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Su Sexto Sentido En Galicia Le Mostró La PEOR VERDAD Sobre Su Padre Y Lo Que Hizo Después Es IMPRESIONANTE

Su Sexto Sentido En Galicia Le Mostró La PEOR VERDAD Sobre Su Padre Y Lo Que Hizo Después Es IMPRESIONANTE


Parte 1: El Orballo, el Furancho y el Arte de Dar Pena

Si hay algo que en Galicia es más terco que la humedad, es la culpa. Se te mete en los huesos junto con el orballo —esa lluvia fina que parece que no moja pero te cala hasta el alma— y no hay estufa de butano ni taza de caldo gallego que te la quite de encima. Brais lo sabía muy bien. A sus treinta y cuatro años, había logrado lo que en su pueblo de la Costa da Morte se consideraba poco menos que brujería: hacerse rico sin tener que emigrar a Suiza ni a Madrid.

Su empresa, una plataforma logística para la exportación de marisco de alta gama, funcionaba como un reloj suizo. Pero Brais tenía un problema que no se solucionaba con dinero, ni con el mejor albariño de la comarca. Tenía lo que su abuela Carmen llamaba, bajando la voz y persignándose, “el don”. O, como Brais prefería llamarlo cuando se tomaba la tercera Estrella Galicia en el bar de Paco: “una putada cósmica”.

Brais podía ver el pasado oculto de la gente. No era como en las películas de Hollywood, con luces de neón y efectos especiales. Era algo más sucio, más visceral. Un roce accidental en la panadería, un apretón de manos demasiado largo en el ayuntamiento, y ¡zas!: un fogonazo en el cerebro. Así se enteró de que el cura del pueblo llevaba veinte años robando las galletas de la sacristía, y de que el alcalde no había escrito ni una coma de su tesis doctoral. Era un sexto sentido molesto, una ventana indiscreta a las miserias ajenas que lo obligaba a mirar al suelo el ochenta por ciento del tiempo para no cruzarse con los traumas de sus vecinos.

Pero si había un trauma, una sombra que Brais había evitado mirar durante toda su vida, era la de su padre, Antonio.

Esa mañana de martes, el timbre de su chalé —una casa moderna de cristal y piedra que desentonaba maravillosamente con las casas de granito del resto del pueblo— sonó a las diez en punto. Brais, que estaba en la cocina preparándose un café en una máquina italiana que costaba más que el coche de su primer empleado, soltó un suspiro. No necesitaba mirar por el videoportero. Sabía que era él. El ritmo arrastrado de las zapatillas sobre la gravilla del jardín era inconfundible.

Abrió la puerta y allí estaba Antonio. Llevaba una chaqueta de pana color mostaza que había visto días mejores, probablemente en la década de los ochenta, y una bufanda de lana anudada al cuello como si estuviéramos en plena estepa siberiana, a pesar de que el termómetro marcaba unos razonables quince grados.

—Ay, hijo mío… —fue lo primero que dijo Antonio, apoyándose en el marco de la puerta con la teatralidad de un actor de tragedia griega que acaba de recibir una puñalada—. Qué humedad hace hoy. Siento que tengo cristalitos molidos en las rótulas. Joder con el clima de esta tierra, te consume vivo.

Brais se frotó el puente de la nariz.

—Pasa, papá. ¿Quieres un café?

Antonio entró arrastrando los pies, echando vistazos furtivos a los muebles de diseño minimalista del salón. Siempre lo hacía. Era una mezcla de curiosidad, envidia y un cálculo mental rápido de cuánto valía cada objeto en el mercado de segunda mano.

—Un café… no sé si mi estómago lo aguantará, Brais. Ya sabes que tengo la úlcera que me da unos pinchazos que parece que me están clavando agujas de tejer. Pero bueno, échame un poquito. Con leche templada. Ni muy fría, que me da tos, ni muy caliente, que me raspa la garganta. Y si tienes unas pastitas de esas que compras tú en Santiago… por mojar algo, más que nada. Que no he desayunado.

Brais asintió, resignado. Se dirigió a la cocina. Antonio lo siguió a paso lento, dejándose caer en uno de los taburetes de la isla central con un gemido que habría conmovido a una estatua.

—Tú vives muy bien aquí, ¿eh, chaval? —murmuró el anciano, tocando la superficie de mármol con el dedo índice—. Te lo has montado de puta madre con las nécoras y los percebes. Quién me lo iba a decir a mí, con lo que he sufrido en esta vida para sacarte adelante. Solo, sin tu madre, que en paz descanse, doblándome el lomo en la obra…

Brais apretó la mandíbula mientras encendía el espumador de leche. Esa era la cantinela de siempre. El disco rayado de los martes y los jueves. La narrativa oficial de Antonio: el mártir gallego, el viudo abnegado, el trabajador incansable que ahora, en el ocaso de su vida, apenas tenía para pagar la luz.

—Papá, ayer vi que estabas en el bar de Paco jugando a la tragaperras —dijo Brais, intentando mantener un tono casual, aunque la tensión ya le subía por el cuello.

Antonio hizo un gesto desdeñoso con la mano, casi ofendido por la insinuación.

—¡Ay, por Dios bendito! ¿Qué dices? Echaría una monedita de veinte céntimos, por distraer la cabeza. Que la soledad es muy mala, Brais. Tú estás aquí con tus ordenadores, tus llamadas a Japón, y tus cosas de moderno… Pero yo estoy en esa casa que se cae a pedazos, mirando las paredes. El Paco me da conversación, por lo menos. Aunque ayer, te digo la verdad, casi me desmayo del dolor de lumbares. No le dije nada al médico por no molestar, que la Seguridad Social está como está, pero yo creo que tengo algo malo, hijo. Algo muy malo.

Brais puso la taza de café frente a su padre, acompañada de un plato con galletas de mantequilla. Antonio miró las galletas y, con una agilidad sorprendente para alguien que acababa de quejarse de las lumbares y las rótulas, cogió tres de golpe.

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