Mujer rica se viste con harapos en un mercado de Bilbao buscando esposa para su hijo y la chica más hermosa llama a la POLICÍA para echarla
PARTE 1: La marquesa de los bajos fondos
Si a doña Begoña Urrutia y Zubizarreta le hubieran dicho hace diez años que acabaría frotando un jersey de cachemira de mil quinientos euros contra la rueda de su Mercedes para llenarlo de grasa, habría despedido a su psiquiatra por incompetente. Pero la desesperación de una madre vasca con un hijo soltero y con el corazón demasiado blando puede llevar a extremos insospechados. Begoña, viuda del mayor naviero de Bilbao, matriarca de una fortuna que mareaba al propio banco, y residente en una de esas mansiones de Neguri que tienen más metros cuadrados de jardín que todo el casco viejo junto, tenía una misión. Y cuando una mujer de Bilbao tiene una misión, que se quite la OTAN.
—Señora, por el amor de Dios, que me va a dar un parraque —se lamentaba Concha, la ama de llaves que llevaba en la familia desde que Franco era corneta. Concha observaba horrorizada cómo su jefa, una mujer que habitualmente olía a Chanel Nº5 y a dinero antiguo, se embadurnaba la cara con un corcho quemado.
—Calla, Concha, y pásame esa chaqueta de pana. La que usaba el difunto don Javier para ir a cazar setas en el ochenta y dos. La que está apolillada.
—Señora, esa chaqueta huele a naftalina y a perro mojado. ¿No podemos buscarle una novia al señorito Gorka de otra manera? ¿Qué hay de las hijas de los de Ibarra? Son chicas estupendas, juegan al pádel, van a misa…
Begoña soltó el corcho quemado y se miró en el espejo veneciano de su vestidor. El contraste era grotesco. Llevaba unos pantalones de chándal gris con rodilleras dadas de sí, unas zapatillas que había rescatado del contenedor de la obra de la calle de al lado, y una blusa que parecía haber sobrevivido a tres guerras carlistas.
—Las hijas de los de Ibarra son unas víboras de cuidado, Concha —sentenció Begoña, ajustándose un gorro de lana calado hasta las cejas—. A la mayor la pillé mirando los cuadros de Goya del salón y calculando a cuánto salía la pincelada en Sotheby’s. Gorka es un pan bendito. Es ingeniero naval, sí, tiene dos másteres, también, pero en cosas del querer es más simple que el mecanismo de un chupete. Se me enamora de cualquiera que le ponga ojitos y le diga que qué bien le sienta el polo de Ralph Lauren.
Y era verdad. Gorka, a sus treinta y dos años, era un sol de muchacho. Alto, de espaldas anchas, con esa nobleza en la mirada típica de quien nunca ha tenido que pelear por llegar a fin de mes, pero con una alarmante falta de radar para las cazafortunas. Ya había tenido tres novias en los últimos cuatro años. La primera lo dejó cuando descubrió que la cuenta de Suiza estaba a nombre de la madre; la segunda le intentó convencer de invertir dos millones de euros en una “startup de yoga para perros” en Marbella; y la tercera, bueno, la tercera directamente se fugó con el instructor de esquí de Baqueira llevándose el reloj de pedida.
Begoña no iba a permitir un cuarto fracaso. Quería una mujer de verdad para su hijo. Alguien que no viera el apellido Urrutia como un cajero automático sin PIN. Una mujer con empatía, con alma, con lo que en Bilbao se llama “fundamento”. Y había decidido que la única manera de encontrar oro puro era buscando en el barro. O, en su defecto, disfrazándose de barro ella misma.
—El plan es perfecto, Concha. El cuento de la Cenicienta pero al revés. Voy a ir al Mercado de la Ribera. Allí va todo el mundo. Las de Indautxu a por el pescado fresco y las de los barrios obreros a por la oferta de la carne. Me sentaré allí, como una pobre mendiga, y observaré. Le pediré ayuda a las chicas jóvenes. La que me trate con dignidad, la que me mire a los ojos y no como si fuera un saco de pulgas, esa… esa será la elegida para mi Gorka. Luego ya me encargaré yo de presentarlos “por casualidad”.
