonces deja de repartir culpas como si fueran croquetas.
Laura levantó un dedo.
—A favor de las croquetas, que conste.
Carmen la fulminó con la mirada.
—Tú come piononos y calla.
Laura obedeció a medias. Abrió la caja, cogió uno y se lo ofreció a Clara.
—¿Quieres? En esta familia el azúcar se usa como mediación.
Clara negó con una sonrisa triste.
—Gracias.
Laura se comió el pionono de un bocado pequeño, evaluando.
—Vale. Propongo hablar por turnos.
—Esto no es clase —dijo Mateo.
—Precisamente por eso hace falta orden. En clase, al menos, si uno grita le pongo un parte. Aquí como mucho mamá saca más pan.
Carmen asintió.
—Puedo sacar más pan.
Paco se sentó otra vez. Mateo también. Clara quedó de pie un segundo más y luego volvió a su silla.
Laura se limpió los dedos con una servilleta.
—Papá, tú primero. Sin frases de mártir andaluz, por favor. Ya sabemos que sufres muy bien.
Paco la miró.
—Qué hija más agradable tengo.
—La genética no perdona.
Paco respiró hondo. Esta vez no habló mirando a Clara, sino a la mesa.
—Estoy enfadado. No solo por el despido. Por cómo te hacen sentir. Entras en una sala siendo una persona y sales siendo un expediente. Te dicen que has sido muy valioso, que agradecen tu compromiso, que la decisión no refleja tu rendimiento. Y tú piensas: si soy tan valioso, ¿por qué me voy con una caja?
Nadie lo interrumpió.
—He dado media vida a esa empresa. Me he perdido cumpleaños, cenas, médicos, hasta una actuación de Laura en el colegio porque se cayó un camión en Loja y tuve que arreglar el desastre. Y hoy me han dicho que mi puesto ya no encaja. Como si yo fuera un mueble viejo.
Carmen bajó la mirada. Laura dejó el pionono en el plato.
Paco continuó:
—Y luego entra mi hijo por la puerta con la persona que me lo ha dicho. Y sonríe. Y me dice que está enamorado. ¿Qué hago yo con eso?
Mateo sintió que algo se le partía por dentro.
—Papá…
—No te culpo. Pero tampoco puedo fingir que me da igual.
Laura asintió lentamente.
—Bien. Eso ha sido claro.
Carmen se secó una lágrima con rabia, como si le molestara haberla soltado.
—Clara.
Clara levantó la cabeza.
—No sé por dónde empezar.
—Por la verdad —dijo Carmen—. Pero sin palabras de empresa, hija, que me dan gases.
Clara soltó una risa pequeña, inesperada.
—Vale. Sin palabras de empresa. Entré en ese puesto porque pensé que podía mejorar las cosas. Mi padre también perdió el trabajo cuando yo era adolescente. Una fábrica cerró de un día para otro. Recuerdo a mi madre haciendo cuentas en una libreta, recuerdo las discusiones bajitas en la cocina, recuerdo fingir que no escuchaba. Por eso odio hacer lo que hice esta mañana.
Paco la miró con más atención.
—No lo digo para dar pena. Lo digo porque sé que detrás de un despido hay una casa entera moviéndose. Hoy, cuando Paco salió de la sala, yo me quedé diez minutos sin poder levantarme.
—Pero te levantaste —dijo Paco.
—Sí. Porque tenía que despedir a cinco personas más.
La crudeza de la frase dejó el salón sin aire.
Carmen se llevó una mano a la boca.
—Ay, hija.
Clara siguió:
—No soy una villana. Pero tampoco quiero parecer inocente. Firmé. Estuve allí. Di la cara. Y entiendo que Paco me odie un poco.
—No he dicho que te odie —murmuró Paco.
—Pero podría entenderlo.
Mateo la miró con un dolor nuevo. Había conocido a Clara en cafés, paseos, cines, mensajes de madrugada y bromas tontas. La había visto segura, brillante, divertida. No la había visto cargar con el peso de decisiones que afectaban a otras familias. Y se dio cuenta de que enamorarse de alguien no era solo querer su parte luminosa, sino descubrir también sus habitaciones difíciles.
