Valeria se bajó de la cabina de aquel camión de reparto con la sutil elegancia de quien lleva cuatro meses aguantando náuseas matutinas y tiene los riñones pidiendo una tregua a gritos. El vehículo arrastraba un olor insoportable, una mezcla rancia de gasóleo quemado, pólvora vieja y grasa de motor que se le había quedado pegada a la garganta como alquitrán. Cuando sus pies, embutidos en unos zapatos que jamás fueron pensados para el campo, pisaron la tierra roja, sintió que el suelo ardía. Eran las tres de la tarde en pleno estado de Michoacán, y el calor no era una simple temperatura; era una manta húmeda, pesada y asfixiante que te golpeaba la cara en cuanto dabas un paso fuera de la sombra. Una bofetada seca que recordaba al peor agosto de Sevilla, pero con un polvo en suspensión que te obligaba a masticar el aire.
En las manos llevaba dos maletas gigantescas, de esas rígidas que pesan un quintal antes de meterles una sola muda, y sobre el cuerpo, como una burla del destino, arrastraba un vestido negro de luto riguroso. El tejido, sintético y de mala calidad, se le pegaba a la espalda empapada de sudor, reteniendo todavía el aroma rancio a cera de iglesia, a flores podridas y a la hipocresía barata del tanatorio. Tenía veintiocho años. Una edad en la que se supone que estás decidiendo si te metes en una hipoteca o si te vas de viaje mochilero por Asia, pero ella ya era viuda, estaba embarazada de dieciséis semanas y no tenía más posesiones en el mundo que lo que cabía en aquellos dos bultos deformes.
Su familia política, una panda de hienas con modales de alta alcurnia y el corazón de piedra, la había patitas en la calle exactamente treinta días después de enterrar a su marido. Ni un día más, ni un día menos.
—A ver, Valeria, cariño —le había dicho su suegra, doña Palmira, mientras se ajustaba las perlas con unos dedos cargados de sortijas que parecían garras—. El piso está a nombre de la sociedad familiar, y comprenderás que, dadas las circunstancias, no podemos mantener a gente ajena a la estirpe. Bastante desgracia tenemos ya con lo de mi pobre hijo. Bastante cruz llevamos.
“Gente ajena”. Así la habían definido tras cinco años de relación y uno de matrimonio. La dejaron sin un céntimo, impugnando cuentas, bloqueando tarjetas y recordándole, con el cinismo propio de los que tienen abogados en nómina, que ella no era más que una aparecida.
La lectura del testamento del tío abuelo Hilario llegó justo cuando Valeria pensaba que el siguiente paso lógico era dormir debajo de un puente. Don Hilario era un anciano huraño, un auténtico bicho raro al que Valeria solo había visto tres veces en su vida, siempre en reuniones familiares donde el viejo se dedicaba a escupir al suelo, maldecir a los políticos y mirar a todos con un desprecio infinito. Nadie de la familia le tragaba; le consideraban un loco que se había marchado a morir a un secarral incomunicado. Y, sin embargo, el destino, que a veces tiene un sentido del humor bastante retorcido, dictó que el viejo le dejara a ella, y solo a ella, una propiedad en mitad de la nada. Una herencia que la familia política consideró un insulto y un pedazo de tierra inútil, riéndose a carcajadas a sus espaldas. “Que se quede con el rancho de los fantasmas”, habían murmurado.
El camionero que la había traído desde la última parada de autobús no cruzó ni una sola palabra con ella en todo el trayecto. El hombre se limitó a escupir de vez en cuando por la ventanilla abierta y a mirar de reojo su vientre incipiente con una mezcla de lástima y reproche. Al llegar al cruce de caminos, un nudo de tierra donde el asfalto moría de forma abrupta, el tipo frenó en seco, haciendo crujir los frenos como si estuviera degollando a un animal. Señaló con la barbilla un sendero estrecho, invadido por rastrojos secos, matorrales espinosos y piedras sueltas que prometían romperle los tobillos a la primera de cambio.
—Ahí es —gruñó el conductor con una voz que parecía un carrillo de mano arrastrándose por grava.
