Tormenta de injusticia en la Plaza Mayor: el destino roto de una madre humillada por la ambición de su propia nuera
Parte 1: El preludio de la tormenta o cómo un café con churros puede oler a traición
A ver, que yo os lo cuente no significa que me alegre del mal ajeno, pero es que lo de la Conchi y su nuera, la Soraya, se veía venir desde que la muchacha apareció en el barrio con unos aires que ni la mismísima Preysler en sus mejores tiempos. Que aquí nos conocemos todos en el Madrid de los austrias, que las paredes son de adobe y los chismes corren más rápido que el AVE a Sevilla.
Aquel martes de noviembre había amanecido con ese frío puñetero que te mete el veranillo de San Martín por el cogote y no te lo saca ni un caldo de gallina. La Conchi, que es de las que se levanta a las seis de la mañana a pasar la mopa «por si entra un ladrón y ve el polvo», se había puesto su abrigo de paño bueno, el que le compró su difunto Manuel en Galerías Preciados antes de que las cerraran, y se había ido para la Plaza Mayor. El plan era sencillo, o al menos eso creía la pobre: un chocolate con churros en el bar de toda la vida para celebrar que su hijo, el Javi, cumplía treinta y cinco tacos. Treinta y cinco años bien llevados, aunque con menos luces que una patera, todo hay que decirlo.
—Conchi, que te vas a quedar pajarito ahí fuera —le dijo el camarero, el Paco, mientras le ponía el azucarero de acero inoxidable sobre la mesa de la terraza. La Plaza Mayor a esa hora es un desierto de adoquines mojados y guiris despistados buscando un bocata de calamares que todavía no se ha frito.
—Que no, Paco, que he quedado con el niño y con la otra —respondió la Conchi, ajustándose la bufanda con un brío que delataba sus nervios—. La otra, ya sabes, la marquesa de Vallecas. Que dice que prefiere terraza porque dentro el olor a fritanga se le mete en el abrigo de marca. ¡Ay, señor, qué cruces nos tocan!
Y es que el conflicto no venía de nuevas. La Soraya, que de Vallecas solo tenía el código postal de nacimiento porque ahora se creía de la Moraleja por haber hecho un curso de marketing digital en una academia de tres al cuarto, llevaba meses rondando el piso de la Conchi. Un piso de techos altos, de los de antes, en plena calle Mayor, con balcones de forja que dan gloria verlos. Una golosina para cualquiera que sepa lo que cuesta el metro cuadrado en el centro, y una obsesión enfermiza para la Soraya, que ya se veía cobrando alquileres turísticos a los daneses.
A los diez minutos aparecieron por el arco de Cuchilleros. Bueno, apareció ella, pisando el adoquín con unos tacones que hacían clac, clac, clac y que debían de doler solo de mirarlos, y detrás el Javi, arrastrando los pies, con los hombros caídos y esa cara de «yo no he sido» que tiene desde que hacía la primera comunión.
—¡Hombre, mamá! ¿Pero qué haces aquí fuera con el relente que cae? —dijo el Javi, arrimando la cara para darle dos besos que sonaron a puro trámite.
—Pregúntaselo a tu mujer, hijo, que es la que tiene los pulmones de seda —soltó la Conchi sin anestesia, mirando de reojo a la Soraya, que ya se estaba limpiando la silla con un pañuelo de papel como si el bar del Paco tuviera la peste bubónica.
—Hola, Concepción —dijo la Soraya, acentuando bien el nombre entero, que sabía que a la Conchi le repateaba porque en el barrio toda la vida ha sido Conchi o la mujer del Manuel—. No es por los pulmones, es por la higiene. Que con el tema de los virus nunca se sabe quién se ha sentado antes. Javi, pídele al camarero una toallita húmeda, anda.
El Javi miró a su madre, miró a su mujer, y prefirió mirar al suelo. Era el vivo retrato de la sumisión matrimonial, un hombre que había cambiado el cocido de su madre por las ensaladas de quinoa y las broncas semanales.
—Déjate de toallitas, Soraya, que el Paco limpia las mesas con lejía de la buena, de la que desinfecta hasta las conciencias —replicó la Conchi, cruzándose de brazos—. Siéntate, Javi, que te he pedido un chocolate. Que es tu cumpleaños, hijo, aunque parece que se te ha olvidado celebrarlo con tu madre.
—No se nos ha olvidado, Concepción —intervino la Soraya, sentándose por fin y colocándose el bolso de marca falsa sobre las rodillas como si fuera un escudo—. De hecho, venimos precisamente a hablar de celebraciones. Y de futuro. Porque a los treinta y cinco años, un hombre tiene que empezar a pensar en grande, no en quedarse estancado en el costumbrismo del siglo pasado.
La Conchi olió el peligro. No era el chocolate lo que estaba sobre la mesa, era una emboscada en toda regla. Miró a su hijo buscando una mirada de complicidad, una de esas señas que se hacían cuando el difunto Manuel se ponía pesado con el fútbol, pero el Javi estaba muy ocupado intentando descolgar el teléfono que le vibraba en el bolsillo.
—¿Qué futuro ni qué niño muerto, Soraya? El futuro del Javi está muy bien en su gestoría, ganando su sueldo y viviendo en su piso —dijo la madre, apretando los dientes.
—Ah, ahí quería yo llegar —sonrió la Soraya, y esa sonrisa tenía más veneno que una víbora en agosto—. En su piso no, Concepción. En el piso que pagáis a medias con la hipoteca de la periferia. Que para ir al centro tardamos una hora de reloj entre el Cercanías y el metro. Un sinvivir, vamos. Que Javi ya no tiene edad para ir como las sardinas en lata en el vagón de las ocho de la mañana.
—Pues que vaya a las siete, que se viaja más ancho —cortó la Conchi—. Que toda la vida hemos ido en transporte público y no se nos han caído los anillos. Ni a su padre, que en paz descanse, ni a mí.
—Ya, pero los tiempos cambian, suegra. Y las oportunidades vuelan.
El Paco llegó en ese momento con la bandeja, rompiendo la tensión con el ruido de las tazas. Puso los churros, calientes y crujientes, en mitad de la mesa, y un plato de porras que chorreaban el aceite justo para estar divinas. El Javi alargó la mano como un resorte, pero la mirada de la Soraya lo detuvo en seco en mitad del trayecto.
—Javi, el colesterol. Acuérdate de lo que dijo el nutricionista del gimnasio. El aceite refrito te destroza el metabolismo —le espetó con una voz que parecía un látigo de seda.
El muchacho retiró la mano, compungido, y se limitó a dar un sorbo al café con leche desnatada que su mujer había pedido para él sin consultarle. La Conchi, por el puro placer de llevar la contraria y demostrar quién mandaba en esa mesa, cogió una porra bien gorda, la mojó en el chocolate negro y espeso, y le dio un mordisco que crujió en toda la plaza.
—Buenísimo, Paco. Como siempre —dijo bien alto—. Aquí no hay metabolismo que valga, lo que hay es hambre de la buena y ganas de vivir, que es lo que les falta a algunos.
La Soraya no se inmutó. Esperó a que la Conchi tragara y se limpiara los morros con la servilleta de papel antes de lanzar el primer dardo de verdad, el que llevaba guardado en la recámara desde que salieron de casa.
—Bueno, al grano, que Javi tiene que volver a la oficina y el aparcamiento de la zona azul nos va a clavar un puñal. Concepción, hemos estado echando cuentas con el piso de aquí arriba. Con este. Tu casa.
A la Conchi se le quedó el trozo de porra atravesado en el gaznate. Miró a su hijo, pero el Javi se había quedado de piedra, mirando fijamente un palomo que picoteaba una colilla en el suelo.
—¿Qué cuentas vas a echar tú con mi casa, Soraya? Si esa casa es mía y de tu marido cuando yo falte, que espero que sea dentro de muchos años si Dios me da salud —dijo la Conchi con un hilo de voz que empezó a temblar, no de miedo, sino de pura rabia contenida.