Laura, que tenía menos paciencia para el romanticismo que un funcionario a las dos menos cuarto, carraspeó.
—Mateo, te toca.
—¿A mí?
—Sí, Romeo de Plaza Nueva. Tú has traído el terremoto, algo tendrás que decir.
Mateo miró a todos. Por un segundo pareció el niño que se había roto un jarrón y quería culpar al viento.
—No sé qué decir.
—Algo más largo —dijo Laura.
Mateo respiró.
—Quiero a papá. Y quiero a Clara.
Carmen se llevó otra mano al pecho.
—Ay.
—No así, mamá. No hagas música de violines.
—Perdón.
Mateo siguió:
—Sé que suena absurdo porque llevamos poco, pero con Clara me siento… no sé. Tranquilo y despierto a la vez. Como cuando bajas por Gran Vía de noche y la ciudad parece tuya, aunque sepas que no tienes ni para aparcar.
Laura sonrió.
—Eso ha sido bonito y pobre.
—Gracias. Y con papá… papá siempre ha estado ahí. A su manera. Gruñendo, arreglando cosas que no estaban rotas, diciéndome que estudiara algo con salidas como si la vida fuera una rotonda. No puedo poner a uno contra otra. No quiero.
Paco lo observó en silencio.
—Pero tampoco puedo fingir que esto no cambia nada —continuó Mateo—. Clara, necesito entender cómo trabajas, qué decides, qué no decides. Papá, necesito que no la reduzcas solo a lo peor que te ha pasado hoy. Y yo… yo necesito no sentirme culpable por querer a alguien.
Carmen lloraba ya sin disimulo.
—Mi niño habla como en la radio.
Laura le pasó una servilleta.

—Mamá, no estropees el momento.
—No lo estropeo, lo acompaño.
Paco miró a su hijo largo rato. Luego se volvió hacia Clara.
—¿Tú quieres a mi hijo?
Clara no dudó.
—Sí.
—¿Mucho o como ahora se quiere, con miedo al compromiso y compartiendo series?
—Mucho. Y también compartimos series.
Laura levantó el pionono.
—Respuesta válida.
Paco no sonrió, pero su expresión se movió un poco.
—Mi hijo es muy despistado.
—Lo sé.
—Se deja las luces encendidas.
—Lo sé.
—Compra aguacates duros y luego se enfada porque no maduran cuando él quiere.
—También lo sé.
Mateo se indignó.
—¿Podemos no hacer inventario de mis defectos?
Carmen intervino:
—No, que estamos empezando.
Paco miró a Clara.
—Y es buena gente.
—Eso lo sé más que todo lo demás.
La frase quedó suspendida. Paco bajó la vista.
En ese instante, el móvil de Clara vibró sobre la mesa. Todos lo miraron como si fuera una granada sin seguro.
—Perdón —dijo ella—. Es del trabajo.
Paco se rió sin ganas.
—Mira qué oportuno.
Clara miró la pantalla. Su rostro cambió.
Mateo lo notó.
—¿Qué pasa?
Clara leyó el mensaje dos veces.
—Es mi superior. Han adelantado la reunión del lunes. Quieren cerrar hoy los nombres del proyecto externo.
Paco se puso rígido.
—No.
Clara levantó la vista.
—Paco…
—No quiero caridad.
—No es caridad.
—Entonces no lo hagas delante de mí.
Mateo se levantó.
—Papá, puede ser una oportunidad.
—No quiero deberle nada a tu novia.
Clara habló con una firmeza nueva.
—No me debería nada a mí. Si entra, será porque sabe más que cualquiera sobre proveedores, rutas y problemas reales. Y porque yo puedo defenderlo con argumentos. No con cenas familiares.
Paco la miró como si intentara decidir si creerla era rendirse.
Carmen se acercó a él.
—Paco, mírame.
—Carmen…
—Mírame. Llevas toda la vida tragándote el orgullo para que esta casa siguiera adelante. No me vengas ahora con que aceptar una opción digna es rebajarte. Rebajarte sería quedarte quieto por cabezón.
Laura susurró:
—Mamá modo final boss.