Valeria bajó las maletas. Antes de que pudiera darle las gracias o pedirle alguna indicación sobre hacia dónde cojones caminar, el camionero metió la primera marcha a capón, pegó un pisotón al acelerador y el vehículo arrancó levantando una nube espesa de polvo rojizo que la dejó tosigo y ciega durante un par de minutos. Cuando el humo se disipó, se dio cuenta de lo que significaba la soledad absoluta. No había postes de luz, no había cables, no había ruido de motores. Solo el zumbido impertinente de unos moscardones enormes que parecían helicópteros y el crujido del suelo abrasado bajo el sol.
—Bueno, Valeria —se dijo a sí misma, recolocándose el asa de la primera maleta que ya empezaba a abrirle una ampolla en la palma de la mano—. De perdidos al río. Peor que aguantar a tu suegra en Navidad no puede ser.
Caminó durante veinte minutos que le parecieron cuatro vidas enteras. Cada paso era un calvario menor. Las piedras sueltas se colaban en sus zapatos, destrozándole las plantas de los pies, y el peso de las maletas hacía que los brazos se le estiraran tanto que sentía las articulaciones de los hombros a punto de desencajarse. El sudor le corría por la frente, metiéndosele en los ojos y nublándole la vista. A los diez minutos tuvo que parar, sentándose sobre una de las maletas, jadeando, protegiéndose el vientre con las manos.
—Tranquilo, garbancito —le susurró a su tripa—. Esto es solo un paseo de salud. Tu madre tiene la mala costumbre de no morirse cuando los demás quieren.
Cuando finalmente llegó al final del sendero, se detuvo en seco. El corazón, que le latía con fuerza en las sienes debido al esfuerzo y a la deshidratación, pareció congelarse por un instante. Lo que tenía delante no era un rancho; era el decorado de una película de terror de bajo presupuesto.
La edificación principal consistía en una estructura de adobe carcomido por el tiempo, con las paredes desconchadas que mostraban los adentros de paja y barro como si fueran las costillas de un cadáver. En la esquina derecha, el tejado de tejas viejas se había hundido por completo, dejando ver un esqueleto de vigas podridas que apuntaban al cielo como dedos acusadores. Las ventanas no tenían cristales; eran simples huecos oscuros que daban la impresión de estar vigilándola. El patio delantero, si es que alguna vez se pudo llamar así, era un mar de maleza muerta, de un color amarillo pajizo, que crujía de forma siniestra con la más leve brisa. No había cables eléctricos que llegaran a la vivienda. No había tuberías a la vista. No había un maldito pozo que pareciera funcional. Aquello no era un hogar; era una ruina abandonada a su suerte en mitad de la nada más hostil.
Valeria soltó las maletas, que cayeron sobre la tierra seca con un ruido sordo, y se llevó las manos a la cabeza, sintiendo que una carcajada histérica pugnaba por salir de su pecho. El tío Hilario no le había dejado una oportunidad; le había dejado una tumba con porche.
Mientras intentaba asumir la magnitud del desastre, un sonido rompió el silencio monótono del desierto. Fue un quejido largo, sordo, una especie de ronquido cargado de un dolor tan denso que ponía los pelos de punta. No era un ruido humano, pero expresaba una agonía perfectamente comprensible. Valeria dio un respingo, aguzando el oído. El sonido provenía de la parte trasera de la estructura de adobe.
Olvidándose del cansancio y del dolor de pies, caminó con cautela, rodeando la casa. Procuraba pisar con firmeza para evitar dar un mal paso o, peor aún, encontrarse con alguna víbora de esas que el camionero le había insinuado que abundaban por la zona. Al llegar a la parte posterior, descubrió un pequeño corral delimitado por una cerca de madera podrida, cuyos postes estaban tan inclinados que parecía que se sostenían por pura inercia.
Dentro del corral, la estampa era desoladora. Había una vaca tumbada sobre el suelo polvoriento. Al verla, a Valeria se le encogió el estómago. El animal estaba en los huesos; las costillas se le marcaban bajo la piel de un color marrón apagado con tanta nitidez que daba la impresión de que iban a romper el cuero en cualquier momento. Tenía los ojos hundidos, cubiertos de moscas que ella ya ni se molestaba en espantar con la cola. A su lado, temblando sobre cuatro patas finas como cañas de pescar y completamente cubierto de una capa de fluidos pegajosos, se encontraba un ternero recién nacido. El pequeño intentaba buscar las ubres de su madre, pero la vaca apenas tenía fuerzas para mantener la cabeza erguida, mucho menos para alimentarlo.