—A ver, mamá, no te pongas así —intervino por fin el Javi, con esa voz de pito que le salía cuando se ponía nervioso—. Soraya lo dice por el bien de todos. Que tú ya eres mayor para tanta escalera. Que no hay ascensor, mamá. Que un día de estos te vas a caer bajando a por el pan y nos vamos a enterar por el Samur.
—¿Mayor yo? ¡Mayor será tu abuela, que está en el camposanto! Que subo los tres pisos con la bolsa de la compra de la plaza de San Miguel y ni me entero —gritó la Conchi, atrayendo la mirada de una pareja de turistas japoneses que pasaban por allí cerca con las cámaras colgando.
—No grites, Concepción, por favor, que nos está mirando todo el mundo y parece esto una corrala de las de antes —dijo la Soraya, adoptando su tono de suficiencia paternalista—. El caso es que ese piso está desaprovechado. Tres habitaciones en plena calle Mayor. Eso en una plataforma de alquiler vacacional, reformado con un estilo nórdico, así con paredes blancas y muebles de palés monísimos, nos da para pagar vuestra residencia, nuestra hipoteca y hasta nos sobra para cambiarnos el coche, que el nuestro da pena verlo al lado de los de los compañeros de Javi.
La Conchi no daba crédito a lo que estaba oyendo. La palabra «residencia» le resonó en los oídos como si le hubieran pegado un tiro con una escopeta de feria. ¿Su casa? ¿La casa donde había parido al Javi, donde había llorado al Manuel, donde conservaba los muebles de caoba que le costaron una millonada en sus tiempos? ¿Convertida en un picadero para turistas que vienen a emborracharse con sangría templada? ¿Y ella en un asilo con desconocidos jugando al bingo los jueves por la tarde?
La tormenta no es que se acercara; es que acababa de estallar en todo el centro de la Plaza Mayor de Madrid, y el pararrayos se había roto hacía mucho tiempo.
Parte 2: La emboscada del chocolate amargo o la debilidad de un hijo sometido
La Conchi miró fijamente a su hijo, ignorando olímpicamente a la Soraya, que en ese momento se dedicaba a retocarse el pintalabios rojo pasión en el reflejo de la pantalla del móvil. El Javi esquivaba la mirada de su madre como si las pupilas de la anciana fueran dos focos de la Guardia Civil en un control de carretera.
—Javi —dijo la Conchi, y el tono de su voz bajó tres octavas, adquiriendo esa gravedad peligrosa que solo usan las madres madrileñas cuando van a soltar una verdad como un templo de grande—. Javi, mírame a los ojos si tienes lo que hay que tener, que para algo te parí con cuarenta de fiebre en el hospital de La Paz. ¿Tú de verdad estás de acuerdo con lo que está diciendo esta mujer? ¿Tú quieres echar a tu madre de su casa para meter a cuatro guiris que van a dejar las colillas en las macetas de los geranios?
El Javi se removió en la silla de metal, que hizo un chirrido espantoso contra el adoquín de la plaza. Se aclaró la garganta tres veces, se recolocó las gafas y miró de reojo a su mujer, buscando el guion de lo que tenía que responder. Pero la Soraya guardó el pintalabios con un clac seco y tomó la palabra, demostrando quién llevaba los pantalones de pitillo en esa relación.
—A ver, Concepción, no manipules las cosas, que pareces una actriz de telenovela venezolana —dijo la Soraya con un tono de voz falsamente dulce que a la Conchi le daban ganas de arrearle con el bolso—. Nadie te está echando. Lo que estamos haciendo es una optimización de recursos familiares. Que la vida está muy cara y tú sola en un piso de cien metros cuadrados eres un lujo que esta familia no se puede permitir. Que pagas una barbaridad de comunidad, que la calefacción central sube por las nubes y que, seamos realistas, el suelo de parqué está para acuchillarlo entero porque está más negro que el carbón.
—¡El parqué está divino porque lo limpio yo de rodillas con cera Alex una vez al mes! —saltó la Conchi, con el corazón dándole botes en el pecho—. ¿Y qué sabrás tú de lujos, si no has visto un duro de verdad en tu vida hasta que te arrimaste a mi hijo? Que mi Manuel trabajó treinta años en la Renfe pasando frío en los andenes para que esa casa fuera nuestra y de nadie más. ¡De nadie más!
—¡Mamá, por Dios, baja la voz! —suplicó el Javi, poniéndose colorado como un tomate de huerta—. Que está el Paco mirando desde la barra y se va a enterar todo el barrio. Que no es para tanto, de verdad. Soraya ha mirado una residencia en la zona de las Rozas que tiene unos jardines que parecen la Zarzuela. Con su gimnasio, su fisioterapeuta y talleres de manualidades para que no te aburras. Estarías como una reina, rodeada de gente de tu edad, hablando de tus cosas.
—¿De mis cosas? ¿Y cuáles son mis cosas, Javi? ¿Mis cosas son dejar de ver a la pescadera del mercado, no poder tomarme el café con el Paco y que me den la cena a las siete de la tarde como si fuera una gallina en un corral? —La Conchi sentía que las lágrimas le quemaban los ojos, pero se aguantó. Delante de la Soraya no iba a llorar ni aunque la mataran—. Tus cosas son las que te importan a ti, que desde que te casaste parece que te han sorbido el seso con una pajita.
La Soraya soltó una risita de esas que dan ganas de cometer un delito menor. Se estiró la chaqueta de polipiel y miró a la Conchi con una condescendencia que helaba la sangre.
—Concepción, el sentimentalismo no paga las facturas. Javi tiene un estatus que mantener. En su empresa están promocionando a los jóvenes que dan una imagen de éxito. No podemos ir por ahí diciendo que vivimos en un piso de protección oficial en el quinto pino mientras tú estás acaparando un activo inmobiliario de primer orden en la zona centro. Además, ya lo hemos hablado con el abogado. El piso está a nombre de tu marido y tuyo, y al fallecer Manuel, Javi tiene su parte de la herencia legítima. Que si nos ponemos tontos, podemos pedir la división de la cosa común, que me lo ha explicado muy bien un compañero de la oficina que lleva temas legales.
La Conchi se quedó muda. «La división de la cosa común». Aquellas palabras técnicas sonaban a insulto, a profanación. Miró a su hijo, esperando que saltara, que le dijera a su mujer que se callara la boca, que a una madre no se la amenaza con abogados ni con herencias en vida. Pero el Javi se limitó a dar vueltas a la cucharilla dentro de la taza vacía, haciendo un ruidito rítmico que ponía de los nervios.
—¿La legítima? —preguntó la Conchi con la voz rota—. ¿Eso es lo que quieres, Javi? ¿Tu parte? Si te hace falta dinero porque no sabéis administraros, haberlo dicho. Que yo tengo unos ahorrillos en la cartilla de la Caja de Ahorros, de lo que voy rascando de la pensión. Cinco mil euros que tenía guardados por si te pasaba algo, o por si venía un nieto… que por lo que veo, ni está ni se le espera.
—¡Ay, por favor, cinco mil euros! —exclamó la Soraya, echando la cabeza hacia atrás—. Con eso no tenemos ni para las llantas del coche nuevo, suegra. Que estamos hablando de un negocio de verdad. El piso de la calle Mayor reformado puede dar tres mil euros al mes limpios en la plataforma. Con eso pagamos la residencia de lujo y nos queda un pico que para qué. Es que es de cajón de madera de pino. Solo una persona egoísta no querría ayudar a su único hijo a prosperar en la vida.
Aquel adjetivo fue la gota que colmó el vaso. ¿Egoísta ella? ¿Ella, que se había pasado diez años sin comprarse un vestido nuevo para que el Javi pudiera ir a la universidad pública y tener sus libros y sus carpetas? ¿Ella, que cuando el chaval tuvo la comunión le preparó un banquete en casa que se tiró tres días cocinando croquetas y ensaladilla para cincuenta personas porque no les daba el presupuesto para un restaurante?
—¿Egoísta yo, pedazo de sinvergüenza? —gritó la Conchi, levantándose de la silla de golpe. La mesa se tambaleó y el chocolate que quedaba en la taza del Javi se derramó sobre el mantel de plástico verde.
