Terminé en un HOSPITAL de Sevilla y mis AMIGOS DE CONFIANZA gastaron mis ahorros médicos para irse de VACACIONES DE LUJO
PARTE 1: El Hostiazo, el Patinete y la Fe Ciega
A ver, para que os hagáis una idea de la magnitud de la tragedia, os tengo que poner en situación. Sevilla. Finales de junio. Ese momento del año en el que el aire acondicionado deja de ser un electrodoméstico para convertirse en una religión, y salir a la calle entre las dos de la tarde y las ocho de la tarde es, básicamente, un deporte de riesgo. La ciudad huele a asfalto derretido, a Cruzcampo caliente y a la desesperación de los guiris que pensaban que “Spain is different” significaba que aquí no te podías asar vivo caminando por el barrio de Santa Cruz.
Yo me llamo Carlos. Treinta y dos años, soltero por vocación (o eso le digo a mi madre para que deje de darme la brasa), y hasta hace unas semanas, orgulloso poseedor de una cuenta de ahorros que me había costado sangre, sudor y lágrimas llenar. Quince mil pavos, señores. Quince mil eurazos que llevaba ahorrando desde que tenía veintitantos, trabajando de sol a sol en una empresa de logística donde mi jefe tenía menos empatía que un cactus. Ese dinero era mi billete de salida, mi entrada para un pisito en Triana, mi colchón para no tener que depender de nadie en esta vida.
Y luego estaban mis “hermanos”. Javi y Paco.
A Javi lo conozco desde preescolar. Es el típico notas que siempre ha sido guaperas, el que se echaba gomina hasta para ir a comprar el pan, y el que te podía vender un frigorífico en el Polo Norte con esa labia de comercial de telefonía que tiene. Paco, por otro lado, era nuestro contrapeso. Un tío más agarrado que una pelea de pulpos, capaz de calcular la cuenta de un bar al céntimo para no poner ni un euro de más en el bote. Éramos inseparables. Los tres mosqueteros del Guadalquivir. Si yo me tiraba por un puente, ellos se tiraban detrás (o eso pensaba yo, el muy iluso).
La cosa fue así. Era un martes tonto. Habíamos quedado para tomar unas cervezas y unas tapas por el centro. Yo venía de entregar un proyecto gordo en el curro y me sentía el rey del mambo. Como llegaba tarde, cometí el mayor error de mi vida adulta: alquilé uno de esos patinetes eléctricos del demonio.
Iba yo por la Avenida de la Constitución, esquivando tranvías, turistas con sombreros mexicanos (que alguien me explique por qué compran eso en Sevilla) y coches de caballos que dejaban un aroma… pintoresco. Iba a tope, con la brisa caliente dándome en la cara, sintiéndome libre. Y entonces, ocurrió.
No fue un coche. No fue un bache. Fue una maldita paloma.
Pero no una paloma cualquiera. Era una paloma gorda, kamikaze, con instintos suicidas, que decidió despegar justo en el momento en que mi rueda delantera pasaba por su código postal. Por el susto, di un volantazo brusco hacia la derecha. La rueda del patinete se encajó en el raíl del tranvía.
El tiempo, os lo juro, se paró. Recuerdo ver la Giralda de fondo mientras mi cuerpo salía disparado por los aires con la gracia de un saco de patatas. Volé. Literalmente volé. Y el aterrizaje no fue precisamente en blandito.
Caí de espaldas, rodé, y me di un golpe contra un bolardo de hierro fundido que creo que hizo temblar hasta los cimientos de la Catedral. El crujido que escuché no fue el de mi orgullo rompiéndose, no. Fue el de mi fémur derecho, mi cadera, y mi clavícula izquierda diciendo “hasta aquí hemos llegado, chaval”.
El dolor… madre mía, el dolor. Es como si te metieran un hierro al rojo vivo por la pierna y te obligaran a bailar sevillanas. Me quedé tirado en el suelo, gritando como un gorrino en San Martín, mientras un círculo de guiris se arremolinaba a mi alrededor echando fotos en lugar de llamar al 112. “Oh my god, is he dead?”, decía una señora con la piel color cangrejo. “¡Que llaméis a una puta ambulancia, me cago en mis muelas!”, gritaba yo, aunque creo que solo me salían gruñidos.
En esto que llegaron Javi y Paco, que estaban en la terraza de un bar a cien metros y habían escuchado el escándalo.
—¡Hostia, Carlos! ¡La madre que me parió! —gritó Javi, poniéndose blanco como la pared—. ¡Paco, llama al 061 que este se nos va!
Paco estaba paralizado, mirando mi pierna, que tenía un ángulo que desafiaba todas las leyes de la anatomía humana.
Cuando por fin llegó la ambulancia, los paramédicos me inyectaron algo que me dejó viendo colorines y me subieron a la camilla. Me dijeron que la cosa era grave. Múltiples fracturas, posible daño en los nervios, y una necesidad urgente de cirugía reconstructiva con placas y tornillos. Al ser un accidente de tráfico complejo y estando yo en un estado de histeria monumental (y bajo los efectos de sabe Dios qué opiáceo), tomé una decisión de la que me arrepentiré hasta el día del Juicio Final.
Le dije al de la ambulancia que me llevara a la Clínica Sagrado Corazón, el hospital privado más pijo de la ciudad.
¿Por qué? Porque la Sanidad Pública, que la amo y la defiendo, me iba a tener en la sala de espera de Urgencias del Virgen del Rocío doce horas, y yo sentía que me moría. Además, el médico de la ambulancia me advirtió: “Chaval, con el estropicio que tienes, si quieres operarte esta noche y que te pongan el material bueno de titanio sin esperar, te va a costar un riñón por lo privado”.
Y yo, en mi delirio de dolor y morfina, pensé: Tengo el dinero. Para esto están los ahorros. Para que no me quede cojo para los restos.
Llamé a Javi, que estaba subiendo a su coche para seguir a la ambulancia, y le hice un gesto desesperado con la mano buena. Se acercó a la ventanilla de la ambulancia.
—Javi… hermano… —le dije, agarrándole de la camiseta del Betis que llevaba puesta, con lágrimas en los ojos—. Me llevan al privado. Me tienen que operar ya. Va a ser un pastizal.
—Tranquilo, Carlos, tranquilo, tío. No te preocupes por el dinero, la salud es lo primero —me decía él, dándome palmaditas en la frente sudada.
Con mano temblorosa, me saqué la cartera del bolsillo del pantalón (que me habían tenido que rajar con unas tijeras). Saqué mi tarjeta de débito dorada. La que estaba vinculada a mis quince mil euros de sudor y lágrimas.
—Toma. Tómala, Javi. El PIN es mi fecha de nacimiento, 1405. Paga la entrada del hospital. Paga lo que haga falta para que me operen hoy. Paga la habitación. Tú te encargas de todo, tío. Confío en ti con mi vida. Eres mi hermano. Paco y tú sois mi familia ahora mismo.
Javi cogió la tarjeta con una solemnidad que me conmovió. Sus ojos brillaban.
—Ni lo dudes, Carlos. Tú céntrate en salir vivo de esta. Paco y yo nos ocupamos del papeleo, de los pagos, y de que no te falte de nada. Seremos tus guardaespaldas financieros, chaval. Te lo juro por mi madre.
Le solté la mano, aliviado. Me dejé caer en la camilla mientras la ambulancia arrancaba con las sirenas a todo trapo. Pensé: Qué suerte tengo. No tengo novia, mi familia vive en Galicia y casi no nos vemos, pero tengo a los mejores colegas que un tío puede pedir.
