Obligaron A Su Hija A Abandonar Su Pasión Para Estudiar Leyes En Bilbao Y Ella Se VENGA De La Forma Más Cruel Frente A Todos
PARTE 1
En Bilbao llovía con esa paciencia que tiene el norte para recordarte que los paraguas no son un accesorio, sino una forma de supervivencia. No era una tormenta espectacular, de esas que salen en las noticias con reporteros agarrándose el chubasquero como si estuvieran retransmitiendo desde el fin del mundo. Era sirimiri. Esa lluvia fina, insistente, casi educada, que no parece mojar hasta que te das cuenta de que llevas el alma húmeda y los calcetines en huelga.
En el quinto piso de un edificio señorial del Ensanche, con portal de mármol y vecinos que saludaban bajito como si estuvieran dentro de una biblioteca, vivía la familia Arrieta. Desde fuera, todo parecía de catálogo. Cortinas blancas, lámparas modernas, una cocina donde nadie freía croquetas porque olía demasiado a vida real, y un salón amplio con vistas a una calle donde pasaban taxis, jubilados con paraguas transparentes y alguna cuadrilla buscando dónde tomarse un zurito antes de comer.
Dentro, sin embargo, había una guerra silenciosa.
No una guerra de gritos constantes, platos volando ni puertas rotas. Era peor. Era una guerra con frases cortas, miradas largas y silencios perfectamente colocados, como cuchillos envueltos en servilletas de hilo.
—Elena, deja eso ya —dijo su padre, sin levantar demasiado la voz.
Elena no contestó. Estaba sentada junto a la ventana, con una camiseta vieja manchada de pintura azul y las mangas remangadas. Frente a ella, un lienzo pequeño mostraba una calle de Bilbao inventada: edificios torcidos, farolas amarillas, personas sin rostro y un cielo verde oscuro que parecía sacado de un sueño después de cenar bacalao al pilpil demasiado tarde.
—Elena —repitió su madre.
Esta vez la chica giró un poco la cabeza.
—Estoy terminando.
—Eso llevas diciendo dos horas —dijo su madre, entrando en el salón con una carpeta bajo el brazo—. Y mañana tienes la entrevista con el preparador.
Elena dejó el pincel en un vaso con agua. El azul se expandió lentamente, como una nube pequeña.
—No es una entrevista, ama. Es una emboscada con bolígrafos.
Su madre cerró los ojos con cansancio.
—No empieces con tus frases.
—Mis frases son gratis. El preparador cuesta ciento veinte euros la hora.
Su padre, sentado en el sofá con el periódico doblado sobre las rodillas, bajó las gafas.
—Y precisamente por eso esperamos que lo aproveches.
Su nombre era Javier Arrieta, abogado mercantil, hombre de trajes impecables, zapatos brillantes y opiniones que entraban en una habitación antes que él. Tenía esa calma de los hombres acostumbrados a que en los restaurantes les den la mejor mesa solo porque parecen saber algo importante. La madre, Marta Echevarri, trabajaba en una asesoría fiscal y llevaba siempre el pelo recogido con tanta precisión que daba la impresión de que hasta sus pensamientos estaban archivados por colores.
Elena, en cambio, parecía haber nacido en la familia equivocada. Desde pequeña dibujaba en los márgenes de los cuadernos, en servilletas de bar, en cajas de cereales, en la piel de los plátanos y, una vez, en la parte trasera de una factura de su padre que luego él buscó durante tres días con el humor de un juez sin café.
No era una afición pasajera. No era una de esas etapas de adolescente que los adultos perdonan con superioridad mientras dicen “ya se le pasará”. Elena pintaba como quien respira. Si estaba alegre, pintaba. Si estaba triste, pintaba más. Si se enfadaba, pintaba con tanta fuerza que los pinceles acababan pareciendo veteranos de guerra.
—He hablado con Iñaki —dijo su madre, dejando la carpeta sobre la mesa.
Elena hizo una mueca.
—¿El preparador?
—El mejor preparador de acceso a Derecho de Bilbao.
—Ama, eso suena a frase inventada por él mismo.
—No seas insolente.
—No soy insolente. Soy precisa. Como vosotros queréis.
Su padre dobló el periódico con un movimiento lento.
—Elena, basta.
La palabra cayó en el salón con peso. Basta. En aquella casa, “basta” no significaba que la conversación terminara. Significaba que la versión oficial de la realidad acababa de imponerse.
Elena miró el lienzo. La calle imaginaria todavía estaba húmeda. Uno de los edificios se inclinaba sobre otro como si quisiera contarle un secreto.
—No quiero estudiar Derecho —dijo.
No fue la primera vez. Lo había dicho en cenas familiares, en paseos por la ría, en el coche camino de casa de su abuela, incluso una Nochebuena, justo después de que un tío segundo preguntara con la delicadeza de un tractor: “¿Y tú qué vas a hacer con tu vida, maja?”. Desde entonces, en la familia Arrieta la palabra “pintora” provocaba el mismo efecto que “humedad en el techo” o “inspección de Hacienda”.
—No tienes edad para saber lo que quieres —dijo su padre.
—Tengo dieciocho.
—Exacto.
—A los dieciocho puedo votar, conducir, firmar contratos y pedir un préstamo que me arruine hasta los cuarenta, pero no puedo saber que quiero pintar.
—No estamos hablando de caprichos.
Elena soltó una risa seca.
—Claro. Mi futuro es un capricho. Vuestra imagen pública, en cambio, es patrimonio nacional.
Marta se llevó una mano al pecho, como si la frase le hubiera manchado la blusa.
—No dramatices.
—Estoy en una familia donde se considera dramático querer Bellas Artes. Permitidme al menos estar a la altura.
Javier se levantó. No bruscamente. Lo hizo despacio, con ese control que le daba más autoridad. Caminó hasta la mesa donde estaban los dibujos, los tubos de pintura, los carboncillos y varias láminas. Elena notó cómo se le tensaban los dedos.
—Tu madre y yo hemos trabajado mucho para darte oportunidades —dijo él.
—Y yo os lo agradezco.
—No lo parece.
—Agradecer una oportunidad no significa aceptar una condena.
—Derecho no es una condena.
—Para mí sí.
—Porque eres inmadura.
Elena respiró hondo. Miró a su madre buscando alguna grieta. Nada. Marta estaba junto a la mesa, con los labios apretados y la carpeta contra el cuerpo, como si dentro llevara la solución matemática de la vida de su hija.
—Solo quiero presentarme a Bellas Artes —dijo Elena—. Solo eso. Hago la prueba, veo si entro, y si no…
—No —dijo Javier.
—Aita.
—No.
—Ni siquiera me escuchas.
—Te hemos escuchado demasiado.
Hubo un silencio. Fuera, un autobús frenó con un suspiro largo. En algún piso cercano, alguien arrastró una silla. La vida seguía con sus ruiditos normales mientras en aquel salón algo se quebraba sin hacer ruido.
Javier tomó una de las láminas. Era un retrato de Marta durmiendo en el sofá, hecho a lápiz. Elena lo había dibujado una tarde en la que su madre, agotada, se había quedado dormida con un libro de cuentas abierto sobre el regazo. En el dibujo no parecía fría ni severa, sino humana. Vulnerable. Casi dulce.
—Esto es bonito —dijo Javier.
Elena parpadeó. No esperaba eso.
—Gracias.
—Pero no es una vida.
Entonces rasgó la hoja por la mitad.
No lo hizo con rabia visible. Lo hizo como quien rompe un recibo viejo. Eso fue lo que más le dolió a Elena: la falta de esfuerzo, la naturalidad. El sonido del papel al partirse fue pequeño, pero para ella llenó la habitación entera.
—Javier —murmuró Marta, aunque no se movió.
Elena se levantó tan rápido que el vaso del agua azul tembló.
—¿Qué haces?
Su padre tomó otra lámina.
—Ayudarte.
—¡No!
Intentó quitarle los dibujos, pero él levantó el brazo.
—Cuando se corta una fantasía de raíz, al principio duele.
—¡Son míos!
—Tu futuro también era tuyo y estabas a punto de tirarlo por un barranco.
Elena miró a su madre.
—Ama, dile algo.
Marta bajó la vista.
—Tu padre está intentando que entiendas.
—¿Que entienda qué? ¿Que si no soy lo que queréis, me borráis?
Javier dejó los trozos sobre la mesa.
—Mañana empiezas con Iñaki. En septiembre te matriculas en Derecho. Y se acabó esta conversación.
Elena se quedó quieta. Tan quieta que por un momento pareció otro de sus cuadros. Tenía la cara blanca, los ojos brillantes y las manos abiertas, como si hubiera soltado algo invisible.
—Vale —dijo al fin.
La palabra sorprendió a sus padres. Incluso a ella misma.
—¿Vale? —preguntó Marta.
—Sí. Vale.
Javier la observó con cautela, como si sospechara una trampa.
—¿Lo dices en serio?
Elena recogió el pincel del vaso. El agua azul le manchó los dedos.
—Lo digo en serio.
—Bien —dijo él—. Me alegra que empieces a razonar.
Elena sonrió apenas. Una sonrisa tan fina que podía confundirse con un temblor.
—Sí. Voy a razonar muchísimo.

Aquella noche, Elena no lloró delante de ellos. Cenó merluza al horno, respondió con monosílabos, escuchó a su padre hablar de un cliente que no sabía leer contratos “ni aunque se los pusieras en neón”, y a su madre comentar que la hija de los Uriarte había entrado en Medicina “con una naturalidad admirable”. Después se encerró en su cuarto.