Valeria se acercó despacio a la cerca, haciendo un ruido suave con la boca para no asustar al animal. La vaca giró lentamente la cabeza, y sus ojos enormes, negros y cansados, se clavaron directamente en los de Valeria. Hubo un instante de silenciosa comprensión entre las dos. Eran idénticas. Dos madres solas, con una cría a cuestas, abandonadas por el mundo, despojadas de todo y metidas en un corral cochambroso esperando a que los buitres terminaran el trabajo.
—Vaya par de piezas estamos hechas, guapa —murmuró Valeria, saltando la cerca ruinosa sin importarle romper el vestido de luto—. Tú estás en las últimas y yo voy por el mismo camino, pero te aseguro que aquí no nos vamos a morir hoy. No les voy a dar ese gusto.
Al aproximarse para acariciar el lomo áspero y caliente del animal, notó que en la oreja izquierda llevaba una marca de hierro vieja, pero perfectamente legible. Alguien se había tomado la molestia de grabar una palabra en lugar de un número o las iniciales del propietario. Valeria estiró el brazo y limpió el polvo acumulado en la piel de la res. La palabra grabada era “Esperanza”.
—Esperanza… —repitio con una sonrisa amarga—. Joder, Hilario, sí que tenías guasa. Llamar así a este esqueleto con patas.
La urgencia de la situación la obligó a reaccionar. Registró el interior de la casa abandonada buscando cualquier cosa útil. El panorama por dentro era aún peor: techos llenos de telarañas, el suelo cubierto de excrementos de ratón y una capa de polvo de varios centímetros. En la cocina, descubrió un viejo fregadero de piedra y, para su sorpresa, un grifo de hierro del que, al girarlo con fuerza haciendo crujir las juntas, comenzó a salir un hilo de agua amarillenta que luego se volvió clara. No era potable, desde luego, pero servía. Encontró un cubo de plástico descolorido y agrietado en el fondo, lo llenó como pudo y lo llevó a rastras hasta el corral.
Pasó las siguientes tres horas acarreando agua, limpiándole el hocico a la vaca con un trozo de su propio vestido negro que rasgó sin miramientos, y ayudando al ternero a ponerse en pie para que pudiera mamar las escasas gotas que la madre lograba producir. La res bebía con una desesperación conmovedora, emitiendo pequeños bufidos de agradecimiento.
Cuando la noche cayó sobre el rancho, lo hizo de golpe, como si alguien hubiera apagado un interruptor. Sin electricidad, la oscuridad se volvió absoluta, rota únicamente por un manto de estrellas que resultaba insultantemente hermoso para el lugar donde se encontraba. Valeria regresó al interior de la casa, guiándose por la linterna de su teléfono móvil, a la que le quedaba apenas un veinte por ciento de batería.
En el dormitorio principal, el único cuarto que no tenía el techo hundido, descubrió un colchón desvencijado sobre el suelo. Estaba lleno de manchas sospechosas y olía a humedad acumulada durante décadas, pero era eso o el suelo de tierra batida. Sacó de una de las maletas un par de sábanas viejas que se había llevado del piso de su suegra por puro orgullo, las extendió sobre el colchón y se tumbó bocarriba, con el cuerpo dolorido y la mente funcionando a mil revoluciones por minuto.
Se llevó una mano al vientre, sintiendo un leve cosquilleo que ya empezaba a ser familiar. El silencio exterior era sepulcral, alterado solo por el aullido lejano de algún coyote y el sonido constante de los grillos.
—Escúchame una cosa, garbancito —dijo a la oscuridad del techo—. Tu padre era un cobarde que nunca supo plantarle cara a su madre, y por eso terminamos así. Pero tú y yo vamos a salir de esta. No sé cómo, pero ese hatajo de sinvergüenzas se va a tragar sus palabras. Mañana empezamos a trabajar.
Con esa promesa mordaz grabada en el pecho y el estómago rugiendo de hambre, se quedó dormida, arrullada por los lamentos sordos de la vaca Esperanza que, al menos por esa noche, seguía respirando.
Parte 3: Frijoles charros, profecías y el fantasma del tío Hilario
Un ruido seco, metálico y rítmico la despertó de golpe a las seis de la mañana. Valeria se incorporó en el colchón, desorientada, con el corazón dándole vueltas en el pecho. Tardó unos segundos en recordar que no estaba en su cama de la ciudad, sino en un rancho en ruinas en los confines de la civilización. El sol apenas empezaba a asomar por el horizonte, tiñendo el cielo de un tono anaranjado y violáceo.
