Señora rica de Sevilla simula perder la memoria en la calle y la candidata a nuera perfecta la ABANDONA sola bajo la lluvia torrencial
PARTE 1: El patio de los leones y las sospechas de Doña Asunción
La mañana en el barrio de Santa Cruz había amanecido con esa luz particular de Sevilla que, a primera vista, parece perdonarlo todo. Sin embargo, Doña Asunción Valdés de la Florida, viuda del ilustrísimo don Rafael, marqués consorte de las Navas, no estaba para perdones. Sentada en la galería de su casa palacio, con vistas al patio principal donde una fuente mudéjar canturreaba de fondo, removía su café con la parsimonia de quien tiene la vida resuelta pero el honor familiar en la cuerda floja.
El café, servido en porcelana de La Cartuja, humeaba ligeramente, mezclando su aroma robusto con el olor a azahar que entraba por los ventanales. Asunción era una mujer que imponía respeto sin necesidad de levantar la voz. A sus setenta y dos años, conservaba una postura erguida que parecía esculpida en mármol y una mirada afilada, capaz de escanear la cuenta corriente de cualquier persona con solo verle el dobladillo del pantalón. Llevaba puesto un conjunto de punto en tono crudo, perlas auténticas de dos vueltas reposando sobre su pecho y el cabello, gris platinado, perfectamente peinado de peluquería, inamovible frente a cualquier brisa andaluza.
—Chari, hija, este café está aguado —sentenció la matriarca sin apartar la vista del diario que reposaba sobre la mesa de caoba.
Chari, la mujer que llevaba trabajando en la casa desde que el hijo de Asunción, Borja, iba en pantalones cortos, asomó la cabeza por la puerta del comedor de verano. Llevaba el delantal impecablemente blanco y una expresión de infinita paciencia, esa paciencia que solo dan treinta años de cotización bajo el mismo techo.
—Señora, el café está como todos los días de Dios. Lo que pasa es que usted tiene el cuerpo cortado desde que el señorito Borja le anunció que venía a merendar con la “novia formal”.
Asunción dejó la cucharilla sobre el plato con un leve tintineo metálico. Suspiró profundamente, un suspiro cargado de drama, como si fuera la protagonista de una tragedia de Lorca, pero con mucho más patrimonio inmobiliario.
—No la llames “novia formal”, Chari, por lo que más quieras. Me da urticaria. Esa niña, esa tal Loreto… no me gusta un pelo. Tiene la sonrisa demasiado ensayada, ¿te has fijado? Parece que está en un casting continuo para un anuncio de pasta de dientes.
—Ay, señora, no sea usted tan mal pensada —replicó Chari, acercándose para recoger una servilleta inmaculada que Asunción había desechado—. La chica es monísima. Muy educada. Siempre dice “gracias” y “por favor”. Y viste muy fina, todo de colores así como apagados, que dice el señorito que es la moda del “lujo silencioso”.
—¿Lujo silencioso? —Asunción soltó una carcajada seca, carente de humor—. Lo único silencioso en esa muchacha es la verdad sobre sus intenciones. Yo sé reconocer a una cazafortunas, Chari. He lidiado con ellas desde que Borja cumplió los dieciocho. Las huelo a kilómetros. Esa niña de “lujo” no tiene nada; tiene buen gusto para elegir con el dinero ajeno, eso sí. Me he enterado de buena tinta que el padre es un promotor inmobiliario venido a menos en Madrid y que ella trabaja en una galería de arte contemporáneo donde no venden ni un cuadro desde la época de la peseta.
—Bueno, pero el señorito Borja está que bebe los vientos por ella. Ayer me dijo en la cocina que igual en Navidades hay campanadas de boda —comentó Chari, soltando la bomba con la inocencia de quien lanza una granada sin quitarle la anilla.
Asunción se llevó la mano al pecho, justo donde las perlas de Mallorca le hacían de escudo protector. Sus ojos se abrieron de par en par.
—¿Boda? ¿Mi Borja? ¿Con esa que no sabe distinguir un jamón de bellota de uno de recebo? ¡Por encima de mi cadáver, Chari! O mejor dicho, por encima del suyo. Mi hijo es un bendito, un ingenuo con corazón de oro y el intelecto justo para pasar el día, que todo hay que decirlo. Es carne de cañón para una lagarta con ínfulas. Necesito desenmascararla. Necesito que Borja vea lo que hay detrás de esa fachada de porcelana china que me lleva.
Asunción se levantó y comenzó a pasear por la galería. El sonido de sus tacones de salón resonaba contra las baldosas de cerámica sevillana, marcando el ritmo de su cerebro trabajando a mil por hora. Había sobrevivido a crisis económicas, a la muerte prematura de su marido y a tres reformas integrales del techo de la casa palacio. No iba a dejar que una “niña bien” de manual le arrebatara el control del fideicomiso familiar.
—Tengo un plan —murmuró Asunción, deteniéndose frente a un espejo de pan de oro para ajustarse un pendiente que estaba perfectamente en su sitio—. Esta tarde. Habíamos quedado para ir a dar una vuelta por el centro, para que me enseñe “su Sevilla”, dice la muy petulante, como si yo no llevara pateando estas calles desde antes de que ella fuera un proyecto de cigüeña. Vamos a ir. Solas. Borja tiene reunión en la notaría y no podrá acompañarnos hasta las ocho.
—¿Y qué va a hacer, señora? ¿Le va a poner la zancadilla en la calle Sierpes? Que los adoquines están muy traicioneros —preguntó Chari, medio asustada, medio fascinada.
—Algo mucho más sutil, mi querida Chari. Voy a poner a prueba su humanidad. Su empatía. Esa chiquilla se cree que todo es posar y quedar bien para la galería. Vamos a ver cómo reacciona cuando las cosas se pongan feas. La previsión del tiempo da tormentas fuertes para esta tarde, ¿verdad?
—Sí, señora. Han dado aviso amarillo. Dicen que va a caer la mundial a partir de las seis.
Asunción sonrió. Fue una sonrisa felina, lenta y peligrosa.
—Perfecto. La lluvia tiene un poder purificador maravilloso, Chari. Limpia las calles, riega los campos y, lo más importante, destiñe las máscaras. Prepara mi abrigo de lana fina, el bueno, y el paraguas. Aunque, bien pensado, el paraguas no nos va a hacer falta.
PARTE 2: El paseo de las falsedades sobre el empedrado
A las cinco y media de la tarde, el cielo sobre Sevilla había dejado de ser ese azul cobalto de postal turística para convertirse en una masa gris y opresiva, plomiza, que parecía a punto de desplomarse sobre la Giralda. El aire estaba pesado, bochornoso, cargado con esa electricidad estática que en Andalucía anuncia siempre un aguacero inminente y despiadado.