—¡Mamá, siéntate! —dijo el Javi, intentando agarrarla de la manga del abrigo, pero la Conchi le dio un manotazo que lo dejó temblando.
—¡No me da la gana de sentarme! ¡Y no me llames mamá, que para ser madre de un cobarde como tú, preferiría haber criado malvas! —La Conchi estaba fuera de sí. El frío de la Plaza Mayor había desaparecido, sustituido por un calor sofocante que le subía por las mejillas—. Te has buscado una sanguijuela por mujer, Javi. Una muerta de hambre que se cree que por ponerse pestañas postizas y hablar con palabras en inglés ya es de la alta sociedad. ¡Pero el piso es mío! ¡Mío porque lo sudó tu padre y porque lo defiendo yo con mis uñas! ¡Y de aquí no me saca ni la Guardia Civil con una orden del rey!
La Soraya no se inmutó, pero sus ojos se empequeñecieron, mostrando una frialdad calculadora. Se levantó despacio, agarró su bolso con elegancia afectada y miró al Javi, que seguía sentado, encogido como si fuera un niño de cinco años al que acaban de pillar robando gominolas.
—Vámonos, Javi. Ya has visto que con tu madre no se puede razonar. Está mayor, la demencia empieza a dar la cara y ya no rige bien. Hablaremos por las buenas a través del procurador. Que la ley es la ley, por mucho que ella se ponga a dar espectáculos de verdulera en mitad de la plaza.
—¿Verdulera yo? —la Conchi intentó abalanzarse, pero el Paco, el camarero, que lo estaba viendo todo desde la distancia, salió corriendo con el trapo en la mano y se puso en medio, con la sabiduría de quien lleva cuarenta años lidiando con borrachos, turistas y dramas familiares.
—Venga, señores, la fiesta en paz —dijo el Paco, poniendo una mano firme pero amable en el hombro de la Conchi—. Conchi, tranquila, respira hondo. Y vosotros, si ya habéis terminado el numerito, podéis ir circulando, que tengo que limpiar la mesa y el suelo para los clientes de verdad.
La Soraya miró al Paco de arriba abajo con una mueca de asco, agarró al Javi del brazo con una fuerza sorprendente y se lo llevó a rastras hacia la calle de Postas. El Javi, antes de doblar la esquina, se giró un segundo. Tenía los ojos vidriosos y la boca abierta, como queriendo decir algo, pero la Soraya le dio un tirón del abrigo y el muchacho desapareció entre la niebla madrileña, dejando a su madre sola, temblando de rabia y con el corazón hecho pedazos en mitad de la plaza.
Parte 3: La soledad de los balcones de forja o el peso de los recuerdos
La Conchi subió las escaleras del portal número doce de la calle Mayor como si llevara un saco de cemento en las espaldas. Cada escalón de madera de pino, desgastado por el paso de las generaciones, le pesaba más que el anterior. El olor a portal antiguo, esa mezcla de cera para la madera, humedad y el guiso de la vecina del segundo, que ese día estaba haciendo lentejas con sacramentos, siempre la había reconfortado. Pero hoy no. Hoy el olor le recordaba que aquel edificio, su refugio de los últimos cuarenta años, estaba en el punto de mira de la ambición.
Entró en el piso y cerró la puerta de madera maciza, echando los tres cerrojos con un ruido seco que retumbó en el pasillo estrecho. Apoyó la espalda contra la puerta y se dejó resbalar un poco, cerrando los ojos. El silencio de la casa se le echó encima como una losa. Un silencio que antes era paz y que ahora parecía el vacío que deja un naufragio.
Caminó por el pasillo, mirando las fotos colgadas en la pared con marcos de plata deslustrada. Ahí estaba el Javi con el traje de marinero de la comunión, con esa sonrisa mellada y el pelo engominado hacia un lado. Al lado, la foto de la boda de ella con el Manuel, los dos jovencísimos, él con un traje que le quedaba un poco grande alquilado en una tienda de la calle Atocha, y ella con un velo que le había prestado su tía Virtudes.
—¡Ay, Manuel! —suspiró la Conchi, tocando el cristal de la foto con el dedo tembloroso—. Si tú levantaras la cabeza y vieras en lo que se ha convertido tu tierno infante. Nos ha salido rana, Manuel. La golfa esa le ha comido el tarro de mala manera.
Llegó al salón, una estancia amplia con dos balcones enormes que daban directamente a la calle Mayor. Los muebles de caoba, el tresillo de eskai verde que el Manuel se empeñó en comprar porque decía que era lo más moderno, y la mesa camilla con el tapete de ganchillo que ella misma había hecho durante los inviernos. Todo estaba en su sitio, inmaculado, limpio de polvo, pero flotaba en el ambiente la amenaza de la piqueta, del estilo nórdico y de los palés monísimos que había dicho la Soraya.
Se sentó en la mesa camilla, metiendo las piernas debajo de la falda de la mesa, aunque el brasero eléctrico estaba apagado porque la electricidad estaba por las nubes y ella miraba el céntimo. Se quedó mirando las manos, unas manos llenas de manchas de la edad y con las articulaciones un poco hinchadas por el reuma. Esas manos habían lavado los pañales de tela del Javi cuando no había lavadoras automáticas, habían limpiado las escaleras de la comunidad para sacar unos duros extra cuando el Manuel estuvo de baja por la ciática, y ahora resultaba que esas manos eran «egoístas».
De repente, el teléfono fijo, un modelo de herencia de Telefónica de color crema que estaba sobre la repisa de la entrada, empezó a sonar con ese timbre estridente de los aparatos antiguos. La Conchi dio un brinco en la silla. Pensó por un momento que era el Javi, que se lo había pensado mejor, que se había plantado ante la lagarta de su mujer y llamaba para pedir perdón.
Corrió al pasillo y levantó el auricular con el corazón en un puño.
—¿Javi? ¿Hijo? —preguntó con voz ansiosa.
—¿Qué Javi ni qué niño muerto, Conchi? Que soy la Mari, la del tercero —dijo la voz cazallera de su vecina de arriba, su compañera de fatigas de los últimos treinta años—. Que te he visto desde el balcón con una cara que parecías un eccehomo. ¿Qué te ha pasado en la plaza, hermosa? Que la Puri, que venía de comprar los avíos para el cocido, me ha dicho que estabas dando unas voces en la terraza del Paco que se oían desde la Puerta del Sol.
La Conchi soltó un suspiro largo, mezcla de decepción y desahogo. Con la Mari no había secretos; se habían prestado sal, azúcar y confidencias desde que Franco era corneta.
—Ay, Mari, bájate un momento si puedes, que tengo el alma en los pies —dijo la Conchi, conteniendo un sollozo—. Que la Soraya y mi hijo me quieren meter en una residencia para alquilarle el piso a los turistas. Que dicen que van a usar no sé qué de las leyes para echarme de mi propia casa.
—¡¿Cómo?! ¡¿Pero qué me estás contando, virgen de la Almudena?! —el grito de la Mari casi le revienta el tímpano a la Conchi—. Espera, que apago el fuego de las judías y bajo volando. Que a esa muerta de hambre la pongo yo en su sitio con cuatro frescas. ¡Habráse visto semejante desvergüenza!
A los dos minutos, la Mari ya estaba picando a la puerta. Entró como un torbellino, con las zapatillas de andar por casa puestas y un delantal de cuadros que olía a sofrito. Se sentaron las dos en la mesa camilla y la Conchi, ya sin poder aguantar más la presión, rompió a llorar como no lo había hecho desde el entierro de su marido. Lloraba con un llanto viejo, acumulado, el llanto de la madre que se siente traicionada por las entrañas que ella misma formó.
—Llora, Conchi, llora, que eso limpia el ojo y desahoga el pecho —le decía la Mari, pasándole un brazo gordo por los hombros y dándole palmaditas—. Pero luego te secas los mocos, porque a esa bicha no le vamos a dar el gusto de verte hundida. ¿Pero qué se ha creído la tía esa? ¿Que esto es el salvaje oeste? ¡De aquí no te mueve a ti ni el cuerpo de bomberos!