Paco no respondió. Carmen le tomó la mano.
—No tienes que decidir ahora. Pero tampoco cierres una puerta solo porque la abre alguien que no esperabas.
El móvil volvió a vibrar. Clara no lo tocó.
Paco lo miró.
—Contesta.
—¿Está seguro?
—No. Pero contesta antes de que me arrepienta.
Clara cogió el móvil y se levantó.
—Voy al patio.
Carmen señaló la ventana.
—Y habla bajito, que la Encarni aprende LinkedIn en dos minutos.
Clara salió. Mateo quiso seguirla, pero Paco lo detuvo con una mirada.
—Déjala.
Durante unos segundos, solo se oyó la voz apagada de Clara en el patio. Palabras sueltas: experiencia, proveedores, transición, Granada, valor añadido. Carmen hizo una mueca.
—Ha dicho valor añadido.
Laura asintió.
—Una tila para mamá.
Mateo no se rió. Miraba la puerta del patio como si de aquella llamada dependiera no solo el trabajo de su padre, sino la posibilidad de que su vida no se partiera en dos.
Paco lo observó.
—La quieres de verdad.
Mateo asintió.
—Sí.
—Qué mala puntería tienes, hijo.
—Lo sé.
Paco suspiró.
—Eso también lo has sacado de mí.
PARTE 4
Clara volvió del patio con el móvil en la mano y una expresión que nadie supo interpretar al principio. No sonreía, pero tampoco parecía derrotada. En las familias españolas, esa clase de cara suele generar más ansiedad que una carta certificada.
—Bueno —dijo Carmen—. Habla antes de que a Paco le dé por cortar más pan.
Paco levantó las manos.
—Ya no tengo cuchillo.
—Porque lo he escondido.
—Muy normal todo.
Clara se sentó despacio.
—He hablado con mi superior. El proyecto sigue sin estar aprobado al cien por cien, pero necesitan presentar esta tarde un perfil técnico con experiencia real para justificarlo. Les he dicho que Paco podría ser la persona adecuada.
Paco apretó la mandíbula.
—¿Y?
—Me han pedido su currículum y un informe breve de funciones. No es una oferta todavía. Pero quieren revisarlo hoy.
Carmen se incorporó como si le hubieran dicho que había ganado un jamón.
—Pues se hace.
Paco la miró.
—¿Perdona?
—El currículum. Se hace.
—Carmen, mi currículum no se toca desde 2004.
Laura sonrió.
—Eso no es un currículum, papá, eso es arqueología.
—Yo puse lo importante.
—Seguro que pone “manejo de fax”.
Paco frunció el ceño.
—El fax era fundamental.
Mateo, por primera vez en una hora, soltó una risa limpia.
—Papá, te ayudo yo.
—No necesito que me hagáis un currículum como si fuera un adolescente buscando prácticas.
Carmen se cruzó de brazos.
—Necesitas que te quitemos la foto aquella con corbata marrón.
Paco se ofendió.
—Esa foto está bien.
—Paco, pareces el dueño de una gestoría triste.
Laura se levantó.
—Voy por el portátil.
—No hay portátil —dijo Paco.
Todos lo miraron.
—¿Cómo que no hay portátil? —preguntó Mateo.
—El mío tarda media hora en encenderse y hace un ruido como de lavadora con piedras.
Carmen chasqueó la lengua.
—Y tú diciendo que iba perfectamente.
—Perfectamente para su edad.
—Tiene la edad de Laura en la comunión.
Clara levantó tímidamente la mano.
—Yo tengo el mío en el coche.
El silencio fue inmediato.
Paco la miró.
—¿Vamos a hacer mi currículum en el portátil de la persona que me ha despedido?
Laura se llevó otro pionono a la boca.
—Reconoce que narrativamente es precioso.
Carmen señaló a Paco.
—Vamos a hacer tu currículum en el portátil que funcione. Como si es el del Papa.
—El Papa no usa portátil —murmuró Paco.
—¿Tú qué sabes?
Mateo se levantó.
—Voy con Clara a por él.