Se calzó los zapatos rotos y salió al patio trasero, con los músculos protestando por la paliza del día anterior. Al llegar al corral de Esperanza, se frotó los ojos, pensando que todavía estaba soñando.
Sentada en un taburete de madera que parecía haber aparecido por arte de magia, había una mujer anciana. Debía de tener unos setenta años, menuda, con la piel curtida y arrugada como una pasa por el sol del desierto, y dos trenzas canas que le caían con perfecta simetría sobre los hombros. Vestía un delantal blanco impecable, con flores bordadas a mano en los bordes, que contrastaba fuertemente con la suciedad del entorno. En las manos sostenía una cazuela de barro enorme que desprendía un humo blanquecino y un olor que hizo que las glándulas salivales de Valeria se activaran de inmediato de forma casi dolorosa.
—¿Se puede saber quién es usted? —preguntó Valeria, intentando adoptar una postura firme a pesar de llevar el vestido roto y los pelos como si hubiera sobrevivido a un huracán.
La anciana la miró de arriba abajo con unos ojos negros, afilados y brillantes como dos cuentas de cristal. No parecía asustada en absoluto; más bien mostraba una mezcla de curiosidad y una diversión muy contenida.
—Vaya fachas me llevas, muchacha —dijo la mujer, con un acento pausado, arrastrado y profundo—. Me llamo Chela. Doña Chela para los que no me conocen, y Chela para los que me caen bien. Vivo al otro lado de la loma, donde están los nopales altos. Vi llegar el camión ayer y me dije: “O esa niña es muy valiente, o es que no tiene adónde ir”. Viendo el vestido de muertita que traes, creo que es lo segundo.
Doña Chela destapó la cazuela de barro, revelando unos frijoles charros espectaculares, con trozos de tocino, chorizo y un aroma a cilantro fresco que inundó el aire del corral. Sin pedir permiso, sacó una cuchara de madera de su delantal y le tendió el plato que traía preparado.
—Anda, come. Que tienes cara de estar alimentándote de puro aire y tienes que darle de comer al que viene en camino. Las mujeres preñadas no pueden tener el estómago vacío, que luego las criaturas nacen con cara de pocos amigos.
Valeria no se lo pensó dos veces. Se sentó en un madero caído y empezó a devorar los frijoles con una falta de educación que en casa de su suegra habría provocado tres desmayos y un síncope. Estaban deliciosos, picantes lo justo para despertarle el alma. Mientras comía, doña Chela observaba a la vaca Esperanza, que intentaba lamer a su ternero con un poco más de energía que el día anterior.
—Don Hilario era un hombre muy duro, niña —comentó doña Chela, masticando una ramita de hierba—. Un viejo testarudo, más agarrado que un chotis y con un carácter que levantaba ampollas. Nadie en el pueblo lo quería, decían que estaba loco porque se pasaba el día vigilando este pedazo de tierra con una escopeta vieja en el regazo. Su propia familia lo abandonó aquí como si fuera un perro sarnoso.
—Lo sé —dijo Valeria, limpiándose la comisura de los labios con el dorso de la mano—. A mí me hicieron lo mismo. En cuanto enviudé, me quitaron todo. Me dejaron este sitio porque pensaban que me vendría abajo y me moriría de asco aquí metida.
Doña Chela soltó una carcajada seca, que sonó como el crujido de las ramas secas.
—Pues se equivocaron de medio a medio. Hilario no te dejó esto para joderte, muchacha. Él sabía muy bien a quién le dejaba las cosas. Él watched a toda esa gentuza de la ciudad, a esos sobrinos tuyos de trajes caros y sonrisas de plástico. Decía que todos eran unos buitres que no sabían lo que cuesta ganarse un peso con el sudor de la frente. Pero de ti… de ti decía que tenías los ojos de los que no se rinden.
La anciana se levantó del taburete, se acercó a Valeria y le puso una mano sobre el hombro. A pesar de su aspecto frágil, sus dedos tenían una fuerza sorprendente, una firmeza que transmitía una seguridad que Valeria no había sentido en meses.