—Mari, que dice que ha hablado con un abogado —sollozó la Conchi, sacando un pañuelo de tela del bolsillo del mandil—. Que el Javi tiene derecho a la legítima de su padre y que pueden pedir la venta del piso en una subasta de esas para repartirse el dinero. Que me lo ha dicho ella con una sonrisa de hiena que me ha helado la sangre. Y el Javi… el Javi callado, Mari. Mirando los palomos como si la cosa no fuera con él. Eso es lo que más me duele, que mi propio hijo no haya tenido la decencia de romperle la cara de un grito por faltarle al respeto a su madre.
—El Javi es un calzonazos de marca mayor, Conchi, eso ya lo sabíamos todos en el barrio —dijo la Mari, cruzándose de brazos con indignación—. Desde que se echó a esa novia que solo come lechuga y habla fino, el chico no tiene dos dedos de frente. Pero una cosa es ser tonto y otra ser un mal hijo. Que la ley ampara a las viudas, Conchi, que yo lo sé por mi cuñado el de la gestoría. Tú tienes el usufructo vitalicio, que se llama. Eso significa que mientras tú estés viva, en esa casa no entra ni el apuntador si tú no abres la puerta.
—¿Tú crees, Mari? —preguntó la Conchi, limpiándose los ojos con esperanza—. ¿El usufructo ese me protege?
—¡Vaya que si te protege! —afirmó la Mari con rotundidad—. Como si quiere venir el Papa de Roma a decirte que te vayas. Tú de aquí no te mueves. Lo que pasa es que esa lagarta te quiere asustar para que te vayas por las buenas a la residencia esa de los demonios, para ella trincar la pasta y pegarse la vida padre. Pero no sabe con quién se ha jugado los cuartos. Nosotras somos de la vieja escuela, Conchi. Hemos pasado los años del racionamiento, las crisis y todo lo que nos han echado encima, y no va a venir una niñata con tacones de plástico a decirnos dónde tenemos que morirnos.
La Conchi miró el balcón. El cielo de Madrid se estaba poniendo gris oscuro, anunciando que la lluvia de verdad estaba a punto de caer sobre los tejados de pizarra de la Plaza Mayor. Sintió que la pena se iba transformando lentamente en algo diferente: una dignidad antigua, la misma que tenían las mujeres de su familia, las que sacaban adelante las casas con una sonrisa y una escoba. El Javi podía ser su hijo, pero su dignidad no se la regalaba a nadie, y menos a una advenediza con ínfulas de marquesa.
Parte 4: El rugido de los adosados o la justicia de las corralas
Pasaron tres días en los que la Conchi no supo nada de la pareja. Tres días de silencio telefónico que se hacían eternos, pero que le sirvieron para armarse de valor y consultar con el cuñado de la Mari, el de la gestoría de la calle Arenal. El hombre, un señor muy serio con gafas de vista cansada y olor a tabaco de pipa, se lo había dejado bien claro: «Conchi, el usufructo universal de la viuda es sagrado. Tu hijo tiene la nuda propiedad, pero tú tienes el derecho de usar y disfrutar de la vivienda hasta el último día de tus suspiros. Si quieren ir a juicio, que vayan, que el juez los va a mandar a freír espárragos antes de que puedan decir “plataforma turística”».
Con esa victoria legal en el bolsillo, la Conchi recuperó el color en las mejillas y el brío en la mopa. Pero la Soraya no era de las que se rendían fácilmente; la ambición de los ignorantes suele ser muy persistente.
El viernes por la tarde, cuando la lluvia caía fina pero persistente sobre los adoquines de la Plaza Mayor, sonó el timbre de la puerta. No era el toque discreto de la Mari; era un timbrazo largo, insistente, de esos que denotan prisa o mala educación.
La Conchi se ajustó el delantal, se miró al espejo del pasillo para comprobar que el moño estaba firme y fue a abrir. Al otro lado estaban ellos. El Javi venía con una carpeta de cartón azul bajo el brazo y una cara de circunstancias que daba lástima. La Soraya, con un paraguas de diseño que chorreaba agua en la alfombrilla del rellano, entró sin pedir permiso, empujando levemente a la Conchi con el hombro.
—Buenas tardes, Concepción —dijo la Soraya, pasando al salón como si fuera la inspectora de Hacienda—. Venimos a arreglar esto por las buenas. Traemos los papeles de la renuncia al usufructo a cambio de una renta vitalicia que te vamos a pagar nosotros de nuestro bolsillo. Bueno, del negocio del piso, claro. Así todo queda en familia y nos evitamos tener que ir a los tribunales, que es muy desagradable para una señora de tu edad.
El Javi se quedó en la puerta del salón, sin quitarse el abrigo mojado, mirando la carpeta azul como si contuviera dinamita.
—Pasad, pasad, no os quedéis en el pasillo, que hace corriente —dijo la Conchi con una tranquilidad que descolocó por completo a su nuera. Se sentó en su mesa camilla, cruzó las manos sobre el tapete de ganchillo y los miró con una sonrisa serena.
—¿Ves, Soraya? Te dije que mamá lo entendería —dijo el Javi, dando un paso adelante con timidez—. Es lo mejor para todos, mamá. Firmas esto, vamos al notario el lunes y el mes que viene ya estás instalada en las Rozas, con calefacción de la buena y sin tener que subir estas escaleras que te van a destrozar las rodillas.
La Soraya sacó un bolígrafo de marca del bolso y lo puso sobre la mesa con un golpe seco, junto a unos folios llenos de letra pequeña.
—Firma aquí, Concepción. Javi ya ha firmado su parte como copropietario. Esto es un mero trámite.
La Conchi miró el bolígrafo, luego miró los papeles y finalmente clavó la vista en su hijo.
—Javi, ¿tú sabes lo que es el usufructo vitalicio? —preguntó la madre con voz suave.
—Pues… algo de los papeles de la herencia de papá, ¿no? —balbuceó el muchacho, mirando a su mujer.
—Significa, hijo mío, que de esta casa no me saca ni un regimiento de infantería —la voz de la Conchi se volvió de acero—. He estado hablando con don Anselmo, el abogado de la calle Arenal. Y me ha dicho que os podéis meter estos papeles por donde os quepan, a ser posible doblados en cuatro partes para que abulten menos.
La Soraya se puso lívida. Los labios se le afinaron tanto que parecían una línea de sangre en la cara.
—¿Cómo que no firmas? ¡Vieja ignorante! ¿Te crees que vas a estar aquí toda la vida estorbando el progreso de tu hijo? ¡Que esta casa vale una fortuna y tú estás aquí metida gastando luz y comunidad que no te corresponden! —la Soraya perdió los papeles por completo, la fachada de finura oriental se desmoronó en un segundo, dejando ver a la barriobajera que siempre llevó dentro.
—¡A mí no me grites en mi casa, niñata! —gritó la Conchi, levantándose de la silla con una fuerza que hizo que la mesa camilla se desplazara medio metro—. ¡Que eres una muerta de hambre que ha venido aquí a rapiñar lo que no es tuyo! ¡Que mi Manuel se dejó la salud en las vías del tren para que yo tuviera un techo, y no va a venir una lagarta con ínfulas de marquesa a decirme cuándo tengo que irme al asilo!
—¡Javi, haz algo! —chilló la Soraya, dándole un empujón a su marido—. ¡Dile algo a tu madre! ¡Dile que o firma o no nos vuelve a ver en la vida!
El Javi miró a su mujer, miró a su madre, que lo miraba con una mezcla de pena y reproche que le llegó al alma. El muchacho pareció encogerse todavía más dentro de su abrigo de marca barata. La tensión en el salón era tan espesa que casi se podía cortar con el cuchillo del jamón.
—Mamá… por favor… —empezó el Javi con voz de pito.
—¡Cállate, Javi! ¡Cállate porque me das vergüenza! —le espetó la Conchi, y por primera vez el Javi vio lágrimas de rabia de verdad en los ojos de su madre—. Te he criado con todo mi amor, te he dado todo lo que tenía, y me pagas trayendo a esta víbora a mi salón para echarme a la calle. Si quieres dinero, trabaja. Si quieres un coche nuevo, búscate otro empleo. Pero a tu madre la respetas, que es lo único que te queda de tu padre en este mundo.