Salieron al portal. La calle estaba tranquila, con ese calor suave de Granada que se queda pegado en las paredes incluso cuando baja la tarde. Clara abrió el coche sin decir nada. Mateo la observó.
—¿Estás bien?
Ella sacó el portátil del asiento trasero.
—No lo sé.
—Yo tampoco.
Se quedaron junto al coche, sin moverse. Una vecina pasó con una bolsa de basura y los miró con descaro profesional.
—Buenas tardes.
—Buenas —respondieron los dos.
Cuando la vecina se alejó, Clara apoyó la espalda en el coche.
—Mateo, esto es demasiado. Lo entendería si quisieras parar. Si necesitaras tiempo.
Mateo bajó la mirada.
—Necesito tiempo. Pero no quiero parar.
—Tu padre me mira y ve el peor momento de su vida laboral.
—Hoy sí.
—¿Y mañana?
Mateo pensó antes de responder.
—Mañana quizá vea algo más. Mi padre es cabezón, pero no es injusto. Bueno, a veces sí. Una vez estuvo dos semanas enfadado con un camarero porque le puso hielo al vermut.
—Eso es bastante grave.
—No le des la razón, por favor, que te adopta.
Clara sonrió un poco.
—No quiero hacerte daño.
—Ya lo sé.
—Y no quiero que pienses que soy fría.
—No lo pienso.
—En el trabajo todos creen que lo soy.
Mateo se acercó.
—En el trabajo todos creen cosas. Mi madre cree que el microondas cambia el sabor del pan y nadie ha podido detenerla.
Clara soltó una risa breve, pero se le humedecieron los ojos.
—Esta mañana, cuando tu padre salió de la sala, quise correr detrás y decirle que lo sentía como persona, no como directora. Pero no lo hice. Porque en la empresa te enseñan a no mezclar. A hablar claro, cerrar carpetas, pasar al siguiente asunto.
—Y luego la vida te trae a comer arroz.
—Exacto.
Mateo le acarició la mano.
—Vamos arriba. Antes de que mi hermana convierta a mi padre en influencer laboral.
Cuando volvieron, Laura ya había despejado media mesa y Carmen había puesto café, porque en su casa cualquier crisis que durara más de veinte minutos requería café. Paco estaba sentado con los brazos cruzados, fingiendo que no participaba en algo en lo que claramente iba a participar.
Clara abrió el portátil. La pantalla iluminó la mesa como si empezara una operación delicada.
—Necesito saber sus funciones principales —dijo.
Paco levantó una ceja.
—¿Mis qué?
Laura se sentó a su lado.
—Lo que haces, papá.
—Trabajar.
—Más específico.
—Arreglar lo que otros estropean.
Mateo escribió.
—Eso no lo pongo.
—Pues es lo más exacto.
Carmen se inclinó.
—Pon que coordina rutas.
Clara asintió.
—Coordinación de rutas logísticas regionales.
Paco murmuró:
—Ya empezamos con palabras largas.
—Gestión de proveedores —añadió Clara.
—Y llamadas a Manolo el de Motril, que si no le insistes te manda las cajas cuando le sale del alma —dijo Paco.
Laura sonrió.
—Gestión de proveedores difíciles.
—Resolución de incidencias —dijo Mateo.
Paco señaló a su hijo.
—Eso sí. Incidencias muchas. Como cuando un camión se fue a Murcia porque el conductor confundió “Maracena” con “Molina de Segura”. No sé cómo, pero pasó.
Carmen resopló.
—Ese día llegaste a casa hablando solo.
—Porque nadie más me entendía.
Poco a poco, entre bromas y discusiones, Paco empezó a recordar cosas. No con orgullo al principio, sino con sorpresa. Había optimizado rutas antes de que nadie dijera optimizar. Había negociado con proveedores, formado a empleados nuevos, resuelto crisis de almacén, reducido retrasos, mantenido clientes que llamaban gritando y colgaban dando las gracias. Clara escribía rápido, transformando las historias de Paco en frases profesionales sin borrar del todo la humanidad que había detrás.
—No sabía que habías hecho todo eso —dijo Mateo.
Paco se encogió de hombros.
—Porque cuando llego a casa no voy diciendo: “Buenas noches, familia, hoy he salvado tres entregas y la dignidad del polígono”.
