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¡TRAMPA EN BARCELONA! Pelean sin piedad por el control del imperio hotelero familiar sin saber que el gran ganador asumirá una deuda financiera totalmente insalvable

¡TRAMPA EN BARCELONA! Pelean sin piedad por el control del imperio hotelero familiar sin saber que el gran ganador asumirá una deuda financiera totalmente insalvable

Parte 1

En Barcelona hay familias que heredan pisos, joyas, recetas de canelones o una vajilla de esas que nadie usa porque “es para ocasiones especiales” y al final acaba cogiendo polvo durante tres generaciones. La familia Soldevila, en cambio, había heredado algo bastante más complicado: una cadena de hoteles de cinco estrellas frente al mar, tres áticos con vistas imposibles, una reputación de lujo mediterráneo y una capacidad casi olímpica para discutir en público sin perder el peinado.

El Grupo Soldevila Mar era una institución. Sus hoteles aparecían en revistas de viajes, en reportajes de bodas de influencers, en anuncios donde una pareja guapísima desayunaba fruta cortada con una sonrisa tan perfecta que daba rabia. El buque insignia era el Hotel Mar Blau, en primera línea de playa, entre el lujo discreto y ese punto de “aquí una botella de agua te cuesta lo mismo que una compra semanal en el súper”.

Durante años, el imperio lo había dirigido don Emilio Soldevila, un hombre que tenía más trajes a medida que paciencia y que hablaba de “la visión familiar” con la misma solemnidad con la que otros hablan del cambio climático. Emilio tenía dos hijas: Clara, la mayor, elegante, calculadora, incapaz de salir a la calle sin parecer que iba a inaugurar un museo; y Marta, la pequeña, más impulsiva, más de decir lo que pensaba y luego ya si eso llamar al abogado.

Cuando don Emilio murió, la ciudad entera se enteró. No porque Barcelona estuviera especialmente pendiente del duelo de los Soldevila, sino porque al funeral acudieron empresarios, políticos, chefs con estrella, antiguos jugadores del Barça, un presentador de televisión que nadie sabía muy bien qué pintaba allí y una señora que juraba haber sido amiga íntima del difunto aunque luego preguntó en voz baja dónde estaba el baño.

Clara recibió los pésames como quien recibe a inversores.

—Gracias por venir —decía, con una sonrisa contenida—. Papá habría apreciado mucho tu presencia.

Marta, al lado, apretaba los labios.

—Papá habría apreciado más que no se hubieran llevado tres canapés cada uno en una servilleta —murmuró.

Clara le clavó una mirada afilada.

—Marta, por favor.

—¿Qué? Si aquel señor del bufete lleva los bolsillos llenos de croquetas. Lo he visto.

—Estamos en un funeral.

—Precisamente. Un poco de respeto por las croquetas también.

 

Desde pequeñas habían sido así. Clara era la hija perfecta: notas excelentes, francés impecable, prácticas en Suiza, máster en dirección hotelera, presencia en consejos de administración. Marta era la hija brillante pero caótica: ideas buenísimas, cero paciencia para la diplomacia, risa fácil, amistades por toda Barcelona y una tendencia preocupante a llamar “mamarracho” a quien se lo ganaba.

Emilio jamás había dejado claro quién heredaría el control real del grupo. En público decía que sus hijas eran “dos pilares complementarios”. En privado, según quién escuchara, cambiaba de opinión. A Clara le había prometido estabilidad. A Marta, renovación. A su abogado, según el rumor, le había prometido dolor de cabeza.

La lectura del testamento se celebró una semana después, en un despacho de la avenida Diagonal donde hasta las plantas parecían tener patrimonio. El abogado familiar, Ignacio Prats, era un hombre de mandíbula tensa, gafas finas y voz de ascensor caro. Delante de él estaban Clara y Marta, separadas por una mesa larga que parecía diseñada específicamente para que dos hermanas pudieran odiarse con elegancia.

—Como saben —empezó Ignacio—, don Emilio dejó instrucciones claras respecto a la distribución de bienes personales, participaciones minoritarias y propiedades no vinculadas al grupo empresarial.

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