Sus paredes estaban llenas de bocetos. Algunos pegados con cinta, otros apoyados en el suelo, otros escondidos dentro de carpetas. Había retratos de desconocidos del metro, ancianas con bolsas del mercado, músicos callejeros, perros mojados, camareros aburridos, turistas delante del Guggenheim poniendo cara de comprender el arte contemporáneo aunque claramente estaban pensando en dónde comer.
Elena se sentó en la cama y miró sus manos. Todavía tenían manchas azules.
Su móvil vibró.
Era un mensaje de Maialen, su mejor amiga.
“¿Sigues viva o tus padres ya te han convertido en notaria?”
Elena soltó una risa que se le rompió en medio.
Respondió: “Peor. Derecho.”
Maialen contestó al instante: “Madre mía. Eso en Bilbao es más serio que decir que no te gusta la tortilla de patata.”
Elena no supo qué responder. Al final escribió: “Han roto mis dibujos.”
Pasaron unos segundos.
Luego apareció la llamada.
—¿Dónde estás? —preguntó Maialen, sin saludar.
—En casa.
—Bajo ahora mismo.
—No.
—Elena.
—No vengas. Por favor.
Al otro lado se oyó respiración. Maialen tenía ese silencio suyo que no era vacío, sino rabia buscando palabras.
—¿Te han hecho daño?
Elena miró la puerta cerrada.
—No como piensas.
—Eso no me tranquiliza.
—Me han hecho daño donde no se ve. Como siempre.
Maialen suspiró.
—Tía, vente a mi casa.
—No puedo.
—Claro que puedes. Coges una mochila, sales por la puerta y ya está. No es Alcatraz, es un piso de señores con obsesión por los posavasos.
—No es tan fácil.
—Nunca lo es hasta que lo haces.
Elena cerró los ojos.
—Voy a estudiar Derecho.
Hubo un silencio larguísimo.
—¿Perdona?
—Voy a estudiar Derecho.
—No me asustes. ¿Te han puesto algo en la merluza?
—Voy a hacerlo.
—Elena, tú odias Derecho.
—No. Odio que me lo impongan.
—Eso viene siendo lo mismo con pasos extra.
Elena se levantó y empezó a recoger los dibujos de la pared. Los fue metiendo en una carpeta grande, con cuidado.
—Voy a ser la mejor.
—¿La mejor qué?
—La mejor estudiante de Derecho que hayan visto.
Maialen soltó una carcajada nerviosa.
—Vale, esto ya suena a villana de película española de sobremesa. Solo falta que mires por la ventana mientras cae un rayo.
—No va de villana.
—Entonces explícame, porque ahora mismo estoy entre preocuparme y aplaudir por miedo.
Elena acarició el borde de una lámina.
—Si fracaso, dirán que tenían razón. Si me rebelo ahora, dirán que soy una cría. Si me voy, me perseguirán con dinero, culpa y llamadas de familiares que ni sé quiénes son. Pero si hago exactamente lo que quieren… si lo hago perfecto… si llego al final…
—¿Qué?
Elena miró los trozos del retrato de su madre que había recuperado del salón y escondido bajo su camiseta.
—Entonces nadie podrá decir que no lo intenté.
Maialen bajó la voz.
—¿Y luego?
Elena tardó en contestar.
—Luego hablaré.
Durante los meses siguientes, Elena cambió. No de golpe, porque los cambios reales casi nunca hacen entrada triunfal con música épica. Cambió como cambia Bilbao cuando sale el sol: la gente no sabe si fiarse, pero algo se mueve.
Empezó con el preparador. Iñaki era un hombre bajito, calvo, con gafas redondas y una energía de profesor que ha corregido demasiados exámenes y ya no cree en la humanidad, pero sigue subrayando con colores.
—Derecho requiere disciplina —dijo el primer día.
—Yo tengo disciplina —respondió Elena.
—También requiere memoria.
—Tengo memoria.
—Y resistencia.
—Soy hija de Javier Arrieta.
Iñaki la miró por encima de las gafas.
—Eso no sé si es una ventaja o una denuncia.
Elena sonrió.
—Depende del día.
Al principio, sus padres observaron su obediencia con alivio. Marta compró una agenda nueva para Elena, de tapas beige, “seria”. Javier le regaló una pluma que pesaba como si dentro llevara la Constitución entera.
—Para firmar tus futuros éxitos —dijo.
—Gracias —respondió Elena.
Y estudió.
Estudió en bibliotecas donde siempre había alguien respirando demasiado fuerte. Estudió en cafeterías donde el camarero ya sabía que quería café solo y un bollo que ella nunca terminaba. Estudió en el metro, en la cama, en la cocina, mientras se le enfriaban las lentejas, durante viajes familiares a Santander donde sus padres presumían ante conocidos.
—La niña está centrada —decía Marta.
—Por fin —añadía Javier.
Elena sonreía.
—Sí, centradísima.
Pero por la noche, cuando todos dormían, abría una caja escondida bajo la cama. Dentro guardaba pequeños cuadernos de dibujo. No grandes lienzos. No tubos de óleo. Eso habría sido demasiado visible. Eran libretas negras, lápices, acuarelas de bolsillo. Dibujaba en silencio, con una lámpara mínima, como quien escribe cartas desde una cárcel elegante.
Dibujaba a sus profesores. Al de Romano, con nariz de emperador cansado. A la de Constitucional, que movía las manos como si dirigiera una orquesta invisible. A sus compañeros: Ander, que decía “literal” cada tres frases; Lucía, que tomaba apuntes tan bonitos que daban ganas de enmarcarlos; Borja, que llevaba náuticos incluso cuando llovía horizontalmente, demostrando una fe en el calzado que rozaba lo religioso.
También dibujaba a sus padres. Muchas veces. Javier sentado a la mesa, revisando documentos. Marta frente al espejo, ajustándose pendientes. A veces los dibujaba enormes, ocupando toda la página. Otras, pequeños, casi perdidos en una casa demasiado grande.
Maialen seguía a su lado, aunque no siempre entendiera el plan.
—Te estás volviendo peligrosamente funcional —le dijo una tarde en una cafetería de Indautxu.
—Gracias.
—No era un cumplido. Antes eras artista atormentada. Ahora eres artista atormentada con media de sobresaliente. Eso da miedo.
Elena removió el café.
—Necesito llegar al final.
—Ya, pero ¿a qué precio?
Elena miró por la ventana. Fuera, un niño intentaba pisar charcos mientras su padre tiraba de él con prisa.
—A todos.
—Eso suena muy intenso.
—Lo es.
—¿Y no puedes hacer una versión más sana? Tipo hablar con ellos, terapia familiar, mudarte, apuntarte a cerámica, no sé.
Elena soltó una risa.
—¿Terapia familiar? Mi padre cree que terapia es leer el BOE con buena postura.
Maialen se rió pese a sí misma.
—Y tu madre seguro que llevaría una hoja Excel con tus emociones.
—Con gráficos.
—Circular, fijo.
—Y colores corporativos.
Se rieron las dos. Pero la risa duró poco.
—Elena —dijo Maialen—, prométeme que esto no te va a romper.
Elena apoyó la mano sobre la libreta escondida en su bolso.
—No. Me estoy guardando.
—¿Guardando?
—Sí. Como cuando tapas un cuadro para que no le dé el polvo.
Maialen la miró con ternura triste.
—Tía, los cuadros también necesitan aire.
PARTE 2
Los años de Derecho no pasaron rápido. Esa es una mentira que la gente cuenta después, cuando ya ha sobrevivido. En realidad, se arrastraron con la solemnidad de un funcionario buscando un sello que nadie encuentra.
Primer curso fue una mezcla de descubrimiento y tortura administrativa. Elena aprendió que el Derecho Romano podía aparecer en cualquier conversación si uno no tenía cuidado, que los manuales eran capaces de pesar más que un niño pequeño, y que siempre, siempre, había un compañero dispuesto a preguntar algo cuando la clase ya estaba terminando.
—Una duda, profesora…
El aula entera contenía el aliento.
—Sí, dime —respondía la profesora, cometiendo el error de abrir la puerta al abismo.
Y entonces empezaba una pregunta de tres minutos que incluía “hipotéticamente”, “en el supuesto de que” y “mi tío tuvo un caso parecido”.
Elena anotaba todo. No porque le fascinara. Porque había convertido su rabia en método. Sus apuntes eran impecables. Subrayaba en azul los conceptos clave, en rojo las excepciones, en verde aquello que probablemente caería en el examen porque el profesor lo repetía con cara de “esto no lo estoy diciendo por amor al arte”. Bueno, por amor al arte no decía nada nadie en aquella facultad.
Sus compañeros pronto empezaron a pedirle apuntes.
—Elena, ¿me pasas lo de fuentes del Derecho?
—Te lo pasé ayer.
—Ya, pero lo perdí.
—¿Cómo se pierde un PDF?
—No juzgues mi estilo de vida.
Ella se los pasaba. No por generosidad pura, sino porque ayudar a los demás le recordaba que todavía podía elegir algo. Además, había descubierto que explicar una norma jurídica a Borja era como explicarle a una gaviota por qué no debía robarte el bocadillo: frustrante, pero fortalecía el carácter.
En casa, sus padres estaban encantados.
—Matrícula en Civil —anunció Javier una noche, mirando el correo electrónico de la universidad en la tablet.
—Sí —dijo Elena, sirviéndose ensalada.
—¿Solo “sí”?
—¿Quieres que haga una jota?
Marta le lanzó una mirada.
—Podrías mostrar un poco de alegría.
—Estoy alegre.
—No lo pareces.