Concha se persignó.
—Usted está loca, doña Begoña. Loca de atar. Si la ve alguien de la junta del club marítimo, la expulsan.
—Si me ve alguien del club marítimo con estas pintas y me reconoce, es que estoy haciendo mal mi trabajo —replicó Begoña, dándose un último toque de ceniza en la mejilla—. Llama a Iñaki. Que traiga el coche. Pero no el Bentley. Que saque la furgoneta de reparto del servicio, esa blanca que tiene un bollo en la puerta. Y que me deje a dos manzanas del mercado. No vaya a ser que me bajen del asiento de cuero con chófer uniformado y se me joda el teatro.
El viaje en la furgoneta fue un poema. Iñaki, el chófer, miraba por el retrovisor de reojo, sudando frío y rezando para que no los parara un control de la Ertzaintza. Su jefa iba en la parte de atrás, sentada sobre una caja de patatas vacía para “meterse en el papel”, murmurando frases de pedigüeña para ensayar el acento.
—”Una limosnita por la Virgen de Begoña, hermosa… que Dios te lo pague con un buen marido… un eurito para un café caliente…” ¿Qué tal suena, Iñaki? ¿Suena a que llevo tres días sin comer?
—Suena a que necesita usted un Lorazepam, señora —murmuró el chófer, que gozaba de la confianza que dan treinta años de servicio.
Aparcaron cerca de San Antón. La mañana en Bilbao había amanecido plomiza, con ese sirimiri tradicional que te cala los huesos sin que te des cuenta. Era el día perfecto para dar pena. Begoña se bajó de la furgoneta, sintiendo el frío asfalto húmedo a través de la fina suela de sus zapatillas rescatadas de la basura. El puente de San Antón se erguía ante ella, y a su derecha, el majestuoso edificio del Mercado de la Ribera, un mastodonte de cristal y hormigón junto a la ría, latiendo con el ruido de cientos de voces, olores a salitre, bacalao, pimientos choriceros y café recién hecho.
Begoña arrastró los pies deliberadamente. Ensayó una ligera cojera en la pierna izquierda, encorvó la espalda imitando a su tía abuela Remedios cuando le daba la lumbalgia, y cruzó la calle. La transformación era total. Ya no era la mujer que decidía los destinos de quinientos trabajadores de los astilleros. Era una sombra gris en los márgenes de la sociedad. Una vieja invisible.
Y así comenzó su experimento.
PARTE 2: El teatro de la Ribera y la aparición del cisne
El Mercado de la Ribera es un ecosistema propio, un microcosmos de la sociedad bilbaína donde se mezcla el humo de los bares de pintxos con los gritos de los pescaderos ofreciendo la merluza de pincho y el bonito del norte. Begoña encontró su base de operaciones estratégica cerca de las escaleras mecánicas que conectan la planta de pescadería con la de carnicería. Era un cuello de botella; todo el mundo tenía que pasar por allí.
Se sentó en un peldaño de piedra frío, encogió las rodillas y se echó la chaqueta de pana apolillada por encima de los hombros. Sacó un vaso de plástico de yogur, previamente lavado pero convenientemente arrugado, y lo puso delante de ella.
El primer impacto con la realidad no tardó en llegar. La invisibilidad duele. Begoña estaba acostumbrada a que la gente se apartara a su paso, sí, pero por respeto o temor. Ahora la gente se apartaba por asco. Las miradas esquivas, los pasos acelerados, las madres que tiraban de la mano de sus hijos acercándolos a su cadera como si ella fuera a contagiarles la lepra.
—”Una monedita para un caldo caliente, por favor, muchacha…” —ensayó Begoña con una joven que pasaba, una chica rubia con auriculares y mirada clavada en la pantalla de su móvil. La chica ni siquiera parpadeó; pasó a su lado dejándole un rastro de perfume a vainilla barata y la ignoró olímpicamente.
“Punto negativo para la juventud actual”, anotó mentalmente Begoña. “A esta no le presento a Gorka ni aunque sea la última mujer en la Tierra”.