Me operaron esa misma noche. Fueron seis horas de quirófano. Me pusieron más tornillos que a un mueble de Ikea y una placa de titanio en el fémur que, según el cirujano, me iba a pitar en los aeropuertos hasta el día en que me muriera.
Me desperté en una habitación individual que parecía de un hotel de cuatro estrellas. Había una tele de plasma, una cama reclinable con mando a distancia, y un silencio sepulcral. Todo pintaba bien. Estaba vivo. Mis piernas seguían pegadas a mi cuerpo. Mis ahorros habían cumplido su función.
Lo que no sabía es que, en ese preciso instante, a cientos de kilómetros de allí, mis “guardaespaldas financieros” estaban a punto de tomar la peor decisión de sus vidas y, por ende, la que iba a arruinar la mía.
PARTE 2: La Espera, la Sospecha y el Gazpacho de la Muerte
Los dos primeros días en la clínica fueron una neblina de analgésicos intravenosos, caldos de pollo sin sal y visitas constantes de enfermeras que me tomaban la tensión y me hacían sonreír con ese acento sevillano que te quita las penas. Mi enfermera favorita se llamaba Rocío (cómo no). Era una mujer de unos cincuenta años, de Triana, que no tenía pelos en la lengua.
—Ay, mi arma, tienes el fémur que parece un rompecabezas —me decía mientras me cambiaba las vías—. Pero tú no te apures, que en esta cama vas a estar como un marajá. Eso sí, me ha dicho el de administración que tu cuenta va ya por los ocho mil euros, niño. Espero que tengas un buen seguro o un tío en las Américas.
Yo le sonreía, drogado perdido. “Tranquila, Rocío. Tengo ahorros. Mis colegas están gestionando la tarjeta en recepción”.
Pero al tercer día, la neblina de la medicación empezó a despejarse. Y con la lucidez, llegó el aburrimiento. Y con el aburrimiento, la observación.
Me di cuenta de algo muy extraño: ni Javi ni Paco habían venido a verme.
Al principio, busqué excusas lógicas. Javi trabaja en una inmobiliaria y Paco es contable. Estarán ocupados. Además, a Paco le da mucha grima el olor a hospital. Seguro que están organizándose para venir juntos, traerme unos cómics, o a lo mejor hasta me traen una PlayStation portátil para que no me muera del asco mirando el gotero.
Al cuarto día, la paciencia se me estaba agotando. Mi móvil, por supuesto, se había desintegrado en el accidente con el patinete. Había quedado esparcido por las vías del tranvía como confeti. Así que estaba incomunicado, aislado del mundo exterior, dependiendo exclusivamente del teléfono fijo de la habitación.
Intenté llamar a Javi desde el fijo.
Pi, pi, pi, pi… “El número marcado no corresponde a ningún cliente, o se encuentra temporalmente restringido”.
¿Qué coño? Bueno, habrá cambiado de número o no tendrá cobertura.
Llamé a Paco.
Pi, pi, pi, pi… “El número marcado…”
La misma cantinela.
El quinto día amaneció con un calor sofocante que se colaba hasta por los conductos del aire acondicionado de la clínica. Me trajeron el almuerzo. Un gazpacho que, siendo generoso, sabía a agua con un leve recuerdo a tomate, y un filete de pescado blanco que tenía la misma textura que la suela de mi zapatilla izquierda (la que sobrevivió al accidente). Mientras masticaba aquella abominación culinaria, entró en la habitación un tipo trajeado. Tenía una carpeta negra y cara de pocos amigos.
—Buenos días, don Carlos. Soy el director financiero de la clínica. Don Alberto.
—Hombre, don Alberto. Pase, pase. Disculpe que no me levante, pero ya ve —intenté hacer una broma, señalando mis piernas escayoladas y elevadas por unas poleas que parecían sacadas de un potro de tortura medieval.
El tipo ni sonrió.
—Verá, señor. Tenemos un pequeño… inconveniente administrativo. El pago inicial de urgencias y la reserva de quirófano se realizó sin problemas hace cinco días. Se pasaron de su tarjeta seis mil euros exactos.
—Perfecto. Ese era el trato. ¿Y bien?
—El problema —carraspeó don Alberto, ajustándose las gafas—, es que hoy hemos intentado pasar el segundo cargo correspondiente a la hospitalización, medicación, los honorarios del cirujano y las prótesis de titanio… un total de cinco mil quinientos euros. Y la tarjeta ha sido rechazada.
El trozo de pescado blanco se me hizo bola en la garganta. Empecé a toser.
—¿Rechazada? —pregunté, escupiendo un poco de agua—. Eso es imposible, don Alberto. Im-po-si-ble. Esa cuenta tiene (o tenía) quince mil euros. Sobra dinero por todas partes. Habrá un error en su datáfono. O a lo mejor el banco ha bloqueado la tarjeta por seguridad al ver un cargo tan grande. Ya sabe cómo son en el Banco Santander, que te bloquean la tarjeta si compras dos veces en el Mercadona el mismo día.
—Señor, hemos llamado a su entidad bancaria —replicó el de traje, frío como un témpano—. No hay ningún bloqueo por seguridad. La tarjeta ha sido rechazada por fondos insuficientes. El saldo actual de su cuenta, según nos informan, es de veintitrés euros con cincuenta céntimos.
El silencio que siguió a esa frase fue tan espeso que se podía cortar con un bisturí.
Sentí que la habitación daba vueltas. El pitido de mi monitor cardíaco empezó a acelerarse. Pi-pi-pi-pi-pi.
—Don Alberto, se está usted equivocando de paciente. Mire bien la carpeta. Mi nombre es Carlos…
—Sé cómo se llama. Le ruego que solucione esto a la mayor brevedad. Esta es una clínica privada. Si no recibimos el pago o una garantía antes de mañana por la mañana, nos veremos obligados a trasladarle al sistema de salud pública. Y le aseguro que, en su estado, un traslado en ambulancia va a ser una experiencia… desagradable.
Se dio media vuelta y salió por la puerta, dejándome a solas con el sonido frenético de mi propio corazón.
Veintitrés euros con cincuenta céntimos.
No. No, no, no.
Javi y Paco son mis hermanos. Javi es el padrino de mi hipotético primer hijo. Paco me prestó apuntes en la facultad. No pueden haberme hecho esto. Seguro que han movido el dinero a una cuenta de alta rentabilidad. Seguro que Javi, que se cree el lobo de Wall Street, ha invertido el dinero en criptomonedas para pagarme la clínica y sacar beneficio. ¡Seguro que es un malentendido!
Empecé a hiperventilar. Pulsé el botón rojo de llamada a enfermería con tanta fuerza que casi lo rompo. A los treinta segundos entró Rocío, mi enfermera, alarmada.
—¡Niño! ¿Qué te pasa? Que tienes las pulsaciones por las nubes. ¿Te duele el fémur? ¿Te pongo un Nolotil?
—¡Rocío! ¡Por lo que más quieras en este mundo, préstame tu móvil! —supliqué, con los ojos inyectados en sangre—. Tengo que mirar mi banco. Es una emergencia de vida o muerte.
Rocío me miró extrañada, pero al ver mi cara de absoluto pánico, se sacó un teléfono del bolsillo del pijama sanitario.
—Toma, chiquillo. Pero no me gastes los datos, que estoy a final de mes.
Agarré el móvil con mi única mano buena. Mis dedos temblaban. Entré en el navegador. Tecleé la dirección de mi banco. Me pidió mi DNI y mi clave de acceso. Las puse. Me pidió confirmación por SMS.
—¡Mierda! ¡El SMS llega a mi teléfono y está reventado! —grité, golpeando el colchón.
Rocío, que debía estar acostumbrada a los dramas de hospital, suspiró.