—Es alegría jurídica. Va por dentro y se expresa mediante recurso de alzada.
Javier soltó una risa breve. Le gustaban esas bromas cuando no desafiaban el orden familiar.
—Empiezas a tener sentido del humor de abogada.
Elena clavó el tenedor en un tomate cherry.
—Qué tragedia.
—¿Qué?
—Que gracias.
Marta sonrió satisfecha.
—Ves como no era tan terrible.

Elena la miró.
—No, claro.
Lo dijo tan suavemente que nadie supo dónde acababa la obediencia y empezaba el desprecio.
Segundo curso trajo más exigencia. Penal, Administrativo, Procesal. Elena caminaba por los pasillos con ojeras elegantes y una carpeta llena de esquemas. Ya no pintaba todos los días. A veces, el cansancio era tan denso que se quedaba mirando la página en blanco sin fuerzas para levantar el lápiz.
Una noche, Marta llamó a su puerta.
—¿Puedo pasar?
Elena cerró de golpe la libreta donde estaba dibujando una mano sosteniendo un martillo de juez que se convertía en pincel.
—Sí.
Su madre entró con una taza de infusión.
—Te traigo tila.
—Gracias.
Marta miró el escritorio. Libros abiertos, códigos con post-its, bolígrafos, una lámpara encendida. Todo en orden. Casi demasiado.
—Estamos muy orgullosos de ti.
Elena sostuvo la taza entre las manos.
—Ya.
—No digas “ya” así.
—¿Cómo?
—Como si te molestara.
Elena observó el vapor.
—No me molesta que estéis orgullosos.
—Entonces, ¿qué pasa?
La pregunta quedó flotando. Por un momento, Elena pensó en responder de verdad. Decirle: pasa que me miráis por fin porque soy útil para vuestra historia. Pasa que cada sobresaliente os confirma que hicisteis bien en aplastarme. Pasa que echo de menos pintar sin miedo a que llaméis a eso perder el tiempo. Pasa que cuando me decís “orgullo” escucho “propiedad”.
Pero Marta estaba allí, de pie en su cuarto, con el pelo ya suelto y cara de cansancio. Elena vio a la mujer del dibujo roto. Por un segundo, casi pudo quererla sin dolor.
—Estoy cansada —dijo.
Marta se acercó y le acarició el pelo.
—Es normal. Las cosas importantes cuestan.
Elena cerró los ojos.
—Sí. Cuestan.
—Algún día nos lo agradecerás.
La mano de su madre seguía sobre su cabeza. Elena no se movió.
—Seguro.
Cuando Marta salió, Elena abrió la libreta. La mano dibujada se veía torpe, incompleta. Pasó la página y escribió una frase en el centro:
“No olvidar.”
Debajo dibujó una pequeña puerta abierta.
La vida universitaria de Elena no fue solo sufrimiento solemne, porque eso habría sido insoportable incluso para una novela rusa con humedad cantábrica. También hubo momentos absurdos, amistades raras y escenas que, vistas desde fuera, parecían diseñadas para demostrar que la juventud sobrevive hasta en las carreras más serias.
Ander, Lucía y Borja se convirtieron en su grupo de supervivencia. Se sentaban juntos en clase, compartían apuntes y desarrollaron un sistema de señales para cuando un profesor empezaba a enrollarse. Si Ander se tocaba la oreja, significaba “esto entra”. Si Lucía cerraba el portátil lentamente, significaba “me he rendido como Estado soberano”. Si Borja miraba al techo, no significaba nada; Borja miraba al techo incluso cuando estaba concentrado.
Una tarde, después de un examen de Administrativo que dejó a media clase con la expresión de quien acaba de leer su propio testamento, se fueron a tomar algo cerca de Pozas.
—Yo creo que me ha salido bien —dijo Borja.
Los otros tres lo miraron.
—¿Qué? —preguntó él.
—Borja —dijo Lucía—, has preguntado si “silencio administrativo” era cuando el funcionario no te saluda.
—Era una duda razonable.
Ander se llevó las manos a la cara.
—No, tío. Razonable no. Poética, quizá.
Elena se rió tanto que casi se atragantó con la aceituna.
—Pues oye —dijo Borja—, si suspendo, al menos he aportado una interpretación humanista.
Lucía levantó el vaso.
—Por el humanismo administrativo.
—Por el silencio —añadió Elena.
—Y por los funcionarios bordes —remató Ander.
Chocaron los vasos. Afuera llovía, por supuesto. Bilbao no iba a perder una oportunidad de aparecer en escena.
A veces, Elena se permitía olvidar. Reír con sus compañeros. Ir al cine. Pasear junto a la ría con Maialen. Comprar cuadernos nuevos en una tienda pequeña donde el dueño, un hombre con barba blanca, siempre le decía:
—Los cuadernos buenos no se compran. Te adoptan.
—Eso es una estrategia de ventas muy emocional —respondía Elena.
—Funciona mejor que las rebajas.
Maialen había empezado a estudiar Bellas Artes en Leioa. Sus conversaciones eran una mezcla de cariño y punzada. Maialen hablaba de talleres, exposiciones, profesores excéntricos que llegaban con bufandas imposibles y decían cosas como “el vacío también pinta”. Elena escuchaba con interés auténtico y una envidia que intentaba domesticar.
—Hoy hemos hecho una instalación con sillas rotas y sonidos de ballena —contó Maialen una tarde.
—No sé si eso es arte o una mudanza mal organizada.
—Ambas. El arte contemporáneo es multitarea.
—¿Y tú qué has presentado?
—Un vídeo de mi amama pelando vainas mientras habla de Franco, de la vecina del tercero y del precio del bonito.
—Eso sí es España.
—Fue un éxito. Un profesor lloró.
—¿Por la memoria histórica?
—Por el precio del bonito, creo.
Elena se reía. Pero luego, al volver a casa, encontraba a su padre en el salón, con la televisión en las noticias y un comentario listo sobre el país, la juventud o los impuestos. Su mundo se cerraba otra vez.
En tercer curso, Javier empezó a llevarla a comidas con colegas. Al principio Elena se resistió.
—No soy un trofeo.
—Nadie ha dicho eso —respondió su padre.
—Me llevas para decir “mi hija saca matrículas”.
—También porque quiero que conozcas el ambiente profesional.
—El ambiente profesional huele a solomillo y frases como “esto te lo arreglo yo con una llamada”.
—No seas desagradable.
En esas comidas, Elena aprendió otra clase de Derecho: el que se practicaba entre copas de vino, palmadas en la espalda y señores que decían “la juventud viene fuerte” mientras no dejaban hablar a ninguna persona joven. Javier la presentaba con una mezcla de orgullo y apropiación.
—Mi hija Elena. Brillantísima. Quiere especializarse en mercantil.
La primera vez, Elena corrigió:
—Todavía no lo he decidido.
Javier sonrió sin mirarla.
—Es modesta.
En el coche, de vuelta, él le habló con calma.
—No me contradigas delante de la gente.
—Me has asignado una especialidad como quien elige menú del día.
—Era una conversación informal.
—No. Era una exhibición.
Javier apretó el volante.
—Tienes que aprender a moverte en estos entornos.
—¿Mintiendo?
—Adaptándote.
—Qué palabra más cómoda.
—Elena, no todo es una batalla.
Ella miró las luces de la ciudad reflejadas en el parabrisas.
—Para ti no.
Esa noche, al llegar a casa, dibujó a su padre como un hombre con traje hecho de espejos. En cada espejo se reflejaba una Elena distinta: abogada, niña, pintora, sombra. Cuando terminó, se quedó mirando el dibujo durante mucho tiempo.
Luego lo guardó en la caja.
La caja ya no cabía bajo la cama. Había crecido. Dentro estaban sus años verdaderos, comprimidos en papel.
En cuarto curso, Elena ganó un concurso universitario de ensayo jurídico. El tema era “Derecho, dignidad y libertad individual en las sociedades contemporáneas”. Su texto era brillante, técnico, medido. También era, para quien supiera leer entre líneas, una acusación íntima.
Javier lo leyó en su despacho.
—Extraordinario —dijo—. De verdad, Elena. Esto es extraordinario.
Marta lo compartió con medio Bilbao. Tías, primos, conocidas del gimnasio, una vecina que solo había preguntado si el ascensor fallaba.
—Nuestra hija ha ganado un premio de Derecho —decía.
Elena recibió felicitaciones durante semanas. Sonreía, respondía gracias, aceptaba abrazos. Por dentro, algo se le iba endureciendo.
El premio incluía leer un fragmento en un acto pequeño de la facultad. Elena subió a un atril por primera vez. No había miles de personas, solo profesores, estudiantes y algún familiar. Pero al ponerse frente al micrófono sintió una cosa inesperada: poder.
No poder sobre otros. Poder sobre su propia voz.
Leyó:
—“La libertad no siempre se pierde de golpe. A veces se entrega en pequeñas obediencias, envuelta en promesas de protección, éxito o amor.”
Levantó la vista. Sus padres estaban en la tercera fila. Javier asentía, orgulloso. Marta sonreía.
No habían entendido nada.
O quizá no querían entender.
Después del acto, su profesora de Constitucional, Carmen Soler, se acercó a ella. Era una mujer de sesenta años, mirada aguda y bufandas de colores que parecían declarar la independencia del resto de su ropa.
—Escribes muy bien —le dijo.
—Gracias.
—Demasiado bien para decir solo lo que dices.
Elena se quedó quieta.
—No sé a qué se refiere.
Carmen sonrió.
—Claro que lo sabes. Los buenos textos tienen sótano.
Elena miró hacia donde sus padres hablaban con un decano.
