Su Sexto Sentido En Galicia Le Mostró La PEOR VERDAD Sobre Su Padre Y Lo Que Hizo Después Es IMPRESIONANTE
Parte 1: El Orballo, el Furancho y el Arte de Dar Pena
Si hay algo que en Galicia es más terco que la humedad, es la culpa. Se te mete en los huesos junto con el orballo —esa lluvia fina que parece que no moja pero te cala hasta el alma— y no hay estufa de butano ni taza de caldo gallego que te la quite de encima. Brais lo sabía muy bien. A sus treinta y cuatro años, había logrado lo que en su pueblo de la Costa da Morte se consideraba poco menos que brujería: hacerse rico sin tener que emigrar a Suiza ni a Madrid.
Su empresa, una plataforma logística para la exportación de marisco de alta gama, funcionaba como un reloj suizo. Pero Brais tenía un problema que no se solucionaba con dinero, ni con el mejor albariño de la comarca. Tenía lo que su abuela Carmen llamaba, bajando la voz y persignándose, “el don”. O, como Brais prefería llamarlo cuando se tomaba la tercera Estrella Galicia en el bar de Paco: “una putada cósmica”.
Brais podía ver el pasado oculto de la gente. No era como en las películas de Hollywood, con luces de neón y efectos especiales. Era algo más sucio, más visceral. Un roce accidental en la panadería, un apretón de manos demasiado largo en el ayuntamiento, y ¡zas!: un fogonazo en el cerebro. Así se enteró de que el cura del pueblo llevaba veinte años robando las galletas de la sacristía, y de que el alcalde no había escrito ni una coma de su tesis doctoral. Era un sexto sentido molesto, una ventana indiscreta a las miserias ajenas que lo obligaba a mirar al suelo el ochenta por ciento del tiempo para no cruzarse con los traumas de sus vecinos.
Pero si había un trauma, una sombra que Brais había evitado mirar durante toda su vida, era la de su padre, Antonio.
Esa mañana de martes, el timbre de su chalé —una casa moderna de cristal y piedra que desentonaba maravillosamente con las casas de granito del resto del pueblo— sonó a las diez en punto. Brais, que estaba en la cocina preparándose un café en una máquina italiana que costaba más que el coche de su primer empleado, soltó un suspiro. No necesitaba mirar por el videoportero. Sabía que era él. El ritmo arrastrado de las zapatillas sobre la gravilla del jardín era inconfundible.
Abrió la puerta y allí estaba Antonio. Llevaba una chaqueta de pana color mostaza que había visto días mejores, probablemente en la década de los ochenta, y una bufanda de lana anudada al cuello como si estuviéramos en plena estepa siberiana, a pesar de que el termómetro marcaba unos razonables quince grados.
—Ay, hijo mío… —fue lo primero que dijo Antonio, apoyándose en el marco de la puerta con la teatralidad de un actor de tragedia griega que acaba de recibir una puñalada—. Qué humedad hace hoy. Siento que tengo cristalitos molidos en las rótulas. Joder con el clima de esta tierra, te consume vivo.
Brais se frotó el puente de la nariz.
—Pasa, papá. ¿Quieres un café?
Antonio entró arrastrando los pies, echando vistazos furtivos a los muebles de diseño minimalista del salón. Siempre lo hacía. Era una mezcla de curiosidad, envidia y un cálculo mental rápido de cuánto valía cada objeto en el mercado de segunda mano.
—Un café… no sé si mi estómago lo aguantará, Brais. Ya sabes que tengo la úlcera que me da unos pinchazos que parece que me están clavando agujas de tejer. Pero bueno, échame un poquito. Con leche templada. Ni muy fría, que me da tos, ni muy caliente, que me raspa la garganta. Y si tienes unas pastitas de esas que compras tú en Santiago… por mojar algo, más que nada. Que no he desayunado.
Brais asintió, resignado. Se dirigió a la cocina. Antonio lo siguió a paso lento, dejándose caer en uno de los taburetes de la isla central con un gemido que habría conmovido a una estatua.
—Tú vives muy bien aquí, ¿eh, chaval? —murmuró el anciano, tocando la superficie de mármol con el dedo índice—. Te lo has montado de puta madre con las nécoras y los percebes. Quién me lo iba a decir a mí, con lo que he sufrido en esta vida para sacarte adelante. Solo, sin tu madre, que en paz descanse, doblándome el lomo en la obra…
Brais apretó la mandíbula mientras encendía el espumador de leche. Esa era la cantinela de siempre. El disco rayado de los martes y los jueves. La narrativa oficial de Antonio: el mártir gallego, el viudo abnegado, el trabajador incansable que ahora, en el ocaso de su vida, apenas tenía para pagar la luz.
—Papá, ayer vi que estabas en el bar de Paco jugando a la tragaperras —dijo Brais, intentando mantener un tono casual, aunque la tensión ya le subía por el cuello.
Antonio hizo un gesto desdeñoso con la mano, casi ofendido por la insinuación.
—¡Ay, por Dios bendito! ¿Qué dices? Echaría una monedita de veinte céntimos, por distraer la cabeza. Que la soledad es muy mala, Brais. Tú estás aquí con tus ordenadores, tus llamadas a Japón, y tus cosas de moderno… Pero yo estoy en esa casa que se cae a pedazos, mirando las paredes. El Paco me da conversación, por lo menos. Aunque ayer, te digo la verdad, casi me desmayo del dolor de lumbares. No le dije nada al médico por no molestar, que la Seguridad Social está como está, pero yo creo que tengo algo malo, hijo. Algo muy malo.
Brais puso la taza de café frente a su padre, acompañada de un plato con galletas de mantequilla. Antonio miró las galletas y, con una agilidad sorprendente para alguien que acababa de quejarse de las lumbares y las rótulas, cogió tres de golpe.
—¿A qué has venido hoy, papá? —preguntó Brais, cruzándose de brazos. Quería cortar el teatro cuanto antes. No tenía tiempo. A las doce tenía una videoconferencia con unos importadores en Tokio y necesitaba la cabeza despejada.
Antonio mojó la mitad de las galletas en el café, creando una pasta espesa en la taza, y masticó despacio, poniendo cara de profunda tristeza.
—A verte, coño. ¿Es que un padre no puede venir a ver a su hijo triunfador? —Hizo una pausa dramática, tragó y se limpió las migas de la barbilla—. Y bueno… ya que estoy aquí. Es que ha venido el del seguro del coche. El Dacia, que ya tiene quince años y pierde aceite por donde no debe. Me han subido la póliza, hijo. Doscientos euros de golpe. Me han dejado temblando. He mirado la cartilla esta mañana y me he puesto a llorar, te lo juro por los huesos de tu madre. A llorar como un crío. No me llega para la compra de la semana.