—A ver, mi arma. Si tienes la aplicación de tu banco vinculada a un correo electrónico, puedes pedir que te manden el código al email en lugar de al teléfono. Yo lo hago cuando me voy al pueblo y no hay cobertura.
Era una idea brillante. Seguí sus instrucciones. Pedí la recuperación de contraseña por email. Entré en mi cuenta de Gmail desde el navegador del móvil de Rocío. Y ahí estaba. El código del banco.
Lo introduje. La pantalla cargó durante lo que me parecieron cuatro siglos. Ese maldito círculo azul dando vueltas. Dando vueltas. Dando vueltas.
Y finalmente, la pantalla de inicio de mi cuenta apareció.
SALDO DISPONIBLE: 23,50 €
El estómago se me encogió. Rápidamente, con el pulgar tembloroso, fui a la sección de “Últimos Movimientos”. Yo esperaba ver algún embargo del Estado, algún cobro por error de Hacienda, qué sé yo, algo institucional y aburrido que pudiera solucionar con una llamada.
Lo que vi me provocó un microinfarto.
Alineados en la pantalla, con fechas que correspondían a los últimos cuatro días mientras yo estaba aquí comiendo puré de calabacín y cagando en una cuña, había una lista de cargos que parecía el extracto bancario de un jeque árabe con problemas de adicción a la fiesta.
PARTE 3: El Descubrimiento: Ibiza, Yates, Botellas de Dom Pérignon y la Traición de los “Hermanos”
No podía apartar los ojos de la pantalla. Rocío, la enfermera, me miraba con lástima, probablemente pensando que me había dado un ictus.
—Niño, ¿estás bien? Te has quedado blanco como el gotero.
—Rocío… creo que voy a vomitar —murmuré.
Y no era una metáfora. Las náuseas me invadieron al leer cada línea del extracto bancario. Fui deslizando el dedo hacia abajo, revisando la masacre financiera.
Día 1 (El día de mi operación, mientras yo debatía con San Pedro en el quirófano):
Cargo: Clínica Sagrado Corazón. Urgencias. -6.000 € (Vale, este era legítimo. El único legítimo en todo el puto historial).
Cargo: Vueling Airlines. Billetes SVQ-IBZ (Sevilla-Ibiza) x2. Tarifa Optima Flex. -480 €.
Cargo: Uber Aeropuerto Sevilla. -35 €.
¿Ibiza? ¿Billetes para dos? ¿El mismo maldito día que me operaban de urgencia? Mi cerebro intentaba procesarlo. “A lo mejor han tenido que ir a Ibiza a buscar a un especialista”, pensé en un último, patético e irracional intento de defender a mis amigos.
Día 2 (Mientras yo lloraba porque se me había pasado el efecto de la anestesia epidural):
Cargo: Hotel Hard Rock Ibiza. Estancia 5 noches. Suite Rock Star. -3.200 €.
Cargo: Restaurante Lío Ibiza. Cena y espectáculo. -850 €.
Cargo: O Beach Club. Reserva de Cama Balinesa VIP. -1.200 €.
La bilis me subió por la garganta. La “Suite Rock Star”. ¡Cama balinesa VIP! ¡Yo estaba en una cama ortopédica que olía a desinfectante y ellos estaban tumbados en una cama balinesa, bebiendo mojitos a mi costa!
Día 3 (Mientras yo sufría porque me habían puesto una sonda urinaria):
Cargo: Alquiler de embarcaciones “Blue Marin Ibiza”. Yate modelo Sunseeker 50ft. Medio día. -1.800 €.
Cargo: Discoteca Ushuaïa. Botellas Dom Pérignon x3. Zonal VIP. -1.500 €.
Cargo: Farmacia Ibiza Centro. (¿Qué coño compraron en la farmacia por 120 euros? ¿Condones de oro? ¿Ibuprofeno con polvo de diamante?).
Día 4 (Ayer, mientras yo preguntaba a la enfermera si mis amigos habrían llamado a recepción):
Cargo: Pacha Ibiza. Entradas y consumiciones. -600 €.
Cargo: Desayuno buffet “El resaca” Ibiza. -80 €.
Y el saldo final, riéndose en mi cara: 23,50 €.
Ni siquiera habían dejado para pagar la suscripción de Netflix. Habían saqueado casi nueve mil euros en cuatro días. Habían cogido mi tarjeta, mi sangre, mis horas extras en el almacén logístico cargando palets, y se lo habían fundido en botellas de champán francés que te traen con bengalas mientras suena música tecno a todo volumen.
—Hijos… de… la grandísima… puta —articulé, sílaba a sílaba.
Rocío se santiguó.
—¡Jesús, María y José! ¡Qué boca, muchacho! ¿Qué te ha pasado?
—¡Que me han robado, Rocío! ¡Mis mejores amigos! ¡Los que me juraron por su madre que iban a cuidar mis finanzas! ¡Están en Ibiza! ¡En un yate! ¡Con mi dinero! ¡Y yo estoy aquí con un pañal puesto y debiéndole cinco mil pavos al tío del traje!
Empecé a reír. Era una risa histérica, desquiciada. Me reía tanto que me empezó a doler la clavícula rota, lo que me hizo llorar, así que estaba riendo y llorando al mismo tiempo, pareciendo un loco de remate.
Le arrebaté el móvil a Rocío (con cuidado) y abrí Instagram. Si estaban en Ibiza, esos cabrones no iban a ser discretos. Javi era el rey del “postureo” andaluz. Su religión era aparentar. Y si tenía dinero (MI dinero) infinito, iba a subirlo a las redes.
Entré en su perfil. Efectivamente, ahí estaba. La foto de perfil brillante. Un círculo de colorines que indicaba que había subido una Story hace menos de una hora.
Toqué el círculo.
El vídeo empezó a reproducirse con la música a tope. Se veía el mar azul turquesa de Formentera. La proa de un yate blanco inmaculado. Y ahí estaban. Javi, con unas gafas de sol de marca, el torso desnudo y brillante de crema solar, sosteniendo una copa de champán. A su lado, Paco. Paco, el tío que una vez me hizo un Bizum de 0,30 céntimos porque habíamos comprado una barra de pan a medias. Paco llevaba un sombrero de paja y estaba abrazando a dos chicas con acento extranjero que se reían a carcajadas.
Y entonces, el puto Javi mira a la cámara, levanta la copa, y grita:
—¡Va por ti, hermano! ¡Recupérate pronto de esa pierna! ¡Nosotros estamos aquí sufriendo por ti en las islas! ¡Un brindis por el patrocinador oficial de este verano inolvidable! ¡Viva Carlos y viva la madre que lo parió!
Paco se ríe en el vídeo: “¡Carlitos, te queremos, bro! ¡Nos tomamos la siguiente a tu salud!”.
El vídeo terminó.
Me quedé petrificado. No era solo que me hubieran robado. Es que estaban presumiendo de ello. Estaban usando mi desgracia, mi dolor físico, mi accidente, como la excusa perfecta para pegarse las vacaciones de sus vidas. “El patrocinador oficial”. Me habían convertido en su sugar daddy involuntario.
—Voy a matarlos —dije, en voz muy baja, muy calmada. Una calma que asustó más a Rocío que mis gritos anteriores.
Fui a WhatsApp. Escribí un mensaje al grupo que teníamos los tres, llamado Los Reyes del Guadalquivir.
Carlos: Hijos de puta. Estoy viendo el banco. Devolved el dinero ahora mismo o llamo a la Guardia Civil.
Le di a enviar. Apareció un reloj. Luego un tic gris.
Esperé. Cinco minutos. Diez minutos.
Rocío me miraba con los brazos cruzados. “Ay, señor, vaya papeleta”, murmuraba.
Fui al chat individual de Javi.