—Este rancho no es lo que parece —susurró doña Chela, bajando la voz como si las piedras pudieran escuchar—. Hilario escondía un secreto aquí. Algo que defendió con su vida hasta el último suspiro. No dejes que las ruinas te engañen. Pero ten mucho cuidado, niña… porque los buitres tienen muy buen olfato, y ya huelen la sangre. En cuanto se enteren de que sigues viva y de que estás aquí, van a venir a por lo que creen que es suyo.
Parte 4: El pico, la piedra y la justicia de los desamparados
Las palabras de doña Chela se le quedaron grabadas a Valeria en el cerebro como un fuego artificial. ¿Un secreto? ¿Qué demonios iba a esconder un viejo huraño en una casa donde la mayor riqueza parecía ser la colonia de termitas que se estaba cenando las vigas del porche? Sin embargo, la advertencia sobre su familia política se sentía demasiado real. Conocía perfectamente a doña Palmira y a su cuñada Raquel; eran capaces de remover cielo y tierra si intuían que se les había escapado un solo céntimo entre los dedos.
Inspirada por el desayuno y por un repentino estallido de testosterona maternal, Valeria decidió que no iba a quedarse sentada esperando a ver qué pasaba. Si el tío Hilario había pasado los últimos años de su vida vigilando ese terreno con una escopeta, tenía que ser por algo más que por el apego sentimental al adobe podrido.
Empezó a registrar la propiedad palmo a palmo. Buscó en los establos, removió la paja vieja, inspeccionó el fondo del pozo seco y golpeó las paredes de la cocina buscando huecos dobles. Nada. Solo polvo, escorpiones de aspecto amigable y más suciedad. A mediodía, exhausta y con el vestido negro ya convertido en un harapo grisáceo por el polvo, se sentó en la estancia principal, justo al lado de la chimenea de piedra que presidía el salón hundido.
Se fijó en el suelo de la chimenea. Estaba hecho de grandes losas de piedra de río, desgastadas por el uso, pero una de ellas, justo en el centro del hogar, parecía estar colocada de una forma ligeramente diferente. El hollín de los años la cubría, pero los bordes no encajaban a la perfección con las demás; había una holgura de apenas unos milímetros, rellenada con tierra suelta.
Valeria se levantó de un salto. Salió al patio, agarró un pico viejo y oxidado que había encontrado junto a la cerca de Esperanza, y regresó al interior. Con cuidado de no hacer un sobreesfuerzo que pudiera perjudicar su embarazo, introdujo la punta del pico en la ranura de la losa y, haciendo palanca con el peso de su propio cuerpo, tiró hacia atrás.
La piedra cedió con un gemido sordo de tierra seca. Debajo no había carcoma, ni raíces, ni ratas. Había un hueco perfectamente excavado y, en el fondo, envuelto en una lona militar de color verde oliva, un arcón de hierro reforzado con remaches de bronce. A Valeria el corazón le iba a mil por hora. Limpió la lona con las manos temblorosas y retiró el envoltorio. El arcón no tenía candado; se cerraba con un pasador de hierro que retiró con un golpe seco del pico.
Al abrir la tapa, el reflejo de la luz del sol que entraba por la ventana rota la dejó deslumbrante. Lo que había allí dentro superaba cualquier fantasía que pudiera haber tenido.
En primer lugar, había decenas de bolsas de tela que contenían centenarios de oro puro, monedas antiguas que el tío Hilario había ido acumulando a lo largo de décadas, desconfiando de los bancos y del sistema financiero que tanto odiaba. Pero eso no era lo más importante. En el fondo del arcón, protegida por una carpeta de cuero impermeable, se encontraba una serie de documentos legales.
Valeria abrió la carpeta y comenzó a leer. A medida que avanzaba por las páginas mecanografiadas y firmadas ante notario, sus ojos se abrían más y más, y una sonrisa de pura satisfacción comenzó a dibujarse en su rostro. Los documentos eran los títulos de propiedad originales de todas las empresas, locales comerciales y terrenos que su familia política manejaba en la ciudad. Resulta que el tío Hilario no era un pariente pobre y loco; era el socio mayoritario y el verdadero dueño de todo el imperio financiero de los que la habían echado a la calle. Su difunto marido y su suera habían estado gestionando el patrimonio bajo un contrato de usufructo que expiraba, por ley, en el momento en que Hilario falleciera o si el rancho pasaba a manos de un heredero directo designado por testamento. Al dejarle el rancho a Valeria, Hilario le había transferido automáticamente el control absoluto de todas las propiedades familiares en la ciudad.