El peaje. Siempre había un peaje.
Brais sintió un leve pinchazo en la sien izquierda. Era el aviso. Su sexto sentido empezaba a palpitar, como un radar detectando una anomalía. Cuando la gente mentía descaradamente, la presión en la cabeza de Brais aumentaba. Sin embargo, llevaba toda la vida construyendo un muro mental alrededor de su padre. Se negaba a mirar. Se negaba a utilizar su habilidad con él. ¿Para qué? ¿Para descubrir que en lugar de llorar por la cartilla se había gastado el dinero en puros y partidas de mus? Prefería vivir en la ignorancia. Era más barato emocionalmente, aunque le costara dinero del bolsillo.
—¿Cuánto necesitas? —preguntó Brais, sacando el móvil del bolsillo para abrir la aplicación del banco.
Antonio frunció el ceño, adoptando una expresión de dignidad herida.
—Oye, que yo no vengo a pedirte limosna, ¿eh? Si te lo pido es un préstamo. Te lo devuelvo el mes que viene en cuanto me ingresen la pensión. Que yo soy pobre pero honrado. Pero vamos… si me puedes hacer un Bizum de esos modernos que usáis vosotros… unos trescientos euros. Para cubrir el seguro y poder comprar unos filetes de pollo, que llevo a base de sopas de sobre desde el domingo.
Brais suspiró. Trescientos euros. La semana pasada habían sido ciento cincuenta para una supuesta reparación de la lavadora. Hace un mes, cuatrocientos para el dentista. La sangría era constante, metódica, milimétricamente calculada para no parecer un atraco, pero suficiente para mantener a Antonio viviendo holgadamente sin dar un palo al agua.
—Ya te lo he enviado —dijo Brais, mostrando la pantalla del móvil—. Concepto: Seguro coche.
Antonio sonrió, una sonrisa rápida que intentó ocultar de inmediato bajando la mirada y tosiendo falsamente.
—Ay, hijo. Qué haría yo sin ti. Dios te lo pague, porque a mí no me da la vida. Eres un santo, Brais. Un santo.
El pinchazo en la sien de Brais se convirtió en un latido sordo. El ambiente en la cocina pareció volverse más denso. Olía a tabaco rancio y a colonia de a granel, el olor inconfundible de su padre. Brais cerró los ojos un instante y se apretó el puente de la nariz, intentando bloquear la visión que amenazaba con abrirse paso.
—Vale, papá. Me alegro de haberte ayudado. Pero ahora tengo que trabajar. Tengo una reunión importante.
—Claro, claro, no te molesto más. Los negocios son los negocios. —Antonio se bajó del taburete con fingida dificultad, agarrándose los riñones—. Me voy yendo a mi cueva, a pasar frío. Ya si eso, el domingo te hago un cocido en mi casa, si es que me llega para comprar unos garbanzos decentes.
Brais lo acompañó hasta la puerta, sintiendo un nudo en el estómago. Ver a su padre caminar por el pasillo, arrastrando los pies bajo la luz tenue de la mañana gallega, siempre le generaba un conflicto atroz. Por un lado, una irritación profunda por el chantaje emocional constante. Por otro, la losa de la tradición, el “es tu padre”, el “te crió él solo”, los mandamientos grabados a fuego en la mentalidad de los pueblos pequeños, donde dejar tirado a un padre mayor era el equivalente a cometer un crimen de lesa majestad.
Cuando Antonio salió al jardín, se giró a medias.

—Oye, Brais… —dijo, frotándose las manos por el frío—. Me ha dicho el Paco que te han dado un premio de esos de los empresarios en La Coruña. Que saliste en el periódico.
—Sí, la semana pasada. Premio a la innovación logística.
Antonio asintió, lentamente.
—Pues a ver si invitas a comer a tu viejo para celebrarlo, ¿no? Al restaurante ese de la ría, el que tiene marisco de verdad y no la porquería que me venden a mí en el súper. Que parece mentira que siendo tú el rey de las nécoras, tu padre tenga que cenar palitos de cangrejo congelados.
Brais tragó saliva. La audacia de aquel hombre no tenía límites.
—El viernes te invito a comer. Te paso a recoger a las dos.
—Allí estaré, hijo. Si Dios quiere y los huesos me dejan levantarme de la cama.
Antonio se dio la vuelta y comenzó a caminar por la calle, con paso lento. Brais se quedó apoyado en el marco de la puerta, viéndolo alejarse entre la niebla matutina. Fue en ese preciso instante, mientras observaba la espalda encorvada de su padre bajo la chaqueta de pana, cuando el dolor de cabeza estalló.
No fue un pinchazo. Fue una explosión.
Brais se tambaleó hacia atrás, agarrándose la cabeza con ambas manos. El mundo físico desapareció. El jardín, la niebla, el olor a tierra mojada; todo se desvaneció y fue reemplazado por un zumbido agudo y ensordecedor. Su respiración se aceleró. Intentó levantar sus barreras mentales, repitiéndose a sí mismo: “No mires, no mires a tu padre, no entres ahí”, pero era demasiado tarde. La compuerta se había roto.
El sexto sentido lo arrastró sin piedad hacia el pasado.
La visión fue nítida, brutalmente clara, con esa estética hiperrealista que tenían sus “fogonazos”. Ya no estaba en su chalé. Estaba en la antigua estación de autobuses de Ourense. El olor a gasoil mal quemado y a orines le golpeó las fosas nasales. Era de noche. Hacía frío, mucho frío.
Frente a él, vio a un hombre joven. Era Antonio, pero con el pelo negro azabache, vestido con un traje que le quedaba un poco grande y una corbata mal anudada. Tendría unos treinta años. No estaba encorvado. Estaba erguido, tenso, sudando a pesar del frío.
Y a su lado, en el suelo frío de la estación, había un niño de unos cinco años, envuelto en una trenca azul marino que le venía inmensa. Era el propio Brais.
El Brais adulto, atrapado en la visión como un espectador invisible, observó la escena paralizado. El niño lloraba en silencio, agarrado a la pierna del Antonio joven.
—Papá, no te vayas… —decía el niño, con la voz rota.
Antonio miró a su alrededor con nerviosismo, comprobando su reloj de pulsera. Luego, miró al niño con una frialdad que congeló la sangre del Brais adulto. No había amor en esos ojos. No había duda. Solo impaciencia.