Carlos: Javi. Sé lo del yate. Sé lo del Hard Rock. Tienes 5 minutos para transferir ese dinero de vuelta o te juro por Dios que te corto los huevos y te los hago tragar.
Le di a enviar. Un tic gris.
De repente, la foto de perfil de Javi desapareció, reemplazada por el muñequito gris por defecto de WhatsApp. La información de “Última vez conectado” se borró.
Hice lo mismo con Paco. Su foto de perfil (él comiendo un bocadillo de calamares) desapareció al instante.
Me habían bloqueado.
Mis “hermanos”, después de robarme quince mil euros y dejarme tirado en un hospital con facturas acumulándose por minutos, habían tenido la poca vergüenza, la cobardía monumental, de bloquearme en WhatsApp para no arruinarles el “vibe” ibicenco.
Me dejé caer contra la almohada del hospital. El aire acondicionado zumbaba. Rocío me puso una mano compasiva en el hombro.
—Niño… —me dijo suavemente—. Creo que voy a ir a buscar a don Alberto. Y de paso, te voy a traer un tranquilizante doble. Porque me da a mí que esta tarde vas a necesitar hacer muchas llamadas.
PARTE 4: La Ruina, el Pañal y el Arte de Planear una Venganza en Escayola
Las siguientes cuarenta y ocho horas fueron un descenso a los infiernos burocráticos y emocionales que no le deseo ni a mi peor enemigo.
Lo primero que tuve que hacer fue confesar mi miseria. Cuando don Alberto, el de administración, volvió a entrar en la habitación con su carpeta negra, ya no me anduve con rodeos.
—Don Alberto, no se lo va a creer, pero he sido víctima de un desfalco. Mis amigos de confianza, a los que di mi tarjeta para pagarles a ustedes, han decidido invertir mis fondos médicos en la industria del ocio nocturno de las Islas Baleares. Estoy a dos velas. Arruinado. Tiesos. Mi patrimonio líquido actual es inferior al precio de un menú del Burger King.
Don Alberto ni pestañeó. Este hombre debía haber visto de todo. Seguramente la semana pasada un señor le intentó pagar un baipás coronario con una colección de sellos.
—Lo entiendo, señor Carlos. Lamento profundamente su situación personal. Pero las normas de la Clínica Sagrado Corazón son estrictas. Hemos tramitado su traslado. Una ambulancia del Servicio Andaluz de Salud vendrá a recogerle a las 16:00 horas para trasladarle al Hospital Virgen Macarena. Su deuda con nosotros, de cinco mil quinientos euros, pasará a nuestro departamento jurídico. Le enviaremos un burofax con las opciones de fraccionamiento de pago con intereses de demora. Que tenga un buen día.
Y así fue. A las cuatro de la tarde, vinieron dos celadores que parecían armarios empotrados, me subieron a una camilla rodante, y me metieron en una ambulancia pública que olía a lejía y a desesperanza.
El traslado fue una tortura. Cada bache de las calles de Sevilla era un recordatorio físico de que Javi y Paco estaban, en ese mismo instante, deslizando sus culos morenos por los toboganes de algún parque acuático con mi dinero.
El Hospital Virgen Macarena me recibió con los brazos abiertos, pero con la saturación típica de la sanidad pública en verano. Me metieron en una habitación compartida. Mi nuevo compañero de cuarto era el señor Eusebio, un abuelo de ochenta y dos años que estaba ingresado por un problema de próstata y que tenía la televisión puesta a un volumen que haría sangrar los oídos a un sordo. Sintonizada permanentemente en los programas del corazón.
—¡Hombre, chaval! —me gritó Eusebio nada más entrar—. ¡Qué avería traes! ¿Te has caído de un andamio?
—No, Eusebio, no. Me caí de un patinete y luego mis mejores amigos me robaron los ahorros para irse de putas a Ibiza —respondí, ya sin filtros, mirando al techo desconchado de la habitación.
Eusebio soltó una carcajada ronca que terminó en un ataque de tos.
—¡Ay, la juventud! ¡Si es que no se puede confiar en nadie! Yo le dejé a mi cuñado mil pesetas en el año ochenta y dos para comprar tabaco rubio y todavía no le he visto el pelo. ¡Mil pesetas! ¡Que entonces era dinero!
Mientras Eusebio relataba la epopeya de su cuñado, yo conseguí que mi hermana pequeña, Laura, que bajó de urgencia desde Galicia al enterarse del percal, me trajera un teléfono móvil viejo y me configurara la línea nueva.
A través de Laura, llamé a la Policía Nacional. Interpuse la denuncia desde la misma cama del hospital. Vinieron dos agentes a tomarme declaración. Cuando les conté la historia de la tarjeta, el PIN voluntario, y el “patrocinador oficial”, uno de los policías se tuvo que morder el labio para no reírse.
—A ver, Carlos —me dijo el agente, tomando notas—. Técnicamente, usted les dio el PIN y la tarjeta de forma voluntaria. Es un caso de apropiación indebida, no un robo con fuerza. El proceso va a ser largo. Habrá que demostrar que el mandato era solo para gastos médicos y que ellos se excedieron en el uso de esa confianza. Tienen las facturas de Ibiza a su nombre, claro, pagadas con su tarjeta. Es fácil rastrearlos.
—¡Pues vayan a Ibiza y deténgalos! ¡Están en la zona VIP del puto Ushuaïa! —grité yo, ganándome una mirada de reproche de una enfermera que pasaba por el pasillo.
—Señor, no podemos mandar a los GEO a detener a dos tíos en bañador por un presunto delito de apropiación indebida sin una orden judicial previa. Esto irá al juzgado. Les llegará la citación. Si se niegan a devolver el dinero, irán a juicio. Puede tardar un año. O dos.
¿Un año? ¿Dos años? Para entonces, Javi y Paco habrían cagado todo el caviar y meado todo el Dom Pérignon que compraron con mis ahorros de tres años de cargar cajas. Y yo, mientras tanto, tenía que afrontar una deuda de cinco mil quinientos euros con la clínica privada, la rehabilitación de mi pierna, y la vergüenza absoluta de haber sido el pringado del siglo.
Pero algo cambió en mi interior en ese momento. Mientras miraba la pantalla del móvil prestado, viendo cómo mi cuenta seguía congelada en esos tristes 23,50 euros, y escuchaba a Eusebio roncar con la boca abierta, dejé de llorar. La tristeza se evaporó por completo, dejando espacio a una energía nueva, pura y cristalina.
El odio.
Pero no un odio ciego. Un odio meticuloso. Un odio paciente.
Empecé a pensar en lo que sabía de ellos.
Javi trabajaba en una inmobiliaria de lujo. Su jefe era un tipo estiradísimo, súper conservador, al que le importaba la imagen de la empresa más que la vida humana. Javi había conseguido ese trabajo mintiendo en el currículum sobre su nivel de inglés (que es nivel “My tailor is rich”) y porque su tío era amigo del gerente. Además, Javi tenía una novia, Marta, a la que le había dicho que se iba a un “retiro espiritual de yoga” en la Sierra de Aracena para encontrarse a sí mismo porque estaba muy estresado. Un retiro espiritual en el Ushuaïa, tocándole el culo a go-gós rusas. Interesante.
Y luego estaba Paco. Paco el contable. El obseso del ahorro. Paco llevaba meses intentando que le aprobaran un crédito hipotecario en La Caixa para comprarse un adosado en Mairena del Aljarafe. Estaba a punto de firmar. El banco estaba revisando su solvencia. ¿Cómo vería el departamento de riesgos de La Caixa que su intachable cliente de repente se viera envuelto en una demanda penal por apropiación indebida y fraude bancario de casi nueve mil euros?