—A veces el sótano está inundado.
—Entonces conviene abrir ventanas.
La profesora no insistió. Solo le entregó su tarjeta.
—Si alguna vez necesitas hablar de becas, prácticas o salidas, escríbeme.
Elena leyó el nombre.
—¿Salidas?
—Todas las carreras deberían tener salidas de emergencia.
Aquel comentario se le quedó dentro.
Quinto curso fue el año final. El año de la excelencia oficial. Elena ya no era una buena estudiante. Era la estudiante. La que citaban los profesores, la que todos buscaban antes de los exámenes, la que ganaba debates, la que parecía tener un contrato secreto con la concentración. Su expediente rozaba lo absurdo. Incluso Borja, que había sobrevivido académicamente como sobreviven algunas plantas de oficina, la miraba con reverencia.
—Tú no estudias —le dijo una mañana—. Tú amenazas al temario y el temario se rinde.
Elena sonrió.
—Ojalá.
—¿Qué vas a hacer cuando acabes?
La pregunta era sencilla. La respuesta, no.
—No lo sé.
Lucía cerró el portátil.
—Mentira.
Ander levantó la vista.
—Totalmente mentira.
Borja señaló con un bolígrafo.
—Mientes fatal para ser casi abogada.
Elena los miró.
—¿Y vosotros?
—Yo opositaré —dijo Lucía—. Me gusta sufrir con calendario.
—Yo haré un máster —dijo Ander—. Porque aparentemente cinco años no han sido suficientes para arruinar mi postura cervical.
—Yo entraré en el despacho de mi tío —dijo Borja.
Los tres lo miraron.
—¿Qué? —dijo él—. Nepotismo, pero honesto.
Se rieron.
—¿Y tú? —insistió Lucía.
Elena cerró su carpeta.
—Yo tengo algo pendiente.
Nadie preguntó más. Quizá porque lo dijo con un tono que no admitía bromas. O quizá porque, después de tantos años, sus amigos habían aprendido que Elena Arrieta tenía habitaciones internas a las que no se entraba sin permiso.
En casa, la palabra “graduación” empezó a ocuparlo todo. Marta hablaba de vestido, peluquería, fotos. Javier hablaba de contactos, de discursos, de posibles másteres en Madrid, incluso de Londres.
—Londres te abriría puertas —dijo una noche.
Elena estaba pelando una mandarina.
—También las abre un cerrajero.
—Hablo en serio.
—Yo también. Los cerrajeros tienen una función social infravalorada.
Marta dejó el vaso sobre la mesa.
—Elena, por favor. Tu padre está intentando planificar contigo.
—No, ama. Está planificando por mí en voz alta.
Javier la miró.
—Pensé que habíamos superado esta actitud.
Elena separó un gajo.
—¿Cuál?
—Esta resistencia adolescente.
—Tengo veintitrés años.
—Entonces actúa como adulta.
Elena se metió el gajo en la boca, masticó despacio y sonrió.
—Eso haré.
PARTE 3
La ceremonia de graduación se celebró un sábado de junio en un auditorio enorme, de esos que huelen a madera pulida, perfume caro y nervios recién planchados. Bilbao, milagrosamente, había amanecido sin lluvia, lo que provocó en la ciudad una euforia moderada: la gente no llegó a cantar por la calle, pero más de uno se quitó la chaqueta con gesto de atrevimiento.
Marta llevaba un vestido azul marino y unos pendientes de perla. Javier, traje oscuro, corbata sobria y una sonrisa contenida que llevaba practicando desde hacía semanas. Habían llegado pronto, por supuesto. En la familia Arrieta llegar a la hora era llegar tarde con testigos.
—Estamos en la cuarta fila —dijo Marta, mirando las entradas.
—Reservadas para familias de alumnos destacados —añadió Javier.
Lo dijo con naturalidad, pero le brillaban los ojos. Aquel día era, para él, una confirmación. El final feliz de su versión de la historia. La hija descarriada que había entendido. La artista confusa que había madurado. La voluntad familiar imponiéndose al caos de los pinceles.
Elena apareció con la toga doblada sobre el brazo. Llevaba el pelo suelto y un vestido sencillo debajo. En el bolso, escondido, un cuaderno de bocetos. En el pecho, una calma extraña.
—Estás preciosa —dijo Marta.
—Gracias.
Javier le colocó un mechón detrás de la oreja, gesto poco habitual en él.
—Hoy es un gran día.
—Sí.
—Tu abuelo estaría orgulloso.
Elena no dijo nada. Su abuelo, según recordaba, había sido un hombre que reparaba radios y silbaba mientras trabajaba. Quizá habría estado orgulloso. O quizá le habría dicho que ninguna carrera merecía quedarse sin canción. Nunca lo sabrían, porque los muertos son muy útiles para reforzar argumentos de los vivos.
—Después del acto tenemos mesa reservada —continuó Marta—. Vienen los Uriarte, tu tía Begoña, los del despacho de tu padre…
—¿Los del despacho?
—Claro —dijo Javier—. Quieren felicitarte.
Elena sonrió.
—Qué detalle.
—Elena —dijo su madre en voz baja—, hoy no.
—¿Hoy no qué?
—No estés rara.
La chica miró hacia las puertas del auditorio. Entraban estudiantes con birretes, familias con ramos de flores, hermanos pequeños aburridos antes incluso de sentarse. Vio a Maialen al fondo, vestida con una chaqueta amarilla imposible, saludándola con la mano. También estaban Ander, Lucía y Borja, discutiendo sobre dónde colocarse para salir bien en las fotos.
—No estoy rara, ama.
—Pareces demasiado tranquila.
Elena la miró con ternura inesperada.
—Eso pasa cuando una decide algo.
Marta frunció el ceño.
—¿Decide qué?
Una voz por megafonía pidió a los graduados que se dirigieran a la zona lateral del escenario.
Elena besó a su madre en la mejilla. Luego a su padre.
—Nos vemos dentro.
Javier sonrió.
—Disfruta.
—Lo intentaré.
En el lateral del escenario, el ambiente era una mezcla de solemnidad y desastre. Un estudiante no encontraba su birrete. Otro se había puesto la toga al revés. Borja llevaba la suya tan arrugada que parecía haberla guardado dentro de una croqueta.
—¿Esto se plancha? —preguntó.
—Todo se plancha —dijo Lucía—. Incluso la dignidad, si tienes madre vasca.
Ander se acercó a Elena.
—¿Lista para ser oficialmente insoportable?
—Llevo años entrenando.
—Eso es verdad.
Lucía la observó con atención.
—¿Estás bien?
Elena ajustó la toga.
—Sí.
—No parece un sí normal.
—Es un sí importante.
Lucía no sonrió.
—Vale.
La ceremonia empezó con música clásica. Entraron en fila, entre aplausos. Elena caminó mirando al frente. Vio a sus padres. Javier erguido, Marta emocionada. Vio a Maialen, que le hizo un gesto pequeño con los dedos, como diciendo: respira. Vio a la profesora Carmen Soler sentada entre el claustro, con una bufanda roja que parecía una bandera secreta.
El decano habló primero. Un discurso correcto sobre esfuerzo, futuro, responsabilidad y excelencia. Dijo “los retos del siglo XXI” tres veces, que era el mínimo legal en actos académicos. Luego habló una representante institucional que pronunció “resiliencia” con tanta intensidad que Borja susurró:
—Si dice “sinergia”, me voy.
—Calla —murmuró Lucía.
Después comenzaron los nombres. Uno a uno, los graduados subían, recibían el diploma, estrechaban manos, sonreían para la foto y bajaban intentando no tropezar con la toga. Las familias aplaudían con entusiasmo desigual. Algunos padres gritaban nombres como si estuvieran en San Mamés.
—¡Aupa, Nerea!
—¡Ese Iker!
—¡Muy bien, mi niña!
Javier aplaudía con moderación distinguida. Marta tenía un pañuelo preparado.
Elena esperaba su turno. En la mano llevaba una tarjeta con unas líneas escritas. No el discurso oficial. Ese estaba en el atril, impreso, aprobado, elegante. El suyo era otro.
—Elena Arrieta Echevarri —anunció la voz—, premio extraordinario de promoción y número uno del expediente.
El auditorio estalló en aplausos. Javier se levantó antes de darse cuenta. Marta se llevó la mano a la boca. Los del despacho de Javier, dos filas más atrás, empezaron a aplaudir como si hubieran participado en el parto académico.
Elena subió los escalones.
El decano le entregó el diploma.
—Enhorabuena —dijo.
—Gracias.
Posó para la foto. Flash. Sonrisa. La imagen perfecta.
Entonces el decano hizo un gesto hacia el atril.
—Y ahora, como mejor expediente de la promoción, Elena Arrieta dirigirá unas palabras en nombre de sus compañeros.
Más aplausos.
Elena se colocó frente al micrófono.
Desde allí, el auditorio parecía un mar de caras. Algunas conocidas, otras no. Sus padres eran claramente visibles. Javier tenía los ojos brillantes. Marta lloraba ya, con elegancia, como si incluso las lágrimas tuvieran protocolo.
Elena dejó el diploma sobre el atril.
El papel hizo un sonido leve.
—Buenas tardes —dijo.
Su voz salió clara. Más clara de lo que esperaba.
—Buenas tardes a todos. A mis compañeros, profesores, familias y a todas las personas que hoy han venido a celebrar este final.
Pausa.
—Un final siempre parece una victoria cuando se mira desde fuera.
El decano, detrás de ella, sonrió con gesto institucional.