En ese momento, la puerta del salón se abrió de golpe y apareció la Mari, la del tercero, armada con una escoba de barrer el portal y con la Puri Detrás, la del segundo, que llevaba un rodillo de cocina en la mano por si la cosa pasaba a mayores.
—¿Qué pasa aquí? ¡Que se oyen los gritos desde la corrala! —gritó la Mari, plantándose en mitad del salón con la escoba en alto—. ¡Venga, saliendo de aquí los dos mangantes antes de que os arregle el lomo con el palo de la escoba! ¡Que os hemos visto venir con la carpetita de los cojones!
La Soraya miró a las dos vecinas con una mezcla de asco y miedo. Vio que la situación se le había escapado de las manos, que el costumbrismo madrileño tenía más fuerza que todas sus estrategias de marketing digital y sus leyes de propiedad común.
—¡Sois una panda de paletas tercermundistas! —gritó la Soraya, agarrando su bolso y yéndose hacia la salida a zancadas—. ¡Javi, vámonos de este manicomio! ¡Que se quede aquí con sus muebles viejos y sus geranios infestados! ¡Pero a nosotros no nos vuelve a ver el pelo, te lo juro por Dios!
El Javi miró a su madre por última vez. Dejó la carpeta azul sobre la mesa camilla, con los papeles de la renuncia rotos por la mitad, y salió corriendo detrás de su mujer, bajando las escaleras de pino a toda velocidad, con los pasos resonando como un eco de derrota en todo el portal.
La Conchi se dejó caer en el tresillo de eskai verde, respirando hondo. La Mari dejó la escoba contra la pared y se sentó a su lado, pasándole el brazo gordo por los hombros, mientras la Puri iba a la cocina a preparar una tila de las de verdad, con tres bolsitas para templar los nervios.
—Ya está, Conchi, ya pasó —le dijo la Mari con voz cariñosa—. La tormenta ha pasado y el piso sigue siendo tuyo. Que de la calle Mayor no nos mueve a nosotras ni un terremoto de escala siete.
La Conchi miró el balcón. Fuera, la lluvia había cesado y un rayo de sol rezagado de la tarde madrileña se filtraba entre las nubes, iluminando las maderas viejas y los marcos de plata del salón. Sonrió con amargura, pero con la cabeza bien alta. Había perdido a un hijo temporalmente, o tal vez para siempre, pero había salvado su dignidad, su historia y el recuerdo del Manuel. Al fin y al cabo, en la Plaza Mayor de Madrid, las raíces son tan profundas que ninguna nuera con prisa las puede arrancar de cuajo.
Parte 5: El invierno del descontento o las croquetas de la discordia
Pasaron los meses y el invierno se metió en Madrid como un okupa que no se quiere ir ni a tiros. El frío de enero en la calle Mayor no es un frío cualquiera; es un frío con solera, de los que te cortan los labios al revés y te obligan a andar encogido, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo y la bufanda subida hasta las cejas. La Conchi, que desde el día del gran cisma no había vuelto a saber nada del Javi, se pasaba las tardes pegada al brasero eléctrico de la mesa camilla, escuchando el traqueteo de los autobuses de la línea 3 abajo en la calle y mirando el teléfono fijo como si fuera a sonar por arte de magia.
La Mari, que bajaba todas las tardes con la excusa de compartir un paquete de galletas María o de comentarle el último chisme de la marquesa de turno en la televisión, la miraba de reojo con preocupación de la buena.
—Conchi, que estás perdiendo el bocado —le dijo una tarde, mientras mojaba la galleta en el café con leche con una puntería de cirujano—. Que te he traído unas pencas de acelga rebozadas que me han salido divinas y ni las has tocado. Que pareces un ánima en pena, mujer. Que la bicha esa se habrá llevado al chico, pero tú sigues teniendo aquí tu casa, tus vecinas y al Paco, que me ha preguntado hoy mismo que por qué ya no bajas a por los churros de los sábados.
—Si no es por la casa, Mari, si es por el vacío —suspiró la Conchi, ajustándose el chal de lana sobre los hombros—. Treinta y cinco años criándolo, quitándome el alimento de la boca para que el niño tuviera de todo, y ahora resulta que no existo. Que ha sido cumplir los años y pasar a ser un mueble viejo que molesta en el salón. Que ni un mensaje por Navidad, Mari. Ni un «¿cómo estás, mamá?», aunque fuera por cumplir. Que pasé la Nochebuena sola con el gato de la Puri, que me lo bajó para que me hiciera compañía, y se comió la mitad del langostino el jodido animal.
—El chico está abducido, Conchi, métetelo en la cabeza —sentenció la Mari, dándole un golpe a la mesa con el nudillo—. Esa Soraya le ha hecho un lavado de cerebro de los que hacen época. Me ha dicho la pescadera, que tiene una prima viviendo en la zona esa donde se han comprado el adosado, que los han visto en el supermercado y que el Javi parece el hermano pobre de Tarzán. Flaco, con unas ojeras que le llegan a los carrillos y llevando un carro lleno de bandejas de plástico con verduras raras que no conocen ni en su casa. Que dice que la Soraya se pasa el día gritándole por el pasillo del súper porque el chico cogió una tableta de turrón de chocolate de los de toda la vida y ella se la quitó de las manos diciendo que eso tenía grasas transatlánticas de esas.
La Conchi no pudo evitar una sonrisa amarga. El Javi, que de pequeño se comía los bocadillos de mortadela con aceitunas de tres en tres y le rebañaba la pota del cocido con media barra de pan, ahora viviendo a base de hierbas y mandados.
—Se dice trans, Mari, grasas trans —la corrigió con un hilo de voz—. ¡Ay, mi hijo, con lo que a él le gustaban mis croquetas de cocido! Que hacía yo la bechamel con el caldo del hueso de jamón y se le caían las lágrimas de lo ricas que estaban.
—Pues mira, hablando del rey de Roma —saltó la Mari, señalando con la cuchara hacia la ventana—. No te lo quería decir para no hacerte ilusiones, pero ayer me crucé con el hermano de la Soraya, el Richi, ese que trabaja con la furgoneta de reparto por el centro. Y me dijo que la cosa en el adosado no está para tirar cohetes. Que la hipoteca de tipo variable les ha pegado un hachazo que los ha dejado temblando, y que la Soraya está de los nervios porque el viaje que tenían pensado hacer a Bali para ponerlo en el Instagram lo han tenido que cambiar por un fin de semana en un hostal de Benidorm con derecho a cocina.
La Conchi se incorporó en la silla, sintiendo un reconfortante chispazo de orgullo madrileño.
—¿Ah, sí? ¿Conque el activo inmobiliario de primer orden no les da para el Bali ese? —dijo con un retintín que le devolvió el brillo a los ojos—. ¡Pues que se aguanten! Que se crean que el dinero cae del cielo por poner cuatro muebles de Ikea y cobrarle un potosí a los extranjeros. Que se piensen que la vida es un anuncio de la televisión.
Mientras las dos amigas conspiraban amigablemente al calor del brasero, en un adosado de tres plantas en una urbanización de la periferia norte, la tormenta doméstica estaba alcanzando su categoría máxima. El Javi estaba sentado en el suelo del salón, rodeado de cajas de cartón sin abrir y montando una estantería que le faltaban tres tornillos y le sobraban cuatro maderas, mientras la Soraya caminaba de un lado a otro con el ordenador portátil en la mano y los ojos inyectados en sangre.
—¡Es que es inconcebible, Javi! ¡Inconcebible! —gritaba la Soraya, dándole un golpe al teclado con la uña postiza—. El euríbor está por las nubes, la cuota nos ha subido cuatrocientos euros de golpe y el concesionario me está llamando todos los días porque si no pagamos la entrada del coche nuevo nos anulan el contrato. Y tu madre ahí metida, en un piso que podría estar rentando tres mil pavos al mes si tuvieras un mínimo de sangre en las venas y le hubieras hecho firmar el papel.
