Posted in

Niña sirvienta CASTIGADA sin piedad por domar al caballo salvaje HUMILLA a su ama y ENCUENTRA la libertad con un noble

Niña sirvienta CASTIGADA sin piedad por domar al caballo salvaje HUMILLA a su ama y ENCUENTRA la libertad con un noble

PARTE 1

En el cortijo de Santa Brígida, en plena campiña andaluza, los caballos dormían sobre paja limpia, bebían agua fresca de bebederos de piedra y tenían más cuidados que un señorito con gripe. A los pura sangre les cepillaban la crin, les limpiaban los cascos, les hablaban en voz baja y les ponían mantas bordadas con sus nombres. A Lola, en cambio, le daban un cubo, una pala y un “date prisa, niña”, que en aquella casa era casi una oración familiar.

Lola había llegado al cortijo siendo pequeña, tan pequeña que todavía confundía los relinchos con canciones. Su madre había trabajado allí en las cuadras hasta que una fiebre se la llevó una primavera de esas que huelen a azahar y a tierra mojada. Del padre no se sabía gran cosa. Unos decían que se había ido a Málaga, otros que embarcó en Cádiz, y Jacinta, la cocinera, que tenía opinión para todo y una lengua más afilada que cuchillo de matanza, decía siempre:

—Cuando un hombre desaparece sin despedirse, niña, no se ha perdido. Se ha quitado de en medio con mucha comodidad.

Lola no preguntaba demasiado. Aprendió pronto que en Santa Brígida las preguntas eran como las botas embarradas: molestaban en los salones.

La dueña del cortijo, doña Remedios de la Torre, se quedó con ella porque quedaba muy bien en misa decir que una protegía a una huérfana. Lo decía con los ojos húmedos, la mantilla bien puesta y una mano en el pecho, mientras las señoras del pueblo murmuraban “qué corazón tan grande”. Luego llegaba a casa, se quitaba los guantes y decía:

—Lola, las cuadras de los potros están hechas un asco. Y no quiero olores antes de la visita del veterinario.

Así era doña Remedios: caritativa de puertas hacia fuera y calculadora de puertas hacia dentro. Tenía un moño perfecto, vestidos oscuros, una colección de abanicos antiguos y una manera de mirar a los empleados como si fueran muebles que a veces respiraban demasiado fuerte.

La casa principal del cortijo parecía sacada de una postal: paredes encaladas, patios con geranios, azulejos sevillanos, columnas, fuentes pequeñas y un balcón desde donde se veía la pista de doma. Todo era belleza, orden y apellido. Pero detrás de esa postal estaban las cuadras, el sudor, los cubos, la paja mojada, el barro y las manos de Lola.

A los ocho años ya limpiaba pesebres. A los diez sabía preparar una montura mejor que algunos mozos. A los doce podía distinguir si un caballo estaba inquieto por hambre, miedo, dolor o por pura antipatía, que también los caballos, como los vecinos, tienen sus días de no aguantar a nadie.

—Esta chiquilla escucha a los animales —decía Paco, el capataz.

Paco era un hombre grande, moreno, con bigote espeso y paciencia corta. Había nacido con cara de estar regañando a alguien, incluso cuando dormía. Pero a Lola le tenía cariño, aunque lo escondía como quien guarda dinero bajo el colchón.

—No los escucho —respondía ella, limpiándose las manos en el delantal—. Solo me fijo.

—Pues fíjate menos, que me das miedo. Ayer el caballo de don Evaristo no dejaba que nadie le tocara la pata y llegaste tú, le dijiste dos cosas al oído y se quedó más tranquilo que un jubilado en Benidorm.

—No le dije dos cosas. Le dije que no pasaba nada.

—Eso mismo le digo yo a mi mujer cuando llego tarde y no funciona.

Jacinta, que pasaba por allí con una bandeja de pan, soltaba una carcajada.

—Porque tu mujer es más lista que el caballo, Paco. Y bastante más peligrosa.

Read More