—Suéltame, joder —siseó el joven Antonio, apartando al niño de un empujón que lo hizo caer sentado sobre su pequeña maleta de cartón—. Te he dicho que te quedes aquí. Tu tía Rosa vendrá a buscarte en media hora.
—¿Adónde vas? —sollozó el pequeño Brais, frotándose los ojos llenos de lágrimas.
El Antonio del pasado recogió un maletín de cuero negro del suelo. El Brais adulto notó cómo los nudillos de su padre estaban blancos por la fuerza con la que agarraba el asa.
—Me voy a hacer dinero, chaval. Que en este agujero de miseria no hay quien viva. Y tú… tú eres un puto lastre ahora mismo.
El niño rompió a llorar a mares, estirando los brazos.
—¡Papá, quiero ir contigo!
Antonio dio un paso atrás. La expresión de su rostro era de puro asco. Sacó un fajo de billetes del bolsillo interior de su chaqueta —billetes de miles de pesetas de la época— y tiró unos cuantos al regazo del niño.
—Ahí tienes para caramelos. Y no me llores, coño, que pareces una nena.
Sin decir una palabra más, sin mirar atrás ni una sola vez, Antonio se dio la vuelta y echó a andar a paso rápido hacia el autobús que marcaba “MADRID” en su letrero luminoso. El niño se quedó solo en el banco de la estación, abrazado a sus rodillas, rodeado por un par de billetes arrugados y el humo tóxico del motor del autobús al arrancar.
El fogonazo terminó tan bruscamente como había empezado.
Brais cayó de rodillas en el suelo de madera de su recibidor. Estaba jadeando, cubierto de un sudor frío. El pecho le subía y bajaba como si hubiera corrido una maratón. Se llevó una mano a la cara y se dio cuenta de que estaba llorando. Las lágrimas le quemaban en las mejillas.
El silencio de su casa moderna y lujosa le pareció de repente ensordecedor.
Se quedó allí tirado durante varios minutos, procesando lo que acababa de ver. La historia oficial, la que le habían contado toda la vida, la que Antonio había repetido como un mantra para justificar su mediocridad, se desmoronaba en pedazos. “Me quedé solo contigo cuando tu madre murió. Me partí el lomo por ti. Renuncié a todo por criarte”.
Mentira. Todo era una puta y miserable mentira.
Antonio no había sido un mártir. Lo había abandonado en una estación de autobuses. Se había largado con un maletín buscando dinero rápido, dejándolo tirado como a un perro, a cargo de una tía lejana y amargada. ¿Cuándo había vuelto? Brais rebuscó en sus propios recuerdos infantiles. Su padre había “reaparecido” milagrosamente en su adolescencia, justo cuando el negocio de importación de la tía Rosa había empezado a dar beneficios y Brais estaba a punto de heredar una pequeña participación.
Había vuelto por el dinero. Siempre había sido por el dinero.
Brais se levantó despacio. Le temblaban las piernas. Caminó hacia el baño y se miró en el espejo. Tenía los ojos inyectados en sangre. La compasión, la culpa filial, esa estúpida sensación de deber que lo había mantenido atado a las exigencias de Antonio durante años, se había evaporado, dejando en su lugar un vacío helado. Y luego, rabia. Una rabia pura, volcánica y asombrosamente lúcida.
El “pobriño” de su padre. El anciano desvalido que lloraba por el seguro del Dacia. Ese hombre le había arrancado la infancia por ambición y había regresado años más tarde para disfrazarse de víctima y parasitar el éxito de su hijo.
Brais se secó las lágrimas con el reverso de la mano. La tristeza dio paso a una extraña calma. No iba a gritar. No iba a montar una escena típica de culebrón venezolano. Era gallego. Y si algo sabían hacer en su tierra mejor que nadie, era servir la venganza en plato muy, pero que muy frío.
Miró su reloj. Eran las once de la mañana. Faltaban unos días para la famosa comida de celebración en el restaurante de mariscos. Antonio quería langosta pagada por su exitoso hijo.
—Vas a tener tu comida, papá —susurró Brais al espejo, y una sonrisa torcida, casi depredadora, asomó a sus labios—. Te vas a hartar.
Parte 2: La Centolla, el Albariño y el Arte de la Hipocresía
Los días que transcurrieron entre la visión en el recibidor y la comida del viernes fueron, para Brais, una clase magistral de autocontrol. Cualquiera en su lugar habría cogido el coche, habría conducido hasta la vieja casa de su padre, habría tirado la puerta a patadas y le habría soltado un discurso a gritos digno de un premio Goya. Pero Brais no. La furia inicial se había sedimentado, solidificándose en algo mucho más frío y calculador. Un témpano de hielo en el centro de su pecho.
El miércoles por la mañana, Brais llamó a Marta, su abogada y gestora patrimonial. Una mujer de Vigo que no se andaba con chiquitas, con una voz que sonaba a tabaco negro y a sentencias judiciales ganadas. Le dio instrucciones precisas, implacables. Marta, que llevaba años aguantando las facturas surrealistas del “pobre” de Antonio, soltó una carcajada ronca al otro lado del teléfono que resonó en todo el despacho de Brais.
—Ya era hora, joder —dijo ella, tecleando a toda velocidad—. Cancelemos la tarjeta de crédito secundaria. Doy de baja la domiciliación de sus recibos de luz, agua y el maldito seguro del Dacia. ¿Qué hacemos con la transferencia mensual de “ayuda familiar”?
—La anulas, Marta. Cero euros. Ni para pipas.
—Hecho. Si mañana va al cajero, la máquina le va a escupir en la cara. Brais, ¿estás seguro de esto? Mira que en este pueblo las viejas del visillo tienen la lengua muy larga. Te van a tachar de hijo descastado.
—Me da igual lo que digan, Marta. Se acabó el teatro.
Cuando llegó el viernes, el cielo sobre la ría estaba de un gris plomizo, amenazando tormenta. Un viento helado barría el puerto. Brais aparcó su Audi frente a la casa de su padre. La vivienda, que alguna vez fue blanca, ahora lucía desconchones del tamaño de balones de fútbol y unas persianas verdes que pedían a gritos una capa de pintura. Antonio siempre decía que no tenía “ni para un bote de Titanlux”, pero Brais sabía que la dejadez era parte del atrezzo. Una casa ruinosa daba más lástima.