—Soraya, que es mi madre, déjala en paz —dijo el Javi con una voz mortecina, sin levantar la vista de las instrucciones de la estantería—. Que casi la matas del disgusto el otro día en su casa. Que subí las escaleras temblando y todavía me da vergüenza pasar por la calle Mayor por si me ve el Paco o alguna de las vecinas. Que en el barrio nos conocen de toda la vida, coño.
—¡A la mierda el barrio y a la mierda el Paco! —bramó la Soraya, tirando el ordenador sobre el sofá de diseño que todavía no habían terminado de pagar—. ¿Tú te crees que yo me he matado a estudiar un máster para acabar viviendo en un secarral a cuarenta kilómetros del centro, pagando una hipoteca que nos come el sueldo y sin poder salir a cenar a los sitios de moda porque no nos llega el presupuesto? Tu madre ya ha vivido su vida. Ha tenido su Manuel, su Renfe y su costumbrismo de posguerra. Ahora nos toca a nosotros. Si ella fuera una buena madre, se daría cuenta de que nos está arruinando el futuro por el capricho de querer ver los balcones de la calle Mayor todas las mañanas.
El Javi se quedó callado, mirando fijamente el tornillo que no encajaba. En su fuero interno, algo empezaba a resquebrajarse. No era solo el hambre crónica que arrastraba por culpa de las dietas depurativas de su mujer, ni el cansancio de pasar dos horas diarias en el atasco de la A-1; era el peso de la culpa. El recuerdo de su madre levantándose a las cinco de la mañana para prepararle el termo de café cuando estudiaba las oposiciones, o el detalle de dejarle siempre la última croqueta del plato diciendo que ella «ya estaba llena».
—Mañana voy a ir a verla —dijo el Javi de repente, con una firmeza que él mismo desconocía.
La Soraya se detuvo en seco en mitad del salón. Se giró despacio, con esa mirada de sargento de la Legión que solía usar para abortar cualquier intento de rebelión matrimonial.
—¿Qué has dicho?
—Que mañana voy a ir a verla —repitió el Javi, levantándose del suelo y sacudiéndose el polvo de los pantalones—. Solo. Voy a ir a hablar con ella. Sin papeles, sin abogados y sin carpetas azules. Voy a pedirle perdón por el numerito del otro día y a ver cómo está. Que es mi madre, Soraya, y si le pasa algo no me lo voy a perdonar en la vida.
—Tú no vas a ningún lado solo, Javi —le espetó ella, cruzándose de brazos—. Si vas, voy yo. Porque sé perfectamente lo que va a pasar: te va a poner un plato de potaje, te va a llorar un poco con el recuerdo de tu padre y vas a volver aquí con el rabo entre las piernas diciendo que no podemos tocar el piso. Que eres un blando, Javi. Un blando y un cobarde.
—Pues si soy un cobarde, lo soy por haber permitido que trataras a mi madre como si fuera una okupa —dijo el Javi, alzando la voz por primera vez en tres años de matrimonio—. Mañana voy. Y como te metas en el coche, te juro que lo estampo contra la mediana de la autopista.
La Soraya se quedó de piedra. El calzonazos oficial de la comunidad de propietarios acababa de sacar los dientes, y la tormenta, que hasta entonces había soplado a favor de la ambición, empezaba a cambiar de rumbo con la fuerza de un vendaval del Guadarrama.
Parte 6: El retorno del hijo pródigo con olor a gasoil y remordimiento
El sábado amaneció con una niebla cerrada que tapaba los caballos de la Plaza Mayor. La Conchi se había levantado con el cuerpo revuelto, de esos días en que el reuma te avisa de que va a cambiar el tiempo y la cabeza te da vueltas como una peonza. Estaba en la cocina, con la radio pequeña sintonizada en la emisora de copla, limpiando unos avíos para hacer un caldo corto, cuando oyó tres golpes suaves en la puerta del piso.
No era el timbre; eran tres golpes con los nudillos, discretos, casi miedosos.
La Conchi se limpió las manos en el delantal con parsimonia, pensando que sería la Mari que bajaba a por un poco de perejil, y abrió la puerta sin mirar por la mirilla. Al abrir, se quedó de piedra. En el rellano estaba el Javi. Venía sin la Soraya, con el abrigo desabrochado, el pelo revuelto por el viento de la sierra y una cara de sueño que daba pánico. En la mano traía una caja de pasteles de la pastelería San Onofre, de las de lazo de cuerda de toda la vida.
Madre e hijo se quedaron mirando durante diez segundos que parecieron diez años. El traqueteo de la radio de fondo, con la voz de la Piquer cantando Ojos verdes, era el único sonido que rompía el silencio del portal.
—Hola, mamá —dijo el Javi con un hilo de voz que le temblaba más que las piernas.
La Conchi miró la caja de pasteles, luego miró los ojos enrojecidos de su hijo y sintió que todo el armazón de orgullo y rabia que había construido durante los últimos meses se le caía a los pies como un castillo de naipes. Porque una madre puede estar enfadada, puede estar herida de muerte, pero el olor de su sangre sigue siendo el olor de su sangre.
—Pasa, Javi —dijo la Conchi, haciéndose a un lado—. Pasa y quítate el abrigo, que traes todo el frío de la calle metido en el cuerpo.
El chaval entró despacio, mirando las paredes del pasillo como el que vuelve a su patria después de un largo exilio. Dejó la caja de pasteles sobre la mesa camilla y se sentó en el tresillo de eskai, hundiéndose en él con un suspiro que le salió del alma.
—¿Quieres un café? —preguntó la Conchi desde la puerta del salón, con las manos metidas en los bolsillos del delantal para que no se viera cómo le temblaban.
—Sí, mamá. Un café de los tuyos. Con leche de la de verdad y dos cucharadas de azúcar —pidió el Javi, mirando al suelo.
La Conchi se fue a la cocina y el ruido de la cafetera de rosca empezó a llenar la casa con ese olor a hogar que no se puede comprar en ninguna plataforma de alquiler turístico. Cuando volvió con las dos tazas en la bandeja de metal, se encontró al Javi con la cabeza entre las manos, llorando en silencio, con los hombros sacudidos por los sollozos.
La Conchi dejó la bandeja sobre la mesa camilla, se acercó al tresillo y se sentó al lado de su hijo. No dijo nada. Le puso una mano en la nuca, como hacía cuando el chaval venía del colegio con las rodillas peladas de jugar en el patio, y le acarició el pelo despacio.
—Perdóname, mamá. Perdóname por ser tan descastado —sollozó el Javi, arrimando la cabeza al hombro de su madre—. Que me he vuelto loco, mamá. Que la Soraya me tenía la cabeza comida con el estatus, con el dinero y con las apariencias. Que me daba vergüenza mirarme al espejo por las mañanas pensando en lo que le hicimos al padre y lo que te estábamos haciendo a ti. Que el otro día en la plaza… si lo llego a saber, me corto las manos antes de firmar nada.
—Ya pasó, hijo, ya pasó —dijo la Conchi, y una lágrima gorda le resbaló por la mejilla arrugada, yendo a parar al pelo de su hijo—. El dinero vuelve locos a los tontos, Javi, y tú siempre has sido un poco tonto para las cosas de la vida. Te crees todo lo que te dicen con palabras raras. Pero el piso de tu padre no se toca, hijo. No por egoísmo, sino porque esta es la única áncora que nos queda en el mundo. Si vendemos esto, nos convertimos en aire, Javi. En aire de ese que se lleva el viento y no deja rastro en ningún sitio.
El Javi se secó los ojos con la manga del abrigo, como un niño chico, y cogió la taza de café. Le dio un sorbo largo, cerrando los ojos para saborear el azúcar y la canela que su madre siempre le echaba al café.
—La cosa está muy mal en casa, mamá —confesó el Javi, bajando la voz como si la Soraya pudiera oírlo desde la periferia—. Nos hemos metido en unos gastos que no podemos pagar. Ella quiere aparentar lo que no somos. Se pasa el día comprando ropa por internet que luego devuelve, y a mí me tiene frito con que tengo que pedir un aumento en la gestoría o buscarme otro trabajo por las tardes. Ayer tuvimos una bronca de las de romper platos. Me dijo que si no conseguía el piso de la calle Mayor, se volvía a casa de sus padres en Vallecas y me dejaba solo con la hipoteca del adosado.