—¡Toma ya! —gritó Valeria al aire, haciendo que un par de murciélagos salieran huyendo del techo—. ¡A tomar por saco las perlas de la suegra!
En ese preciso instante, el sonido de un motor de alta gama rompió la paz del desierto. Valeria guardó los documentos en la carpeta, cerró el arcón y se asomó por la ventana rota.
Un todoterreno negro, reluciente, impecable y ridículamente caro, acababa de aparcar en mitad del patio de tierra, levantando una nube de polvo que ensució su carrocería perfecta. De la cabina bajaron dos personas que Valeria conocía demasiado bien: su suegra, doña Palmira, vestida con un conjunto de lino blanco que ya se estaba manchando de rojo, y su cuñada Raquel, que miraba el entorno con una expresión de asco que parecía haber ensayado frente al espejo.
—¡Valeria! —gritó doña Palmira desde el patio, cubriéndose la boca con un pañuelo de seda—. ¡Valeria, sal de ahí ahora mismo! Sabemos que estás aquí dentro, metida en este vertedero.
Valeria salió al porche despacio, con paso firme, sosteniendo la carpeta de cuero bajo el brazo y con una tranquilidad que descolocó por completo a las dos mujeres.Detrás de ella, a unos metros, doña Chela apareció de la nada, apoyada en su bastón de madera, observando la escena con una sonrisa de complicidad.
—Vaya, vaya —dijo Valeria, apoyándose en el marco de la puerta carcomida—. Pero si son las damas de la alta sociedad. ¿Qué pasa, se os ha perdido el centro comercial o es que habéis venido a traerme los regalos del bebé?
Raquel dio un paso al frente, cruzándose de brazos, con los tacones hundiéndose en la tierra suelta.
—No te hagas la graciosa, Valeria. Venimos a arreglar el asunto de este rancho. Resulta que el abogado ha revisado los papeles del viejo Hilario y este terreno tiene un defecto de forma en las escrituras. No es tuyo. Vinimos a hacerte un favor: firma este documento de renuncia y te daremos unos cuantos billetes para que te vuelvas a tu tierra y no pases hambre. No queremos volver a ver tu cara por aquí.
Doña Palmira asintió con superioridad, sacando un bolígrafo de oro del bolso.
—Es por tu propio bien, niña. Una muerta de hambre como tú no sabría qué hacer con un rancho, aunque solo sirva para criar lagartijas. Firma y acaba con esta comedia.
Valeria miró el papel que Raquel le tendía con desprecio. Luego, abrió la carpeta de cuero que llevaba bajo el brazo, sacó el documento principal firmado por el tío Hilario y sellado por el registro supremo, y se lo mostró a las dos mujeres a una distancia prudencial.
—A ver, Palmira, cariño —dijo Valeria, imitando el tono condescendiente que su suegra había usado con ella un mes atrás—. Creo que los que tienen un problema con los abogados sois vosotras. Esto que tengo aquí no son las escrituras de este secarral. Estos son los títulos de propiedad de vuestra casa de la ciudad, de los locales comerciales de la avenida principal y de las cuentas de la sociedad textil. Resulta que el tío Hilario era el dueño de todo, y al dejarme este rancho, me ha dejado también el control absoluto de vuestras vidas.
El rostro de doña Palmira pasó del blanco del lino a un tono grisáceo que recordaba al adobe de la casa. El bolígrafo de oro se le resbaló de los dedos, cayendo directamente sobre un montón de estiércol seco de Esperanza.
—¿Qué… qué dices? Eso es mentira, ese viejo loco no tenía nada —tartamudeó Raquel, perdiendo la compostura y acercándose para intentar arrebatarle el papel.
Valeria dio un paso atrás, mientras doña Chela daba un golpe seco con su bastón en el suelo, haciendo que un perro viejo y flaco que la acompañaba soltara un gruñido amenazador.
—No os acerquéis —advirtió Valeria con una voz que helaba la sangre—. Mañana mismo mis abogados van a presentar la orden de desahucio para el piso de la ciudad. Tenéis exactamente treinta días para sacar vuestras cosas. Ni un día más, ni un día menos. Comprenderéis que, dadas las circunstancias, no puedo mantener a gente ajena a mis negocios. Bastante cruz tengo ya con sacar adelante este rancho yo sola.