Tocó el claxon. Unos minutos después, la puerta se abrió con un chirrido espantoso. Salió Antonio. Esta vez se había puesto “sus mejores galas”, lo que se traducía en un traje gris de corte anticuado, brillante por los codos del desgaste, y una corbata de rayas que parecía sacada de la comunión de algún sobrino en 1993. Caminaba apoyándose en un paraguas a modo de bastón, arrastrando la pierna derecha de forma exagerada.
Brais bajó la ventanilla.
—Sube, papá. Que hace frío.
Antonio abrió la puerta del copiloto y se dejó caer en el asiento de cuero con un quejido que parecía el de un animal moribundo.
—Ay, la virgen santa. Qué dolores, Brais. Creí que no llegaba al coche. Tengo la ciática que me está mordiendo el nervio como un perro rabioso. He tenido que tomarme dos Paracetamoles de un gramo con el estómago vacío.
—Qué pena, papá —dijo Brais, con un tono tan plano que habría congelado el agua. Puso el coche en marcha—. Menos mal que vamos a comer bien, a ver si se te asienta el cuerpo.
Antonio se frotó las manos y miró la pantalla táctil del salpicadero del coche con disimulada codicia.
—Eso espero, hijo. Que el médico me ha dicho que tengo falta de hierro, de fósforo y de cariño. Sobre todo de cariño. La soledad mata más que el tabaco, ya te lo digo yo.
El trayecto hasta O Rincón do Mar, el restaurante más caro y elitista de la comarca, transcurrió con Antonio relatando una retahíla de desgracias vecinales. Que si a la viuda de enfrente le había subido el butano, que si el precio del pan era un atraco a mano armada, que si él con su pensión miserable no tenía ni para morirse decentemente. Brais conducía en silencio, asintiendo de vez en cuando, dejando que su padre cavara su propia fosa con cada palabra.
Llegaron al restaurante. Era un local precioso, con enormes cristaleras que daban directamente a la ría, mesas con manteles de lino blanco y un expositor de marisco vivo a la entrada que parecía un acuario de lujo. El maître, un tipo estirado llamado Carlos que conocía bien a Brais por sus cenas de empresa, se acercó rápidamente con una sonrisa profesional.
—Don Brais. Qué alegría verle. Su mesa está lista, junto al ventanal, como pidió.
—Gracias, Carlos. Hoy vengo con mi padre. Queremos celebrar un poco.
Antonio se irguió de golpe. El dolor de ciática desapareció por arte de magia al ver las bandejas de ostras pasar hacia otra mesa.
—Hombre, Carlos, ¿qué tal? —dijo el viejo, dándose aires de grandeza, como si fuera él quien pagaba—. A ver qué nos pones hoy, que mi hijo es de morro fino pero yo soy de la vieja escuela. Queremos calidad. Nada de bichos congelados de esos que traen de fuera.
Brais contuvo una sonrisa macabra y lo acompañó a la mesa. Se sentaron frente a frente. El mar embravecido golpeaba contra las rocas al otro lado del cristal.
El camarero les entregó las cartas, encuadernadas en piel. Antonio no la abrió. Simplemente se echó hacia atrás en la silla y se cruzó de brazos.
—Mira, Brais, yo de estas cosas modernas no entiendo. Pide tú. Pero vamos, que ya que estamos aquí y has ganado ese premio tan importante… no me vayas a pedir unas croquetas.
—Tranquilo, papá. Hoy no miramos el precio.
Brais levantó la mano. Carlos apareció al instante.
—Para empezar, tráenos dos docenas de percebes de O Roncudo. De los gordos, Carlos, como un dedo pulgar. Luego, una centolla de la ría para compartir. Y de segundo, quiero que le pongas a mi padre el rodaballo salvaje al horno. Para mí, el solomillo de ternera gallega.
Antonio abrió mucho los ojos. Sus pupilas brillaron con pura avaricia.
—Coño, Brais… te vas a arruinar, chaval. Que eso vale un riñón. —Su voz sonaba a falsa preocupación, pero sus manos ya estaban desdoblando la servilleta de lino y colocándosela en el regazo como un babero.
—Para beber —continuó Brais, ignorando a su padre—, un Terras Gauda de la mejor añada que tengas fría. Y una botella de agua con gas.
—Excelente elección, señor —dijo Carlos, retirando las cartas con una reverencia antes de desaparecer hacia las cocinas.
Una vez solos, Antonio se recostó en la silla, suspirando de pura satisfacción. Miró a su hijo con una sonrisa ladeada, esa sonrisa de trilero que Brais había aprendido a odiar.
—Hay que ver lo lejos que has llegado, hijo. Me siento muy orgulloso. Muy orgulloso. Y pensar que te crié yo solo, con estas dos manos encallecidas, quitándome el pan de la boca para que tú pudieras estudiar. Cuando tu madre nos dejó… uf, qué tiempos más duros, Brais. Yo lloraba por las noches, escondido en el baño, para que no me vieras sufrir. Todo por ti. Todo mi sacrificio ha merecido la pena al verte así, convertido en un señor.
Brais tomó un sorbo de agua. El hielo chocó contra el cristal. La tranquilidad con la que su padre vomitaba aquella sarta de mentiras era fascinante. Si no fuera porque había visto la verdad con sus propios ojos, la actuación le habría parecido merecedora de un Oscar.
—Un sacrificio enorme, papá. Sí. No sé cómo pudiste soportarlo —dijo Brais. Su voz era suave, casi sedosa. No había ironía aparente, pero el ambiente en la mesa bajó varios grados de temperatura.

—Solo un padre sabe lo que se hace por un hijo, Brais. El amor de un padre no tiene límites. Yo habría dado mi vida por ti. Hubiera vendido mi alma al diablo.
Llegó el vino. Carlos lo sirvió con pericia. Antonio cogió la copa por el cáliz, llenándola de huellas dactilares, y dio un trago largo, cerrando los ojos.
—Hostia bendita. Esto es néctar. Entra solo.
Llegaron los percebes. Humeantes, con ese intenso olor a mar y a yodo que a Brais siempre le recordaba a los días buenos de su infancia, los pocos que tenía. Antonio atacó la fuente como si llevara un mes en huelga de hambre. Rompía la uña del percebe, salpicando el mantel impoluto, y sorbía la carne con ruidos guturales.
Brais apenas comió un par. Se limitó a observar a su padre. Veía la grasa del marisco resbalar por la barbilla de Antonio, la forma desesperada en la que masticaba, los ojos inyectados en sangre por la gula.