Las horas pasaban. El frío empezaba a ser real y no fingido. A media mañana, una señora mayor, de esas que llevan el carro de la compra de cuadros y un pañuelo en la cabeza, se detuvo, hurgó en su monedero y le dejó cincuenta céntimos en el vaso de yogur.
—Toma, hija. Abrígate que hace un relente que pela —le dijo con voz ronca y amable.

Begoña sintió un nudo en la garganta genuino. La bondad existía, pero ella no buscaba a una señora de setenta años para su hijo. Necesitaba una mujer joven.
Sobre las doce del mediodía, el mercado alcanzó su pico de ebullición. Y entonces, la vio.
Bajando por las escaleras mecánicas, como si en lugar de peldaños metálicos fuera la alfombra roja de los Oscar, descendía una aparición. Era una chica espectacular. De unos veintiocho años, alta, con una melena castaña brillante que caía en cascadas perfectas sobre un abrigo de lana color camel que Begoña reconoció instantáneamente como un Max Mara de la nueva temporada. Llevaba unos vaqueros ajustados que realzaban unas piernas interminables, botines de piel de diseño, y un bolso de Gucci colgando del antebrazo con esa calculada dejadez de quien quiere fingir que no le importa llevar tres mil euros colgados de la muñeca. Su rostro era de revista: pómulos altos, ojos grandes y oscuros, labios carnosos pintados de un rojo sutil.
Iba acompañada de otra chica, más bajita y menos vistosa, que parecía orbitar a su alrededor como un satélite complaciente.
—…y entonces le dije, tía, o sea, yo no me voy a ir de fin de semana a una casa rural a ver vacas —decía la chica hermosa, con una voz que, lamentablemente, tenía ese timbre agudo y nasal tan característico de las pijísimas de manual—. Le dije a Borja que o me llevaba a Formigal a esquiar, o que se olvidara. O sea, un respeto. Que no me paso yo tres horas en la peluquería para acabar oliendo a establo.
Begoña afiló los oídos. Físicamente, la chica era todo lo que Gorka solía mirar. Era exactamente el tipo de su hijo: despampanante, elegante y con pinta de requerir mantenimiento de alto coste.
“Vamos a probar a la princesa”, pensó Begoña.
Esperó el momento exacto. Cuando la chica hermosa y su amiga satélite llegaron al pie de la escalera y se detuvieron un segundo para decidir si iban a los puestos de verduras o a la salida, Begoña se levantó lentamente. Fingió un pequeño traspiés, lo justo para acercarse al espacio personal de la chica, extendiendo su mano temblorosa y sucia (cortesía de la rueda del Mercedes).
—Perdone, señorita tan guapa… —empezó Begoña, poniendo voz de abuela desvalida—. ¿Me podría ayudar con una moneda para un trozo de pan? Llevo desde ayer sin meter nada caliente en el estómago y me mareo…
El contacto no fue físico, Begoña se cuidó mucho de no rozarla, pero la mera presencia de aquella señora encorvada, maloliente a naftalina y vestida de trapos junto al abrigo de Max Mara fue suficiente para desatar el apocalipsis.
La reacción de la chica hermosa fue tan desproporcionada que pareció que Begoña le acababa de arrojar ácido sulfúrico. Dio un respingo hacia atrás, perdiendo el equilibrio en sus botines de tacón, y soltó un chillido que acalló de golpe los gritos de los pescaderos cercanos.
—¡Ay, por Dios! ¡Pero qué asco! ¡Apártate de mí! —gritó la chica, llevándose la mano libre (la que no sostenía el bolso de Gucci) a la nariz, frunciendo su perfecto rostro en una mueca de repugnancia absoluta, revelando una fealdad interior que contrastaba brutalmente con su simetría facial.
—Solo le pedía una ayudita, hija… —insistió Begoña, manteniendo el papel, aunque por dentro la sangre le estaba empezando a hervir de pura indignación.
—¡Que no me llames hija, joder! ¡Hueles a muerto! —bramó la chica, retrocediendo otro paso—. ¡Tía, es que no se puede ni venir a comprar al puto mercado! ¡Está lleno de gentuza! ¡Que me va a pegar piojos o algo peor!
