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Organizó una fiesta INCREÍBLE en Sevilla y TODO SU GRUPO la dejó FUERA para celebrar a sus espaldas

Organizó una fiesta INCREÍBLE en Sevilla y TODO SU GRUPO la dejó FUERA para celebrar a sus espaldas

Parte 1

Clara siempre decía que no era controladora, que simplemente tenía “una relación sana con las listas”. Sus amigas decían que lo suyo no era una relación sana, sino un matrimonio con Excel, con régimen de gananciales y custodia compartida de los pósits. Ella lo negaba, naturalmente, mientras abría una hoja de cálculo llamada “Cumple Pablo Sevilla Sorpresa FINAL FINAL AHORA SÍ” y coloreaba las casillas por prioridad, coste y nivel de drama posible.

—No soy intensa —decía, con el móvil apoyado en una lata de aceitunas—. Soy organizada.

—Clara, cariño —le contestaba Inés desde el sofá, sin levantar la vista de una revista que había comprado en 2021 y todavía fingía leer—, tienes una pestaña que se llama “Globos: riesgos y contingencias”.

—Porque los globos explotan, Inés.

—También explotan los microondas si metes papel de aluminio y no por eso tengo una pestaña en mi vida.

Clara no respondía a ese tipo de ataques porque consideraba que provenían de gente que nunca había tenido que coordinar a doce adultos con horarios, alergias, manías, exnovios en común y tendencia natural a decir “yo confirmo luego” para desaparecer como si les hubiera absorbido un agujero negro en Triana.

El cumpleaños de Pablo era en tres semanas y, según Clara, merecía algo bonito. No “bonito” de comprar una tarta del Mercadona y clavarle una vela con el número mal puesto, sino bonito de verdad: luces cálidas, una terraza con vistas, comida rica, música sin reguetón de ascensor, fotos que parecieran espontáneas aunque estuvieran planeadas con precisión quirúrgica y una sorpresa final que hiciera que Pablo dijera aquello de “sois los mejores” con cara de niño que acaba de ver entrar a los Reyes Magos por la ventana.

Pablo era el pegamento del grupo. El que siempre llevaba cargador, el que preguntaba si alguien necesitaba agua, el que decía “venga, no discutáis” cuando Bea y Clara se lanzaban miraditas con la educación afilada de dos vecinas peleando por un tendedero. Por eso Clara había propuesto organizarle una fiesta sorpresa.

Lo había escrito en el grupo de WhatsApp una tarde de martes.

“Chicos, he pensado que podríamos preparar algo especial para Pablo. Cumple 30, se lo merece. ¿Qué os parece una terraza en Sevilla, plan bonito, sorpresa y cena?”

La primera en responder fue Inés.

“Me parece genial, pero yo no puedo coordinar nada porque últimamente no coordino ni mis calcetines.”

Luego apareció Javi.

“Yo llevo altavoz.”

Eso, en el idioma de Javi, significaba que no llevaría nada hasta que alguien se lo recordara quince veces.

Después contestó Bea.

“Qué mono. Sí, claro. Ya vamos viendo.”

Clara miró esa frase como quien mira un yogur abierto desde hace dos semanas. “Ya vamos viendo” era una bomba de humo. Era el equivalente social de no comprometerse a nada y dejar que otra persona se comiera el marrón con patatas. Pero no dijo nada. Respiró. Era por Pablo.

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