Doña Palmira se llevó la mano al pecho, buscando desesperadamente las perlas que ese día no se había puesto, y sintió que las piernas le fallaban. Raquel la agarró del brazo, mirando a Valeria con un odio que podría haber derretido el todoterreno, pero sabía perfectamente que estaban acabadas. El tío Hilario las había cazado como a ratas en su propia trampa de codicia.
Sin decir una palabra más, las dos mujeres dieron la vuelta, subieron al coche dando un portazo y arrancaron a toda velocidad, derrapando en la tierra y dejando tras de sí una cortina de polvo que esta vez no afectó a Valeria en absoluto.
Cuando el ruido del motor se perdió en la distancia, el silencio regresó al rancho, pero ya no era un silencio de muerte; era un silencio de paz, de victoria. Desde el corral, la vaca Esperanza emitió un mugido fuerte, claro y constante, mientras su ternero caminaba ya con paso firme a su alrededor, buscando la hierba verde que empezaba a brotar gracias al agua que Valeria le había proporcionado.
Doña Chela se acercó a Valeria, le dio una palmadita cariñosa en la espalda y miró hacia el horizonte.
—Te lo dije, niña. Los buitres vuelan alto, pero cuando caen, se rompen los piños contra las piedras del desierto. El viejo Hilario debe de estar partiéndose la caja allá donde esté.
Valeria sonrió, acariciando su vientre con los documentos bien sujetos contra el pecho. El rancho seguía estando en ruinas, el tejado seguía hundido y quedaba un trabajo monumental por delante para levantar aquel sitio, pero ahora tenía los medios, tenía la fuerza y, sobre todo, tenía una maravillosa y gamberra esperanza que le recordaba que la vida, al final del día, siempre pone a cada uno en su lugar.
El rostro de doña Palmira pasó del blanco del lino a un tono grisáceo que recordaba al adobe de la casa. El bolígrafo de oro se le resbaló de los dedos, cayendo directamente sobre un montón de estiércol seco de Esperanza.
—¿Qué… qué dices? Eso es mentira, ese viejo loco no tenía nada —tartamudeó Raquel, perdiendo la compostura y acercándose para intentar arrebatarle el papel.
Valeria dio un paso atrás, mientras doña Chela daba un golpe seco con su bastón en el suelo, haciendo que un perro viejo y flaco que la acompañaba soltara un gruñido amenazador.
—No os acerquéis —advirtió Valeria con una voz que helaba la sangre—. Mañana mismo mis abogados van a presentar la orden de desahucio para el piso de la ciudad. Tenéis exactamente treinta días para sacar vuestras cosas. Ni un día más, ni un día menos. Comprenderéis que, dadas las circunstancias, no puedo mantener a gente ajena a mis negocios. Bastante cruz tengo ya con sacar adelante este rancho yo sola.
Doña Palmira se llevó la mano al pecho, buscando desesperadamente las perlas que ese día no se había puesto, y sintió que las piernas le fallaban. Raquel la agarró del brazo, mirando a Valeria con un odio que podría haber derretido el todoterreno, pero sabía perfectamente que estaban acabadas. El tío Hilario las había cazado como a ratas en su propia trampa de codicia.
Sin decir una palabra más, las dos mujeres dieron la vuelta, subieron al coche dando un portazo y arrancaron a toda velocidad, derrapando en la tierra y dejando tras de sí una cortina de polvo que esta vez no afectó a Valeria en absoluto.
Cuando el ruido del motor se perdió en la distancia, el silencio regresó al rancho, pero ya no era un silencio de muerte; era un silencio de paz, de victoria. Desde el corral, la vaca Esperanza emitió un mugido fuerte, claro y constante, mientras su ternero caminaba ya con paso firme a su alrededor, buscando la hierba verde que empezaba a brotar gracias al agua que Valeria le había proporcionado.
Doña Chela se acercó a Valeria, le dio una palmadita cariñosa en la espalda y miró hacia el horizonte.
—Te lo dije, niña. Los buitres vuelan alto, pero cuando caen, se rompen los piños contra las piedras del desierto. El viejo Hilario debe de estar partiéndose la caja allá donde esté.