—Están de muerte, joder —masculló Antonio con la boca llena, usando una cáscara para rascarse un diente—. Tienes que venir más a verme, hijo. Así salimos, nos damos un homenaje de estos. Que yo en casa me deprimo. Además, me viene bien salir. Así no pienso en las facturas. Que, por cierto… —Antonio bajó un poco la voz, adoptando de nuevo esa expresión de perro apaleado—. La semana que viene me toca revisión del dentista. Me tienen que poner una corona nueva. Trescientos cincuenta eurazos. No sé de dónde los voy a sacar, de verdad te lo digo. Tendré que pedir un crédito al banco, y a mis años, a ver quién me lo da.
Brais asintió lentamente.
—El dinero es un problema, sí. Siempre lo ha sido.
—Una maldición, Brais. Una maldición —dijo Antonio, agarrando otro percebe gigante.
La comida avanzó de manera grotesca. Llegó la centolla. Antonio vació el caparazón, mezclando la carne con los corales y mojando pan sin piedad, hablando sin parar sobre lo duro que había trabajado en la obra, sobre las humillaciones que había soportado de sus jefes “para traer un jornal a casa”. Cada anécdota era un ladrillo más en el monumento a su propio martirio.
Brais comió su solomillo en silencio. Estaba tenso, pero lúcido. Esperaba el momento exacto. El timing lo era todo, tanto en los negocios como en las venganzas.
Cuando retiraron los platos principales y el camarero ofreció los postres, Antonio pidió una tarta de orujo, un café solo y una copa de coñac. Brais pidió un café solo.
—Ay, madre mía. Creo que voy a reventar —dijo Antonio, aflojándose el cinturón un par de agujeros y recostándose con la respiración pesada—. Hacía años que no comía así de bien. Eres un buen hijo, Brais. Dios te lo premia dándote éxito en tu empresa. Eres agradecido con tu viejo.
Brais apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos. Miró fijamente a su padre a los ojos. El sexto sentido, esa especie de estática mental que a veces le molestaba, estaba completamente en silencio. No lo necesitaba. Ya tenía toda la información.
—Papá —dijo Brais, rompiendo el silencio pesado que se había instalado de repente en su mesa.
—Dime, hijo —respondió Antonio, dando un sorbo a su copa de coñac con aire aristocrático.
—Quería hacerte una pregunta sobre el pasado. Una curiosidad que me ha surgido estos días.
Antonio frunció el ceño levemente. Los temas del pasado siempre le ponían a la defensiva, aunque rápidamente lo disfrazaba de melancolía.
—Tú dirás. A mí la memoria me falla ya a veces, los años no perdonan, pero dime.
Brais se inclinó un poco hacia delante. Su mirada era penetrante, helada.
—¿Te acuerdas de la estación de autobuses de Ourense?
La mano de Antonio, que sostenía la copa de coñac en el aire, se detuvo en seco. Un ligero temblor hizo tintinear el cristal contra su anillo de oro gastado. Tragó saliva, y el sonido fue audible por encima del rumor del restaurante.
—¿La… la estación de Ourense? —repitió el anciano. Su voz había perdido de golpe toda la fanfarronería. Sonaba aguda, frágil.
—Sí. La estación vieja. Hacía mucho frío. Era de noche. ¿Te acuerdas?
Antonio bajó la copa lentamente y la apoyó en la mesa. Un sudor repentino perlo su frente arrugada. Intentó forzar una sonrisa, pero le salió una mueca torcida, como si hubiera mordido un limón.
—No sé de qué me hablas, hijo. Por Ourense pasamos alguna vez a ver a tu tía Rosa, cuando eras pequeño… pero nada especial. ¿A qué viene eso ahora? Estamos de celebración.
Brais no sonrió. No pestañeó.
—Viene a que tengo una memoria fotográfica, papá. Extrañamente lúcida últimamente. Y me acuerdo de un maletín de cuero negro. De ti, con el pelo oscuro y un traje que te venía grande. Yo lloraba. Lloraba mucho. Estaba sentado sobre mi maletita de cartón azul.
El color abandonó por completo el rostro de Antonio. Parecía un cadáver vestido de pana. Miró a los lados con pánico, como buscando una salida, comprobando si alguien en las mesas cercanas estaba escuchando.
—Brais, por el amor de Dios, ¿qué tonterías estás diciendo? Has bebido vino, te está sentando mal. Yo nunca… yo jamás…
Brais levantó una mano, deteniéndolo. Su voz bajó una octava. Era un susurro afilado como una navaja de afeitar.
—”Suéltame, joder. Te he dicho que te quedes aquí. Tu tía Rosa vendrá a buscarte en media hora”. ¿Te suenan esas palabras, papá?
Antonio abrió la boca para hablar, pero solo salió un sonido ahogado, un jadeo patético. Sus ojos estaban desorbitados. Se agarró al borde de la mesa con las manos temblorosas.
—Y luego me dijiste: “Me voy a hacer dinero, chaval. Que en este agujero de miseria no hay quien viva. Y tú… tú eres un puto lastre ahora mismo”.
—¡No! —graznó Antonio, en un susurro desesperado—. ¡Eso no es verdad! ¡Yo no dije eso! ¡Tú eras muy pequeño, te lo has inventado, lo has soñado!
—Y para terminar —continuó Brais, implacable, ignorando las súplicas patéticas del hombre frente a él—, me tiraste unos billetes al regazo. Y me dijiste: “Ahí tienes para caramelos. Y no me llores, coño, que pareces una nena”. Luego te diste la vuelta y te subiste al autobús a Madrid. Sin mirar atrás. Ni una puta vez.
El silencio en la mesa fue absoluto, más denso que la niebla del exterior. Lo único que se escuchaba era la respiración acelerada y asmática de Antonio, que parecía estar sufriendo un ataque de ansiedad real, no de los fingidos.
—¿Cómo… cómo sabes eso? —susurró por fin el anciano. Estaba roto. La máscara se había hecho pedazos y debajo no había nada más que un hombre cobarde, mezquino y aterrorizado—. Nadie te lo pudo contar. Estábamos solos. La Rosa nunca lo supo. Le dije que te dejé allí porque perdí el autobús y me fui en taxi… ¿Cómo lo sabes?
Brais sintió una inmensa satisfacción. Una catarsis purificadora que le limpió décadas de culpa inyectada en vena. Su sexto sentido, su maldición, le había dado la llave de su libertad.