Loreto esperaba en la puerta de la famosa confitería La Campana. Iba vestida exactamente como Asunción esperaba: como si fuera a protagonizar la portada de una revista de estilo de vida en la sección “Tardes otoñales con clase”. Llevaba una gabardina color arena perfectamente planchada, unos pantalones palazzo de lino (un error táctico imperdonable dadas las nubes), y unos zapatos de salón de ante beige con un tacón fino que desafiaba cualquier lógica anatómica y arquitectónica del centro histórico. Su pelo, largo y lacio, caía en cascada sin un solo mechón fuera de su sitio.
Cuando Asunción bajó del taxi en la plaza del Duque y caminó hacia ella, Loreto compuso inmediatamente la sonrisa número cuatro de su repertorio: la sonrisa de “nuera encantadora y sumisa”.
—¡Asunción, qué alegría verla! —exclamó Loreto, acercándose para darle dos besos al aire, cuidando escrupulosamente de no rozar su maquillaje perfecto con las mejillas de la anciana—. Está usted estupenda, como siempre. Ese abrigo le hace una figura fantástica.

Asunción, que llevaba su abrigo de lana gris marengo, su bolso de Loewe agarrado con ambas manos y una expresión de dulce fragilidad que había practicado frente al espejo durante media hora, le devolvió la sonrisa con una suavidad empalagosa.
—Ay, hija mía, qué cosas dices. Si ya soy una vieja pelleja. Pero mírame, aquí estoy, con ganas de que demos este paseíto. Borja me ha insistido tanto en que pasemos tiempo juntas… Él te adora, ¿sabes? —Asunción lanzó el cebo con la maestría de un pescador veterano.
Loreto adoptó una expresión de falsa modestia, bajando la mirada hacia las puntas de sus carísimos zapatos.
—Borja es maravilloso, Asunción. De verdad que sí. Es un hombre con unos valores tan… sólidos. Y claro, viniendo de la familia que viene, de usted, no me extraña. Tiene una herencia cultural tan rica…
“Herencia cultural, dice. Esta ya está haciendo el inventario de las fincas en Carmona”, pensó Asunción, pero por fuera asintió con fervor, agarrándose al brazo de Loreto con una presión un poco más fuerte de lo normal, simulando la necesidad de apoyo de una anciana entrañable.
Comenzaron a caminar por la calle Sierpes. El contraste entre ambas mujeres era digno de estudio sociológico. Loreto caminaba mirando los escaparates de las joyerías y las tiendas de marca con un disimulado brillo en los ojos, esquivando a los turistas con ágiles movimientos de cintura y haciendo equilibrios sobre el empedrado irregular con sus tacones de aguja. Asunción, por su parte, se dejaba llevar, arrastrando los pies un poquito más de la cuenta, respirando de forma pesada cada vez que Loreto aceleraba el paso.
—Fíjate, Loreto, hija —comenzó Asunción, con voz trémula—, en esta joyería de aquí le compró mi difunto marido, que en paz descanse, un collar de esmeraldas a mi suegra. Qué tiempos aquellos. Antes había más respeto por las tradiciones, ¿no crees? Por la familia, por el cuidado de los mayores… Ahora todo es tan rápido, tan de usar y tirar.
Loreto, que en ese momento estaba visualizando cómo le quedaría a ella ese mismo collar de esmeraldas combinado con un vestido de noche negro, tardó un segundo en procesar el comentario de su futura suegra.
—Ah… sí, totalmente, Asunción. Hoy en día se han perdido los valores. Yo siempre se lo digo a Borja: para mí, la familia es lo primero. Yo sería incapaz de desatender a los míos. El respeto a los mayores es sagrado.
—Qué palabras tan hermosas, cielo. Qué tranquilidad me dejas —respondió Asunción, con una vocecita que destilaba azúcar, mientras miraba de reojo al cielo—. Ay, me parece que se está levantando un poco de viento frío. Y mira qué nubarrones. ¿Crees que lloverá?
Loreto miró hacia arriba con fastidio. Una gota gorda, pesada y helada, le impactó justo en medio de la frente. Su gesto de perfecta serenidad se quebró por un instante, revelando una mueca de auténtico horror.
—Ay, madre. Sí que parece que va a llover. Y yo sin paraguas. Y estos zapatos… el ante con el agua se estropea muchísimo, Asunción. ¿No cree que deberíamos meternos en alguna cafetería?
Pero Asunción no tenía intención de facilitar las cosas. Su plan acababa de entrar en la fase dos.
—No te preocupes, mujer. Si son cuatro gotas. Vamos a cruzar hacia la Plaza Nueva, que quiero mirar unos mantoncillos en un escaparate que hay por allí. Borja nos recoge en la puerta del Ayuntamiento en media hora. Venga, aprieta el paso que tú eres joven y tienes energía.
De mala gana, Loreto dejó que la señora mayor marcara el rumbo. El viento empezó a soplar con fuerza, arremolinando hojas secas y bolsas de plástico por la calle peatonal. La luz de la tarde desapareció por completo, sumiendo a Sevilla en una penumbra casi nocturna, iluminada solo por la luz anaranjada de las farolas que empezaban a encenderse prematuramente.
Las cuatro gotas se convirtieron rápidamente en un redoble continuo sobre los toldos de las tiendas. La gente a su alrededor empezó a correr, abriendo paraguas, buscando refugio bajo las cornisas y en los portales. El aguacero, esa “tromba de agua” típica de la primavera andaluza que no avisa y no perdona, se desató con una furia bíblica.
El agua caía a cántaros, rebotando contra los adoquines. Loreto soltó un gritito de desesperación cuando sintió que el lino de sus pantalones empezaba a empaparse.
—¡Asunción, por Dios, metámonos en algún sitio! ¡Me estoy empapando! ¡El pelo se me va a quedar hecho un desastre y tengo que ir a cenar con Borja! —gritó Loreto por encima del ruido del chaparrón, tirando del brazo de la anciana hacia un soportal cercano.
Pero Asunción se plantó en medio de la calle, bajo la lluvia torrencial. Y entonces, comenzó la actuación de su vida, digna de un Goya a la mejor actriz principal.
PARTE 3: El diluvio universal y la caída de las máscaras
El agua caía sin piedad sobre Asunción. Su impecable peinado de peluquería se aplastó contra el cráneo en cuestión de segundos, y el abrigo de lana de primera calidad se volvió pesado, empapado como una esponja. El agua le corría por el rostro, borrando los discretos toques de maquillaje que llevaba. Cualquiera que la viera en ese instante habría sentido una punzada de profunda lástima: una anciana, de aspecto frágil, sola y desamparada bajo una tormenta feroz.
Loreto tiró con más fuerza de su brazo.
—¡Asunción! ¡Por favor, no se quede ahí pasmada! ¡Venga para acá! ¡Se va a coger una pulmonía y me va a arruinar la chaqueta de cien euros! —El tono de voz de Loreto había perdido toda la dulzura aterciopelada de media hora antes. Ahora sonaba agudo, histérico y cargado de irritación.