Sonreí. Fue una sonrisa siniestra. Eusebio se despertó a medias, me vio sonriendo a la nada en la penumbra de la habitación, se santiguó y se dio la vuelta.
Agarré el móvil.
Abrí mi correo electrónico. Empecé a redactar.
Para: marta_garcia_92@…
Asunto: El retiro espiritual de Javi en la Sierra (con fotos exclusivas).
Cuerpo del mensaje: Hola Marta, soy Carlos. Desde el hospital te mando un saludo. Pensaba que te gustaría ver lo bien que le está sentando el “yoga” a Javi. Te adjunto unos vídeos de Instagram que amablemente ha subido desde el yate que alquiló con el dinero de mis operaciones quirúrgicas. Fíjate bien en el minuto 0:15, la postura del perro boca abajo que le está haciendo a la chica rubia es muy profesional.
Le di a enviar.
Luego, busqué el correo corporativo del jefe de Javi, que me sabía de memoria porque le había ayudado a configurarlo en su portátil una vez.
Para: [email protected]
Asunto: Comportamiento delictivo de su empleado Javier Ruiz.
Cuerpo: Estimado Director, me dirijo a usted para informarle de que su empleado, el señor Javier Ruiz, se encuentra actualmente en Ibiza habiendo sustraído la cantidad de 9.000 euros destinados a una operación quirúrgica de urgencia. He procedido a interponer la correspondiente denuncia penal. Adjunto copia de la denuncia sellada por la Policía Nacional. Considero que una empresa de su prestigio debería conocer la catadura moral y legal de quienes representan su marca frente a clientes de alto poder adquisitivo. Un cordial saludo, Carlos, ex-amigo y víctima.
Le di a enviar. Dos pájaros de un tiro.
Quedaba Paco.
A Paco no le podía arruinar la relación de pareja porque era incapaz de mantener una, pero podía darle donde más le dolía: en los números y en el ego.
Busqué en LinkedIn el contacto del director de la sucursal de La Caixa en Mairena del Aljarafe. Lo encontré.
Para: juan.manuel.director@lacaixa…
Asunto: Información relevante sobre solicitud de hipoteca de Francisco Gómez.
Cuerpo: Estimado Juan Manuel, le adjunto la denuncia penal interpuesta en la Comisaría Centro de Sevilla contra su cliente Francisco Gómez por apropiación indebida de fondos médicos. Como entenderá, este inminente proceso judicial podría afectar gravemente a su solvencia financiera para hacer frente al crédito hipotecario que ustedes están evaluando en estos momentos. Cordialmente…
Le di a enviar.
Me recosté en la almohada. Respiré hondo. El olor a lejía del hospital me pareció de repente aroma a victoria. El dolor del fémur palpitaba, pero era un dolor soportable, casi dulce.
Sabía que el dinero iba a tardar en volver. Sabía que me iba a tirar seis meses haciendo rehabilitación, cojeando por Sevilla apoyado en una muleta ortopédica mientras pagaba una letra mensual a la clínica Sagrado Corazón. Sabía que mis sueños del pisito en Triana se habían pospuesto hasta la próxima década.
Pero mientras me acomodaba en mi colchón de espuma barata del hospital público, imaginé la escena.
Imaginé a Javi mañana por la mañana, despertándose con resaca en la suite del Hard Rock. Su móvil empezaría a pitar. Sería Marta, histérica, dejándole un audio de tres minutos lleno de insultos andaluces que harían sonrojar a un marinero. Luego pitaría de nuevo. Sería su jefe estirado, comunicándole el despido disciplinario fulminante y amenazando con acciones legales por dañar la imagen de la empresa.
Imaginé a Paco recibiendo una llamada de Juan Manuel, el director del banco, denegándole la hipoteca del adosado de sus sueños y pidiéndole amablemente que no volviera a pisar la sucursal.
Imaginé a ambos, tirados en la arena de Ibiza, sin novia, sin trabajo, sin hipoteca, y a punto de enfrentarse a un juez cabreado. Y lo mejor de todo: al estar bloqueado en WhatsApp, ni siquiera podrían llamarme para insultarme o suplicarme piedad. Yo era un fantasma. Un fantasma en escayola, pero un fantasma.
—Eusebio —dije en voz alta en la oscuridad de la habitación.
—¿Qué pasa ahora, muchacho? —gruñó el abuelo, despertándose.
—¿Sabes qué? Tenías razón. De los amigos no te puedes fiar. Pero la venganza, amigo mío… la venganza se sirve bien fría. Y si puede ser con un poquito de gazpacho del malo, mejor.
Eusebio soltó una carcajada.
—¡Tú estás loco de atar, chaval! ¡Anda y duérmete, que mañana te tienen que pinchar la heparina a las seis de la mañana!
Cerré los ojos. Por primera vez en cinco días, sonreí con ganas. No tenía dinero, estaba postrado en una cama, me picaba la escayola, y me debían el valor de un coche de segunda mano en operaciones. Pero Javi y Paco iban a volver de Ibiza en clase turista, llorando, y directos al infierno de la realidad.
Y eso, señores, casi valía los nueve mil euros. Casi.
PARTE 5: El Despertar, las Llamadas Desesperadas y la Terapia del Karma
A la mañana siguiente, el sol de Sevilla entró por la ventana de la habitación del Virgen Macarena con la fuerza de un rayo láser apuntando directamente a mis retinas. Eran las siete de la mañana. Una enfermera con cara de haber dormido tres horas en toda la semana entró empujando un carrito metálico que hacía más ruido que un camión de la basura cuesta abajo. Me tocaba el pinchazo de heparina en la barriga. Un dolor agudo y punzante que, curiosamente, me hizo sentir más vivo que nunca.
Mientras Eusebio, mi compañero de cuarto, se quejaba de que el desayuno del hospital consistía en una tostada que parecía un trozo de cartón pluma y un café que sabía a agua de fregar, yo encendí el móvil prestado por mi hermana.
La pantalla se iluminó y, de repente, pareció que el teléfono iba a explotar.
Veintisiete llamadas perdidas. Todas de números desconocidos o de fijos con prefijo de las Islas Baleares. Dieciocho mensajes de voz en el buzón. Mi plan no es que hubiera funcionado, es que había detonado como una bomba nuclear en medio del Mediterráneo.
Me acomodé las almohadas detrás de la espalda, ignorando el dolor punzante de la clavícula, y me puse los auriculares. Eusebio me miraba de reojo mientras mojaba su tostada petrificada en el café aguado. Le hice un gesto para que prestara atención. Él, que era más cotilla que las vecinas de mi pueblo, bajó el volumen de la tele de golpe.
Le di al play al primer mensaje de voz. Era de las cuatro de la madrugada.
Se escuchaba música tecno de fondo, muy amortiguada, como si quien llamaba estuviera encerrado en el baño de una discoteca. Luego, la voz de Javi. Pero no era el Javi chulo y prepotente del vídeo de Instagram. Era un Javi con la voz temblorosa, casi aguda, al borde del colapso respiratorio.
“Carlos… tío… hermano… por favor, dime que el correo que le ha llegado a Marta es una puta broma. ¡Dime que eres un hacker o algo, cabrón! Me ha llamado llorando a mares, me ha dicho que ha visto los vídeos, que me deja, que se va a casa de su madre y que ha tirado mi ropa por la ventana al patio de luces. Y lo peor… Carlos, por la gloria de tu madre, ¿has mandado algo a mi jefe? Me acaba de llegar un SMS del banco diciendo que mi nómina está retenida y un email de Recursos Humanos citándome por videoconferencia a las nueve de la mañana para ‘rescisión de contrato por mala praxis’. Carlos, coge el puto teléfono, ¡nos estamos ahogando aquí! ¡La bromita ha ido muy lejos!”.
