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¡TRAICIÓN EN MADRID! Descubre la doble vida de su novio con su mejor amiga por un simple mensaje accidental justo el día de su boda.

¡TRAICIÓN EN MADRID! Descubre la doble vida de su novio con su mejor amiga por un simple mensaje accidental justo el día de su boda.

PARTE 1

A Laura siempre le había parecido que las bodas empezaban demasiado pronto. No por la hora, que también, sino por esa especie de maratón emocional que arrancaba antes incluso de que una tuviera las pestañas puestas. A las ocho y media de la mañana ya había gente llamando a la puerta de la suite como si aquello fuera una operación de Estado: la maquilladora, la peluquera, su prima Irene preguntando si alguien había visto los pendientes, su madre diciendo que los pendientes estaban “donde tenían que estar”, que traducido del idioma materno significaba “no tengo ni idea, pero no voy a reconocerlo”, y su padre asomándose cada veinte minutos para preguntar si podía entrar o si seguía siendo “zona de mujeres”.

La suite del hotel, en pleno centro de Madrid, tenía vistas a una calle estrecha por la que pasaban taxis, turistas con maletas y un repartidor que discutía con una papelera como si la papelera le hubiese hecho una faena personal. Era un sábado luminoso, de esos en los que Madrid parecía decir: “Hoy os dejo casaros, pero no os acostumbréis”. Desde la ventana se veía un trozo de cielo azul, una cornisa antigua y, más abajo, la terraza de un bar donde dos señores ya tomaban café con churros como si fueran inspectores oficiales del día.

Laura estaba sentada frente a un espejo grande, con bombillas redondas alrededor, envuelta en una bata blanca que ponía “Bride” en la espalda. A ella le parecía una horterada, pero su hermana pequeña, Clara, se la había comprado con tanta ilusión que no había tenido corazón para negarse. Además, dentro de la escala de cosas ridículas de una boda, la bata quedaba bastante por debajo de los muñequitos personalizados de la tarta, que su madre había defendido con una pasión que no se veía desde la final de Eurovisión de aquel año.

—No frunzas el ceño, reina —dijo Sonia, la maquilladora, inclinándose hacia ella con una brocha en la mano—. Que luego el corrector hace lo que puede, pero milagros, a Lourdes.

Laura relajó la frente.

—Perdón. Es que estoy pensando en si he cerrado bien la puerta de casa.

—Hoy no piensas en puertas. Hoy piensas en amor, en flores y en no mancharte de café.

—Lo del café me parece lo más difícil de las tres cosas.

Sonia soltó una risa breve y siguió trabajando con una precisión casi quirúrgica. Tenía el pelo recogido en un moño alto, gafas transparentes y la autoridad de alguien que había maquillado a novias llorando, madres gritando y cuñadas opinando sin que nadie se lo pidiera. En su maletín había más pinceles que en una clase de Bellas Artes, y Laura se sentía extrañamente segura bajo su mando.

En el perchero, el vestido colgaba como si estuviera esperando su turno para salir a escena. Era sencillo, de manga larga, con una caída elegante y un pequeño bordado en la espalda. Laura lo miraba de vez en cuando y sentía una mezcla rara de emoción, vértigo y ganas de llamar a una gestoría para que le explicaran si casarse tenía algún trámite más escondido.

—Está precioso —dijo Clara desde el sofá, mirando el vestido con los ojos brillantes.

—Tú lo dices porque no tienes que ponértelo y respirar dentro —respondió Laura.

—Respirar está sobrevalorado. Las novias respiran lo justo.

—Gracias por el apoyo emocional.

Clara estaba en el sofá con las piernas cruzadas, revisando una lista interminable en el móvil. Tenía veintitrés años, energía de sobra y la capacidad de solucionar problemas mientras comía patatas fritas sin mancharse. Era dama de honor, coordinadora improvisada, repartidora de horquillas y, según ella misma, “jefa adjunta de evitar dramas”. Laura había confiado en ella para todo lo que no quisiera delegar en su madre, lo cual incluía casi todo.

—Mamá pregunta si el ramo ha llegado —dijo Clara.

—El ramo lo trae Marta.

—Ya, pero mamá pregunta si Marta ha llegado.

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