Asunción se soltó bruscamente del agarre de la joven. Miró a Loreto con los ojos muy abiertos, vacíos, desprovistos de reconocimiento. Empezó a temblar exageradamente, no solo por el frío, sino como parte de la meticulosa coreografía que había diseñado.
—¿Quién es usted? —preguntó Asunción, alzando la voz por encima del estruendo de la lluvia. Su tono era tembloroso, cargado de pánico—. ¿Dónde está mi marido? ¡Rafael! ¡Rafael!
Loreto se quedó congelada, olvidándose por un momento de la lluvia que le estaba arruinando los zapatos de ante. Miró a la señora mayor con una mezcla de confusión y absoluto pavor.
—Asunción, ¿qué dice? Soy yo, Loreto. La novia de Borja. Su hijo. Deje de hacer tonterías y métase en el portal, ¡que me está mojando entera al acercarme!
—¿Borja? ¿Qué Borja? Mi hijo tiene ocho años, está en el colegio de los jesuitas… —Asunción llevó ambas manos a su cabeza, en un gesto de angustia magistral, y empezó a dar pequeños pasos desorientados hacia el centro de la calle, alejándose del refugio—. ¡No sé dónde estoy! ¡Esta no es mi calle! ¡Me han robado, me han secuestrado! ¡Socorro!
El pánico se apoderó de Loreto. Miró a su alrededor frenéticamente. La calle estaba prácticamente desierta; los pocos transeúntes que quedaban corrían despavoridos buscando cobijo, con las cabezas gachas bajo los paraguas, ajenos al drama que se desarrollaba en pleno pavimento.
—¡Joder, lo que me faltaba! —maldijo Loreto en voz alta, perdiendo por completo la compostura pija. La máscara había caído a plomo, arrastrada por el aguacero—. ¡Que la vieja está chocheando! ¡Asunción, cállese la boca y venga aquí ahora mismo!
Loreto dio un paso hacia la anciana, pero sus tacones resbalaron en el adoquín mojado. Estuvo a punto de caerse de bruces, logrando mantener el equilibrio en el último segundo a costa de un tirón en el tobillo. Se miró los pies: sus zapatos beige ahora eran de un marrón fangoso y deforme. Sus pantalones de lino se le pegaban a las piernas, transparentándose de manera vulgar. Su pelo, su precioso pelo planchado a conciencia, parecía el de una fregona vieja.
—No te acerques, extraña… ¡No sé quién eres! ¡Quiero ir a mi casa! —lloriqueaba Asunción, encorvándose sobre sí misma, logrando proyectar la imagen de la más absoluta vulnerabilidad. Una pobre viejecita, asustada, perdiendo la cabeza bajo la tormenta.
La empatía que Loreto había alardeado tener durante todo el paseo se evaporó más rápido que una gota de agua sobre una plancha caliente. El cálculo frío y egoísta que gobernaba su cerebro tomó el mando. Si se quedaba allí, intentando arrastrar a una loca empapada bajo la lluvia, acabaría destrozada, resfriada y luciendo horrorosa para cuando llegara Borja. Además, tratar con gente enferma no estaba en sus planes de “lujo silencioso”. Para eso estaban las enfermeras filipinas, no ella.
Justo en ese momento, por el extremo de la calle que daba a la Plaza de San Francisco, apareció un taxi libre. Un milagro con luz verde en el techo abriéndose paso entre la cortina de agua.
Loreto tomó su decisión en una fracción de segundo.
—Mira, señora, no tengo tiempo para estas locuras. Búscate la vida. Yo no me voy a pillar una neumonía por tus caprichos seniles. Que te aguante tu hijo.
Cerró su paraguas de lujo, que había sacado del bolso a medias, se dio la media vuelta con un movimiento brusco y echó a correr hacia el taxi, chapoteando sobre los charcos sin importarle ya el ruido sordo que hacían sus tacones estropeados.
Abrió la puerta del coche negro, se metió dentro de un salto y cerró de un portazo. A través del cristal empañado por la lluvia, miró por última vez hacia atrás. Asunción seguía allí, parada en medio de la calle sola, bajo la lluvia torrencial, una pequeña mancha oscura rodeada de agua y abandono.
El taxi aceleró y desapareció girando la esquina.
La calle quedó sumida en el sonido monótono de la lluvia golpeando la piedra. La estampa era de un dramatismo sobrecogedor. Cualquier alma caritativa habría llorado al ver a esa anciana temblorosa, aparentemente sumida en las tinieblas de la demencia, abandonada a su suerte por la persona que debía cuidarla.
PARTE 4: La matriarca nunca se moja (o el desenlace de la función)
En cuanto las luces rojas traseras del taxi desaparecieron tras la esquina del Banco de España, algo mágico y ligeramente terrorífico ocurrió en la calle Sierpes.
Doña Asunción Valdés de la Florida dejó de temblar de golpe. Su espalda encorvada, que segundos antes parecía soportar el peso de todas las desgracias del mundo y de la demencia senil combinadas, se enderezó con la rigidez de un sargento de artillería.
El rostro de la anciana experimentó una transformación asombrosa. La expresión de confusión infantil, los ojos desorbitados y el labio tembloroso desaparecieron como por arte de magia. En su lugar, se instaló una mueca de triunfo incuestionable, dura, afilada y llena de una lucidez aterradora. Sus ojos, ahora enfocados y agudos como los de un ave rapaz que acaba de cazar a su presa, brillaban bajo la luz mortecina de la farola.
No había rastro de fragilidad. No había amnesia. Solo había una mujer de setenta y dos años, extremadamente rica y extremadamente inteligente, que acababa de ganar la partida de ajedrez más importante del año.
Asunción se sacudió un poco el agua de las mangas de su carísimo abrigo de lana. Sorprendentemente, no parecía importarle en absoluto estar calada hasta los huesos. De hecho, sonreía. Era una sonrisa letal, de esas que solo las matriarcas sevillanas saben ensayar a puerta cerrada antes de un consejo de administración.
Sin prisa, metió la mano, mojada y arrugada, en las profundidades de su bolso de Loewe, que, gracias a Dios y al trabajo de los artesanos marroquineros, mantenía su interior relativamente seco. Sacó su teléfono móvil, el modelo de última generación que su hijo le había regalado en su cumpleaños, y buscó en la agenda de contactos deslizando el pulgar con una soltura que desmentía cualquier rumor sobre su incapacidad tecnológica.
Apretó el botón de llamar y se llevó el aparato a la oreja izquierda, resguardándolo ligeramente con la mano. Dio tres tonos.
—¿Mamá? —La voz de Borja al otro lado de la línea sonaba apresurada, con el ruido de fondo típico de una oficina.— Mamá, perdona, acabo de salir de la reunión. Cusha, está cayendo el diluvio universal ahí fuera. ¿Dónde estáis? ¿Estáis con Loreto en alguna cafetería? Voy para allá a recogeros en el coche ahora mismo.