—Nos han dicho muchas veces que hoy es un día de orgullo. Y lo es. Mis compañeros saben lo que cuesta llegar hasta aquí. Saben lo que cuesta estudiar de madrugada, sobrevivir a Procesal, entender Administrativo sin desarrollar una relación personal con el ibuprofeno, y fingir que uno controla la situación cuando en realidad solo ha memorizado diecisiete artículos y está rezando a todos los santos del Código Civil.
Risas en el auditorio. Incluso Javier sonrió. Borja aplaudió demasiado fuerte.
—También sabemos —continuó Elena— que ninguna carrera se termina en soledad. Hay profesores que nos han guiado, amigos que nos han sostenido, camareros que han entendido que “otro café” significaba “socorro”, y familias que han estado presentes.
Pausa.
El aire cambió apenas. Maialen dejó de sonreír.
—Pero estar presente no siempre significa cuidar.
Javier parpadeó.
Marta bajó lentamente el pañuelo.
—A veces, quienes dicen empujarte hacia el éxito te están empujando lejos de ti mismo. A veces, una nota excelente no nace de la ilusión, sino del miedo. A veces, el aplauso que una familia espera escuchar tapa años de silencio en una habitación.
Un murmullo recorrió el auditorio.
El decano movió la cabeza, incómodo. La profesora Carmen Soler no se movió.
Elena tomó el diploma de nuevo. Lo miró.
—Este título lleva mi nombre. Elena Arrieta Echevarri. Lleva cinco años de estudio, esfuerzo y disciplina. Lleva noches sin dormir, exámenes aprobados, premios, reconocimientos. Todo lo que, desde fuera, parece admirable.
Levantó la vista.
—Pero también lleva otra historia.
Javier se inclinó hacia Marta.
—¿Qué está haciendo? —susurró.
Marta no respondió.
—Yo quería pintar —dijo Elena.
La frase fue sencilla. Precisamente por eso atravesó la sala.
—Quería estudiar Bellas Artes. Quería dedicarme a dibujar calles, rostros, manos, estaciones de metro, señoras comprando puerros y hombres que creen que llevar bufanda les convierte automáticamente en intelectuales.
Algunas risas nerviosas.
—Quería una vida que quizá no era segura. Quizá no era prestigiosa. Quizá no quedaba bien en una comida de despacho entre un Rioja y un “mi hija tiene mucho futuro”.
Javier se puso rígido.
—Pero era mi vida.
Elena respiró.
—Cuando dije que quería pintar, mis dibujos fueron rotos delante de mí. Mi deseo fue tratado como una enfermedad pasajera. Mi voz fue llamada inmadurez. Mi tristeza, dramatismo. Mi obediencia, por fin, madurez. Y mi éxito, propiedad familiar.
El murmullo creció. Varias cabezas se giraron hacia las filas familiares. Los compañeros de Javier dejaron de aplaudir internamente, si es que eso existía. Marta estaba pálida.
El decano se acercó un paso al micrófono.
—Elena, quizá…
Ella giró apenas la cabeza.
—Solo necesito dos minutos más.
No lo pidió como favor. Lo dijo como alguien que había pagado esos dos minutos con cinco años de vida.
El decano se detuvo.
—Durante cinco años hice exactamente lo que se esperaba de mí. Estudié. Saqué las mejores notas. Sonreí en las fotos. Fui la hija ejemplar. Y hoy podría dar un discurso precioso sobre el futuro, la vocación jurídica y el compromiso social. Podría hacerlo muy bien. Me han entrenado para hacer muy bien cosas que no elegí.
Silencio.
—Pero no voy a mentir más.
Entonces sostuvo el diploma con ambas manos.
Marta susurró:
—No, Elena…
El gesto fue rápido. No violento. No teatral de manera vulgar. Fue limpio. Elena rompió el diploma por la mitad delante del micrófono.
El sonido del papel partiéndose se escuchó amplificado en todo el auditorio.
No fue un estruendo. Fue peor. Fue un pequeño crujido que dejó a cientos de personas sin respiración.
Borja abrió la boca.
—Hostia —murmuró.
Lucía le agarró el brazo.
Javier se levantó.
—¡Elena!
Su voz resonó desde la cuarta fila.
Elena no lo miró aún.
—Este papel no es mi libertad. No es mi identidad. No es mi deuda con nadie.
Dejó los dos trozos sobre el atril.

—A mis compañeros: os admiro. A quienes habéis elegido este camino, de verdad, os deseo una vida enorme. Defended, juzgad, mediád, opositad, cambiad leyes, discutid convenios, sed felices incluso leyendo sentencias de treinta páginas. Alguien tiene que hacerlo y, sinceramente, mejor vosotros que yo.
Una risa estalló en algún punto del auditorio, nerviosa, agradecida, humana.
Elena miró por fin a sus padres.
—Aita. Ama. Lo conseguí. Fui la mejor. No porque creyera en vuestro sueño, sino porque necesitaba que no pudierais llamar fracaso a mi despedida.
Marta lloraba, pero ya no era emoción protocolaria.
—A partir de hoy no voy a seguir viviendo para proteger vuestra imagen. No voy a aceptar más amor condicionado. No voy a dejar que llaméis preocupación a controlar mi vida. Me voy. Y esta vez no para perderme.
Elena se quitó la toga. Debajo llevaba un mono sencillo de tela clara, con pequeñas manchas de pintura en los bolsillos. Algunas eran reales. Otras las había pintado esa misma mañana, como quien se pone medallas propias.
Maialen empezó a llorar y a reír a la vez.
—Qué cabrona —susurró con orgullo.
Elena dobló la toga y la dejó junto al diploma roto.
—Voy a pintar. En galerías, en calles, en plazas, donde pueda. Puede que me vaya bien. Puede que me vaya regular. Puede que algún día tenga que vivir de bocadillos de tortilla y café malo. Pero serán mis bocadillos, mi café y mi vida.
Miró al público.
—Gracias por escuchar algo que no estaba en el programa.
Y se apartó del micrófono.
Durante dos segundos no pasó nada. El auditorio entero quedó suspendido.
Luego alguien aplaudió.
Fue Carmen Soler.
Un aplauso solo. Firme. Lento.
Después Maialen.
Luego Ander.
Lucía.
Borja, que se levantó con tanta fuerza que casi se le cayó el birrete.
Y entonces media sala empezó a aplaudir. No todos. Algunos estaban demasiado incómodos, otros demasiado escandalizados, otros disfrutaban del drama con esa cara culpable de quien sabe que tendrá tema de conversación hasta Navidad. Pero el aplauso creció.
Javier seguía de pie. No aplaudía. Tenía la cara petrificada, como si alguien hubiera abierto una ventana en su despacho interior y todos sus papeles hubieran salido volando.
Marta estaba sentada, con las manos sobre el bolso, mirando a su hija como si la viera por primera vez y no supiera si acercarse o pedir perdón en un idioma que nunca había aprendido.
Elena bajó del escenario.
Javier salió al pasillo lateral para interceptarla.
—¿Te has vuelto loca? —dijo cuando la alcanzó.
Ella se detuvo.
El pasillo olía a moqueta y flores.
—No.
—Acabas de humillarnos delante de todo el mundo.
Elena lo miró con calma.
—No. Acabo de decir la verdad delante de todo el mundo.
—¡Has roto tu título!
—Puedo pedir una copia.
La frase fue tan inesperada que Javier se quedó sin aire.
—¿Qué?
—Administrativamente puedo pedir una copia. No te preocupes. El sistema sobrevive incluso a mi gesto simbólico.
—No hagas bromas.
—Tú tampoco hagas de víctima.
Javier dio un paso hacia ella.
—Después de todo lo que hemos hecho por ti…
—No.
La palabra fue baja, pero firme.
—No empieces esa frase. No hoy.
Marta apareció detrás de él, temblando.
—Elena, hija…
Elena sintió que algo dentro de ella se ablandaba y se protegía al mismo tiempo.
—Ama.
—Podemos hablar en casa.
—No voy a casa.
Marta se llevó una mano a la boca.
—¿Cómo que no?
—Mis cosas importantes ya no están allí.
Javier soltó una risa amarga.
—¿Ah, no? ¿Y dónde están? ¿En una mochila? ¿En casa de tu amiguita artista?
—Algunas sí.
—Esto es ridículo.
—Para ti, todo lo que no controlas es ridículo.
—Eres una desagradecida.
Elena asintió lentamente.
—Puede que lo parezca desde tu versión.
—Nuestra versión es la real.
—No. Es la cómoda.
Marta lloraba en silencio.
—Nos vas a dejar así, delante de todos.
Elena miró hacia el auditorio, donde todavía se oían voces, pasos, confusión.
—Me dejasteis sola muchas veces sin público.
La frase cayó entre los tres.
Javier abrió la boca, pero no encontró nada que sonara a autoridad. Eso era nuevo. Elena lo vio y entendió que, durante años, había confundido el miedo con respeto. Su padre no era invencible. Solo era un hombre que había hablado más alto en la habitación adecuada.
—Te arrepentirás —dijo él al fin.
Elena sonrió con tristeza.
—Seguro. De muchas cosas. Pero no de esta.
—¿Y de qué vas a vivir?
—De trabajar.
—¿Pintando en la calle?
—Si hace falta.
—Eso no es una vida.
Elena respiró hondo. Detrás de una puerta, alguien reía nervioso. La realidad seguía empeñada en ser imperfecta.
—Aita, llevo cinco años viviendo una vida que no era mía. No me des lecciones de vida.
Marta dio un paso.
—Elena, por favor. No cortes con nosotros.