—Pues deberías —dijo Carmen—. Yo cuento hasta cuando encuentro tomates baratos.
Laura miró la pantalla.
—Papá, esto está quedando muy bien.
Paco hizo como que no le importaba, pero se acercó un poco más.
—¿Dónde pone lo del fax?
—En ningún sitio —respondieron todos a la vez.
El ambiente empezó a cambiar. No se volvió fácil, pero dejó de ser irrespirable. Clara seguía midiendo cada palabra, Mateo seguía pendiente de su padre, Paco seguía herido, Carmen seguía vigilando que todos comieran algo y Laura seguía disfrutando del caos con moderación pedagógica. Pero había movimiento. Y a veces, en una familia, el movimiento ya era una forma de esperanza.
Cuando terminaron, Clara envió el documento y el informe. Luego dejó el portátil cerrado y apoyó las manos encima.
—Ya está.
Paco miró la pantalla cerrada.
—Gracias.
La palabra salió pequeña, casi incómoda, como si Paco la hubiera encontrado en un bolsillo y no supiera qué hacer con ella.
Clara asintió.
—De nada.
—No significa que no siga enfadado.
—Lo entiendo.
—Ni que me parezca bien lo de esta mañana.
—También lo entiendo.
—Ni que vaya a llamarte Clara con confianza.
Carmen lo miró.
—Pero si se llama Clara.
—Pues lo diré serio.
Laura se rió.
—Gran avance diplomático.
El móvil de Clara vibró otra vez. Todos se quedaron quietos. Ella miró la pantalla.
—Es un correo.
Mateo se inclinó.
—¿Del trabajo?
Clara asintió. Lo abrió. Leyó. Su rostro se tensó primero y luego se relajó apenas.
—Quieren entrevistarle el lunes por la mañana. No prometen nada, pero les interesa.
Carmen dio una palmada.
—¡Lo sabía!
Paco se quedó inmóvil.
—¿Entrevistarme?
—Sí —dijo Clara—. Con dirección regional. Online o presencial, como prefiera.
Laura levantó la mano.
—Presencial. Online con el portátil lavadora no.
Paco parecía no saber si sentirse aliviado, humillado o ambas cosas.
—No sé si quiero.
Carmen se sentó junto a él.
—Sí quieres. Lo que no quieres es que parezca que lo necesitas.
Paco la miró.
—Llevas toda la tarde muy lista.
—Llevo treinta y cinco años casada contigo. Es como hacer un máster en cabezonería aplicada.
Mateo se acercó a su padre.
—Papá, no tienes que aceptar nada hoy. Solo haz la entrevista.
Paco miró a Clara.
—¿Y tú estarás?
—No. He pedido no participar. Para evitar cualquier conflicto. Solo envié el informe.
Paco asintió lentamente. Aquello le gustó, aunque no lo dijo.
—Bien.
Carmen sonrió.
—Pues ya está. El lunes entrevista. Hoy piononos.
Laura abrió la caja.
—Quedan dos.
—¿Cómo que quedan dos? —preguntó Carmen—. ¿Cuántos te has comido?
—Los necesarios para regular el estrés.
Paco cogió uno. Lo partió por la mitad y, después de dudar un segundo, le ofreció la otra mitad a Clara.
—Toma.
Clara lo miró sorprendida.
—Gracias.
—No te emociones. Es pequeño.
Mateo sonrió. Carmen fingió limpiarse la mesa para ocultar que volvía a llorar. Laura observó la escena como quien acaba de ver una tregua firmada con azúcar.
La tarde fue cayendo sobre Granada con esa luz dorada que hace que hasta las discusiones parezcan más antiguas y más sabias. Clara se quedó un rato más. No porque todo estuviera arreglado, sino porque irse de golpe habría sido admitir una derrota que nadie quería nombrar. Ayudó a Carmen a recoger los platos, aunque Carmen protestó.
—Tú siéntate, hija.
—De verdad, puedo ayudar.
—Ya has ayudado bastante con el currículum. Y también has liado bastante el almuerzo, pero eso lo iremos gestionando.