El mensaje terminó. Sonreí. Una sonrisa de oreja a oreja.
El segundo mensaje de voz era de Paco. Eran las cinco de la mañana. Este no estaba en un baño. Este estaba en la calle, se escuchaba el viento y las gaviotas.
“Carlos, soy Paco. A ver, seamos racionales. Seamos adultos. He recibido una notificación de la app de La Caixa. Me han denegado la hipoteca. Me han puesto en la lista de morosos de riesgo por una alerta judicial preventiva que, casualmente, coincide con una denuncia en la comisaría centro de Sevilla. Esto no tiene sentido, económicamente hablando. Lo que hemos gastado… a ver, se nos ha ido un poco de las manos la celebración de que estabas vivo, pero era un dinero que íbamos a reponer, ¿entiendes? Como un préstamo al cero por ciento de interés. No puedes ir por la vida denunciando a tus amigos y arruinando su futuro inmobiliario por un malentendido contable. Retira la denuncia hoy mismo y hablamos de un plan de amortización a cinco años para devolverte el dinero”.
Solté una carcajada tan fuerte que me dolió el esternón. “Un plan de amortización a cinco años”, el muy sinvergüenza. Se acababa de fundir mis ahorros en botellas de champán luminoso en Ushuaïa y me proponía pagarme a plazos como si yo fuera una lavadora de MediaMarkt.
Seguí escuchando. Mensaje tras mensaje, la desesperación iba en aumento. A las seis de la mañana, ya no eran quejas, eran súplicas. Javi lloraba a moco tendido en un audio diciendo que el alquiler del yate les había cobrado una fianza extra por dejar manchas de crema solar en la tapicería y que ahora no tenían dinero ni para coger un taxi al aeropuerto. Paco, en otro audio, intentaba regatearme, diciéndome que si retiraba la demanda él me regalaba su colección de cómics de Marvel valorada, según él, en doscientos euros.
Me quité los auriculares. Eusebio me miraba con los ojos muy abiertos.
—Muchacho, no he escuchado nada, pero por la cara que tienes, o te ha tocado el Euromillón o la venganza está servida.
—Eusebio —le respondí, sintiendo una paz interior absoluta—, el karma es un plato que se sirve en cama balinesa, y a mis ex amigos les acaba de dar una indigestión de las buenas.
A lo largo de esa mañana, no les cogí el teléfono. Dejé que se cocieran en su propio jugo. Mi hermana Laura llegó sobre la una de la tarde con un arsenal de tuppers llenos de comida decente, porque se negaba a que su hermano se alimentara a base de puré de hospital. Mientras yo daba buena cuenta de un filete empanado, le resumí los audios. Laura, que tiene un genio gallego que da miedo cuando se enfada, apretaba los puños.
—Es que los mato. Te juro que si los veo entrar por esa puerta, cojo el gotero y se lo enrollo en el cuello a los dos —decía ella, indignada.
—Tranquila, fiera. Ya están muertos en vida —la calmé, masticando—. Ahora toca esperar. No tienen dinero para seguir en el hotel porque el Hard Rock se cobra por adelantado, pero los gastos extra se cargan al final. Tienen mi tarjeta, pero la cuenta está a veintitrés euros. Cuando vayan a hacer el check-out, el sistema informático del hotel les va a escupir en la cara. Y a ver cómo pagan los minibares y el servicio de habitaciones.
Dicho y hecho. A las tres de la tarde, recibí un mensaje de texto desde el número de Paco. Habían conseguido saldo para enviar un triste SMS.
“Estamos en el aeropuerto de Ibiza. Hemos tenido que dejar mi reloj Viceroy en la recepción del hotel como fianza porque la tarjeta no pasaba. Dormimos aquí esta noche. Cogemos el vuelo de Ryanair de mañana a las 6 AM que pagamos antes de irnos. Vamos directos al hospital. Tenemos que hablar, Carlos. Cara a cara. Esto se soluciona como hombres.”
Como hombres, decían. Los mismos tipos que me bloquearon en WhatsApp cuando les pedí mi dinero para pagar el quirófano.
PARTE 6: El Regreso de los Hijos Pródigos y la Intervención de la Muleta Justiciera
El martes amaneció nublado, un milagro en la Sevilla de julio. Yo llevaba ya una semana ingresado. La pierna seguía doliendo, pero el cirujano público que revisó mi caso me dijo que, al menos, la operación privada había salido bien y el titanio estaba en su sitio. Me quedaban semanas de inmovilidad y meses de rehabilitación, pero no iba a quedar cojo. Mi única preocupación ahora era económica. Los burofaxes de la clínica privada reclamando los cinco mil quinientos euros empezaban a llegar al domicilio de mi hermana, sumando una presión constante a mi recuperación.
Eran las doce de la mañana cuando la puerta de la habitación se abrió de par en par.
Yo estaba en mitad de una partida de ajedrez en el móvil, y Eusebio estaba roncando a pierna suelta. Al levantar la vista, la escena que apareció en el umbral era tan patética que casi sentí lástima. Casi.
Eran ellos. Javi y Paco.
Pero no eran los vividores bronceados que salían en Instagram brindando en la proa de un yate. Parecían dos náufragos que acababan de ser rescatados tras un mes a la deriva. Javi llevaba la misma camiseta de palmeras que en el vídeo, pero ahora estaba arrugada, manchada de algo que parecía kétchup, y tenía unas ojeras negras que le llegaban hasta los pómulos. Su tupé perfecto estaba aplastado y grasiento. Paco estaba peor; rojo como un cangrejo cocido por no haberse echado protección solar, llevaba una mochila a medio cerrar de la que asomaba una toalla sucia, y miraba al suelo como si buscara monedas.
Entraron arrastrando los pies. La habitación olía a desinfectante, y ahora también a sudor frío y desesperación de aeropuerto.
—Hombre, los Reyes del Guadalquivir —dije en voz alta, sin mover un músculo de la cara. Eusebio se despertó de golpe con mi voz, se puso las gafas y se sentó en la cama, oliendo el drama como un perro trufero.
Javi dio un paso al frente y se dejó caer de rodillas junto a mi cama. Literalmente de rodillas.
—Carlos… hermano… perdóname. Te lo juro por mi vida, perdóname. Me he quedado en la calle. Marta no me coge el teléfono, mi jefe me ha echado por “pérdida de confianza absoluta” y mi madre no me deja entrar en su casa porque Marta la llamó para contárselo todo. He dormido en el suelo de la terminal de Ibiza abrazado a una papelera.
Paco se quedó de pie, cruzado de brazos, intentando mantener una dignidad que había perdido hace nueve mil euros.
—Carlos, a ver, vamos a no dramatizar —empezó Paco con su tono nasal de contable sabelotodo—. Ha habido un fallo de comunicación. Nosotros pensamos que lo de la clínica lo cubría tu seguro de accidentes laborales, al ser con un patinete yendo de camino a ver a unos clientes… o lo que fuera. Pensamos que ese dinero de la tarjeta era, digamos, un excedente. Y como estábamos agobiados, dijimos: “Carlos querría que lo disfrutáramos”.
El silencio en la habitación fue cortante. Hasta Eusebio pareció aguantar la respiración.
—¿Un excedente? —susurré, sintiendo que la vena del cuello me empezaba a latir—. O sea, que yo os doy mi tarjeta en la puerta de una ambulancia, con el fémur partido en tres trozos, llorando de dolor, os digo “pagad la operación con los ahorros de mi vida”, y vosotros, mentes maestras de las finanzas, deducís que eso significa “iros a Ibiza a reventar quince mil pavos en putas, yates y botellas de Dom Pérignon porque a mí me sobra el dinero”. ¿Es esa vuestra brillante defensa, Paco?