La chica la miró. Ahí estaba la parte más difícil. No el discurso. No el diploma. No los aplausos. Su madre pidiendo algo que quizá ya era demasiado tarde para pedir.
—No sé si esto es cortar para siempre —dijo Elena—. Pero sí es cortar como hasta ahora. No voy a contestar llamadas para recibir culpa. No voy a ir a comidas para que enseñéis mi expediente. No voy a pediros permiso para existir.
Marta lloró más fuerte.
—Yo solo quería que estuvieras segura.
—Lo sé.
—Entonces…
—Pero confundiste seguridad con obediencia.
Marta bajó la cabeza.
Javier, incapaz de sostener aquel terreno emocional, volvió a lo práctico.
—Elena, vuelve al auditorio. Pide disculpas. Diremos que estabas nerviosa.
Ella casi se rió.
—Increíble.
—Podemos arreglarlo.
—Eso es lo que más miedo me da de ti. Que crees que todo se arregla si se cuenta bien.
Javier se quedó helado.
Entonces apareció Maialen en el pasillo, seguida de Lucía, Ander y Borja. Maialen no preguntó nada. Se colocó junto a Elena como una barricada amarilla.
—¿Todo bien? —dijo.
Javier la miró con desprecio.
—Esto es asunto familiar.
—Ah, perdón —respondió Maialen—. Como lo habéis hecho delante de medio Bilbao, pensé que ya era evento cultural.
Borja tosió para ocultar una risa.
—Tú no te metas —dijo Javier.
Elena levantó la mano.
—No le hables así.
Fue la primera vez que defendió a alguien ante su padre sin temblar.
Maialen la miró de reojo, orgullosa.
Lucía se acercó.
—Elena, el decano pregunta si estás bien.
—Estoy bien.
Ander añadió:
—Y Borja ha dicho que si necesitas asesoría legal, espera a septiembre porque ahora mismo no se acuerda de nada.
—Confirmo —dijo Borja—. Estoy emocionalmente disponible, jurídicamente en ruinas.
Elena se rió. Una risa pequeña, real. Después de todo, seguía habiendo mundo.
Marta miró a esos chicos, a Maialen, a su hija. Quizá comprendió algo. No todo. Pero algo.
—¿Dónde vas a ir? —preguntó.
—A casa de Maialen unos días. Luego ya veré.
—¿Tienes dinero?
—Tengo ahorros.
Javier soltó:
—Dinero que te hemos dado nosotros.
Elena lo miró.
—Y notas que os he dado yo. Supongo que estamos en paz.
Maialen apretó los labios para no reírse.
Marta rebuscó en su bolso y sacó un pañuelo. No se lo ofreció a Elena. Se lo quedó en la mano, inútil.
—No sé cómo hablar contigo ahora —dijo.
Elena sintió un nudo.
—Empieza por no decirme qué tengo que hacer.
Marta asintió. Apenas.
Javier se giró, derrotado por una batalla para la que no tenía vocabulario. Volvió hacia el auditorio con pasos rígidos. Marta dudó, miró a Elena una última vez y lo siguió.
El pasillo quedó en silencio.
Maialen exhaló.
—Tía.
Elena la miró.
—¿Qué?
—Has roto un diploma delante de un auditorio entero.
—Sí.
—Y luego has dicho que se puede pedir copia.
—Era importante aclararlo.
Borja levantó un dedo.
—Como casi abogado, confirmo que la administración contempla duplicados por pérdida, deterioro o ataque de libertad personal.
Lucía se limpió los ojos.
—Eres una loca.
—Puede.
Ander sonrió.
—Pero una loca con premio extraordinario.
Elena miró la puerta de salida.
—Vámonos.
PARTE 4
Fuera del auditorio, Bilbao estaba luminoso de una manera casi sospechosa. El cielo se había abierto en trozos azules, y la ría brillaba como si alguien hubiera decidido pulirla para la ocasión. Elena salió con la toga sobre un brazo, aunque no sabía por qué la había cogido. Tal vez porque incluso las despedidas necesitan recoger sus restos.
Maialen caminaba a su lado.
—Podemos quemarla simbólicamente —dijo, señalando la toga.
—No.
—Podemos donarla a un teatro.
—Mejor.
—O hacerte un vestido conceptual titulado “Mi padre quería mercantil”.
Elena soltó una carcajada.
—Ese sí lo expondría.
Ander, Lucía y Borja se quedaron un rato con ellas en la calle. Hablaron demasiado alto, como hace la gente cuando no sabe cómo tocar una emoción sin romperla. Borja propuso celebrar “la graduación alternativa” con rabas, aunque eran las seis de la tarde y nadie sabía si las rabas tenían horario moral. Lucía abrazó a Elena tres veces. Ander le dijo que, si algún día necesitaba redactar una demanda contra el patriarcado doméstico, él revisaba las comas gratis.
—Gracias —dijo Elena.
—Las comas son importantes —respondió Ander—. Una mala coma te cambia una herencia.
Cuando se fueron, Maialen y Elena caminaron hacia la ría. No tenían prisa. Elena sentía el cuerpo raro, ligero y pesado a la vez. Como si hubiera dejado caer una maleta enorme, pero las manos todavía recordaran el peso.
—¿Estás temblando? —preguntó Maialen.
—Un poco.
—Normal. Acabas de independizarte emocionalmente con público y megafonía.
—No sé si estoy bien.
—No tienes que estarlo ya.
Se sentaron en un banco. Pasó un perro mojado, aunque no había llovido. En Bilbao algunos perros parecían venir húmedos de fábrica.
Elena abrió su bolso y sacó el cuaderno de bocetos. Lo puso sobre las rodillas.
—¿Qué vas a dibujar? —preguntó Maialen.
Elena miró al otro lado de la ría. Gente caminando, turistas, una pareja discutiendo suavemente, un señor con boina mirando el móvil con desconfianza tecnológica.
—No sé.
—Perfecto.
—¿Perfecto?
—Sí. Después de cinco años sabiendo demasiado lo que tenías que hacer, no saber es casi un spa.
Elena sonrió.
Apoyó el lápiz sobre la página. Al principio no salió nada. La mano dudaba. No porque hubiera olvidado cómo dibujar, sino porque la libertad también intimida. Durante años había pintado escondida, de noche, con la culpa respirándole en la nuca. Ahora podía hacerlo allí, en un banco, a plena luz, sin pedir permiso. Parecía fácil. No lo era.
Finalmente dibujó una línea. Luego otra. Una figura pequeña saliendo de un edificio enorme. No era realista. Era casi infantil. Una persona con una toga doblada y una puerta abierta detrás.
Maialen no dijo nada. A veces era muy lista.
El móvil de Elena empezó a vibrar. Primero una llamada de su madre. Luego otra. Luego mensajes de tías, números desconocidos, compañeros de su padre, una prima de Vitoria que no le escribía desde que España ganó algo en fútbol, no recordaba qué.
Elena apagó el teléfono.
—¿Segura? —preguntó Maialen.
—No quiero que entren ahora.
—Bien.
—¿Y si he sido cruel?
Maialen se giró hacia ella.
—Has sido pública.
—Eso puede ser cruel.
—Sí. Pero ellos hicieron privada tu vida hasta dejarte sin aire. A veces abrir una ventana hace ruido.
Elena miró el dibujo.
—Mi madre lloraba.
—Tú también lloraste muchas veces.
—No quiero convertirme en ellos.
—No lo harás si sigues preguntándotelo.
Se quedaron en silencio. Al rato, Maialen se levantó.
—Venga. A casa. Mi ama ha hecho tortilla.
—¿Sabe lo que ha pasado?
—Le he mandado un mensaje discreto.
—¿Qué decía?
—“Elena ha destruido el sistema familiar en la graduación. Pon plato.”
Elena se tapó la cara.
—Maialen.
—Mi ama aprecia la información clara.
El piso de Maialen estaba en Santutxu, en una calle con cuesta suficiente para replantearte tus decisiones vitales si llevabas bolsas de la compra. Su madre, Ane, abrió la puerta antes de que llamaran.
Era una mujer baja, fuerte, con delantal y una expresión que podía servir tanto para recibir refugiados como para echar comerciales de fibra óptica.
—Pasa, hija —dijo a Elena.
No preguntó nada. La abrazó.
Elena se quedó rígida al principio. Luego se derrumbó un poco. No mucho. Lo justo.
—Gracias —murmuró.
—La tortilla está caliente. Los dramas con patata entran mejor.
Maialen levantó los pulgares.
—Te lo dije.
En la cocina, Ane puso platos, pan, ensalada y una tortilla tan perfecta que habría podido resolver conflictos diplomáticos.
—Come —ordenó.
Elena obedeció. Por primera vez en años, obedecer no le dolió.
Mientras cenaban, Maialen contó una versión del acto que incluía demasiados gestos heroicos y una imitación del decano que hizo que Ane casi se atragantara.
—¿Y el padre? —preguntó Ane.
—Modo estatua del Guggenheim —dijo Maialen.
—Las del Guggenheim se mueven más —añadió Elena.
Ane soltó una carcajada.
—Bien. Humor tienes. Eso salva más que muchos másteres.
Después de cenar, Elena se instaló en el cuarto de invitados, que también era cuarto de plancha, almacén de Navidad y museo de cosas “por si acaso”. Había una cama estrecha, una lámpara y una estantería con libros viejos. En la pared colgaba un calendario de una carnicería del barrio.
Elena colocó su caja de dibujos junto a la cama. Maialen se apoyó en el marco de la puerta.
—Mañana vamos al Casco Viejo.
—¿A qué?
—A pintar.
Elena tragó saliva.
—No sé si puedo.
—Tienes manos.