—Lo vi, papá. Siempre lo supe, pero me obligaste a enterrarlo bajo toneladas de tu victimismo barato. —Brais sacó la cartera de su chaqueta y sacó su tarjeta Black—. Has vivido a mi costa desde que volví de la universidad. Te he pagado el coche, las deudas de tus putas partidas de cartas, las averías inventadas, los empastes fantasma. Te he mantenido como a un rey bajo el pretexto de que me lo debías por haberme criado. Cuando la realidad es que me abandonaste como a un perro para irte de chulo a Madrid, fracasaste, y volviste con el rabo entre las piernas cuando oliste que yo iba a tener éxito.
Antonio empezó a llorar. Lágrimas de verdad, amargas y llenas de miedo.
—Hijo, por favor… perdóname. Era joven, era un estúpido. Estaba desesperado por el dinero. No sabía lo que hacía. Te quiero, Brais, eres lo único que me queda…
—No llores, coño. Que pareces una nena. —Brais le devolvió sus propias palabras con una frialdad matemática.
Antonio se encogió en la silla, destrozado por el golpe.
Brais levantó la mano y Carlos, el maître, acudió rápidamente con una pequeña carpeta de cuero oscuro.
—La cuenta, don Brais.
—Dásela a este señor, Carlos. Invita él —dijo Brais, señalando a su padre con un gesto de la cabeza.
Carlos parpadeó, confundido, pero obedeció mecánicamente y dejó la cuenta frente a Antonio. El total ascendía a 345 euros.
Antonio miró el papelito blanco con horror. Luego miró a su hijo, con la mandíbula desencajada.
—Brais… estás loco. Sabes que no tengo ni cinco euros encima. Sabes que la cartilla la tengo a cero.
Brais se puso de pie, abotonándose la americana con calma.
—Ayer llamé al banco. Ya no eres titular de la cuenta secundaria. He bloqueado los recibos. Ya no hay “ayuda familiar”. Estás completamente solo. Igual que yo hace treinta años en esa puta estación de autobuses.
—¡Brais, me van a detener! ¡No puedo pagar esto! —gritó Antonio, perdiendo los papeles, importándole ya un carajo quién mirara en el restaurante. Varias cabezas de mesas cercanas se giraron hacia ellos.
Brais sacó un billete de cincuenta euros del bolsillo y lo dejó caer lentamente sobre el regazo de su padre. Exactamente igual que en el pasado.
—Ahí tienes para caramelos, papá. El resto, tendrás que fregarlo en las cocinas o pedirle un préstamo al Paco el del bar.
Brais se dio la vuelta. No hubo vacilación en sus pasos. No hubo remordimiento. Caminó entre las mesas, con la cabeza alta y la espalda recta, dejando atrás los lamentos agónicos y los balbuceos patéticos de Antonio.
Salió del restaurante y el viento helado del Atlántico le golpeó la cara. Respiró hondo. Olía a sal, a libertad y a justicia. Sacó las llaves del coche, apretó el botón para abrir los seguros y, por primera vez en toda su vida, sintió que el dolor crónico en su sien había desaparecido por completo. El orballo empezó a caer, pero Brais sonrió. Era un buen día en Galicia.
Parte 3: El Purgatorio de las Cacerolas y el Sermón del Párroco
El fin de semana posterior a la “Gran Sentada del Rincón do Mar”, como Brais la había bautizado en su cabeza, fue el más plácido de su vida adulta. Durmió a pierna suelta, sin apretar la mandíbula, sin soñar con facturas impagadas de talleres mecánicos ni con quejidos asmáticos. Se despertó tarde el sábado, se preparó unas tostadas con tomate y aceite bueno, y se dedicó a leer el periódico en la terraza, viendo cómo la niebla se levantaba lentamente sobre la ría. Era un hombre nuevo. Un hombre que había extirpado un tumor de setenta kilos vestido de pana mostaza.
Pero en un pueblo de la Costa da Morte, la paz es un concepto efímero. Aquí, el anonimato no existe y los secretos tienen una esperanza de vida menor que la de un percebe en una boda gallega.
Brais sabía que la onda expansiva de su venganza no tardaría en llegar. Y efectivamente, el lunes por la mañana, cuando bajó al centro del pueblo para comprar pan y algo de empanada en la tahona de la señora Carmiña, el ambiente ya estaba enrarecido.
La panadería de Carmiña era el auténtico centro de inteligencia del municipio. Ni la CIA ni el CNI tenían la capacidad de procesamiento de datos que tenían cuatro jubiladas comprando barras de cuarto a las diez de la mañana. Al empujar la puerta de cristal, la campanilla tintineó y, al instante, el zumbido de las conversaciones se detuvo en seco. Fue como si alguien hubiera desenchufado la radio.
Frente al mostrador estaban doña Purificación, la viuda del boticario; Maruja, la que limpiaba en el ayuntamiento; y la propia Carmiña, que se quedó con las manos llenas de harina, suspendidas en el aire. Las tres miraron a Brais con una mezcla de fascinación morbosa y terror reverencial, como si acabara de entrar el mismísimo Conde Drácula a pedir unas magdalenas.
—Buenos días —dijo Brais, con su mejor sonrisa de empresario exitoso, acercándose al mostrador—. Carmiña, ponme una hogaza de pan de leña y un trozo grande de empanada de zamburiñas, de la de masa fina, por favor.
Carmiña parpadeó varias veces, intentando recuperar la compostura. Se limpió las manos en el delantal a cuadros y forzó una sonrisa que parecía dolerle físicamente.
—Hombre, Brais… buenos días. Ahora mismo te lo preparo, hijo. Qué… qué mañana más fresca hace, ¿verdad?
—Sí, parece que va a llover otra vez. Lo típico —respondió él, apoyando los codos en la vitrina donde descansaban las tartas de Santiago.
El silencio a su alrededor era denso, pegajoso. Podía escuchar la respiración asmática de doña Purificación a dos metros de distancia. Brais sabía perfectamente lo que estaban pensando. Lo sabía porque, aunque no usara su sexto sentido, la dinámica de los pueblos gallegos es más predecible que la tabla de multiplicar.
Finalmente, fue Maruja, que nunca había tenido filtro entre el cerebro y la lengua, la que rompió el hielo, fingiendo una preocupación maternal.
—Ay, Brais, hijo… ¿qué tal está tu pobre padre? Nos hemos enterado de un… bueno, de un pequeño disgusto que tuvo el viernes. Pobre hombre, a sus años.
Brais no perdió la sonrisa. Sabía que este era el primer asalto.
—Mi padre está perfectamente, Maruja. Una salud de hierro. ¿Disgusto? No sé a qué te refieres. Estuvimos comiendo en el Rincón do Mar. Una centolla espectacular, por cierto.