La amiga satélite, nerviosa, intentaba calmarla. —Tranquila, Lorea, déjala, vámonos…
—¡No me da la gana de irme! —estalló Lorea (así se llamaba la princesa de hielo)—. Yo pago mis putos impuestos para que esta ciudad esté limpia. ¡Esto es indignante! ¡O sea, me acaba de arruinar el día!
Begoña, interpretando el papel de su vida, se encogió más sobre sí misma. —No quería molestar a la señorita… me voy, perdone usted…
Pero la ira de Lorea, alimentada por la atención que estaban atrayendo de los curiosos, necesitaba un cierre dramático. Sacó un iPhone último modelo de su bolsillo con manos temblorosas de pura histeria pija.
—¡No, no te vas a ninguna parte! ¡Estoy harta de que el ayuntamiento no haga nada con las vagabundas estas! ¡Llamo a la policía ahora mismo!
Y lo hizo. Ante los ojos atónitos de Begoña (que secretamente aplaudía la escalada dramática de los acontecimientos), Lorea marcó el 112 con furia.
—¿Hola? ¿Emergencias? Sí, mire, o sea, estoy en el Mercado de la Ribera. Abajo, por la pescadería. Sí, hay una vagabunda acosando a la gente. ¡Me ha intentado atacar! —mintió descaradamente, haciendo que Begoña levantara una ceja tiznada de ceniza bajo su gorro de lana—. ¡Sí, está agresiva y huele fatal! ¡Manden a una patrulla inmediatamente, esto es inaceptable!
La suerte estaba echada. El teatro había pasado a la fase de acción real. Y Begoña, la matriarca de Neguri, la mujer que cenaba con ministros y dictaba el precio del acero, se dispuso a esperar la llegada de la autoridad.
PARTE 3: La llegada de los forales y el inicio del fin
El tiempo que transcurrió entre la llamada de Lorea y la aparición de la policía pareció dilatarse en el ambiente denso y húmedo del mercado. Alrededor de la escena, se había formado el clásico corrillo de mirones bilbaínos. Algunos murmuraban reprobando la actitud histérica de la joven del abrigo caro, mientras que otros, más cautelosos o clasistas, miraban a Begoña con recelo, como si realmente fuera una amenaza a la seguridad pública que escondía una navaja suiza entre las mallas dadas de sí.
Lorea no paraba de dar vueltas sobre sus tacones, abanicándose con la mano, indignadísima, contándole a su amiga —y a cualquiera que estuviera a menos de cinco metros— lo intolerable de la situación.
—O sea, es que es muy fuerte, tía. Vengo a comprar unas cocochas de encargo para la cena que da mi padre esta noche, que vienen unos socios de Madrid, y tengo que aguantar que una… una pordiosera se me tire encima. Mira mi abrigo. ¡Míralo! Siento que tengo que llevarlo a la tintorería solo por la vibración del aire que me ha echado encima esta señora.
Begoña, sentada en su peldaño, mantenía la mirada baja, pero por debajo del flequillo de lana apolillada, sus ojos grises como la ría escudriñaban cada gesto, cada inflexión de voz de la muchacha. “Qué monstruo de niña”, pensaba Begoña. “Físicamente es un Ferrari, pero por dentro tiene el motor de un tractor gripado. Pobre del desgraciado que acabe casado con esto. Mi Gorka no. Por encima de mi cadáver”.
A los cinco minutos, dos agentes de la Ertzaintza aparecieron bajando las escaleras con paso firme. Vestían sus característicos uniformes rojinegros y boinas (txapelas). Al ver los uniformes, Lorea se iluminó y corrió hacia ellos como si acabaran de liberar París.
—¡Por fin, agentes! ¡Por fin! ¡Soy yo la que ha llamado! —exclamó Lorea, señalando a Begoña con un dedo largo y manicurado—. ¡Ahí la tienen! ¡Llévensela!
El agente mayor, un hombre recio con bigote gris y pinta de tener mucha paciencia gastada, miró la escena: una chica vestida de catálogo de lujo gritando, y una ancianita encogida en las escaleras que parecía no pesar más de cuarenta kilos.