—No me refiero a eso.
Maialen entró y se sentó en la cama.
—Lo sé.
Elena abrió la caja. Sacó algunos cuadernos, láminas, retratos. Maialen los miró con cuidado, como si fueran animales asustados.
—Son increíbles —dijo.
—Algunos son de hace años.
—Este de tu padre con espejos es brutal.
—No sé si debería enseñarlo.
—Algún día.
Elena sacó los dos trozos del retrato roto de su madre. Los había pegado con cinta por detrás. La línea de ruptura cruzaba la cara dormida, pero no la destruía del todo. La hacía más triste.
Maialen lo vio.
—Joder.
—Sí.
—¿La quieres?
Elena no respondió enseguida.
—Sí. Creo que sí. Pero también necesito quererme lejos.
Maialen asintió.
—Eso cabe.
—¿Cabe?
—Sí. La gente cree que las emociones son pisos de Bilbao: pequeños y carísimos. Pero a veces cabe más de lo que parece.
Elena rió bajito.
—Qué filósofa.
—Estudio Bellas Artes. Si no digo una frase rara al día, me quitan la beca.
Aquella noche, Elena durmió mal, pero durmió. Soñó con un auditorio lleno de cuadros en lugar de personas. Todos la miraban. Ninguno aplaudía. Pero tampoco la juzgaban. Solo estaban allí, esperando que ella eligiera el primer color.
A la mañana siguiente, el móvil seguía apagado. Elena desayunó café con leche y tostadas mientras Ane escuchaba la radio.
—Tu madre llamó a Maialen —dijo Ane, sin rodeos.
Elena dejó la taza.
—¿Qué dijo?
—Que quería saber si estabas aquí.
—¿Y qué le dijiste?
—Que estabas viva, desayunando y no disponible para chantajes antes de las diez.
Maialen, al otro lado de la mesa, levantó la vista.
—Ama.
—¿Qué? Hay horarios.
Elena sintió algo parecido a gratitud y miedo.
—Gracias.
Ane le puso más pan.
—Hija, yo no sé lo que ha pasado en tu casa entero. Solo sé lo que he visto en tu cara durante años cuando venías aquí. Una chica no debería pedir perdón por respirar distinto.
Elena miró el plato.
—No sé qué hacer ahora.
—Hoy, comer. Luego pintar. Mañana ya veremos. La vida por fascículos, que entera atraganta.
Y así fue.
Esa tarde, Elena y Maialen fueron al Casco Viejo. Llevaron una carpeta, unas acuarelas, rotuladores, cinta adhesiva y un cartel pequeño que decía: “Retratos rápidos. Paga lo que quieras.” Maialen insistió en añadir un dibujito de un gato con boina. Elena dijo que era ridículo. Maialen respondió que en la vida hacía falta una cuota mínima de ridículo para no convertirse en notario.
Se colocaron cerca de una plaza, bajo un soportal. Al principio nadie se acercó. Elena fingía ordenar los lápices. Maialen fingía no mirarla.
—Respira —dijo.
—Estoy respirando.
—Como una acusada.
—Deformación profesional.
Pasó una señora con carro de la compra. Miró el cartel.
—¿Retratos?
—Sí —dijo Elena.
—¿Y si salgo fea?
Elena sonrió.
—Entonces le devuelvo el dinero.
—Si pago lo que quiero, igual no te doy nada.
—Entonces le devuelvo el doble.
La señora la observó. Luego soltó una carcajada.
—Venga, hazme una cara decente, que mi nieta dice que en las fotos salgo como si estuviera oliendo vinagre.
Se sentó.
Elena tomó el lápiz.
Y dibujó.
Al principio la mano iba lenta. Luego encontró el camino. La curva de la nariz, los ojos pequeños y vivos, la boca apretada de quien ha regateado en mercados más duros que cualquier tribunal. La señora hablaba mientras Elena dibujaba.
—¿Tú has estudiado esto?
Elena dudó.
—He estudiado Derecho.
La señora abrió los ojos.
—¿Y haces retratos en la calle?
—Hoy sí.
—Pues mira, mejor. Abogados hay muchos. Gente que te dibuje sin sacarte papada, poca.
Maialen se atragantó de risa.
Cuando Elena le entregó el retrato, la señora lo sostuvo con las dos manos.
—Ay, pues soy yo.
Lo dijo con sorpresa, como si no se hubiera visto de verdad en años.
—Pero yo en bonito.
—Usted ya era bonita —dijo Elena.
—No me hagas la pelota, que soy de Bilbao y detecto la exageración a tres calles.
Pero pagó diez euros y se fue contenta, enseñando el dibujo a cualquiera que pasaba.
Después vino un hombre con su perro. Luego una pareja de turistas de Zaragoza. Luego dos adolescentes que querían un retrato “en plan dramático, como si fuéramos portada de disco indie”. Elena dibujó durante horas. No ganó mucho dinero. Ganó algo más peligroso: certeza.
Al atardecer, mientras recogían, encendió el móvil.
Había treinta y siete mensajes.
Leyó solo uno. De su madre.
“¿Podemos hablar cuando estés preparada? No para decirte qué hacer. Para escucharte.”
Elena se quedó mirando la pantalla.
Maialen se acercó.
—¿Todo bien?
—Mi madre.
—¿Qué dice?
Elena le enseñó el mensaje.
Maialen lo leyó.
—Vaya.
—Sí.
—¿Vas a responder?
Elena pensó. Miró sus manos manchadas de grafito. Miró los diez euros doblados en la caja. Miró la plaza, la gente, la tarde.
Escribió:
“Necesito tiempo. Estoy bien. No quiero hablar con aita ahora. Contigo, más adelante.”
Tardó un minuto en enviarlo.
Cuando lo hizo, no sintió alivio total. La vida no funcionaba como una película donde mandas un mensaje y suena música liberadora. Sintió miedo, pena, firmeza. Todo junto. Un potaje emocional.
—¿Y ahora? —preguntó Maialen.
Elena guardó el móvil.
—Ahora seguimos.
Durante las semanas siguientes, Elena empezó a construir una vida pequeña. No gloriosa. No cinematográfica todo el rato. A veces era incómoda, cara y absurda. Buscó habitación en pisos compartidos donde los anuncios decían “ambiente tranquilo” y luego había un chico aprendiendo saxofón. Rechazó uno porque la cocina tenía una humedad que parecía tener derechos de antigüedad. Rechazó otro porque el casero dijo “somos como una familia”, frase que a Elena ya le daba más miedo que cualquier cláusula abusiva.
Finalmente encontró una habitación en un piso cerca de Deusto con dos chicas: Nuria, enfermera, y Paula, diseñadora gráfica. La habitación era pequeña, pero tenía una ventana. Elena colocó allí una mesa, sus cuadernos y una planta que compró por impulso y que sobrevivió contra todo pronóstico.
Trabajaba por las mañanas en una librería, tres días a la semana. Por las tardes hacía retratos, encargos pequeños, ilustraciones para bares, carteles, murales modestos. Un restaurante le pidió dibujar una carta de pintxos con estilo “elegante pero cercano”.
—¿Qué significa eso? —preguntó Elena.
—No sé —respondió el dueño—. Que la gilda parezca buena persona.
Elena dibujó la gilda más noble de Euskadi.
También empezó a subir sus dibujos a redes. Maialen la ayudó con fotos, textos y una biografía que decía: “Pintora en Bilbao. Antes casi abogada. Ahora casi feliz.” Elena protestó.
—No pongas “casi feliz”.
—Es buenísimo.
—Es íntimo.
—Es marketing con alma.
—Qué miedo das.
Los encargos crecieron despacio. Un retrato de una pareja. La fachada de una tienda antigua. Un perro llamado Txurro con mirada de filósofo decepcionado. Una serie de acuarelas de Bilbao bajo la lluvia que se vendió sorprendentemente bien, quizá porque en Bilbao comprar lluvia dibujada es una forma de asumir la identidad.
Un día recibió un correo de Carmen Soler. Su profesora.
“Elena, he visto algunos de tus trabajos. Hay una convocatoria para artistas emergentes en una sala pequeña de Bilbao. Creo que deberías presentarte. Y por cierto: romper un diploma no invalida el expediente. La administración es menos poética que tú.”
Elena se rió sola en la librería.
Se presentó.
Durante el proceso de selección, dudó mil veces. Preparó una serie llamada “Obediencias pequeñas”. Eran dibujos y pinturas de objetos cotidianos convertidos en símbolos: una agenda cerrada con candado, una mesa familiar demasiado grande, una toga colgada como piel ajena, un lápiz escondido dentro de un código civil, una puerta abierta en medio de una habitación sin paredes.
Maialen la ayudó a montar el dossier.
—Esto es fuerte —dijo.
—¿Demasiado?
—No. Fuerte de verdad. No fuerte de “he puesto una silla boca abajo y ahora soy profunda”.
—Eso también tiene su mérito.
—Sí, pero menos alquiler emocional.
La seleccionaron.
La exposición sería pequeña. Una sala en una calle discreta. Nada de alfombras rojas, nada de críticos famosos, nada de champán caro. Vino blanco tibio, vasos de plástico duro y gente hablando demasiado cerca de los cuadros. Para Elena, sin embargo, era enorme.
La noche de la inauguración, estaba tan nerviosa que se puso dos pendientes distintos.
—Es arte —dijo Maialen.
—Es ansiedad.
—El arte y la ansiedad comparten armario.
Ane llevó tortilla. Porque Ane consideraba que ningún evento cultural estaba completo sin posibilidad de pincho. Lucía, Ander y Borja fueron también. Borja apareció con traje.