Doña Purificación dio un paso al frente, apretando su monedero negro contra el pecho como si fuera un escudo.
—Bueno… es que se comenta, se dice en el pueblo, que el pobre Antonio tuvo que llamar a Paco el del bar para que fuera a rescatarlo. Que lo tenían retenido en las cocinas del restaurante pelando patatas porque la tarjeta no pasaba. Y que tú te habías ido… así, sin más. Un malentendido con el banco, supongo, ¿verdad? Porque claro, dejar a un padre tirado con la cuenta… eso no lo hace un buen hijo, y menos tú, que eres tan educado.
Brais soltó una carcajada breve y genuina. La imagen de su padre llamando a Paco desde el teléfono del restaurante, probablemente llorando a moco tendido mientras el estirado de Carlos el maître lo miraba con desprecio, era poesía pura.
—Ah, eso —dijo Brais, asintiendo con la cabeza mientras Carmiña envolvía la empanada con una lentitud exasperante para no perderse ni una palabra—. No, Purificación, no fue un malentendido con el banco. Fue una lección de economía doméstica. A mi padre le gusta mucho vivir por encima de sus posibilidades. Pensé que una tarde fregando platos le vendría bien para entender el valor del dinero. La terapia ocupacional hace milagros.
Las tres mujeres contuvieron el aliento al unísono. La confirmación del rumor, dicha con esa frialdad quirúrgica, las dejó en shock. Carmiña le entregó el paquete de papel de estraza con manos temblorosas.
—Son… son ocho con cincuenta, Brais.
Brais pagó con un billete de veinte, le dijo a Carmiña que se quedara con el cambio y salió de la panadería deseándoles un buen día. Nada más cerrarse la puerta, pudo escuchar cómo el volumen de las voces dentro del local subía de cero a cien en un milisegundo, como una jauría de lobos abalanzándose sobre un trozo de carne fresca.
—¡Qué sinvergüenza! —escuchó gritar a Purificación justo antes de doblar la esquina.
Brais sonrió. El pueblo ya lo había juzgado y condenado. El hijo pródigo se había convertido en el villano de la telenovela local. Curiosamente, le importaba un carajo.
Al llegar a su empresa, las inmensas naves industriales olían a salitre y a cajas de cartón nuevas. El ajetreo de las carretillas elevadoras y el ruido de los motores refrigerados lo reconfortaron. Aquí él era el jefe, el motor que daba de comer a cincuenta familias de la zona. Aquí no era “el hijo de Antonio”.
Subió a su despacho acristalado en la segunda planta. Su secretaria, Iria, una chica de veintipocos años lista como el hambre, lo estaba esperando de pie frente a su mesa, con los brazos cruzados y expresión de apuro.
—Buenos días, Iria. ¿Pasa algo? —preguntó Brais, dejando el pan y la empanada sobre la mesa de reuniones.
—Buenos días, jefe. Tenemos un problema en la recepción. O más bien, una visita pastoral no programada.
Brais frunció el ceño.
—¿Visita pastoral?
—Don Eustaquio. El párroco. Lleva veinte minutos sentado en el sofá de cuero de abajo, bebiéndose los cafés de cápsula de cortesía y diciendo que no se va de aquí hasta que hable contigo de un asunto “de suma gravedad moral”.
Brais suspiró, frotándose los ojos. Antonio no había perdido el tiempo. Si algo sabía hacer el viejo, era movilizar a las fuerzas vivas del pueblo para dar pena. No habiendo conseguido doblegar a Brais con quejas de ciática, había recurrido al comodín definitivo en Galicia: la Iglesia.
—Hazle subir, Iria. Vamos a quitarnos esto de encima rápido.
Unos minutos después, la puerta del despacho se abrió y entró don Eustaquio. Era un hombre de unos sesenta y largos, con sotana negra impoluta, un prominente vientre redondo fruto de años de invitaciones a comer por parte de sus feligreses, y una expresión de severidad eclesiástica que ensayaba frente al espejo cada mañana.
—Ave María Purísima, Brais —saludó el cura, alzando un poco la barbilla, inspeccionando el moderno despacho con ojo crítico. Le molestaba el exceso de cristal y el minimalismo; le parecía poco piadoso.
—Sin pecado concebida, don Eustaquio. Siéntese, por favor. ¿Quiere otro café? Iria me ha dicho que ya lleva dos.
El cura carraspeó, incómodo por el apunte, y se sentó en la silla de diseño frente a la mesa de Brais. Se alisó la sotana sobre las rodillas.
—Iré directo al grano, Brais. No estoy aquí para hablar de negocios. Estoy aquí en calidad de pastor de tus almas. Tu padre vino a verme ayer por la tarde, después de la misa de siete. Estaba destrozado. Abatido. Un hombre mayor, respetable, llorando como un niño en la sacristía.
—Vaya. Espero que no le manchara los manteles del altar con los mocos. Llora con mucho entusiasmo cuando quiere —dijo Brais, reclinándose en su silla giratoria, cruzando los dedos sobre su abdomen.
Don Eustaquio abrió mucho los ojos, escandalizado por la irreverencia.
—¡Brais! ¡Por el amor de Dios, un poco de respeto! Estamos hablando del hombre que te dio la vida. Del hombre que sacrificó su juventud para sacarte adelante cuando tu pobre madre falleció. Me contó lo que hiciste en ese restaurante. La humillación a la que lo sometiste. ¡Dejarlo allí tirado, sin dinero, para que el pueblo entero se riera de él! ¿Es que no tienes corazón? ¿Es que no conoces el cuarto mandamiento? ¡Honrarás a tu padre y a tu madre!
La voz del cura había subido de volumen, llenando el despacho con ecos de sermón dominical.
Brais no se movió. Su rostro era una máscara de hielo.

—Don Eustaquio, con todo el respeto debido a su investidura. Usted no sabe absolutamente nada de mi padre, ni de mi familia, ni de los sacrificios que ese hombre no hizo.
—¡Sé lo que veo! —replicó el sacerdote, golpeando el reposabrazos de la silla con la palma de la mano—. Veo a un hijo nadando en la abundancia, forrado de dinero, que le niega un plato de comida y el pago del seguro del coche a un anciano enfermo. Eso, en mi pueblo y a los ojos de Dios, es pecado mortal. Es avaricia y es soberbia. Tienes que pedirle perdón, restituirle su cuenta bancaria y enmendar este error. Si no, temo por la salvación de tu alma, hijo mío.