Asunción aclaró su garganta. Dejó que un milisegundo de pausa dramática flotara en la línea telefónica antes de hablar. Su tono de voz era ahora impecable: sereno, regio, cortante como un bisturí y totalmente desprovisto del más mínimo ápice de demencia.
—Borja, hijo mío. Presta mucha atención a lo que te voy a decir, porque solo lo voy a repetir una vez.
—Dime, mamá. ¿Pasa algo? ¿Estás bien? —La voz del hijo cambió de la prisa a la preocupación de forma instantánea. Borja sería ingenuo, pero adoraba a su madre.
—Yo estoy perfectamente, cariño. Lúcida como un buhó. Pero me temo que estoy sola. Parada exactamente en mitad de la calle Sierpes, frente a la relojería. Y me estoy mojando, Borja. Me estoy mojando mucho.
—¿Sola? ¡Pero si estabas con Loreto! ¿Cómo que sola en la calle con la que está cayendo? ¡Mamá, que tienes setenta años, por Dios! ¿Dónde demonios se ha metido esa niña?
Asunción esbozó una media sonrisa al teléfono, levantando la vista hacia los balcones cerrados a cal y canto de los edificios que la rodeaban.
—Esa “niña”, mi querido e iluso hijo, acaba de coger un taxi y salir derrapando hacia el horizonte. Al parecer, sus zapatos de ante italiano y su peinado de salón de belleza eran mucho más valiosos que el bienestar de tu madre, que, todo hay que decirlo, tuvo un pequeño y repentino episodio de confusión pasajera. Un mareo, ya sabes, cosas de la edad.
—¿Un mareo? ¿Te pusiste mala y te dejó ahí tirada? —Borja gritó al otro lado de la línea. Se oyó el sonido de unos papeles cayendo al suelo y una silla arrastrándose violentamente—. ¡No me lo puedo creer! ¡Me dijo que te adoraba, que la familia era sagrada! ¡Mamá, voy corriendo para allá!
—No corras, hijo. Eusebio, el chófer, lleva quince minutos aparcado en la esquina de la plaza de San Francisco esperándome. Ha estado vigilando toda la escena desde el coche, por órdenes mías. Ya viene hacia aquí con un paraguas grande, de los de golf. —Asunción vio efectivamente la figura corpulenta de Eusebio acercándose a paso ligero bajo un enorme paraguas negro—. Tu madre nunca da puntada sin hilo, y desde luego, nunca sale de casa sin un plan B.
—Mamá… no entiendo nada. ¿Fue una prueba? ¿Fingiste?
—Borja, te he ahorrado un divorcio millonario, disgustos horribles y probablemente el tener que aguantar a esa petarda en las comidas de Navidad durante los próximos diez años. La señorita Loreto es un fraude. No tiene corazón, ni empatía, ni modales cuando las cosas se ponen feas. En cuanto vio que yo no le servía para pasearse por Sevilla como si fuera la reina de Saba, me tiró como a un pañuelo sucio. Así que ahora mismo la vas a llamar, le vas a decir que se ha terminado, y vas a bloquear su número. ¿Me has entendido?
Se hizo el silencio en la línea. Solo se escuchaba la lluvia repiquetear contra el asfalto y la respiración pesada de Borja asimilando el huracán de realidad que su madre acababa de desatar sobre él.
—Sí, mamá —dijo finalmente Borja, con una voz mucho más grave y madura, la voz de alguien a quien le acaban de quitar una venda de los ojos a base de tirones.— Lo he entendido perfectamente.
—Muy bien, cariño. Así me gusta. —Asunción suspiró, satisfecha. Eusebio llegó a su lado y le cubrió la cabeza con el paraguas, ofreciéndole una toalla seca que había sacado del coche—. Ahora me voy a ir a casa, que Chari me ha preparado un baño caliente y un té. Y por favor, Borja… la próxima vez que te enamores, búscate a alguien que sepa usar un chubasquero. Un beso, hijo.
Colgó el teléfono y lo guardó cuidadosamente en el bolso. Eusebio la miraba con una mezcla de respeto reverencial y asombro.
—Señora Marquesa, se ha calado usted entera. ¿Se encuentra bien? —preguntó el chófer, abriendo la puerta trasera del flamante coche oscuro que aguardaba a unos metros.
Doña Asunción Valdés de la Florida se sacudió una gota de agua de la punta de la nariz, se irguió con toda la dignidad que le permitían sus ropas empapadas y miró al cielo sevillano, que empezaba a abrir claros entre las nubes oscuras.
—Nunca me había sentido mejor, Eusebio. Llévame a casa. Y pon la calefacción alta, que no quiero que esta victoria me cueste un catarro.
El coche arrancó suavemente sobre los adoquines mojados, dejando atrás la calle vacía, los charcos y el fantasma de una “nuera perfecta” que, en su prisa por huir del agua, había acabado ahogándose en su propia superficialidad. Las calles de Sevilla volvían a quedar limpias, tal y como había previsto la matriarca.
PARTE 5: El naufragio en el asiento trasero y la llamada del fin del mundo
El taxi en el que Loreto había buscado refugio olía a ambientador de pino barato y a tabaco rubio rancio, una combinación que en cualquier otra circunstancia le habría provocado náuseas y una queja formal al Ayuntamiento de Sevilla. Sin embargo, en ese instante, el vehículo era su arca de salvación. Se dejó caer contra el respaldo de polipiel, respirando entrecortadamente, mientras el agua escurría de su ropa y formaba un pequeño charco a sus pies.
—Menuda la que está cayendo, ¿eh, señorita? —comentó el taxista, un hombre entrado en carnes con una gorra calada hasta las cejas, mirándola por el espejo retrovisor. Su tono era jovial, típico de quien lleva todo el día al volante y agradece cualquier distracción climática.
—Sí, una barbaridad. Arranque, por favor. Sáqueme de aquí cuanto antes —respondió Loreto, secándose la frente con el dorso de la mano. Su voz, habitualmente modulada para sonar como un suave murmullo de clase alta, sonaba ahora estridente y rasposa.
—¿A dónde la llevo?
—A Los Remedios. Calle Asunción. Y dese prisa, por favor.
Mientras el coche avanzaba lentamente, sorteando peatones despavoridos y esquivando los enormes charcos que se formaban en los adoquines, Loreto sacó un espejo compacto de su bolso de diseñador, que milagrosamente había sobrevivido al diluvio. Lo que vio le provocó un gemido de desesperación. El rímel, supuestamente “waterproof” según la dependienta de Sephora, se había corrido formando dos ojeras oscuras que le daban el aspecto de un mapache deprimido. Su cabello liso y perfecto era ahora una maraña informe y encrespada que se pegaba a su cráneo. Y lo peor de todo: sus pantalones palazzo de lino, de un tono arena clarito y sumamente elegante, se habían vuelto traslúcidos, pegándose a sus muslos de una forma que ella consideraba absolutamente vulgar.
