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Obligaron A Su Hija A Abandonar Su Pasión Para Estudiar Leyes En Bilbao Y Ella Se VENGA De La Forma Más Cruel Frente A Todos

Obligaron A Su Hija A Abandonar Su Pasión Para Estudiar Leyes En Bilbao Y Ella Se VENGA De La Forma Más Cruel Frente A Todos

PARTE 1

En Bilbao llovía con esa paciencia que tiene el norte para recordarte que los paraguas no son un accesorio, sino una forma de supervivencia. No era una tormenta espectacular, de esas que salen en las noticias con reporteros agarrándose el chubasquero como si estuvieran retransmitiendo desde el fin del mundo. Era sirimiri. Esa lluvia fina, insistente, casi educada, que no parece mojar hasta que te das cuenta de que llevas el alma húmeda y los calcetines en huelga.

En el quinto piso de un edificio señorial del Ensanche, con portal de mármol y vecinos que saludaban bajito como si estuvieran dentro de una biblioteca, vivía la familia Arrieta. Desde fuera, todo parecía de catálogo. Cortinas blancas, lámparas modernas, una cocina donde nadie freía croquetas porque olía demasiado a vida real, y un salón amplio con vistas a una calle donde pasaban taxis, jubilados con paraguas transparentes y alguna cuadrilla buscando dónde tomarse un zurito antes de comer.

Dentro, sin embargo, había una guerra silenciosa.

No una guerra de gritos constantes, platos volando ni puertas rotas. Era peor. Era una guerra con frases cortas, miradas largas y silencios perfectamente colocados, como cuchillos envueltos en servilletas de hilo.

—Elena, deja eso ya —dijo su padre, sin levantar demasiado la voz.

Elena no contestó. Estaba sentada junto a la ventana, con una camiseta vieja manchada de pintura azul y las mangas remangadas. Frente a ella, un lienzo pequeño mostraba una calle de Bilbao inventada: edificios torcidos, farolas amarillas, personas sin rostro y un cielo verde oscuro que parecía sacado de un sueño después de cenar bacalao al pilpil demasiado tarde.

—Elena —repitió su madre.

Esta vez la chica giró un poco la cabeza.

—Estoy terminando.

—Eso llevas diciendo dos horas —dijo su madre, entrando en el salón con una carpeta bajo el brazo—. Y mañana tienes la entrevista con el preparador.

Elena dejó el pincel en un vaso con agua. El azul se expandió lentamente, como una nube pequeña.

—No es una entrevista, ama. Es una emboscada con bolígrafos.

Su madre cerró los ojos con cansancio.

—No empieces con tus frases.

—Mis frases son gratis. El preparador cuesta ciento veinte euros la hora.

Su padre, sentado en el sofá con el periódico doblado sobre las rodillas, bajó las gafas.

—Y precisamente por eso esperamos que lo aproveches.

Su nombre era Javier Arrieta, abogado mercantil, hombre de trajes impecables, zapatos brillantes y opiniones que entraban en una habitación antes que él. Tenía esa calma de los hombres acostumbrados a que en los restaurantes les den la mejor mesa solo porque parecen saber algo importante. La madre, Marta Echevarri, trabajaba en una asesoría fiscal y llevaba siempre el pelo recogido con tanta precisión que daba la impresión de que hasta sus pensamientos estaban archivados por colores.

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