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My neighbor swore that heartbreaking screams were heard in my house and I thought they were pure gossip, until I hid under my own bed, I heard my daughter pleading: “Please, that’s enough!” “and I found out that the hell I was living was because of me

My neighbor swore that heartbreaking screams were heard in my house and I thought they were pure gossip, until I hid under my own bed, I heard my daughter pleading: “Please, that’s enough!” “and I found out that the hell I was living was because of me

PARTE 1: La Mari y el veneno del chismorreo

Todo empezó un martes de bochorno, de esos en los que el aire no corre ni aunque le pagues un billete de AVE. Yo subía del súper con dos bolsas de la compra que me estaban cortando la circulación de los dedos —porque antes me dejo un brazo que pagar cinco céntimos por una bolsa de plástico, eso lo tenemos todos claro— cuando me interceptó la Mari.

La Mari no es una vecina, es una institución. Es la presidenta de la comunidad, la jefa de inteligencia del barrio y la única persona capaz de saber que te has comprado una freidora de aire antes incluso de que la saques de la caja. Estaba allí, apostada en el descansillo del segundo como un francotirador en una película de guerra, armada con una bayeta y un bote de Pronto.

—Paco, hijo, qué mala cara traes —me soltó sin anestesia, mientras me bloqueaba el paso con una agilidad impropia de alguien que dice tener la rodilla “a la virulé”.

—Es el calor, Mari. Y que el kilo de tomates está a precio de lingote de oro. Déjame pasar, que traigo los yogures a punto de convertirse en kéfir.

Pero la Mari no se movió. Me miró de arriba abajo, bajó la voz y se acercó tanto que pude oler el caramelo de menta que estaba perpetuando en su boca.

—Paco, no me vengas con los tomates. Aquí pasa algo. En tu casa se oyen cosas. Y no me refiero a la tele alta, que ya sabemos que te gusta poner el telediario como si estuvieras en el cine. Me refiero a gritos, Paco. Gritos de esos que te ponen los pelos como escarpias. De esos que parece que están degollando a un gorrino, pero con más sentimiento.

Me eché a reír. La Mari tiene mucha imaginación. El año pasado juró que el del quinto era espía ruso porque compraba mucho vodka y no hablaba con nadie, y resultó ser un chaval de Cuenca que teletrabajaba para una empresa de software y tenía una úlcera de estómago.

—Mari, por favor. En mi casa solo vive Lucía y yo. Mi hija se pasa el día con los cascos puestos, absorta en ese mundo de los colorines del móvil, y yo lo máximo que grito es cuando se me cae el mando a distancia debajo del sofá. Estarás oyendo a los del cuarto, que tienen tres niños que parecen sacados de una película de exorcismos.

—Que no, Paco. Que soy yo la que vive debajo. Que se oyen encima de mi dormitorio. Unos lamentos, unos “¡ay de mí!”, unas súplicas que se te parte el alma. El otro día, sin ir más lejos, a las tres de la mañana, oí una voz que decía: “¡Basta ya, por lo que más quieras, no puedo más!”. Y luego un golpe seco. Me tuve que tomar un Orfidal para que se me pasara el susto.

Me quedé un momento pensativo. ¿A las tres de la mañana? A esa hora yo suelo estar roncando como un oso con apnea. Lucía es una chica de diecinueve años, responsable, un poco retraída, sí, pero nunca ha dado un problema. ¿Gritos de auxilio? ¿En mi casa?

—Mari, tú lo que necesitas es ponerte el aire acondicionado, que el calor te está licuando las ideas. Lucía duerme como un tronco y yo también. Serán las cañerías, que este edificio tiene más años que el hilo negro y cuando corre el agua parece que se quejan las ánimas del purgatorio.

Subí al tercero, un poco mosqueado, pero convencido de que la Mari solo buscaba tema de conversación para el próximo pleno de la comunidad. Abrí la puerta y me recibió el silencio habitual. Lucía estaba en su cuarto, con la puerta cerrada, como siempre. Dejé la compra, me puse cómodo y me serví un vaso de agua fría.

Sin embargo, las palabras de la Mari se me quedaron dando vueltas en la cabeza como una mosca cojonera. “¿Basta ya, por lo que más quieras?”. Qué frase más dramática. Ni que estuviéramos en una novela de Corín Tellado. Decidí que esa noche, antes de acostarme, hablaría con Lucía. Quizás estaba viendo películas de terror a todo volumen o, no sé, quizás tenía alguna movida de esas raras de los jóvenes, que ahora se graban haciendo cosas extrañas para el TikTok.

A la hora de la cena, Lucía salió de su habitación. Estaba pálida, con unas ojeras que le llegaban a la barbilla y ese aire de cansancio existencial que tienen los de su generación cuando les pides que pongan el lavavajillas.

—¿Qué tal el día, hija? —le pregunté, intentando sonar casual mientras pinchaba una rodaja de merluza.

—Bien, papá. Cansada. Mucho estudio —contestó ella, sin levantar la vista del plato.

—Oye, Lucía… me ha dicho la Mari, la del segundo, que se oyen ruidos por la noche. Dice que oye gritos. Yo le he dicho que está loca, claro, pero por si acaso… ¿tú has oído algo? ¿O es que te dejas la ventana abierta y se cuelan los ruidos de la calle?

Lucía se quedó congelada, con el tenedor a medio camino. Me miró un segundo con una expresión que no supe descifrar. ¿Miedo? ¿Culpa? ¿Ganas de mandarme a paseo? Luego, bajó la cabeza y siguió comiendo.

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