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Un escándalo del pasado cancela la boda en Toledo en el último minuto y los separa para siempre contra su voluntad

Un escándalo del pasado cancela la boda en Toledo en el último minuto y los separa para siempre contra su voluntad

PARTE 1

La mañana de la boda, Toledo amaneció como amanecen las ciudades antiguas cuando deciden ponerse dramáticas: con un sol dorado sobre las piedras, una brisa que parecía de postal y tres autobuses turísticos atascados en una calle donde, según el conductor, “cabía perfectamente”.

—¿Perfectamente dónde, hijo? —gritó una señora desde la acera—. ¿En tu imaginación?

El conductor, rojo como un pimiento de La Vera, sacó la cabeza por la ventanilla.

—¡Me ha mandado el GPS!

—Pues dile al GPS que se baje y empuje —contestó la señora, que resultó ser la tía Puri, invitada de la novia, experta en croquetas, discusiones familiares y frases que dejaban a la gente sin réplica.

A unos metros de allí, en la plaza cercana a la iglesia de San Ildefonso, los invitados empezaban a llegar con esa mezcla española de elegancia, calor, nervios y queja moderada.

—Qué bonito está todo —decía una prima.

—Sí, precioso —respondía otra abanicándose con el misal—, pero si llego a saber que había que subir estas cuestas con tacones, vengo en alpargatas y que me juzgue Dios.

La boda de Clara Villar y Julián Alcázar prometía ser el acontecimiento del año, al menos para sus familias, que llevaban meses comportándose como si el enlace fuera una mezcla entre boda real, reunión de vecinos y final de Eurovisión.

Clara era hija de Rafael Villar, dueño de varias propiedades antiguas de Toledo, hombre de bigote impecable, voz grave y costumbre de decir “en esta familia siempre hemos hecho las cosas bien” justo antes de hacer algo regular. Su madre, Elvira, era una mujer elegante, frágil de salud, con la mirada dulce y una forma de tocarse el collar de perlas cuando estaba nerviosa que todo el mundo en la familia conocía.

Julián, por su parte, venía de los Alcázar, una familia más humilde, artesana, de manos trabajadas y orgullo discreto. Su madre, Mercedes, había sacado adelante a dos hijos cosiendo, limpiando y haciendo restauraciones pequeñas para tiendas de antigüedades. Su padre, Esteban, había muerto años atrás con fama de hombre honrado, aunque en Toledo, como en cualquier ciudad con demasiadas esquinas y demasiada memoria, la fama nunca era del todo limpia ni del todo sucia: siempre había alguien que susurraba algo en una cafetería.

 

Clara y Julián se habían conocido tres años antes durante una exposición de artesanía local. Ella trabajaba organizando actividades culturales en un centro patrimonial; él restauraba piezas de damasquinado y marcos antiguos. La primera vez que hablaron, Clara confundió una herramienta de Julián con un abrecartas decorativo y casi se carga una pieza del siglo XIX.

—Eso no se toca —le dijo él.

—Perdona, pensaba que era parte de la exposición.

—Sí, parte de la exposición “Cómo arruinar el trabajo de un hombre en doce segundos”.

Clara se rió.

—Tienes un sentido del humor muy seco.

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