Clara sonrió.
—Me parece justo.
En la cocina, a solas por primera vez, Carmen bajó la voz.
—Clara.
—Sí.
—Mi marido es orgulloso. Mi hijo es sensible. Mi hija es una radio con piernas. Y yo… yo intento que no se me caiga la casa encima.
Clara dejó un plato en el fregadero.
—Lo siento mucho.
—Ya lo sé. Pero escúchame. Si quieres a Mateo, vas a tener que querer también un poco este lío. No todos los días, no todo a la vez. Pero sí entender que aquí las cosas se hablan alto, se sienten mucho y se arreglan despacio.
Clara asintió.
—Quiero intentarlo.
Carmen la miró con una ternura prudente.
—Entonces empieza por no prometer lo que no depende de ti. Y por no huir cuando Paco ponga esa cara de estatua ofendida.
—Lo intentaré.
—Y come más la próxima vez. Que has dejado medio plato y eso aquí cuenta como mensaje político.
En el salón, Paco y Mateo estaban solos. Laura había salido al patio para llamar a su pareja y contarle “solo lo básico”, lo que en su idioma significaba una crónica de cuarenta minutos.
Mateo se sentó junto a su padre.
—¿Estás mejor?
Paco miró hacia la cocina.
—No sé.
—Vale.
—Estoy menos peor.
—Eso en ti es casi euforia.
Paco resopló.
—No te pases.
Se quedaron en silencio un rato. Mateo miraba sus manos. Paco miraba el suelo.
—Hijo.
—¿Sí?
—No voy a decirte con quién tienes que estar.
Mateo levantó la vista.
—Gracias.
—Pero tampoco me pidas que mañana la invite a ver el fútbol.
—No te lo iba a pedir.
—Bien. Además no entiende de fútbol seguro.
—Papá, tú tampoco, pero gritas con convicción.
Paco lo miró mal, pero casi sonrió.
—Te ha salido respondón desde que tienes directora.
Mateo se rió.
Paco se puso serio otra vez.
—Solo te digo una cosa. No te pongas siempre en medio. Eso desgasta. Si ella se equivoca, díselo. Si yo me paso, dímelo. Pero no te conviertas en puente de todo el mundo, porque los puentes también se agrietan.
Mateo asintió despacio.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. Pero lo irás sabiendo.
Mateo apoyó una mano en el hombro de su padre.
—Lo siento.
—¿Por qué?
—Por haber llegado tan contento sin saber que tú estabas hecho polvo.
Paco tragó saliva.
—Tú no podías saberlo.
—Ya, pero aun así.
Paco le dio unas palmaditas torpes en la mano.
—Llegar contento no es un delito, Mateo. A veces hasta ayuda. Aunque hoy hayas elegido el peor día de la historia familiar desde que tu madre descubrió que yo voté una canción distinta en Eurovisión.
—Eso casi acaba en divorcio.
—Porque tu madre no acepta criterios musicales superiores.
Desde la cocina llegó la voz de Carmen:
—¡Te estoy oyendo!
Paco murmuró:
—Siempre está oyendo.
Clara y Carmen volvieron al salón. Laura entró del patio justo detrás.
—Dice Dani que esto parece una serie y que si hay segunda temporada quiere salir.
—Dile a Dani que traiga pan —respondió Carmen.
Clara miró a Mateo.
—Creo que debería irme.
Esta vez nadie protestó. No porque quisieran echarla, sino porque todos entendían que la tarde había dado ya más vueltas que un autobús subiendo al Sacromonte.
Mateo la acompañó a la puerta. Paco se levantó también, despacio.
Clara se giró hacia él.
—Paco, gracias por escucharme.
Paco metió las manos en los bolsillos.
—Gracias por hacer el informe.
—Ojalá el lunes vaya bien.
—Ya veremos.
Hubo una pausa incómoda. Carmen, desde atrás, movía las manos como si pudiera dirigir la despedida. Laura susurró:
—Abrazo no, abrazo no, es pronto.
Paco oyó perfectamente.
—Laura.
—Perdón.
Clara sonrió con timidez.
—Buenas tardes.
Paco asintió.