Paco tragó saliva. Su piel roja pareció palidecer un poco por debajo de la quemadura.
—Técnicamente, no fueron quince mil. Fueron casi nueve mil. Dejamos veintitrés euros en la cuenta para que no te cobraran comisiones de mantenimiento por descubierto. Hemos sido responsables. Y en el Lío Ibiza no había putas, eran artistas de cabaret.
Javi le pegó un codazo a Paco en la espinilla.
—¡Cállate, idiota! ¡Que la estás cagando más! —le gritó Javi, volviéndose hacia mí con las manos suplicantes—. Carlos, estamos en la más absoluta miseria. Nos has destrozado. Y lo de la denuncia policial… tío, eso son antecedentes penales. Si me meten antecedentes, no voy a poder trabajar ni de reponedor en el Mercadona. Tienes que quitarla. Retira la denuncia y te lo vamos devolviendo poco a poco. Te limpiaré la casa. Te haré la compra. Te llevaré a caballito a la rehabilitación.
Los miré a los dos. Durante un segundo, una fracción de segundo, la nostalgia de veinte años de amistad me golpeó. Eran mis colegas. Habíamos crecido juntos. Habíamos celebrado cumpleaños, llorado rupturas y compartido miles de cervezas.
Pero entonces recordé el cargo de 1.800 euros del “Sunseeker 50ft” mientras yo me retorcía de dolor esperando que la anestesia hiciera efecto. Recordé a don Alberto mirándome con desprecio porque mi tarjeta fue rechazada. Y la piedad desapareció.
—Escuchadme muy bien los dos, porque no lo voy a repetir —mi voz era fría, metálica—. No sois mis amigos. Nunca lo fuisteis. Solo erais dos sanguijuelas que estaban esperando la oportunidad perfecta para chuparme la sangre. Me dejasteis tirado, sin dinero, humillado y con una deuda de cinco mil quinientos euros con la privada que no sé cómo voy a pagar.
—Te ayudaremos a pagarla, te lo juro… —gimoteó Javi.
—No, no lo haréis. Porque no tenéis ni un duro. Y en cuanto a la denuncia… no la voy a retirar. Esto va a ir a juicio. Vais a tener que contratar abogados, lo cual os va a costar más dinero que no tenéis. Vais a sentaros en el banquillo. Y el juez va a ver los extractos de la discoteca frente a las facturas impagadas del hospital. Os van a embargar hasta las pestañas.
Paco perdió los estribos. Dejó de hacerse el contable racional y dio un paso hacia mi cama, con la cara desfigurada por la rabia.
—¡Eres un puto rencoroso de mierda, Carlos! ¡Te dimos los mejores años de nuestra vida! ¡Si te pones así por unos miles de euros, es que no valoras la amistad! ¡Además, fuiste tú el idiota que nos dio el PIN de forma voluntaria! ¡Ningún juez nos va a condenar por robo, legalmente fue una donación, gilipollas!
En ese momento, vi que Paco levantaba la mano, no sé si para señalarme o para hacer qué, pero no llegó a completar el movimiento.
Un ruido seco y contundente resonó en la habitación. ¡CLACK!
Paco soltó un aullido de dolor y se llevó las manos a la corva de la rodilla izquierda, cayendo al suelo como un saco de plomo junto a Javi.
Detrás de él estaba Eusebio. El abuelo de ochenta y dos años se había levantado sigilosamente de la cama y le había arreado un bastonazo de madera maciza en la parte posterior de la pierna con una precisión envidiable.
—¡A este muchacho no le levantas tú la mano ni la voz en mi presencia, niñato sinvergüenza! —gritó Eusebio, blandiendo el bastón como si fuera un samurái andaluz—. ¡Venga, a la calle! ¡Fuera de aquí los dos antes de que llame a seguridad y os den de palos por alterar el orden público en un recinto sanitario!
Javi, aterrorizado por la furia del anciano, agarró a Paco por la camisa y lo arrastró hacia la puerta. Paco cojeaba, maldiciendo por lo bajo, con la cara roja de humillación.
—Esto no ha acabado, Carlos. ¡Nos veremos en los tribunales! —balbuceó Paco desde el pasillo.
—¡Allí os espero, cobardes! —les grité de vuelta—. ¡Y traed vaselina, que el juez os va a crujir!
La puerta se cerró. La habitación volvió a quedar en silencio, salvo por la respiración agitada de Eusebio. El anciano me miró, apoyó el bastón en el suelo y me guiñó un ojo.
—A estos dos no les vuelve a crecer el pelo en lo que les queda de vida, chaval. Menuda panda de desgraciados. Anda, pásame un trozo de ese filete empanado que te ha traído tu hermana, que me lo he ganado.
Esa noche dormí como un bebé. Sin analgésicos.
PARTE 7: El Acto de Conciliación, el Polo de 2008 y la Justicia Lenta pero Segura
Saltamos en el tiempo. Nueve meses después.
Primavera en Sevilla. El azahar volvía a oler en las calles, y yo ya podía caminar. Llevaba una muleta ergonómica en el brazo derecho y cojeaba de forma bastante notable, pareciéndome un poco al doctor House pero con menos dinero y peor humor. Los últimos meses habían sido un calvario de fisioterapia, de llorar intentando doblar la rodilla, y de trabajar desde casa picando datos en el ordenador de la empresa para no perder el empleo.
Económicamente, estaba asfixiado. La clínica privada me había embargado parte de la nómina para cobrarse los cinco mil quinientos euros, sumándole las costas y los intereses. Mi hermana me tuvo que prestar dinero para poder comer. Mis quince mil euros seguían esfumados en la brisa de Ibiza.
Pero llegó el día señalado. El acto de conciliación previo al juicio penal. Los juzgados del Prado de San Sebastián, un edificio de ladrillo visto donde la esperanza iba a morir.
Fui acompañado de mi abogada, Silvia, una mujer implacable que no cobraba barato pero que me prometió hundirlos en la miseria legal. Cuando entramos en la pequeña sala de reuniones, ellos ya estaban allí.
Javi y Paco.
El cambio físico era impactante. Javi, el Adonis de la gomina, había perdido unos diez kilos. Llevaba un traje que le venía tres tallas grande, y tenía una calva incipiente en la coronilla que intentaba disimular peinándose hacia adelante. Supe por conocidos en común que había estado trabajando de teleoperador vendiendo seguros de decesos y que vivía en una habitación alquilada en el polígono de San Pablo.
Paco estaba más gordo, sudoroso, y miraba a todas partes con tic nervioso en el ojo izquierdo. Seguía viviendo con sus padres, por supuesto, ya que su sueño hipotecario había muerto el mismo día que yo envié aquel email al director de su banco.
Se sentaron frente a mí, acompañados de un abogado de oficio que tenía cara de querer estar en cualquier otro sitio. El mediador judicial, un funcionario con gafas de concha y aspecto cansado, inició la sesión.
—Bueno, estamos aquí para intentar llegar a un acuerdo antes de que esto derive en un procedimiento penal por apropiación indebida de nueve mil euros, más daños y perjuicios. La parte demandante solicita la devolución íntegra del capital sustraído, el pago de la deuda de cinco mil quinientos euros generada con la Clínica Sagrado Corazón, más cuatro mil euros por daños morales. Total: dieciocho mil quinientos euros. ¿Qué propone la parte demandada?
El abogado de oficio carraspeó.
—Señoría… bueno, señor mediador. Mis clientes reconocen la deuda principal de nueve mil euros. Admiten que hubo un exceso de confianza y un uso, digamos, no autorizado de los fondos. Sin embargo, mis clientes se declaran en situación de insolvencia actual. El señor Javier Ruiz es insolvente y el señor Francisco Gómez tiene ingresos mínimos. Proponemos un calendario de pagos de cien euros mensuales entre los dos.