La Conchi escuchaba con la atención de un juez de instrucción. El panorama era el esperado: la ambición rota por la realidad del euríbor y las cuotas mensuales.
—Pues que se vaya, Javi —dijo la Conchi con una frialdad que dejó a su hijo de piedra—. Que se vaya a Vallecas con sus padres, que son buena gente y bastante tienen con haber criado a semejante elemento. Si esa mujer solo te quiere por el piso de la calle Mayor, es que no te quiere a ti, Javi. Quiere a un burro de carga que le pague los caprichos y las pestañas postizas. Y tú vales más que eso, hijo, aunque a veces parezca que tienes las entendederas de vacaciones.
En ese momento, la puerta del piso volvió a sonar, pero esta vez con la fuerza habitual de la Mari, que entraba sin esperar a que le abrieran.
—¡Conchi! ¡Que me he enterado de que ha subido el Javi! —gritó la Mari desde el pasillo, entrando al salón con el delantal puesto y una mirada que prometía guerra—. ¡Ah, estás aquí, viva la gracia! ¿Qué pasa, que venimos a por la segunda parte del contrato o es que la marquesa te ha mandado a por los pasteles para rebajar la tensión?
El Javi se levantó de la silla como un resorte, poniéndose colorado, pero la Conchi lo detuvo con una mano.
—Sentaos las dos —mandó la Conchi con tono de capitana general—. Mari, cállate la boca y vete a la cocina a por tres platos limpios para los pasteles. Que mi hijo ha venido a pedir perdón y en esta casa el perdón se celebra con chocolate y crema, como Dios manda.
La Mari miró al Javi, vio las ojeras del muchacho y los ojos hinchados de llorar, y el corazón de vecina de toda la vida se le ablandó en un segundo.
—Bueno… si es por pedir perdón, se acepta el pastel —refunfuñó la Mari, dándole una palmada cariñosa al Javi en la espalda al pasar—. Pero que sepas, chaval, que a tu madre casi nos la mandas al hospital del susto el otro día. Que tienes una mina de madre y la estabas cambiando por una bisutería barata. Venga, voy a por los platos, que los milhojas de San Onofre no se pueden quedar esperando.
El ambiente en el salón cambió por completo. La niebla de la calle Mayor parecía haberse disipado de golpe dentro de la casa, sustituida por el aroma del café recién hecho y la complicidad de las mujeres del barrio, que cuando se ponen a defender a uno de los suyos, no hay euríbor ni nuera en el mundo que pueda con ellas.
Parte 7: La estrategia de la resistencia o el contraataque de las corralas
Dos semanas después del regreso del hijo pródigo, las cosas en el adosado de la periferia habían llegado al punto de no retorno. La Soraya, al ver que el Javi volvía de la calle Mayor sin los papeles firmados y con una actitud de «hasta aquí hemos llegado», había cumplido su amenaza a medias: no se había ido a Vallecas, pero le había declarado la guerra fría doméstica. No le hacía la cena, no le hablaba y se pasaba las noches mandándole mensajes incendiarios por el móvil a su suegra, mensajes que la Conchi borraba directamente sin leer por consejo de la Mari.
—Conchi, que la bicha está acorralada —decía la Mari una mañana en el mercado de San Miguel, mientras elegían unos cuartos de gallina para el caldo—. Cuando las de su especie se ponen así de agresivas, es porque ven que el negocio se les va al garete. Hay que dar el golpe de gracia, hermosa. Hay que demostrarle quién manda en el Madrid de los austrias.
—¿Y qué quieres que haga, Mari? ¿Que vaya al adosado con el rodillo de la Puri? —preguntó la Conchi, pagando al pollero con las monedas exactas.
—Que no, mujer, que estamos en el siglo veintiuno, hay que usar la cabeza —sonrió la Mari con una picardía que daba miedo—. El domingo es el santo de la Puri, y vamos a organizar una comida en tu casa. Una comida de las de antes. He hablado con el Javi y me ha dicho que él viene, que está deseando comerse un cocido de los tuyos. Y le hemos dicho que le diga a la Soraya que está invitada. Que venga, Conchi. Que venga aquí, a tu terreno, donde las paredes huelen a historia y donde no puede usar sus palabros en inglés porque no la entiende nadie. Vamos a hacerle una encerrona de las buenas, pero con educación, con mucha educación madrileña.
La Conchi se lo pensó tres veces. La idea de meter a la Soraya otra vez en su salón le revolvía las tripas, pero entendió la estrategia de su amiga. Era el momento de escenificar la victoria de la tradición sobre la ambición fastuosa, de demostrarle a la muchacha que el piso de la calle Mayor no era un «activo inmobiliario», sino un templo familiar inexpugnable.
El domingo llegó con un sol radiante de esos que limpian el cielo de Madrid y dejan la sierra de Guadarrama pintada de blanco al fondo. Desde las ocho de la mañana, el portal número doce olía a gloria bendita. El caldo del cocido de la Conchi llevaba tres horas cociendo a fuego lento, con su tocino de veta, su morcillo, sus garbanzos de Fuentesaúco remojados en agua tibia con sal y su repollo bien rehogado con ajito y pimentón de la Vera.
A las dos de la tarde aparecieron los invitados. La Mari y la Puri bajaron primero, vestidas con sus mejores galas de domingo, con los collares de perlas buenas y el pelo recién salido de la peluquería de la esquina. A los diez minutos sonó el timbre.
La Conchi abrió la puerta con una sonrisa de oreja a oreja. Ahí estaba el Javi, con una camisa limpia y planchada por él mismo (se notaban las arrugas en las mangas, pero se valoraba el intento), y detrás la Soraya. La muchacha traía una cara que parecía que venía a un entierro de tercera. Se había puesto un vestido negro de esos estrechos que no te dejan respirar y unos zapatos de tacón que se enganchaban en las ranuras de la madera del pasillo.
—Buenas tardes, Concepción —dijo la Soraya, intentando mantener el tipo y la barbilla alta, aunque el olor al tocino del cocido le entró por la nariz y le descolocó la compostura por un momento.
—Pasad, pasad, que el cocido se enfría y el caldo con grasa caliente no hay quien se lo tome —dijo la Conchi con una amabilidad que parecía de azúcar cande—. Soraya, qué guapa vienes, aunque te veo un poco flaca, hija. Que en esa urbanización del norte debe de hacer un viento que te va a llevar un día de estos. Siéntate aquí, al lado de la Mari, que os vais a llevar divinamente.
La mesa del comedor estaba puesta con el mantel de hilo de la boda de la Conchi, la vajilla de la Cartuja con los bordes de flores y los cubiertos de alpaca que daban un brillo de palacio. La Soraya se sentó con cuidado, mirando de reojo a la Mari, que ya se estaba sirviendo un vaso de vino tinto de Valdepeñas con una soltura de tabernera vieja.
—Bueno, Soraya, ¿y qué tal el adosado? —preguntó la Mari, atacando el plato de aceitunas con anchoas que había en el centro—. Me ha dicho mi cuñado el de la gestoría que esa zona es monísima, pero que para comprar el pan hay que coger el coche de San Fernando, un rato a pie y otro andando, ¿no? Que allí no hay tiendas de las de toda la vida, solo centros comerciales de esos donde te clavan diez euros por un café con hielo.
—Es una zona residencial exclusiva, María —respondió la Soraya, acentuando la palabra exclusiva como si fuera un escudo de armas—. Buscamos tranquilidad y un entorno con networking para el futuro de Javier. El centro de Madrid está muy masificado, lleno de contaminación y de gente… de gente mayor, vamos. No tiene proyección de futuro para una pareja joven con ambiciones.
La Conchi salió de la cocina en ese momento portando una sopera de porcelana de la que salía un vapor espeso y con un aroma que resucitaba a un muerto. Apoyó la sopera en mitad de la mesa y miró a su nuera con una fijeza maternal entrañable.
