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Señora rica de Sevilla simula perder la memoria en la calle y la candidata a nuera perfecta la ABANDONA sola bajo la lluvia torrencial

Señora rica de Sevilla simula perder la memoria en la calle y la candidata a nuera perfecta la ABANDONA sola bajo la lluvia torrencial

PARTE 1: El patio de los leones y las sospechas de Doña Asunción

La mañana en el barrio de Santa Cruz había amanecido con esa luz particular de Sevilla que, a primera vista, parece perdonarlo todo. Sin embargo, Doña Asunción Valdés de la Florida, viuda del ilustrísimo don Rafael, marqués consorte de las Navas, no estaba para perdones. Sentada en la galería de su casa palacio, con vistas al patio principal donde una fuente mudéjar canturreaba de fondo, removía su café con la parsimonia de quien tiene la vida resuelta pero el honor familiar en la cuerda floja.

El café, servido en porcelana de La Cartuja, humeaba ligeramente, mezclando su aroma robusto con el olor a azahar que entraba por los ventanales. Asunción era una mujer que imponía respeto sin necesidad de levantar la voz. A sus setenta y dos años, conservaba una postura erguida que parecía esculpida en mármol y una mirada afilada, capaz de escanear la cuenta corriente de cualquier persona con solo verle el dobladillo del pantalón. Llevaba puesto un conjunto de punto en tono crudo, perlas auténticas de dos vueltas reposando sobre su pecho y el cabello, gris platinado, perfectamente peinado de peluquería, inamovible frente a cualquier brisa andaluza.

—Chari, hija, este café está aguado —sentenció la matriarca sin apartar la vista del diario que reposaba sobre la mesa de caoba.

Chari, la mujer que llevaba trabajando en la casa desde que el hijo de Asunción, Borja, iba en pantalones cortos, asomó la cabeza por la puerta del comedor de verano. Llevaba el delantal impecablemente blanco y una expresión de infinita paciencia, esa paciencia que solo dan treinta años de cotización bajo el mismo techo.

—Señora, el café está como todos los días de Dios. Lo que pasa es que usted tiene el cuerpo cortado desde que el señorito Borja le anunció que venía a merendar con la “novia formal”.

Asunción dejó la cucharilla sobre el plato con un leve tintineo metálico. Suspiró profundamente, un suspiro cargado de drama, como si fuera la protagonista de una tragedia de Lorca, pero con mucho más patrimonio inmobiliario.

—No la llames “novia formal”, Chari, por lo que más quieras. Me da urticaria. Esa niña, esa tal Loreto… no me gusta un pelo. Tiene la sonrisa demasiado ensayada, ¿te has fijado? Parece que está en un casting continuo para un anuncio de pasta de dientes.

—Ay, señora, no sea usted tan mal pensada —replicó Chari, acercándose para recoger una servilleta inmaculada que Asunción había desechado—. La chica es monísima. Muy educada. Siempre dice “gracias” y “por favor”. Y viste muy fina, todo de colores así como apagados, que dice el señorito que es la moda del “lujo silencioso”.

—¿Lujo silencioso? —Asunción soltó una carcajada seca, carente de humor—. Lo único silencioso en esa muchacha es la verdad sobre sus intenciones. Yo sé reconocer a una cazafortunas, Chari. He lidiado con ellas desde que Borja cumplió los dieciocho. Las huelo a kilómetros. Esa niña de “lujo” no tiene nada; tiene buen gusto para elegir con el dinero ajeno, eso sí. Me he enterado de buena tinta que el padre es un promotor inmobiliario venido a menos en Madrid y que ella trabaja en una galería de arte contemporáneo donde no venden ni un cuadro desde la época de la peseta.

—Bueno, pero el señorito Borja está que bebe los vientos por ella. Ayer me dijo en la cocina que igual en Navidades hay campanadas de boda —comentó Chari, soltando la bomba con la inocencia de quien lanza una granada sin quitarle la anilla.

Asunción se llevó la mano al pecho, justo donde las perlas de Mallorca le hacían de escudo protector. Sus ojos se abrieron de par en par.

—¿Boda? ¿Mi Borja? ¿Con esa que no sabe distinguir un jamón de bellota de uno de recebo? ¡Por encima de mi cadáver, Chari! O mejor dicho, por encima del suyo. Mi hijo es un bendito, un ingenuo con corazón de oro y el intelecto justo para pasar el día, que todo hay que decirlo. Es carne de cañón para una lagarta con ínfulas. Necesito desenmascararla. Necesito que Borja vea lo que hay detrás de esa fachada de porcelana china que me lleva.

Asunción se levantó y comenzó a pasear por la galería. El sonido de sus tacones de salón resonaba contra las baldosas de cerámica sevillana, marcando el ritmo de su cerebro trabajando a mil por hora. Había sobrevivido a crisis económicas, a la muerte prematura de su marido y a tres reformas integrales del techo de la casa palacio. No iba a dejar que una “niña bien” de manual le arrebatara el control del fideicomiso familiar.

—Tengo un plan —murmuró Asunción, deteniéndose frente a un espejo de pan de oro para ajustarse un pendiente que estaba perfectamente en su sitio—. Esta tarde. Habíamos quedado para ir a dar una vuelta por el centro, para que me enseñe “su Sevilla”, dice la muy petulante, como si yo no llevara pateando estas calles desde antes de que ella fuera un proyecto de cigüeña. Vamos a ir. Solas. Borja tiene reunión en la notaría y no podrá acompañarnos hasta las ocho.

—¿Y qué va a hacer, señora? ¿Le va a poner la zancadilla en la calle Sierpes? Que los adoquines están muy traicioneros —preguntó Chari, medio asustada, medio fascinada.

—Algo mucho más sutil, mi querida Chari. Voy a poner a prueba su humanidad. Su empatía. Esa chiquilla se cree que todo es posar y quedar bien para la galería. Vamos a ver cómo reacciona cuando las cosas se pongan feas. La previsión del tiempo da tormentas fuertes para esta tarde, ¿verdad?

—Sí, señora. Han dado aviso amarillo. Dicen que va a caer la mundial a partir de las seis.

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