“Esa vieja loca casi me arruina la tarde”, pensó Loreto, intentando arreglarse el pelo con los dedos temblorosos. “Se le ha ido la olla por completo. Menudo numerito me ha montado en mitad de la calle. Borja me va a tener que pedir perdón de rodillas por hacerme pasar por esto. ¿A quién se le ocurre mandarme de paseo con su madre senil justo el día que anuncian tormentas?”

Loreto ya estaba elaborando mentalmente su versión de los hechos. Una versión en la que ella era la víctima heroica y sacrificada. Le contaría a Borja cómo la pobre Doña Asunción había sufrido un brote psicótico, cómo ella había intentado por todos los medios calmarla y llevarla a un lugar seguro, pero que, ante la agresividad inesperada de la anciana y el peligro de la lluvia torrencial, se había visto obligada a ir a buscar ayuda en taxi para no empeorar la situación. Sí, eso sonaba convincente. Un “retiro táctico” por el bien de todos. Borja, con su carácter dócil y complaciente, se lo tragaría sin masticar.
De repente, su teléfono móvil vibró en el interior del bolso. La pantalla iluminó la penumbra del taxi con el nombre de “Borja Cariño” acompañado de un emoji de un corazón blanco.
Loreto aclaró su garganta, compuso una expresión de falsa angustia (aunque Borja no pudiera verla) y descolgó.
—¡Borja, mi amor! ¡Ay, menos mal que llamas! ¡No te puedes imaginar el susto que acabo de pasar! —exclamó Loreto, adoptando un tono de voz que mezclaba el pánico con el alivio exagerado.
Al otro lado de la línea, el silencio fue denso, pesado, como el ambiente antes de una tormenta eléctrica. Cuando Borja finalmente habló, su voz no tenía nada que ver con el tono meloso y condescendiente al que Loreto estaba acostumbrada. Sonaba gélida, cortante y extrañamente madura.
—Loreto. ¿Dónde estás?
El uso de su nombre a secas, sin el habitual “cariño” o “princesa”, hizo que a Loreto se le helara la sangre durante una fracción de segundo. Pero se recuperó rápidamente, aferrándose a su guion.
—En un taxi, mi amor, yendo para casa a cambiarme. ¡Tu madre ha tenido un episodio horrible! Se ha puesto a gritar en mitad de la calle Sierpes, no me reconocía, decía que le habían robado… He intentado agarrarla para meterla en un portal, pero se ha puesto como una fiera, casi me pega. Como llovía a cántaros y yo no podía controlarla sola, me he metido en un taxi para ir a buscarte o llamar a la policía… Estaba a punto de marcar tu número. ¡Tienes que ir a buscarla ya!
Borja dejó escapar una risa. No fue una risa alegre, ni mucho menos. Fue una risa seca, hueca, cargada de una decepción tan profunda que casi podía palparse a través del auricular.
—Mientes muy mal, Loreto. O al menos, mientes muy mal cuando ya sé la verdad.
—¿Qué… qué quieres decir, mi amor? No te entiendo. Estoy en estado de shock —tartamudeó ella, sintiendo cómo un sudor frío, independiente de la lluvia, comenzaba a recorrerle la espalda.
—Mi madre acaba de llamarme. Me lo ha contado todo. Me ha contado cómo te largaste corriendo en cuanto empezaron a caer cuatro gotas de más. Cómo cerraste tu maldito paraguas, te diste la vuelta y la dejaste allí, sola, empapada, mientras ella se hacía la desorientada.
El corazón de Loreto dio un vuelco tan violento que sintió náuseas reales. ¿Se hacía la desorientada? ¿Había sido todo un teatro?
—Borja… Borja, escúchame. Tu madre está mintiendo. O está confundida. Yo jamás haría algo así. ¡Es tu madre! —La voz de Loreto empezó a volverse aguda y estridente, el pánico real comenzaba a sustituir al pánico fingido.
—No, Loreto. La que ha estado mintiendo desde el primer día eres tú. Mi madre no está senil, ni está loca. Es, probablemente, la persona más lúcida e inteligente que conozco. Y hoy ha decidido ponerte a prueba porque sospechaba que no eras la persona maravillosa y empática que intentabas venderme. Y bingo. Ha acertado de pleno.
—¡Eso es una trampa! ¡Es una locura! ¿Cómo me hace algo así? ¡Es retorcido! ¡Borja, me estás asustando, no me hables así! —Loreto casi gritaba en el asiento trasero. El taxista, Manolo, había bajado el volumen de la radio y la miraba por el retrovisor con indisimulada curiosidad de telenovela.
—Lo retorcido, Loreto, es dejar a una anciana desamparada bajo un diluvio porque se te mojan los pantalones y se te estropea el peinado. Lo retorcido es ser una fachada vacía. Durante meses me has hablado de tus valores, de lo importante que es para ti el cuidado familiar, la compasión… y a la primera de cambio, ante un mínimo inconveniente, demuestras que solo te importas tú misma.
—¡Borja, por favor! ¡Estaba lloviendo muchísimo! ¡Tú no sabes cómo se puso! ¡No puedes hacerme esto por una vieja manipuladora! —El insulto salió de la boca de Loreto antes de que su cerebro pudiera frenarlo. Fue el clavo definitivo en su propio ataúd.
El silencio al otro lado de la línea fue absoluto. Cuando Borja volvió a hablar, su voz había perdido cualquier rastro de emoción. Era puro hielo.
—No vuelvas a hablar así de mi madre. Esto se ha terminado, Loreto. No me llames más. Mañana mandaré a alguien a tu piso a recoger las cosas que me dejé allí. Y un último consejo: el lujo silencioso está muy bien para la ropa, pero tener el alma vacía hace mucho ruido. Adiós.
La línea se cortó con un pitido seco y definitivo.
Loreto se quedó mirando la pantalla del teléfono, con la boca abierta, incapaz de procesar la magnitud del desastre que acababa de ocurrir en menos de cinco minutos. Todo su castillo de naipes, su futuro asegurado, sus cenas en los mejores restaurantes, sus vacaciones pagadas en Sotogrande, su ascenso en la escala social sevillana… todo se había ido por el sumidero de la calle Sierpes, arrastrado por el agua de la tormenta y por la mente diabólicamente brillante de Doña Asunción.
—¿Todo bien por ahí atrás, señorita? —preguntó el taxista con cautela, viendo la cara de absoluta devastación de su pasajera.
Loreto apretó los puños hasta clavarse las uñas de manicura francesa en las palmas de las manos. Levantó la vista, con el rímel corrido y el pelo hecho un desastre, y fulminó al pobre hombre con la mirada.
—¡Métase en sus malditos asuntos y conduzca de una puñetera vez! —gritó, rompiendo a llorar con lágrimas de rabia, frustración y derrota absoluta.
PARTE 6: El resfriado diplomático y el té de la victoria
Mientras Loreto atravesaba su particular infierno en el asiento trasero de un Skoda Octavia, Doña Asunción Valdés de la Florida experimentaba algo muy parecido a la gloria celestial en el cuarto de baño principal de su casa palacio.