Mi abogada soltó una carcajada que resonó en toda la sala.
—Cien euros al mes. O sea, que mi cliente terminará de cobrar la deuda dentro de quince años, sin contar la inflación. Y eso si no fallan un solo mes. Señor mediador, esta propuesta es un insulto a la inteligencia. Mis clientes sufrieron un perjuicio directo mientras estaba hospitalizado de gravedad.
Paco se inclinó hacia adelante sobre la mesa, sudando a mares.
—¡No tenemos el dinero, Carlos! ¡No lo tenemos! ¡Se esfumó! ¡Pero te juro que te queremos pagar! Mira, te ofrezco mi coche. El Volkswagen Polo del año 2008. Tiene la ITV pasada, el embrague se lo cambié el año pasado, y la radio tiene Bluetooth. Te lo pongo a tu nombre mañana mismo. Y Javi… Javi tiene una colección de zapatillas edición limitada que podemos vender en Wallapop. Sacaremos algo.
Miré a Paco a los ojos. Sentí una mezcla de asco y fascinación antropológica.
—Paco. Tu coche tiene doscientos mil kilómetros, huele a perro húmedo y la ventana del copiloto no baja. Y las zapatillas de Javi me importan tres narices. Yo no soy un mercadillo de segunda mano. Yo soy el tío al que dejasteis tirado mientras os bebíais mi salud a morro en una discoteca.
Javi empezó a llorar. Lloraba en silencio, con lágrimas que le resbalaban por las mejillas hundidas.
—Carlos, por favor. Ya nos has destrozado la vida. No tengo novia. No tengo a mis amigos del grupo, que nos han dado la espalda a los dos por lo que hicimos. Mi familia me mira con asco. Lo he perdido todo por una semana de desfase. ¿No crees que ya hemos pagado bastante karma?
Me incliné sobre la mesa, apoyando mi peso en la muleta, y lo miré fijamente.
—No, Javi. El karma es espiritual. Esto es dinero. Y hasta que el último céntimo no esté de vuelta en mi cuenta bancaria, vuestro calvario acaba de empezar.
Mi abogada tomó la palabra, cerrando su carpeta con un golpe seco.
—No hay acuerdo. Nos vamos a juicio. Y solicitaremos el embargo preventivo de las nóminas presentes y futuras de los señores, así como de cualquier bien mueble o inmueble, incluyendo el maravilloso Volkswagen Polo, que saldrá a subasta por quinientos euros.
El mediador judicial asintió, firmó el acta de no conciliación y nos levantamos.
Mientras caminaba hacia la puerta apoyado en mi muleta, Paco me agarró del brazo.
—Esto es cruel, Carlos. Te estás pasando de la raya.
Me solté de su agarre de un tirón.
—Cruel es que te cobren doce euros por una botella de agua en Ibiza mientras tu amigo llora pidiendo morfina en Sevilla, Paco. Disfrutad de la pobreza.
PARTE 8: Epílogo de un Cojo Triunfante y la Reconstrucción de un Patrimonio
Han pasado dos años desde aquel fatídico vuelo de la paloma kamikaze.
El juicio se celebró. Fue un trámite rápido porque, al fin y al cabo, mi abogada tenía razón: los rastros bancarios no mienten. El juez no tuvo ninguna duda de que Javi y Paco habían abusado de mi confianza de forma flagrante y delictiva. La sentencia fue demoledora para ellos. Fueron condenados a devolverme no solo los nueve mil euros robados, sino también a hacerse cargo de la factura de la clínica privada (que ya me habían embargado a mí casi por completo) y una indemnización adicional por daños morales y costas legales. En total, más de veinte mil euros entre los dos.
Además, les cayeron seis meses de prisión, que al no tener antecedentes penales previos, no tuvieron que cumplir, pero que les dejaron la hoja de antecedentes más manchada que el expediente de un sicario. Eso significaba que conseguir un trabajo en cualquier empresa seria o presentarse a unas oposiciones se convirtió en una misión imposible para ellos durante años.
¿Cómo me están pagando? Mediante el embargo judicial directo de sus precarias nóminas.
Javi encontró trabajo finalmente en una cadena de comida rápida. Cada mes, el juzgado le retiene automáticamente el 30% del salario mínimo que cobra haciendo hamburguesas y me lo ingresa en mi cuenta. A veces, cuando pido comida a domicilio y me como una hamburguesa de esa cadena, me imagino a Javi dándole la vuelta a la carne en la plancha sudando grasa, y juro que la hamburguesa me sabe a gloria bendita.
Paco, por su parte, consiguió un puesto de auxiliar administrativo en un taller de chapa y pintura en un polígono industrial a las afueras. Su banco no le ha vuelto a dar ni las buenas tardes, mucho menos una hipoteca. Sigue viviendo con sus padres, amargado, y también sufre el embargo mensual que engorda poco a poco mi cuenta bancaria reconstituida. Al final, tuvieron que subastar su famoso Volkswagen Polo. Lo compró un chatarrero por seiscientos euros. Todo fue a parar a mi buchaca.
Yo, por mi parte, me recuperé. La cojera desapareció casi por completo gracias a un fisioterapeuta brutal que me hizo llorar lágrimas de sangre, pero que me devolvió la movilidad. Solo cojeo un poco cuando cambia el tiempo y va a llover, o cuando hace mucho frío, lo cual en Sevilla ocurre cuatro días al año, así que no me puedo quejar.
Con el dinero que he ido recuperando mes a mes gracias a los embargos, sumado a mi propio trabajo, pude saldar la deuda que me quedó con la clínica y con mi hermana Laura. Y hace tres meses, logré lo que parecía imposible aquel maldito verano: di la entrada para un piso.
No es en Triana, porque los precios se han puesto por las nubes, pero es un pisito luminoso en el barrio de la Macarena. Curiosamente, a dos calles del hospital público donde tramé mi dulce y fría venganza en compañía de Eusebio (con el que sigo quedando a tomar café y tortitas de vez en cuando, porque el hombre demostró ser más leal en una semana de hospital que mis amigos en veinte años).
La moraleja de esta historia no es que no debas alquilar patinetes eléctricos, aunque sinceramente, os lo desaconsejo encarecidamente si valoráis vuestros huesos. La moraleja tampoco es que no haya que fiarse de la sanidad privada, porque los tornillos de titanio que me pusieron son de primera calidad y no me han dado ni un problema en los aeropuertos.
La verdadera moraleja es mucho más simple. El dinero y la amistad son como el agua y el aceite: nunca se deben mezclar. Y si alguna vez te estás desangrando en una acera y tienes que elegir entre darle tu tarjeta de crédito sin límite a tu “hermano del alma” para que gestione tus finanzas, o comerte la tarjeta y tragarla para que nadie la use… cómprate un buen vaso de agua y trágatela entera.
Porque te aseguro que es mucho más fácil expulsar una tarjeta Visa por métodos naturales en la taza del váter, que intentar recuperar quince mil euros de dos sinvergüenzas que están bailando tecno en Formentera a tu salud.
Fin de la historia. Y si me disculpáis, me acaba de llegar un mensaje del banco. Es día cinco de mes. Acaba de entrar el embargo de la nómina del señor Javier Ruiz. Voy a bajarme al bar de abajo a pedirme una cerveza Cruzcampo bien fría y una ración de jamón del bueno. Y cuando levante la copa, brindaré en silencio, mirando al sur, hacia el Mediterráneo. Va por vosotros, chicos. Patrocinadores oficiales de mi nueva hipoteca.