—Buenas tardes, Clara.
Lo dijo serio. Como había prometido. Pero lo dijo sin dureza.
Mateo bajó con ella hasta la calle. Cuando llegaron al portal, Granada olía a tarde, a piedra caliente y a bares preparando la noche. Clara se detuvo.
—No sé si les he caído bien.
Mateo soltó una risa.
—Mi madre te ha dicho que comas más. Eso es prácticamente una bendición.
—¿Y tu padre?
Mateo miró hacia la ventana de la casa. La cortina se movió de golpe. Seguramente Carmen, Laura y quizá Paco estaban mirando.
—Mi padre te ha dado medio pionono. En esta familia eso equivale a un tratado de paz provisional.
Clara respiró hondo.
—¿Y tú?
Mateo la miró. Ya no tenía la sonrisa ingenua con la que había llegado. Tenía otra cosa. Menos fácil, más verdadera.
—Yo sigo aquí.
Clara le tomó la mano.
—Yo también.
Arriba, en el salón, Paco observaba desde detrás de la cortina con Carmen a su lado.
—No espíes —dijo ella.
—Estoy vigilando la calle.
—Claro.
Laura se asomó por el otro lado.
—Se están dando la mano. Buena señal.
Paco gruñó.
—No retransmitas.
Carmen apoyó la cabeza en su hombro.
—El lunes irá bien.
—No lo sabes.
—No. Pero lo digo porque queda mejor que decir “a ver si no sale todo fatal”.
Paco se rió por fin. Una risa cansada, pequeña, pero risa.
—Vaya día, Carmen.
—Vaya día.
—Me han despedido, he conocido a la novia de mi hijo, me ha hecho el currículum la misma persona y ahora tengo una entrevista.
—Y se ha pasado un poco el arroz.
Paco la miró.
—Eso no lo digas fuera.
—No, hombre. Hay tragedias que se quedan en casa.
En la calle, Mateo y Clara empezaron a caminar despacio. No sabían qué iba a pasar el lunes, ni qué lugar ocuparía cada uno en la vida del otro cuando el golpe inicial dejara de doler. No sabían si Paco conseguiría aquel puesto, ni si Clara tendría que volver a tomar decisiones difíciles, ni si Carmen algún día contaría aquella comida sin exagerarla, cosa improbable, ni si Laura ya habría mandado tres audios titulados “no sabéis lo que ha pasado”.
Pero mientras bajaban por la calle, con Granada encendiéndose poco a poco alrededor, Mateo entendió algo sencillo y complicado a la vez: amar a alguien no siempre era elegir entre dos bandos. A veces era quedarse en medio del desastre sin convertir a nadie en enemigo. A veces era sostener una mano mientras la otra seguía buscando la forma de no soltar a tu familia.
Clara lo miró.
—¿En qué piensas?
Mateo sonrió, cansado.
—En que la próxima vez que te presente a alguien, primero voy a pedir historial laboral completo.
Ella se rió.
—Me parece razonable.
—Y árbol genealógico.
—También.
—Y antecedentes con mi madre.
—Eso no se puede prever.
—No. Mi madre es un fenómeno meteorológico.
Caminaron juntos hasta la esquina. Detrás de ellos, desde la ventana, Carmen gritó:
—¡Mateo! ¡Dile a Clara que el lunes me escriba!
Mateo cerró los ojos.
—Mamá, por favor.
Clara levantó la mano, riéndose.
—¡Lo haré!
Paco apareció detrás de Carmen, fingiendo que no quería aparecer.
—¡Y que revise lo del fax!
Laura soltó una carcajada tan fuerte que se oyó desde la calle.
Mateo miró a Clara, Clara miró a Mateo, y los dos empezaron a reírse con esa risa nerviosa de quienes han sobrevivido a una comida familiar española y todavía no saben si eso los hace más fuertes o simplemente más prudentes.
Granada siguió a lo suyo, que era ponerse bonita sin pedir permiso. Y en una casa de barrio, con una paellera por fregar, dos piononos desaparecidos y un currículum recién enviado, una familia entera empezó, muy despacio, a reorganizar sus heridas alrededor de una posibilidad.