—¿Por qué vienes vestido como procurador? —preguntó Elena.
—Quería honrar tus dos etapas.
—Pareces un testigo protegido.
—Me vale.
La sala se llenó más de lo esperado. Gente de la librería, compañeros de la universidad, amigos de Maialen, curiosos, un señor que entró creyendo que era una tienda de marcos y se quedó porque “esto está majo”. Elena hablaba, sonreía, explicaba cuadros sin explicarlos demasiado. Cada vez que alguien se detenía frente a una obra y guardaba silencio, ella sentía que una parte escondida de su vida recibía luz.
A mitad de la noche, la puerta se abrió.
Entró Marta.
Sola.
Elena la vio desde el fondo de la sala. Por un instante, todo el ruido se apagó. Su madre llevaba un abrigo claro y el pelo recogido, aunque menos perfecto que antes. Tenía la mirada insegura de quien entra en un país donde no domina el idioma.
Maialen, desde la mesa del vino, se puso en alerta.
—Tranquila —murmuró Ane—. Si hace falta, la reduzco con tortilla.
Marta caminó despacio entre los cuadros. Se detuvo frente a “Mesa para tres”, una pintura de una mesa enorme con tres platos, donde uno de ellos estaba lleno de pinceles rotos. Luego miró “Toga”, “Agenda”, “Puerta”.
Finalmente llegó al retrato pegado: el dibujo de ella dormida, atravesado por la línea de cinta.
Marta se quedó mucho tiempo delante.
Elena se acercó.
—Hola, ama.
Marta no apartó la vista del dibujo.
—No sabía que lo habías guardado.
—Yo tampoco, a veces.
—Me has dibujado cansada.
—Estabas cansada.
—Parecía… buena.
Elena tragó saliva.
—No creo que seas mala.
Marta cerró los ojos un segundo.
—Eso casi duele más.
Se apartaron hacia un rincón menos concurrido. Maialen fingió ordenar vasos a tres metros, con la discreción de una espía con chaqueta amarilla.
—Tu padre no ha venido —dijo Marta.
—Ya lo veo.
—No está preparado.
Elena soltó una risa triste.
—Él nunca está preparado para nada que no haya decidido antes.
Marta aceptó el golpe en silencio.
—He empezado terapia —dijo de pronto.
Elena la miró, sorprendida.
—¿Tú?
—No pongas esa cara. Tampoco he escalado el Everest.
—Perdón.
—La primera sesión llevé notas.
Elena no pudo evitar sonreír.
—Claro.
—La terapeuta me dijo que no era una reunión de presupuesto.
—¿Y qué hiciste?
—Lloré. Mucho. Fue muy poco profesional.
Las dos rieron apenas.
Luego Marta respiró hondo.
—No vengo a pedirte que vuelvas. Ni a decirte que exageraste. Durante semanas quise decirlo, no voy a mentirte. Me repetía que nos habías humillado, que no era justo, que había formas. Siempre hay formas cuando una no quiere mirar el fondo.
Elena escuchó.
—Luego empecé a recordar cosas. Tus dibujos en la nevera. Tus manos manchadas. La cara que ponías cuando hablábamos de Derecho. Y recordé el día del salón.
Su voz se quebró.
—Yo no rompí aquel dibujo, pero dejé que pasara.
Elena sintió que la niña de dieciocho años dentro de ella levantaba la cabeza.
—Sí.
—Lo siento.
No fue una frase grandilocuente. No arregló cinco años. No reconstruyó el papel rasgado ni devolvió noches perdidas. Pero fue real. Torpe, tarde, insuficiente quizá. Real.
Elena notó lágrimas en los ojos.
—Gracias por decirlo.
—No sé si sé ser tu madre de otra manera.
—Tendrás que aprender si quieres estar.
Marta asintió.
—Quiero.
—No será rápido.
—Ya.
—Y no voy a hablar con aita si viene a convencerme de algo.
—Lo sé.
Marta miró alrededor.
—Tus cuadros son preciosos.
Elena sonrió con cansancio.
—No todos buscan ser preciosos.
—No. Algunos buscan decir la verdad.
Elena bajó la mirada.
—Sí.
Marta abrió el bolso y sacó un sobre.
Elena se tensó.
—Ama…
—No es dinero.
Le entregó el sobre. Dentro había una hoja vieja, doblada. Elena la abrió.
Era un dibujo infantil. Un garabato de una casa, tres personas y un sol enorme sobre Bilbao, algo meteorológicamente ambicioso. Abajo, con letras torcidas, ponía: “Mi familia”.
—Lo encontré en una caja —dijo Marta—. No sé por qué lo guardé. Quizá porque antes de querer corregirte, supe admirarte. Se me olvidó.
Elena sostuvo la hoja.
—Gracias.
Marta miró hacia la puerta.
—Me voy. No quiero ocupar tu noche.
—Puedes quedarte un rato.
La madre pareció sorprendida.
—¿Seguro?
—Sí. Pero no digas “esto podría venderse mejor si…” ni “conozco a alguien que…” ni “tu padre piensa…”.
Marta levantó una mano.
—Prometido.
Se quedó.
No fue una reconciliación de película. No hubo abrazo con música ni perdón total. Marta miró los cuadros, habló con Ane, probó tortilla, recibió de Maialen una vigilancia intensa y de Borja una explicación innecesaria sobre la validez jurídica de las disculpas verbales. Pero estuvo. Y no intentó dirigir nada.
Al final de la noche, cuando la sala se vació, Elena se quedó sola frente a “Puerta”. El cuadro mostraba una puerta abierta hacia un espacio blanco. No había camino dibujado. Solo la posibilidad.
Maialen se acercó con dos vasos de vino.
—Has vendido tres obras.
—¿En serio?
—Sí. Una a la señora del perro Txurro, otra a un tipo que decía “interesante” demasiado, y otra a Borja.
—¿Borja ha comprado un cuadro?
—El de la agenda con candado.
—¿Por qué?
Borja apareció detrás.
—Me ha interpelado.
Lucía resopló.
—Ha dicho eso desde que entramos. Está insoportable.
—Es mi primera compra de arte —dijo Borja—. Tengo derecho a ser intenso.
Ander levantó su vaso.
—Por Elena.
—No hagáis brindis —dijo ella.
—Por Elena —repitió Maialen.
Todos levantaron los vasos.
Elena miró a su alrededor. Sus amigos. Sus cuadros. Su madre al fondo, poniéndose el abrigo sin intervenir. La ciudad fuera, probablemente preparando otra lluvia. Sintió una felicidad imperfecta, llena de grietas, pero suya.
—Por las copias administrativas de diplomas rotos —dijo Borja.
Elena se rió.
—Por las salidas de emergencia —añadió Carmen Soler, que apareció con su bufanda roja y una copa en la mano.
Elena la miró.
—Profesora.
—Exprofesora. Ahora soy público.
—Gracias por venir.
—No me lo habría perdido. Además, quería comprobar si pintabas tan bien como escribías entre líneas.
—¿Y?
Carmen observó los cuadros.
—Pintas mejor cuando no pides permiso.
Elena sintió que aquella frase encontraba sitio dentro de ella.
Más tarde, al cerrar la sala, salió a la calle con Maialen. La noche estaba fresca. Las luces de Bilbao se reflejaban en el suelo húmedo. Porque, naturalmente, había vuelto a llover un poco. No mucho. Lo justo para que la ciudad no perdiera costumbre.
Caminaron sin paraguas.
—Te vas a mojar —dijo Maialen.
—Ya.
—Antes odiabas mojarte.
—Antes odiaba muchas cosas equivocadas.
Pasaron junto a un escaparate oscuro. Elena vio su reflejo: pelo algo despeinado, vestido manchado de pintura, ojeras, sonrisa pequeña. No parecía una abogada perfecta. No parecía una hija ejemplar. No parecía una vengadora cruel.
Parecía Elena.
El móvil vibró.
Un mensaje de Marta:
“Gracias por dejarme quedarme. Me ha gustado mucho el cuadro de la puerta.”
Elena respondió:
“Es mi favorito.”
Dudó y añadió:
“Podemos tomar café la semana que viene.”
Envió.
No esperaba milagros. Ya no creía en los cambios repentinos ni en los finales cerrados. Su padre seguía siendo una herida sin conversación. Su madre era una puerta entreabierta. Su carrera de artista era incierta, llena de facturas, rechazos y días en los que quizá se preguntaría si había hecho una locura.
Pero al mirar sus manos manchadas, entendió algo sencillo.
La libertad no siempre llega como una fiesta. A veces llega como una habitación pequeña con una mesa junto a la ventana. Como diez euros por un retrato. Como una madre aprendiendo a pedir perdón. Como amigos que hacen bromas para que no te caigas. Como una ciudad gris que, de vez en cuando, deja pasar la luz.
Maialen le dio un codazo.
—¿En qué piensas?
Elena sonrió.
—En que mañana tengo que pintar.
—¿Algo importante?
—Sí.
—¿Qué?
Elena miró la calle mojada, los semáforos, las fachadas, una pareja bajo un paraguas, un taxi pasando lento, Bilbao entero respirando alrededor.
—Lo que me dé la gana.
Maialen sonrió.
—Eso suena a obra maestra.
Y siguieron caminando bajo el sirimiri, sin prisa, sin público, sin diploma, sin permiso. Solo dos amigas bajando por una calle de Bilbao, riéndose de algo tonto que ya nadie recordaría al día siguiente, mientras Elena llevaba bajo el brazo una carpeta llena de dibujos y, por primera vez en mucho tiempo, no sentía que escondiera nada.