El baño, una estancia más grande que muchos apartamentos del centro de Madrid, estaba revestido de mármol de Carrara y olía intensamente a sales de baño de lavanda y romero. Asunción estaba sumergida hasta el cuello en la enorme bañera con patas de garra, con los ojos cerrados y una expresión de placidez absoluta en el rostro. A un lado, sobre una mesita auxiliar de latón dorado, reposaba una taza de té Earl Grey humeante y un plato con pastas finas de té.
Chari, la fiel ama de llaves, paseaba por el baño recogiendo la ropa empapada de su señora, refunfuñando en voz alta con esa confianza que solo otorgan décadas de servicio ininterrumpido.
—Es que no tiene usted arreglo, Doña Asunción. De verdad se lo digo. Que ya no tiene usted veinte años para andar haciendo estas gansadas bajo la lluvia. Que ha venido usted que parecía una sopa de fideos, tiritando y con los labios morados. Como pille usted una pulmonía, a ver quién le explica al médico que se ha enfermado por andar jugando a las espías en la calle Sierpes.
Asunción abrió un ojo, asomando apenas por encima de la montaña de espuma blanca.
—Chari, mujer de poca fe, no seas agorera. No voy a coger ninguna pulmonía. Los virus me tienen demasiado respeto. Además, este frío que he pasado ha sido la mejor inversión en salud mental que he hecho en años. ¿Sabes lo que me habría costado en ansiolíticos soportar a esa niña repipi todas las navidades de la próxima década? Un dineral.
—Si yo no le digo que la chiquilla no fuera un poco estirada, señora, pero… ¿no ha sido usted un poco cruel? ¡Dejarla ahí con la que estaba cayendo! —Chari exprimió el abrigo de lana sobre el lavabo, sacando un chorro de agua oscura.
—Yo no la dejé a ella, Chari. Ella me dejó a mí. Yo le di la oportunidad de ser una buena persona. Le puse el escenario, le encendí los focos y le dije: ‘demuestra tu humanidad’. Y la niña no es que haya suspendido, es que ni se ha presentado al examen. Cogió sus zapatitos de ante, su bolso de marca y salió corriendo hacia el primer taxi que vio, dejándome a mí, una pobre anciana desamparada, a merced de los elementos. —Asunción sonrió, agarrando la taza de té con cuidado de no mojarla—. Ha sido una revelación, Chari. Una obra de arte de la naturaleza humana puesta al descubierto.
En ese momento, se escucharon pasos apresurados subiendo por la escalera principal, seguidos de un golpeteo urgente en la puerta del dormitorio contiguo al baño.
—¿Mamá? Mamá, ¿estás ahí? —La voz de Borja sonaba ahogada, ansiosa.
—Pasa, hijo, pasa. Estoy en la bañera, entrando en calor —respondió Asunción, elevando la voz.
Borja apareció en el umbral del baño. Llevaba el traje desabrochado, la corbata aflojada y el pelo ligeramente revuelto. Parecía haber envejecido cinco años en el trayecto desde su oficina hasta la casa. Tenía los ojos enrojecidos, lo que indicaba a Asunción que su hijo, de corazón blando y lágrima fácil, había estado llorando de camino.
Al ver a su madre sumergida en la espuma, sana y salva, Borja dejó escapar un largo suspiro y se apoyó contra el marco de la puerta, como si de repente le fallaran las fuerzas.
—Mamá… Dios mío. Cuando me llamaste… no podía creerlo. He venido corriendo. Eusebio me ha dicho que estabas helada cuando subiste al coche.
—Tonterías de Eusebio, que es un exagerado. Estoy perfectamente, cariño. Chari me ha preparado este baño divino y ya siento los dedos de los pies. Acércate, anda, que no muerdo.
Borja se acercó lentamente, cogió un pequeño taburete de terciopelo y se sentó junto a la bañera. Miró a su madre con una mezcla de adoración, enfado y una profunda tristeza.
—He roto con ella, mamá. La he llamado y la he dejado.
Asunción asintió lentamente, dejando la taza de té en la mesita. Su tono dejó de ser juguetón y se volvió inmensamente maternal, comprensivo, pero firme.
—Era lo que tenías que hacer, Borja. Sé que duele. Sé que estabas ilusionado. Eres un buen hombre, un hombre que siempre busca lo mejor en los demás, y a veces, eso te convierte en un objetivo fácil para personas que solo buscan lo mejor para sí mismas.
—Pero, mamá… ¿por qué? —Borja se pasó las manos por la cara en un gesto de frustración—. ¿Por qué fingió todo este tiempo? Parecía tan buena, tan pendiente de todo… Decía que le encantaban las cenas familiares, que quería cuidar de ti cuando fueras mayor…
—Palabras, hijo mío. Palabras baratas. —Asunción levantó una mano mojada y le acarició suavemente la mejilla a su hijo—. Vivimos en una época en la que la gente ha aprendido a memorizar el guion correcto. Saben lo que quieres escuchar y te lo repiten con una sonrisa. Loreto sabía que tú valoras la familia, la tradición, el respeto. Así que se disfrazó de eso. Pero las máscaras pesan, Borja. Y cuando llega la tormenta, literal o metafórica, la gente se quita la máscara porque no pueden sostenerla y salvarse a sí mismos al mismo tiempo.
—Me siento como un idiota. Un completo imbécil. —Borja bajó la mirada hacia las baldosas de mármol.
—No eres un imbécil. Eres confiado, que es distinto. Pero yo estoy aquí para cubrirte las espaldas. Toda tu vida me he encargado de que nadie se aproveche de ti, y no iba a permitir que una advenediza de Madrid viniera a quedarse con el patrimonio de los Valdés de la Florida y, lo que es más importante, con tu corazón, para luego pisotearlo cuando no le sirviera.
Borja levantó la vista, esbozando una levísima sonrisa melancólica.
—Has sido maquiavélica, mamá. Lo sabes, ¿verdad? Hacerte la senil bajo la lluvia… Es algo sacado de una película de Hitchcock.
Asunción soltó una carcajada cristalina que rebotó contra los azulejos del baño.
—Ha sido mi mejor actuación. Deberían darme un Goya. Te juro, Borja, que si llegas a verle la cara cuando empecé a gritar ‘¿Dónde está mi Rafael?’… Casi me da pena y todo. Casi.
Chari, que seguía ordenando el baño, bufó desde una esquina.
—Pena ninguna, señora. Que bien rápido que cogió las de Villadiego la señorita. El taxista todavía debe estar asustado de los portazos que pegaba.
—¿Y ahora qué, mamá? —preguntó Borja, suspirando de nuevo—. Supongo que tendré que enfrentarme al chismorreo del club. Ya le había dicho a medio Sevilla que me casaba.
Asunción enderezó la espalda en la bañera, apartando la espuma de sus hombros. Sus ojos volvieron a adquirir ese brillo estratégico y calculador. El modo matriarca volvía a estar operativo al cien por cien.
