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Terminé en un HOSPITAL de Sevilla y mis AMIGOS DE CONFIANZA gastaron mis ahorros médicos para irse de VACACIONES DE LUJO

Terminé en un HOSPITAL de Sevilla y mis AMIGOS DE CONFIANZA gastaron mis ahorros médicos para irse de VACACIONES DE LUJO

PARTE 1: El Hostiazo, el Patinete y la Fe Ciega

A ver, para que os hagáis una idea de la magnitud de la tragedia, os tengo que poner en situación. Sevilla. Finales de junio. Ese momento del año en el que el aire acondicionado deja de ser un electrodoméstico para convertirse en una religión, y salir a la calle entre las dos de la tarde y las ocho de la tarde es, básicamente, un deporte de riesgo. La ciudad huele a asfalto derretido, a Cruzcampo caliente y a la desesperación de los guiris que pensaban que “Spain is different” significaba que aquí no te podías asar vivo caminando por el barrio de Santa Cruz.

Yo me llamo Carlos. Treinta y dos años, soltero por vocación (o eso le digo a mi madre para que deje de darme la brasa), y hasta hace unas semanas, orgulloso poseedor de una cuenta de ahorros que me había costado sangre, sudor y lágrimas llenar. Quince mil pavos, señores. Quince mil eurazos que llevaba ahorrando desde que tenía veintitantos, trabajando de sol a sol en una empresa de logística donde mi jefe tenía menos empatía que un cactus. Ese dinero era mi billete de salida, mi entrada para un pisito en Triana, mi colchón para no tener que depender de nadie en esta vida.

Y luego estaban mis “hermanos”. Javi y Paco.

A Javi lo conozco desde preescolar. Es el típico notas que siempre ha sido guaperas, el que se echaba gomina hasta para ir a comprar el pan, y el que te podía vender un frigorífico en el Polo Norte con esa labia de comercial de telefonía que tiene. Paco, por otro lado, era nuestro contrapeso. Un tío más agarrado que una pelea de pulpos, capaz de calcular la cuenta de un bar al céntimo para no poner ni un euro de más en el bote. Éramos inseparables. Los tres mosqueteros del Guadalquivir. Si yo me tiraba por un puente, ellos se tiraban detrás (o eso pensaba yo, el muy iluso).

La cosa fue así. Era un martes tonto. Habíamos quedado para tomar unas cervezas y unas tapas por el centro. Yo venía de entregar un proyecto gordo en el curro y me sentía el rey del mambo. Como llegaba tarde, cometí el mayor error de mi vida adulta: alquilé uno de esos patinetes eléctricos del demonio.

Iba yo por la Avenida de la Constitución, esquivando tranvías, turistas con sombreros mexicanos (que alguien me explique por qué compran eso en Sevilla) y coches de caballos que dejaban un aroma… pintoresco. Iba a tope, con la brisa caliente dándome en la cara, sintiéndome libre. Y entonces, ocurrió.

No fue un coche. No fue un bache. Fue una maldita paloma.

Pero no una paloma cualquiera. Era una paloma gorda, kamikaze, con instintos suicidas, que decidió despegar justo en el momento en que mi rueda delantera pasaba por su código postal. Por el susto, di un volantazo brusco hacia la derecha. La rueda del patinete se encajó en el raíl del tranvía.

El tiempo, os lo juro, se paró. Recuerdo ver la Giralda de fondo mientras mi cuerpo salía disparado por los aires con la gracia de un saco de patatas. Volé. Literalmente volé. Y el aterrizaje no fue precisamente en blandito.

Caí de espaldas, rodé, y me di un golpe contra un bolardo de hierro fundido que creo que hizo temblar hasta los cimientos de la Catedral. El crujido que escuché no fue el de mi orgullo rompiéndose, no. Fue el de mi fémur derecho, mi cadera, y mi clavícula izquierda diciendo “hasta aquí hemos llegado, chaval”.

El dolor… madre mía, el dolor. Es como si te metieran un hierro al rojo vivo por la pierna y te obligaran a bailar sevillanas. Me quedé tirado en el suelo, gritando como un gorrino en San Martín, mientras un círculo de guiris se arremolinaba a mi alrededor echando fotos en lugar de llamar al 112. “Oh my god, is he dead?”, decía una señora con la piel color cangrejo. “¡Que llaméis a una puta ambulancia, me cago en mis muelas!”, gritaba yo, aunque creo que solo me salían gruñidos.

En esto que llegaron Javi y Paco, que estaban en la terraza de un bar a cien metros y habían escuchado el escándalo.

—¡Hostia, Carlos! ¡La madre que me parió! —gritó Javi, poniéndose blanco como la pared—. ¡Paco, llama al 061 que este se nos va!

Paco estaba paralizado, mirando mi pierna, que tenía un ángulo que desafiaba todas las leyes de la anatomía humana.

Cuando por fin llegó la ambulancia, los paramédicos me inyectaron algo que me dejó viendo colorines y me subieron a la camilla. Me dijeron que la cosa era grave. Múltiples fracturas, posible daño en los nervios, y una necesidad urgente de cirugía reconstructiva con placas y tornillos. Al ser un accidente de tráfico complejo y estando yo en un estado de histeria monumental (y bajo los efectos de sabe Dios qué opiáceo), tomé una decisión de la que me arrepentiré hasta el día del Juicio Final.

Le dije al de la ambulancia que me llevara a la Clínica Sagrado Corazón, el hospital privado más pijo de la ciudad.

¿Por qué? Porque la Sanidad Pública, que la amo y la defiendo, me iba a tener en la sala de espera de Urgencias del Virgen del Rocío doce horas, y yo sentía que me moría. Además, el médico de la ambulancia me advirtió: “Chaval, con el estropicio que tienes, si quieres operarte esta noche y que te pongan el material bueno de titanio sin esperar, te va a costar un riñón por lo privado”.

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