—Pues fíjate tú, Soraya, que esta gente mayor del centro es la que ha pagado las calles por las que pisas —dijo la Conchi con una sonrisa tranquila mientras servía el primer cazo de sopa con fideos finos—. Que si no fuera por el costumbrismo del siglo pasado, como tú dices, tu marido no tendría los estudios que tiene ni la educación que le dieron sus padres. Venga, toma un plato de sopa, que esto te va a asentar el estómago y te va a quitar esa cara de vinagre que traes de la autopista.
El Javi cogió su plato con las dos manos, metió la cuchara y le dio un bocado que casi se quema la lengua.
—¡Ay, mamá! ¡Esto es gloria! —exclamó el muchacho con los ojos brillantes—. Que en la urbanización comemos unas sopas de sobre que huelen a cartón mojado. Esto sí que es un activo inmobiliario de primer orden, Soraya, y no las estanterías de la cocina que montamos el otro día.
La Soraya le lanzó una mirada a su marido que combinaba el desprecio más absoluto con la promesa de un divorcio contencioso en cuanto pisaran el coche, pero el Javi ya estaba inmunizado. El calor del caldo de su madre le había devuelto el juicio de los austrias, y de allí no lo movía ni un máster de la escuela de negocios más cara de Europa.
Parte 8: El desenlace de la Plaza Mayor o la victoria de las raíces antiguas
La comida fue un calvario de tres horas para la Soraya y un triunfo absoluto para el vecindario de la calle Mayor. Después de la sopa vinieron los garbanzos, tiernos como la manteca, el morcillo que se deshacía con el tenedor, el tocino blanco que daba gloria verlo y la bola de relleno que la Conchi hacía con pan rallado, huevo, ajo y perejil, frita y luego cocida en el caldo. La Soraya apenas picoteó tres garbanzos y un trozo de repollo, diciendo que la comida tradicional le daba pesadez en el colon, mientras la Mari y la Puri daban cuenta de las viandas con un ritmo de legionarios en campaña.
Al llegar a los postres, con los milhojas de San Onofre presidiendo la mesa junto a una botella de anís del Mono para las señoras y una de coñac Soberano para el Javi, la Conchi consideró que había llegado el momento de cerrar el capítulo y firmar la paz definitiva, pero bajo sus propias condiciones.
Se levantó de la mesa, fue a la cómoda de caoba del salón y sacó la carpeta de cartón azul que el Javi había dejado allí dos semanas antes. Volvió a la mesa camilla, apartó las tazas de café y puso la carpeta justo delante de la Soraya.
La muchacha miró la carpeta con una chispa de esperanza codiciosa en los ojos. Pensó por un momento que la vieja se había ablandado con los vapores del cocido y las copas de anís, y que por fin iba a claudicar ante la modernidad turística.
—¿Qué es esto, Concepción? —preguntó la Soraya, intentando modular la voz para que sonara profesional.
—Esto son los papeles de la discordia, Soraya —dijo la Conchi, apoyando las manos en la mesa—. Los papeles que trajiste aquí para que yo renunciara a mi vida y al recuerdo de mi Manuel. Don Anselmo, el abogado de la calle Arenal, los ha estado mirando bien. Y me ha dicho que están muy mal redactados, que eso de la renta vitalicia tenía más trampas que una película de chinos y que si llego a firmar eso, me quedo en la calle en tres meses sin piso y sin dinero.
El Javi se puso de pie, mirando a su mujer con una indignación que ya no podía contener.
—¿Qué? ¿Cómo que con trampas, Soraya? ¡Tú me dijiste que eso era un contrato legal y seguro para mamá! —gritó el muchacho, dando un golpe en la mesa que hizo bailar las copas de anís.
—¡Cállate, Javi, que tú no entiendes de finanzas! —le espetó la Soraya, poniéndose roja como un tomate—. Era una estructura de optimización fiscal para proteger el patrimonio de la inflación. Si tu madre prefiere creerle a un abogado de barrio que huele a cerrado antes que a las tendencias del mercado inmobiliario internacional, es su problema.
—No, Soraya, no es su problema, es el tuyo —intervino la Conchi con una calma majestuosa que silenció el comedor—. El piso de la calle Mayor se queda como está. A mi nombre y bajo mi usufructo hasta que el de arriba decida llamarme al capítulo. Y cuando yo falte, el piso será de mi hijo Javi. De nadie más. Pero con una condición que voy a dejar bien firmada ante el notario el lunes por la mañana: el piso no se puede vender, ni alquilar a turistas, ni hipotecar durante los próximos treinta años. Es una cláusula de herencia vinculada, que me ha explicado don Anselmo que se puede hacer perfectamente para proteger las casas de los tontos y de las listas.
La Soraya se levantó de la silla de golpe, tan rápido que el tacón del zapato izquierdo se le terminó de romper con un crack seco contra la madera del parqué. Se quedó coja, apoyada en la mesa, con el pelo alborotado y una cara de rabia que parecía una caricatura de los carnavales.
—¡Esto es una vergüenza! ¡Una emboscada de paletas de corrala! —chilló la Soraya, agarrando su bolso de marca falsa con una fuerza que le blanqueó los nudillos—. ¡Quédate con tu piso viejo, con tus muebles de caoba y con tus vecinas cotillas, Concepción! ¡Y tú, Javi, si te quieres quedar aquí a comer croquetas de cocido toda la vida con tu mamá, te quedas! ¡Pero yo me vuelvo a la civilización ahora mismo, y mañana tienes la demanda de divorcio en la mesa de la oficina!
La Soraya se dio la vuelta y salió del salón cojeando ostensiblemente, haciendo un ruido rítmico de muleta con el tacón roto contra el pasillo: clac, pon, clac, pon. Abrió la puerta del piso con un portazo que hizo temblar los marcos de las fotos del Manuel y desapareció escaleras abajo, perdiéndose en el eco de la calle Mayor.
El silencio volvió al salón, pero esta vez no era un silencio de naufragio; era el silencio limpio que queda en el campo después de que ha pasado una tormenta de verano y ha dejado la tierra lavada y los árboles verdes.
El Javi se dejó caer en la silla, miró la puerta del pasillo, luego miró a su madre y soltó una carcajada larga, limpia, de las que curan el pecho y quitan las tonterías de la cabeza. La Mari y la Puri lo acompañaron, y en un momento el comedor de la Conchi era un coro de risas madrileñas que se oían desde los balcones de forja hasta el arco de Cuchilleros.
—Bueno, Javi —dijo la Conchi, sirviéndole una copa generosa de coñac Soberano a su hijo—. Parece que te has quedado sin adosado en el norte y sin coche nuevo con llantas de marca. Pero has recuperado los domingos, el cocido de tu madre y el derecho a comer turrón de chocolate del bueno sin que nadie te eche una bronca por el metabolismo ese.
—He recuperado la cabeza, mamá, que es lo más importante —dijo el Javi, chocando su copa con la de su madre—. Que la sierra está muy bien para ver los pinos, pero donde esté el olor a los calamares fritos de la Plaza Mayor y la conversación del Paco por las mañanas, que se quiten todos los Balis del mundo entero.
La Mari se levantó para asomarse al balcón. El sol de la tarde madrileña caía de plano sobre los adoquines viejos de la plaza, iluminando a los guiris que paseaban tranquilos, a los palomos que buscaban migas de pan y a los vecinos que bajaban a por el periódico con la bufanda puesta.
—¡Vaya tarde buena se ha quedado, Conchi! —dijo la Mari, entornando los ojos por la luz—. Que dice el Paco desde abajo que si nos bajamos luego a tomar una ración de oreja a la plancha para celebrar que el chico ha vuelto al redil.
—Dile que baje el Javi ahora mismo a encargarla, Mari —sonrió la Conchi, sentándose otra vez en su mesa camilla y metiendo las piernas debajo del tapete de ganchillo—. Que mi hijo tiene que recuperar el peso que ha perdido con las lechugas de la periferia, y en la calle Mayor las penas se curan con pan, con vino y con la dignidad de las cosas que no tienen precio porque valen toda una vida de trabajo.