—Del chismorreo me encargo yo, faltaría más. Para eso soy la viuda del marqués de las Navas. Mañana mismo convocaré a mis amigas a tomar un café en el Alfonso XIII. Dejaré caer, con muchísima discreción y mucha pena, que la pobre Loreto no ha podido soportar la ‘presión’ de nuestras costumbres y que, lamentablemente, ha demostrado tener un carácter… ‘incompatible’ con los valores de nuestra familia. En 48 horas, Loreto será historia en esta ciudad. Nadie le invitará ni a un bautizo de muñecas.
Borja miró a su madre con una mezcla de terror y absoluta admiración.
—Recuérdame que nunca, jamás, me enfade contigo, mamá.
—Haces bien, hijo. Haces muy bien. Anda, pásame esa toalla grande y vete al salón a servirte un jerez, que tienes una cara de susto que no puedes con ella. La tormenta ya ha pasado. Ahora toca fregar el suelo y seguir adelante.
PARTE 7: El eco de la alta sociedad y la venganza servida fría
La caída de Loreto en desgracia dentro de los círculos elitistas de Sevilla no fue ruidosa, ni estuvo marcada por grandes escándalos en la prensa del corazón local. No hubo gritos, ni reproches públicos. Doña Asunción era una artista del “lujo silencioso” de verdad: el arte de destruir la reputación de alguien sin alzar la voz por encima de un susurro.
El proceso duró exactamente dos semanas. Fue un aislamiento quirúrgico, impecable y letal.
Loreto, tras superar los primeros días de rabia y llanto encerrada en su piso de Los Remedios (cuyo alquiler de repente se le antojaba peligrosamente caro sin la perspectiva del bolsillo de Borja), intentó retomar su vida social como si nada hubiera pasado. Adoptó la estrategia de la dignidad ofendida. Iba a demostrarle a Borja, y sobre todo a esa “vieja arpía”, que ella no los necesitaba, que tenía su propia red de contactos y su propio prestigio.
Error de principiante. No entendía cómo funcionaban los ecosistemas de poder en el sur.
El primer golpe lo recibió en la galería de arte contemporáneo donde trabajaba. Su jefa, la directora de la galería, una mujer que solía tratarla con guante de seda por ser la futura nuera de los Valdés de la Florida, la llamó a su despacho un martes por la mañana.
—Loreto, cariño, verás —comenzó la directora, evitando mirarla a los ojos mientras organizaba unos catálogos sobre su mesa—. He estado revisando el presupuesto de la próxima exposición de la temporada de otoño y… sintiéndolo mucho, vamos a tener que prescindir de tus servicios como relaciones públicas.
Loreto parpadeó, incrédula.

—¿Prescindir de mí? Pero… ¡si yo he traído a la mitad de los compradores importantes en los últimos seis meses! ¡Los amigos de Borja, la familia de Doña Asunción…!
La directora hizo una mueca de disculpa que resultó tan falsa como un billete de tres euros.
—Ese es precisamente el tema, cielo. Me han llegado… comentarios. Rumores. Nada concreto, ya sabes cómo es Sevilla de pequeña. Pero parece ser que tus relaciones con cierta familia importante de la ciudad se han… enfriado. Y nuestro principal inversor, que resulta ser primo segundo del difunto marido de Doña Asunción, me ha sugerido amablemente que la galería necesita un perfil más… ‘estable’ para las relaciones públicas. Lo siento muchísimo. Tienes un mes de preaviso, por supuesto.
Loreto salió del despacho sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies. No solo había perdido a su novio millonario, sino que ahora también perdía su sueldo. La sombra de Asunción era alargada y alargaba sus tentáculos de forma invisible.
El segundo golpe fue puramente social y dolió aún más en su vanidad herida.
Llegó el viernes por la noche. Loreto decidió ponerse su mejor vestido negro, sus tacones de infarto (esta vez de cuero liso, nada de ante) y salir a cenar con un par de conocidas a uno de los restaurantes de moda cerca de la Plaza Nueva, el típico sitio donde hay que dejarse ver para existir en la sociedad sevillana.
Reservó a su nombre. Al llegar, el maître, que normalmente se deshacía en reverencias ante la futura señora de Valdés, la miró con una frialdad profesional que rayaba en el desdén.
—Buenas noches, señorita. ¿Tiene reserva?
—Sí, claro. A nombre de Loreto Espinosa. Mesa para tres.
El maître consultó su tableta con parsimonia, negando lentamente con la cabeza.
—Lo siento muchísimo, señorita Espinosa. No me consta ninguna reserva a ese nombre. Debió haber algún error informático. Y me temo que estamos completos toda la noche.
—¡Eso es imposible! ¡Llamé yo misma el miércoles! —protestó Loreto, alzando la voz un poco más de lo elegante.
—Le ruego me disculpe, pero sin reserva no puedo darle mesa. Buenas noches. —El maître dio media vuelta para atender a una pareja que acababa de entrar.
Loreto se quedó plantada en la entrada, roja de ira y vergüenza ante la mirada de sus dos “amigas”, que de repente empezaron a mirar sus teléfonos móviles con muchísimo interés y a murmurar excusas sobre el dolor de cabeza y lo cansadas que estaban.
Justo en ese momento, las puertas del reservado privado del restaurante se abrieron. Una camarera salía con una bandeja vacía. A través de la rendija abierta, Loreto pudo ver perfectamente el interior.
Allí estaba Doña Asunción. Sentada en la cabecera de una gran mesa redonda, rodeada de cinco de las señoras más influyentes de Sevilla. Asunción llevaba un traje sastre de color rubí, perlas (por supuesto) y una copa de champán en la mano. Estaba riendo delicadamente ante algún comentario de una de sus acompañantes.
De repente, los ojos de Asunción se cruzaron con los de Loreto a través del cristal de la puerta del reservado. La matriarca no apartó la mirada. No frunció el ceño. No mostró sorpresa. Simplemente, y con una lentitud calculada, alzó levísimamente su copa de champán en dirección a Loreto. Fue un brindis silencioso. Un “jaque mate” visual que encerraba toda la crueldad educada de la vieja guardia.
La puerta del reservado se cerró suavemente, cortando la conexión visual.
Loreto sintió un escalofrío bajándole por la espina dorsal. Comprendió en ese instante, frente a la puerta cerrada de un restaurante al que ya nunca podría entrar, que Sevilla se había acabado para ella. La ciudad entera le había cerrado las puertas en las narices sin necesidad de poner un solo candado. Doña Asunción la había borrado del mapa social con la misma facilidad con la que se limpia una mota de polvo de una estantería antigua.
Se dio la vuelta y salió a la calle, sola. Las dos conocidas ya se habían marchado sin despedirse. Curiosamente, esa noche no llovía. El cielo estaba despejado y estrellado. Pero Loreto se sintió más calada hasta los huesos y más a la intemperie que aquella tarde de tormenta en la calle Sierpes.