—Tranquilícese, señorita —dijo el agente con voz pausada—. A ver, ¿qué ha pasado exactamente? ¿Dice usted que esta señora la ha agredido?
—¡Totalmente! Bueno, o sea, se me ha acercado de forma súper intimidante. Me ha cortado el paso. Me ha pedido dinero en plan agresivo, ¿sabes? Y mira qué pintas, por favor. Esto es un espacio público, no un albergue. La gente de bien no tenemos por qué soportar esto.
El agente suspiró, acercándose a Begoña. Begoña sabía que tenía que mantener el personaje un poco más, justo hasta el punto de ebullición máximo.
—Aupa, amama (abuela) —le dijo el ertzaina en un tono sorprendentemente suave, agachándose a su altura—. ¿Estás bien? ¿Tienes algún sitio donde dormir? No puedes estar aquí molestando a los clientes del mercado.
—Yo no molestaba a nadie, señor guardia —gimió Begoña, temblando—. Solo le pedí a la señorita para un café. Un cafecito caliente. No la he tocado. Lo juro por la Virgen.
—¡Miente! —chilló Lorea—. ¡Me iba a robar el bolso seguro! ¡Mírala, si tiene pinta de delincuente! ¡Agentes, exijo que le pidan la documentación y la echen de aquí ahora mismo o pongo una queja en comisaría! Mi padre conoce al concejal de seguridad, se lo advierto.
Ese fue el error táctico de Lorea. A la Ertzaintza no le gusta que le amenacen con concejales, y menos una cría malcriada con ínfulas. El agente del bigote endureció el gesto, miró a Lorea de arriba abajo y luego se volvió de nuevo hacia Begoña.
—Señora, por protocolo, tengo que pedirle la identificación. ¿Lleva usted DNI?
Begoña sabía que este era el clímax de su obra de teatro. El momento en el que el telón debía caer para revelar la maquinaria escénica. Se hizo un silencio denso en el corrillo de curiosos. Lorea sonreía con suficiencia, cruzada de brazos, esperando ver cómo se llevaban arrastrada a la indigente.
Begoña tosió un par de veces, se enderezó lentamente, abandonando la postura encorvada. Para sorpresa de todos, de repente parecía unos cinco centímetros más alta. Metió su mano manchada de ceniza por el cuello de la chaqueta apolillada, rebuscó en un bolsillo interior cosido a propósito por Concha, y sacó una cartera. No era una cartera roñosa. Era una billetera de piel de cocodrilo de Hermès, que brilló bajo las luces fluorescentes del mercado con la obscenidad propia de un objeto de dos mil euros.
Lorea frunció el ceño. El agente parpadeó.
Begoña abrió la billetera y sacó su DNI con dos dedos elegantes, entregándoselo al policía.
El agente cogió el carnet de plástico, lo miró, leyó el nombre. Levantó la vista hacia la señora sucia. Volvió a mirar el carnet. La dirección: Avenida de Zugazarte, Neguri. Nombre: María Begoña Urrutia y Zubizarreta.
El color abandonó el rostro del policía. En Bilbao, había tres tipos de poder: el político, el del Athletic Club, y el de las familias navieras de Neguri. Y Begoña Urrutia era la reina madre de esta última categoría.
—¿Doña… Doña Begoña Urrutia? —tartamudeó el agente, dándose cuenta de que la “mendiga” a la que estaba interrogando era probablemente la dueña de la mitad de los edificios comerciales de la Gran Vía y la viuda del hombre que financiaba los torneos benéficos de la propia policía autonómica.
Lorea soltó una carcajada nasal, sin entender nada.
—O sea, qué fuerte, agentes. Ahora resulta que la vagabunda roba carteras a gente importante. ¡Les dije que era una delincuente! ¡Mírenle la cara, por favor!
Begoña se quitó el gorro de lana de un tirón. Su cabello cano, perfectamente peinado en un recogido impecable a pesar del gorro, quedó a la vista. Sacó un pañuelo de seda limpia de otro bolsillo y, con calma pasmosa, se limpió la mancha negra de corcho quemado de la mejilla, dejando al descubierto el cutis cuidado a base de cremas suizas de una mujer de la alta sociedad.
