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Un cruel engaño obliga a dos enamorados de familias rivales en Granada a casarse con otras personas el mismo día

Un cruel engaño obliga a dos enamorados de familias rivales en Granada a casarse con otras personas el mismo día

PARTE 1

En Granada hay dos cosas que no se deben tocar si uno quiere vivir tranquilo: la tapa gratis y el orgullo de una familia con apellido antiguo. Lo primero puede provocar discusiones filosóficas de tres horas sobre si unas migas cuentan como tapa o como sobras con pretensiones. Lo segundo, directamente, puede partir una calle por la mitad.

La calle Calderería Vieja llevaba veinte años partida.

A la izquierda, subiendo hacia el Albaicín, estaba la tienda de recuerdos, dulces y “productos artesanales de verdad, no esas cosas para guiris con imán de nevera” de los Montoro. A la derecha, justo enfrente, la casa de té, especias y pequeños encargos para bodas de los Quesada. Ambas familias vendían prácticamente lo mismo, discutían por prácticamente todo y juraban, con solemnidad de entierro y voz de misa, que jamás se mezclarían.

El origen de la rivalidad nadie lo tenía claro. Los Montoro decían que los Quesada les habían robado una receta de pestiños con miel. Los Quesada juraban que los Montoro habían copiado su mezcla secreta de té moruno. La abuela Rosario, de los Montoro, aseguraba que todo empezó porque un Quesada, en 1987, aparcó una furgoneta delante de su escaparate durante Semana Santa.

—Y eso no se perdona —decía Rosario, apretando el abanico como si fuera un documento histórico—. Que una cosa es equivocarse y otra dejar una furgoneta amarilla con letras de “Frutas Paco” tapándome la vista del escaparate.

—Pero abuela, si en el 87 yo ni había nacido —decía Clara Montoro.

—Pues por eso mismo, niña. No sabes lo que sufrimos.

Clara tenía veintisiete años, ojos vivos, sonrisa rápida y una forma de contestar que parecía suave hasta que uno notaba el pinchazo tres segundos después. Trabajaba en el negocio familiar desde pequeña, aunque su sueño no era vender tazas con la Alhambra mal dibujada, sino montar una pequeña editorial de cuentos ilustrados sobre Granada, con historias de vecinos, gatos de tejado, turistas perdidos y abuelas que sabían más que Google.

Su padre, don Laureano Montoro, no entendía ese sueño.

—¿Una editorial? ¿De cuentos? Clara, hija, tú eres buena, pero el mundo no necesita más cuentos. Ya tiene bastantes con las facturas de la luz.

Su madre, Carmen, era más diplomática.

—Tu padre quiere decir que primero estabilizamos la tienda y luego ya vemos lo de los dibujitos.

—No son dibujitos, mamá.

—Bueno, ilustraciones con estudios.

Enfrente, en la casa de té de los Quesada, Mateo Quesada tenía un problema parecido, solo que con más canela y más presión arterial. Tenía treinta años, barba corta, manos de quien arregla cosas, y una paciencia que se gastaba rápido cuando su padre hablaba de tradición.

—La tradición no se improvisa, Mateo —repetía don Esteban Quesada mientras colocaba botes de especias como si fueran piezas de ajedrez—. La tradición se hereda, se respeta y, sobre todo, se cobra a buen precio.

—Papá, he dicho que podemos renovar el local, no prenderle fuego al escudo familiar.

—No bromees con fuego cerca del azafrán, que está carísimo.

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