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Un camarero de Madrid confunde a su suegra con una clienta exigente y desata el caos familiar en plena cena

Un camarero de Madrid confunde a su suegra con una clienta exigente y desata el caos familiar en plena cena

Parte 1

Mateo llevaba toda la tarde repitiéndose que aquella noche no podía salir mal. No “más o menos bien”, no “decente”, no “hemos salvado los muebles”. No. Tenía que salir perfecta. Como cuando en un restaurante de Madrid te dicen que el pan es artesano y luego efectivamente sabe a pan, no a goma de borrar con corteza.

El problema era que Mateo trabajaba de camarero en La Esquina del Laurel, un restaurante pequeño, bonito y ligeramente pretencioso de Chamberí, de esos que tienen las servilletas de tela, las croquetas descritas como “melosas” y un jefe que decía “experiencia gastronómica” cada vez que alguien pedía una caña.

Aquella noche no era una noche cualquiera. Aquella noche iba a conocer a la madre de su novia.

Y no en un café tranquilo, no en casa de nadie, no con una tortilla de patatas de por medio y un sofá donde fingir naturalidad. No. La conocería en el mismo restaurante donde él trabajaba, vestido con camisa blanca, delantal negro y el bolígrafo detrás de la oreja como si fuera un notario de las patatas bravas.

—Mateo, respira —le dijo Lucía por teléfono a las seis y media, mientras él doblaba servilletas con una precisión casi quirúrgica—. Mi madre no muerde.

—Eso dice todo el mundo de las madres hasta que preguntan cuánto ganas.

—No te va a preguntar eso.

—Lucía, tu madre es profesora jubilada de instituto. Tiene mirada de saber cuándo alguien no ha hecho los deberes.

—Bueno, eso sí.

Mateo cerró los ojos.

 

—Gracias por tranquilizarme.

—Lo digo con cariño. Además, le he hablado muy bien de ti.

—Ese es otro problema.

—¿Por qué?

—Porque ahora esperará a un hombre estable, maduro y con futuro. Y va a encontrarse a mí, que ayer cené cereales de chocolate porque no me quedaban platos limpios.

Lucía se rio al otro lado.

—Mateo, relájate. Mi madre se llama Carmen, llega sobre las nueve menos cuarto. Yo llegaré a las nueve porque salgo tarde del estudio. Mi padre viene conmigo. Mi hermano quizá también, si no se pierde por la vida, como siempre. Tú solo sé amable.

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