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Tormenta de injusticia en la Plaza Mayor: el destino roto de una madre humillada por la ambición de su propia nuera

Tormenta de injusticia en la Plaza Mayor: el destino roto de una madre humillada por la ambición de su propia nuera

Parte 1: El preludio de la tormenta o cómo un café con churros puede oler a traición

A ver, que yo os lo cuente no significa que me alegre del mal ajeno, pero es que lo de la Conchi y su nuera, la Soraya, se veía venir desde que la muchacha apareció en el barrio con unos aires que ni la mismísima Preysler en sus mejores tiempos. Que aquí nos conocemos todos en el Madrid de los austrias, que las paredes son de adobe y los chismes corren más rápido que el AVE a Sevilla.

Aquel martes de noviembre había amanecido con ese frío puñetero que te mete el veranillo de San Martín por el cogote y no te lo saca ni un caldo de gallina. La Conchi, que es de las que se levanta a las seis de la mañana a pasar la mopa «por si entra un ladrón y ve el polvo», se había puesto su abrigo de paño bueno, el que le compró su difunto Manuel en Galerías Preciados antes de que las cerraran, y se había ido para la Plaza Mayor. El plan era sencillo, o al menos eso creía la pobre: un chocolate con churros en el bar de toda la vida para celebrar que su hijo, el Javi, cumplía treinta y cinco tacos. Treinta y cinco años bien llevados, aunque con menos luces que una patera, todo hay que decirlo.

—Conchi, que te vas a quedar pajarito ahí fuera —le dijo el camarero, el Paco, mientras le ponía el azucarero de acero inoxidable sobre la mesa de la terraza. La Plaza Mayor a esa hora es un desierto de adoquines mojados y guiris despistados buscando un bocata de calamares que todavía no se ha frito.

—Que no, Paco, que he quedado con el niño y con la otra —respondió la Conchi, ajustándose la bufanda con un brío que delataba sus nervios—. La otra, ya sabes, la marquesa de Vallecas. Que dice que prefiere terraza porque dentro el olor a fritanga se le mete en el abrigo de marca. ¡Ay, señor, qué cruces nos tocan!

Y es que el conflicto no venía de nuevas. La Soraya, que de Vallecas solo tenía el código postal de nacimiento porque ahora se creía de la Moraleja por haber hecho un curso de marketing digital en una academia de tres al cuarto, llevaba meses rondando el piso de la Conchi. Un piso de techos altos, de los de antes, en plena calle Mayor, con balcones de forja que dan gloria verlos. Una golosina para cualquiera que sepa lo que cuesta el metro cuadrado en el centro, y una obsesión enfermiza para la Soraya, que ya se veía cobrando alquileres turísticos a los daneses.

A los diez minutos aparecieron por el arco de Cuchilleros. Bueno, apareció ella, pisando el adoquín con unos tacones que hacían clac, clac, clac y que debían de doler solo de mirarlos, y detrás el Javi, arrastrando los pies, con los hombros caídos y esa cara de «yo no he sido» que tiene desde que hacía la primera comunión.

—¡Hombre, mamá! ¿Pero qué haces aquí fuera con el relente que cae? —dijo el Javi, arrimando la cara para darle dos besos que sonaron a puro trámite.

—Pregúntaselo a tu mujer, hijo, que es la que tiene los pulmones de seda —soltó la Conchi sin anestesia, mirando de reojo a la Soraya, que ya se estaba limpiando la silla con un pañuelo de papel como si el bar del Paco tuviera la peste bubónica.

—Hola, Concepción —dijo la Soraya, acentuando bien el nombre entero, que sabía que a la Conchi le repateaba porque en el barrio toda la vida ha sido Conchi o la mujer del Manuel—. No es por los pulmones, es por la higiene. Que con el tema de los virus nunca se sabe quién se ha sentado antes. Javi, pídele al camarero una toallita húmeda, anda.

El Javi miró a su madre, miró a su mujer, y prefirió mirar al suelo. Era el vivo retrato de la sumisión matrimonial, un hombre que había cambiado el cocido de su madre por las ensaladas de quinoa y las broncas semanales.

—Déjate de toallitas, Soraya, que el Paco limpia las mesas con lejía de la buena, de la que desinfecta hasta las conciencias —replicó la Conchi, cruzándose de brazos—. Siéntate, Javi, que te he pedido un chocolate. Que es tu cumpleaños, hijo, aunque parece que se te ha olvidado celebrarlo con tu madre.

—No se nos ha olvidado, Concepción —intervino la Soraya, sentándose por fin y colocándose el bolso de marca falsa sobre las rodillas como si fuera un escudo—. De hecho, venimos precisamente a hablar de celebraciones. Y de futuro. Porque a los treinta y cinco años, un hombre tiene que empezar a pensar en grande, no en quedarse estancado en el costumbrismo del siglo pasado.

La Conchi olió el peligro. No era el chocolate lo que estaba sobre la mesa, era una emboscada en toda regla. Miró a su hijo buscando una mirada de complicidad, una de esas señas que se hacían cuando el difunto Manuel se ponía pesado con el fútbol, pero el Javi estaba muy ocupado intentando descolgar el teléfono que le vibraba en el bolsillo.

—¿Qué futuro ni qué niño muerto, Soraya? El futuro del Javi está muy bien en su gestoría, ganando su sueldo y viviendo en su piso —dijo la madre, apretando los dientes.

—Ah, ahí quería yo llegar —sonrió la Soraya, y esa sonrisa tenía más veneno que una víbora en agosto—. En su piso no, Concepción. En el piso que pagáis a medias con la hipoteca de la periferia. Que para ir al centro tardamos una hora de reloj entre el Cercanías y el metro. Un sinvivir, vamos. Que Javi ya no tiene edad para ir como las sardinas en lata en el vagón de las ocho de la mañana.

—Pues que vaya a las siete, que se viaja más ancho —cortó la Conchi—. Que toda la vida hemos ido en transporte público y no se nos han caído los anillos. Ni a su padre, que en paz descanse, ni a mí.

—Ya, pero los tiempos cambian, suegra. Y las oportunidades vuelan.

El Paco llegó en ese momento con la bandeja, rompiendo la tensión con el ruido de las tazas. Puso los churros, calientes y crujientes, en mitad de la mesa, y un plato de porras que chorreaban el aceite justo para estar divinas. El Javi alargó la mano como un resorte, pero la mirada de la Soraya lo detuvo en seco en mitad del trayecto.

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