El sermón era de manual. Brais sintió cómo la presión en sus sienes comenzaba a aumentar. El sexto sentido, esa antena parabólica para las miserias ajenas que intentaba mantener apagada, reaccionó ante la hipocresía colosal que emanaba del hombre sentado frente a él. Brais intentó frenarlo, pero las palabras del cura sobre la “avaricia” y la “abundancia” fueron el detonante perfecto.
Brais se inclinó hacia delante. Sus ojos se fijaron en los del párroco. El zumbido inundó sus oídos y, de repente, el moderno despacho desapareció.
Fogonazo.
Ya no olía a salitre y cartón. Olía a incienso rancio y a humedad antigua. Brais estaba dentro de la sacristía de la iglesia del pueblo, viendo la escena desde una esquina oscura.
Don Eustaquio, con unos años menos, estaba de espaldas, inclinado sobre una mesa de madera robusta. Frente a él estaba la caja fuerte donde se guardaba el dinero de los donativos, las colectas del domingo y los fondos recaudados para arreglar el tejado de la iglesia, que llevaba goteando desde el invierno del 2018.
Brais observó cómo el sacerdote, con movimientos rápidos y nerviosos, abría la caja fuerte. Cogía un fajo de billetes —dinero suelto, de cinco, de diez, de veinte euros— producto de las limosnas de las viejas del pueblo, esas mismas viejas a las que asustaba con el fuego del infierno.
El cura no metió el dinero en una bolsa para el banco. Se lo guardó en el bolsillo interior de su chaqueta civil.
La visión avanzó rápido, un salto temporal. Ahora Eustaquio estaba en un casino en La Coruña, lejos de las miradas de sus feligreses. Iba vestido de paisano, sudando, empujando una pila de fichas rojas y negras sobre el tapete verde de una mesa de ruleta. “Al número ocho, todo al negro”, decía la voz temblorosa del párroco, mientras la bolita giraba y el dinero para el tejado de la iglesia de San Tirso se esfumaba en la banca del casino.
El fogonazo terminó.
Brais volvió a la realidad de su despacho. Parpadeó un par de veces para aclarar la vista. El cura seguía frente a él, con el dedo índice levantado, a punto de soltar otra perorata sobre el infierno y el egoísmo.
Brais sonrió. Una sonrisa lenta, amplia, que no llegó a sus ojos.
—Don Eustaquio… qué interesante es la moralidad humana, ¿verdad? Tan flexible. Tan adaptable.
El sacerdote bajó el dedo, confundido por el cambio repentino de tono de Brais.
—No sé qué quieres decir. Los mandamientos de Dios no son flexibles.
Brais se levantó de su silla y caminó lentamente hacia la ventana, dándole la espalda al cura por un momento. Miró hacia el puerto, viendo los barcos pesqueros entrar.
—Estaba pensando en el tejado de la iglesia, padre. Ese que lleva cinco años con goteras y para el que la señora Purificación, Maruja y todo el pueblo llevan dando donativos todos los domingos. Menudo dineral debe haber ahí ya acumulado, ¿no?
Brais se giró para mirar a Eustaquio. El cura se había quedado muy quieto. Su respiración se había vuelto repentinamente superficial.
—La… la diócesis no nos da presupuesto suficiente para la obra. Todo es muy caro, los materiales han subido… —balbuceó el sacerdote.
—Ya. Los materiales son caros. Y los casinos de La Coruña, también. Sobre todo si te empeñas en apostarlo todo al número ocho negro en la ruleta con el dinero de las limosnas de las viudas del pueblo.
El silencio que cayó sobre el despacho fue tan absoluto que se podía escuchar el zumbido del aire acondicionado. Don Eustaquio se puso pálido como el papel de fumar. Sus manos, que descansaban sobre sus rodillas, empezaron a temblar visiblemente. Abrió y cerró la boca como un pez fuera del agua, buscando aire, buscando palabras, buscando una salida de emergencia que no existía.
—Yo… tú… ¿cómo…? —El cura ni siquiera intentó negarlo. El golpe había sido demasiado certero, demasiado específico. La mención del número ocho lo había destruido.
Brais regresó a su silla y se apoyó sobre la mesa, acercando su rostro al del aterrorizado sacerdote.
—Yo tengo mis propios pecados, don Eustaquio. No soy un santo. Pero no soporto que un ladrón hipócrita con ludopatía venga a mi despacho a darme lecciones de moral sobre mi familia.
El cura tragó saliva con dificultad. Parecía haber encogido dentro de su propia sotana. Toda su grandilocuencia y autoridad moral se habían derretido como hielo al sol.
—Por favor, Brais… —susurró Eustaquio, con los ojos llenos de pánico—. Si esto sale a la luz… el Obispado me destituirá. El pueblo me linchará. Fue un momento de debilidad, una enfermedad…
—No se preocupe, padre. Su secreto está a salvo conmigo. Soy una tumba —dijo Brais, poniéndose en pie e indicando la puerta con un gesto educado—. Pero le voy a pedir un pequeño favor a cambio de mi silencio.
El cura se levantó tambaleándose, asintiendo compulsivamente con la cabeza.
—Lo que sea. Lo que me pidas.
—Quiero que vuelva a la iglesia. Y cuando vea a mi padre fingiendo ataques de ansiedad en la sacristía, dígale que ha hablado conmigo. Dígale que le he confesado que no tengo corazón y que iré al infierno. Pero sobre todo, padre… dígale que ni la iglesia, ni el Papa de Roma, ni la madre que lo parió van a conseguir que le vuelva a dar un solo céntimo en lo que le quede de vida. Y dígale también a doña Purificación y al resto de las cotorras, que si tienen tanta pena por él, que le paguen el butano ellas. ¿Hemos llegado a un entendimiento, padre?
Don Eustaquio asintió frenéticamente, aferrando el pomo de la puerta como si fuera un salvavidas.
—Sí, Brais. Todo claro. Perfectamente claro. Que Dios te… bueno, buenos días.
El cura salió corriendo del despacho con una agilidad sorprendente para su barriga, cerrando la puerta tras de sí casi de un portazo.
Brais se quedó solo. Suspiró profundamente y se sentó de nuevo, cogiendo el trozo de empanada de zamburiñas. Le dio un bocado. Estaba deliciosa. El puré de hipocresía ajena, definitivamente, abría el apetito. Había neutralizado a los mensajeros de su padre, pero sabía que Antonio, acorralado y sin dinero, intentaría un último y desesperado movimiento. La partida de ajedrez aún no había terminado.