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Por culpa de una llamada perdida en las Fallas de Valencia mi prometido ahora cree que lo traicioné con su mejor amigo

Por culpa de una llamada perdida en las Fallas de Valencia mi prometido ahora cree que lo traicioné con su mejor amigo

PARTE 1

Yo siempre he pensado que las Fallas de Valencia sacan lo mejor y lo peor de la gente. Lo mejor, porque todo el mundo parece más guapo bajo las luces, con la música sonando, los buñuelos oliendo a gloria y la ciudad entera comportándose como si alguien hubiera dicho: “Venga, una semana sin dormir y ya veremos qué pasa”. Lo peor, porque después de tres noches de petardos, mascletàs, cenas en la calle y familiares opinando de tu vida sentimental mientras untan pan en ajoaceite, cualquiera puede interpretar mal hasta un bostezo.

Y eso fue exactamente lo que me pasó a mí.

Una llamada perdida.

Una sola.

Ni mensaje comprometedor, ni conversación secreta, ni mirada de telenovela en una esquina oscura. Una llamada perdida. De esas que te aparecen en la pantalla del móvil cuando estás intentando sujetar un vaso de plástico, una chaqueta, el bolso, una ración de calamares y tu dignidad al mismo tiempo.

Pero mi prometido, Sergio, decidió que aquella llamada era poco menos que una prueba judicial.

Y no una prueba cualquiera. Una de esas que salen en series de abogados, con música dramática y un juez mirando por encima de las gafas.

Todo empezó aquella tarde, en la plaza del Ayuntamiento, cuando yo ya estaba arrepintiéndome de haber dicho: “Claro, vamos todos juntos a ver la mascletà, será divertido”. Esa frase debería estar prohibida en marzo. “Vamos todos juntos” nunca significa juntos. Significa que tu suegra quiere ir por la sombra, tu cuñado quiere una cerveza, tu prima política quiere hacerse diecisiete fotos, el tío Paco se pierde porque ha visto una churrería “con buena pinta”, y al final tú acabas sujetando la chaqueta de alguien que no recuerdas haber saludado.

Sergio iba feliz, eso hay que decirlo. A Sergio le gustan las Fallas con una devoción casi religiosa. Si alguien le hubiera pedido que eligiera entre nuestra boda y una buena mascletà en primera fila, estoy segura de que habría dudado dos segundos de más.

—Mira, Irene —me dijo, apretándome la mano mientras avanzábamos entre la multitud—. Esto es vida. Esto es Valencia. Esto es tradición.

—Esto es una señora clavándome el bolso en las costillas —respondí yo, intentando respirar.

—También es tradición.

Sergio era así. Muy valenciano para unas cosas y muy dramático para otras. Tenía treinta y cuatro años, una barba muy bien cuidada, esa seguridad tranquila de quien cree que sabe aparcar en cualquier sitio y una familia que opinaba como si les pagaran por palabra. Nos íbamos a casar en junio. Ya teníamos restaurante, fotógrafo, grupo de WhatsApp con el nombre “Boda Irene & Sergio” y una discusión pendiente sobre si en el baile de entrada sonaría algo moderno o algo que pudiera reconocer su tía Amparo.

Yo estaba feliz. Cansada, sí. Agobiada, también. Pero feliz.

Hasta que apareció Álvaro.

Álvaro era el mejor amigo de Sergio desde el instituto. Alto, moreno, con cara de no saber nunca dónde había dejado las llaves y una facilidad increíble para meterse en líos sin pretenderlo. De esos hombres que dicen “tranquilos, yo me encargo” y cinco minutos después estás hablando con un policía municipal, un camarero enfadado o una señora de Benimaclet que exige una explicación.

—¡Parejita! —gritó Álvaro cuando nos vio, levantando un brazo por encima de varias cabezas—. ¡Aquí!

Sergio sonrió como si hubiera visto aparecer al mismísimo salvador de las fiestas.

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