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Un artesano de Sevilla destruye accidentalmente la escultura más importante del museo nacional por culpa de un gato

Un artesano de Sevilla destruye accidentalmente la escultura más importante del museo nacional por culpa de un gato

Parte 1

A Rafael Carmona le llamaban en Sevilla “Rafa el de los platos”, aunque él llevaba años intentando que la gente entendiera que lo suyo no eran solo platos. Hacía azulejos, jarrones, vasijas, réplicas de piezas mudéjares, restauraciones delicadas y, una vez, por encargo de un japonés muy serio que no pestañeaba nunca, había reproducido un botijo del siglo XVIII con tal precisión que el japonés se emocionó y dijo: “Esto tiene alma”. Rafa no entendió si aquello era un halago o una advertencia, pero desde entonces lo contaba cada vez que alguien dudaba de su categoría profesional.

Su taller estaba en Triana, en una calle estrecha donde los vecinos opinaban de todo sin que nadie se lo pidiera. A las ocho de la mañana, cuando Rafa levantaba la persiana metálica del local, siempre había alguien dispuesto a darle conversación.

—Rafa, ¿te has enterado de lo del precio del aceite? —le decía Maruja, la del tercero, con una bolsa de pan en la mano.

—Maruja, si me entero más me pongo a llorar directamente.

—Pues compra ahora, que luego será peor.

—Maruja, yo no puedo comprar aceite como si fuera un fondo de inversión.

Y así empezaban sus días: con barro, café solo, manos manchadas y noticias económicas dadas por jubiladas con más precisión que un telediario.

Rafa era un hombre bueno, de esos que pedían perdón cuando alguien chocaba contra él. Tenía cuarenta y ocho años, barriga humilde, barba recortada a ratos y una paciencia de santo de pueblo. Era viudo desde hacía seis años y vivía con su hermana Lola, que se había instalado “temporalmente” en su casa después de separarse de su marido. Lo temporal llevaba ya cinco años y medio, pero en la familia Carmona nadie tenía valor para hablar del tema.

—Rafael, como no limpies el microondas, te juro por la Macarena que te denuncio —gritaba Lola desde la cocina.

 

—¿Pero qué he hecho yo ahora?

—Has calentado lentejas sin tapar.

—Eso no es delito.

—En esta casa sí.

Lola era profesora de primaria y tenía una autoridad natural que ni los municipales. Los niños le obedecían, los perros se apartaban a su paso y los comerciales telefónicos colgaban ellos mismos cuando ella decía “mire usted, no me haga perder la tarde”.

Aquel martes, Rafa estaba barnizando unas piezas pequeñas cuando sonó el teléfono del taller. No el móvil, no. El teléfono fijo, un aparato beige con botones gordos que conservaba porque decía que le daba “prestigio artesanal”, aunque Lola sostenía que lo que le daba era pinta de gestoría de 1997.

—Taller Carmona, buenos días.

—¿Hablo con don Rafael Carmona Jiménez?

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