PARTE 8: Nuevos vientos, cielos despejados y la lección aprendida
Pasaron seis meses. El otoño y el invierno sevillanos cedieron el paso a una primavera explosiva, fragante y luminosa. El azahar volvió a adueñarse de las calles, la humedad opresiva desapareció, y la ciudad se preparó para su semana grande: la Feria de Abril.
El Real de la Feria era un hervidero de color, música de sevillanas, caballos engalanados y olor a albero húmedo, fritura y manzanilla. En la calle Joselito el Gallo, una de las más exclusivas del recinto, se encontraba la caseta de la familia Valdés de la Florida. Un doble módulo de lona verde y blanca, adornado con farolillos, espejos con marcos dorados, encajes de bolillos y sillas de enea pintadas de verde.
En el rincón más privilegiado de la caseta, Doña Asunción reinaba desde su silla como una monarca en su trono. Llevaba un traje de flamenca de un elegante azul marino con lunares blancos, mantoncillo bordado a mano en tonos rojos y la clásica flor roja en el pelo recogido, una concesión festiva que no le restaba ni un ápice de autoridad. A su alrededor, la familia y los amigos más cercanos bebían rebujito y picoteaban jamón ibérico del bueno.
Borja entró en la caseta esquivando a unos niños que corrían. Llevaba el traje de chaqueta impecable, pero su actitud era completamente diferente a la del año pasado. Se le veía más relajado, más seguro de sí mismo, con los hombros relajados y una sonrisa sincera que le llegaba a los ojos.
No venía solo. Caminaba de la mano de una mujer joven. No llevaba un traje de diseñador, ni zapatos de tacón imposible que desafiaran el albero de la Feria. Llevaba un vestido primaveral de algodón estampado, sencillo pero muy favorecedor, unas cuñas de esparto cómodas y el pelo recogido en una coleta informal. Se reía abiertamente de algo que Borja le acababa de decir.
Asunción los observó acercarse, afinando la mirada por detrás de su abanico de nácar.
La chica se llamaba Carmen. Borja la había conocido tres meses atrás, de la forma más banal posible: en la sala de espera del veterinario, cuando el perro de Borja (un golden retriever bastante torpe) se había tragado una pelota de tenis. Carmen era profesora de educación especial en un colegio público de Triana. No tenía pedigrí, no sabía distinguir un bolso de Chanel de uno del mercadillo, y su padre era un mecánico jubilado de un taller en Camas.
Asunción había mandado investigar a la familia de Carmen, por supuesto. Viejos hábitos. Pero esta vez, el informe había sido deliciosamente aburrido: gente trabajadora, honrada, sin deudas ocultas ni pretensiones de grandeza. Carmen no buscaba un marqués; de hecho, al principio ni siquiera sabía que Borja tenía dinero, pensaba que era un comercial despistado con un perro problemático.
Borja se acercó a su madre, dándole un beso sonoro en la mejilla.
—Mamá, estás guapísima. Tienes que enseñarle a Carmen cómo te pones el mantoncillo, que lleva media hora peleándose con los imperdibles.
Carmen se adelantó, sonriendo con franqueza. No había rastro de nerviosismo ni de esa sumisión fingida que Loreto solía impostar.
—Buenas tardes, Doña Asunción. De verdad que sí, esto de la moda flamenca es un arte. Yo soy más de vaqueros y zapatillas, la verdad, me siento como si fuera disfrazada —confesó Carmen con una carcajada natural, ajustándose el mantón sobre el hombro.
Asunción cerró el abanico con un golpe seco. La estudió de arriba abajo. A diferencia de sus encuentros con Loreto, no sintió esa punzada de desconfianza instintiva. Sintió algo parecido al alivio.
—No digas tonterías, niña, estás preciosa. La naturalidad es el mejor adorno que puede llevar una mujer. Ven aquí, siéntate a mi lado y tómate una copita, que de tanto bailar te vas a deshidratar.
Carmen aceptó la invitación de buen grado. Se sentó junto a la imponente matriarca sin encogerse, aceptando una copa de manzanilla.
—Me ha dicho Borja que no le gusta mucho venir a la Feria en coche de caballos. Yo pensaba que a ustedes los de toda la vida les encantaba el postureo ese —comentó Carmen, bromeando con Borja, dándole un codazo cómplice.
Asunción soltó una de sus raras y genuinas carcajadas. Le gustaba esta chica. Tenía desparpajo. No le tenía miedo.
—A Borja lo que le pasa es que le dan alergia los caballos desde que era pequeño, pero le da vergüenza admitirlo. Y hablando de cosas que no nos gustan… dime una cosa, Carmen. Imagínate por un momento. Tú y yo estamos paseando un día de invierno por el centro. Y de repente, se pone a llover a mares. Un diluvio. Y a mí se me va un poco la cabeza, me desoriento y me quedo parada bajo la lluvia. Y tú llevas tus zapatos favoritos. ¿Qué harías?
Borja, que en ese momento estaba dándole un sorbo a su copa de rebujito, casi se atraganta. Tosió violentamente, poniéndose rojo, mirando a su madre con los ojos muy abiertos, suplicándole en silencio que no empezara con sus juegos mentales.
Carmen parpadeó, un poco confundida por lo extraña y específica de la pregunta, pero respondió sin dudarlo ni un segundo.
—Pues qué voy a hacer, mujer. Quitarme los zapatos para poder correr, cogerla en volandas si hace falta y meternos debajo del primer balcón que pille. Los zapatos me los compro otros en las rebajas, pero si a usted le da un parraque por el frío, Borja me mata.
Asunción mantuvo la mirada seria durante un par de segundos. El silencio en ese rincón de la caseta se hizo tenso, roto solo por el ruido de las palmas y el jaleo del exterior. Borja contenía la respiración.
Finalmente, el rostro de piedra de Doña Asunción se ablandó por completo. Sonrió abiertamente, una sonrisa cálida que llegaba hasta sus ojos rodeados de arrugas de expresión.
Levantó su copa de manzanilla y chocó suavemente el cristal contra la copa de Carmen.
—Me parece una respuesta excelente, Carmen. Brindemos por eso. Por los zapatos cómodos y por saber quién merece que te mojes por ellos.
Borja soltó el aire que retenía en los pulmones, apoyándose en la mesa con un alivio infinito. Miró a las dos mujeres de su vida riendo juntas bajo las lonas de la caseta.
Afuera de la caseta, el sol primaveral brillaba con fuerza sobre Sevilla. No había nubarrones a la vista, ni previsión de tormentas. Y si alguna vez volvía a llover de forma torrencial, Borja sabía perfectamente que, esta vez, estaba con alguien que jamás cerraría el paraguas. Y Asunción, desde su trono de enea, sabía que su patrimonio, y sobre todo su hijo, estaban por fin en buenas manos. La obra de teatro en la calle Sierpes había tenido su función final, y el telón caía dejando un escenario bañado, por fin, en luz dorada.