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Pierde TODO su prestigio social en la alta sociedad española y las hijas a las que SIEMPRE PISOTEÓ son su ÚLTIMA ESPERANZA

Pierde TODO su prestigio social en la alta sociedad española y las hijas a las que SIEMPRE PISOTEÓ son su ÚLTIMA ESPERANZA

PARTE 1

Doña Cayetana Valcárcel de las Heras tenía una manera muy particular de entrar en los sitios: primero entraba el apellido, luego el perfume francés, después el collar de perlas heredado de una tía que nadie soportaba, y al final, si quedaba hueco, entraba ella.

Aquella noche, en el salón principal del Club Castellana Real, en Madrid, entró exactamente así. Erguida como si la columna vertebral se la hubiesen planchado en una tintorería de lujo, con un vestido azul noche que no admitía arrugas ni opiniones, y una sonrisa fina, de esas que no saludan: clasifican.

—Cayetana, querida —dijo una mujer con cara de haber desayunado limón desde 1987—. Estás estupenda.

—Lo sé, Puri —respondió Cayetana sin detenerse—. Pero gracias por confirmarlo.

Puri tragó saliva y sonrió con esa dignidad madrileña que se reserva para cuando una amiga te humilla delante de un camarero y tú, aun así, no quieres perder la mesa del reservado.

El evento era una cena benéfica para “impulsar el talento joven”, organizada por gente que no había hablado con un joven sin contrato de prácticas en su vida. Había centros de flores del tamaño de un arbusto municipal, copas de champán que viajaban en bandejas de plata, señores con gemelos de oro y señoras con peinados capaces de resistir una borrasca atlántica. Todo el mundo hablaba bajo, se reía más bajo todavía y juzgaba altísimo.

 

Cayetana se movía en aquel ambiente como pez en agua mineral importada. Durante décadas había sido una figura esencial de la alta sociedad española. O, al menos, eso decía ella. Viuda de don Ramiro Valcárcel, presidente durante años del Grupo Valcárcel-Linares, había construido una identidad pública sobre tres pilares: fortuna familiar, contactos impecables y la capacidad de hacer sentir incómodo a cualquiera en menos de doce segundos.

Su mayor tragedia íntima, sin embargo, la repetía siempre que podía, como si fuese una frase histórica.

—Cinco hijas, Belén. Cinco —decía, con la mano en el pecho—. Tú imagínate mi decepción. Una detrás de otra. Yo ya en la cuarta ni pregunté. Entró el médico y le dije: “No me lo diga, doctor. Por la cara que trae, ya sé que tampoco es heredero”.

Belén, que había tenido tres hijos varones y ninguno le llamaba salvo para pedir dinero, solía asentir con gravedad.

—La vida reparte fatal.

—Fatal no, Belén. Con mala leche.

Las cinco hijas de Cayetana eran adultas, brillantes y, para desgracia de su madre, independientes. Lucía, la mayor, había estudiado ingeniería informática cuando su madre todavía pensaba que “la nube” era algo que arruinaba bodas al aire libre. Inés se especializó en finanzas y estrategia, con un talento inquietante para mirar un balance y encontrar la mentira antes de que el mentiroso se sentara. Marta diseñaba productos digitales y tenía una calma tan irritante que incluso los taxistas de Madrid bajaban la voz con ella. Candela, experta en comunicación, era capaz de convencer a un funcionario de sonreír un lunes. Y Jimena, la pequeña, programadora autodidacta, llevaba gafas enormes, zapatillas, y una capacidad para desmontar discursos familiares con una frase seca que a Cayetana le parecía “una falta de feminidad”.

Juntas habían fundado una empresa tecnológica, Aurora Nexa, que empezó en un piso compartido de Malasaña con más cables que muebles y acabó ocupando tres plantas de una torre de cristal en Madrid, con sede en Barcelona, Lisboa y una oficina en Berlín donde, según Cayetana, “todo el mundo parece que va a una entrevista para arreglar bicicletas”.

Cayetana nunca presumía de ellas. Si alguien mencionaba la empresa, ella hacía un gesto vago con la mano.

—Sí, sí, una cosa de ordenadores. Les entretiene.

—Pero Cayetana, si han cerrado una ronda internacional tremenda —le dijo una vez un conde que leía el Expansión porque le gustaba ver nombres conocidos cayendo en desgracia.

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