El aura de poder y autoridad que de repente emanó de ella fue tan palpable que la gente del corrillo dio instintivamente un paso atrás.
—No he robado nada, niñata malcriada —dijo Begoña, y su voz ya no era el quejido agudo de una anciana desvalida, sino el tono grave, rotundo y autoritario de una mujer acostumbrada a mandar en salas de juntas llenas de hombres con traje—. Soy Begoña Urrutia. Y este es mi mercado. Literalmente. El cincuenta por ciento del suelo de este pabellón pertenece a Inversiones Urrutia S.A.
El silencio en la sección de pescadería fue tan absoluto que se podría haber oído caer una escama de merluza.
PARTE 4: La lección de la matriarca y el epílogo del besugo
Lorea se quedó petrificada. Su mente de diseño intentaba procesar la información, pero los engranajes chirriaban. La boca, pintada de rojo sutil, se le quedó entreabierta, en una expresión que de repente la hacía parecer bastante menos guapa y mucho más estúpida.

—¿Qué… qué broma es esta? —balbuceó Lorea, mirando a los agentes, buscando que ellos desmintieran la locura que acababa de escuchar.
Pero el agente del bigote estaba demasiado ocupado cuadrándose disimuladamente y devolviéndole el DNI a doña Begoña con una reverencia casi cómica.
—Mis disculpas, doña Begoña. No… no la habíamos reconocido con ese… atuendo. ¿Está usted bien? ¿Necesita que avisemos a seguridad privada o a su chófer?
—Mi chófer está fuera, agente, muchas gracias —respondió Begoña, alisándose la asquerosa chaqueta de pana con la misma dignidad que si llevara un visón—. Y usted no tiene por qué disculparse. Estaba haciendo su trabajo maravillosamente. Acudir a proteger a una ciudadana de una “amenaza” inminente.
Begoña se giró lentamente hacia Lorea. La joven pija tragó saliva. La amiga satélite ya había dado tres pasos hacia atrás, desvinculándose físicamente del inminente choque de trenes.
—En cuanto a ti, chavalita —empezó Begoña, acercándose un paso a Lorea. Esta vez, Lorea no retrocedió por asco, sino por puro pánico. Begoña la miró de arriba abajo, escrutándola como si fuera mercancía defectuosa—. Eres muy guapa. Tienes una cara preciosa. Un abrigo estupendo. Y apostaría a que pasas tres horas en el gimnasio moldeando ese cuerpo para que te queden bien los vaqueros. Pero por dentro… —Begoña chasqueó la lengua con decepción—. Por dentro estás más podrida que un pescado olvidado una semana al sol.
—Oiga, usted no puede hablarme así, mi padre es… —intentó defenderse Lorea, recuperando un ápice de su arrogancia, pero la voz le temblaba.
—Me importa un pimiento quién sea tu padre —la cortó Begoña en seco, elevando el tono lo justo para que resonara en todo el piso inferior—. He venido hoy aquí con esta facha porque tengo un hijo extraordinario, trabajador, honrado y forrado de millones. Y quería buscarle una mujer. Una mujer de verdad. Creía que a lo mejor, bajo tanta tontería moderna, la belleza exterior podría venir acompañada de algo de empatía. Quería ver cómo trataban a alguien que no es nada, que no tiene nada.
Begoña paseó la mirada por el corrillo de gente, deteniéndose un segundo en la chica rubia de los auriculares que la había ignorado, y luego volviendo a clavar sus ojos de acero en Lorea.
—Y mírate. Ante una persona que tú creías inferior, indefensa y necesitada, tu única reacción ha sido el asco, la humillación, el insulto y llamar a la policía para que barrieran “la basura” de tu camino, porque tu vista es demasiado fina para contemplar la pobreza. Eres el tipo de mujer que arruina a los hombres buenos, porque solo te quieres a ti misma y a la marca de tu bolso.
La humillación de Lorea era absoluta, pública y demoledora. Su rostro pasó de pálido a un rojo escarlata rabioso. Quiso articular palabra, pero no le salió ninguna. Agarró su bolso de Gucci con fuerza, dio media vuelta y salió disparada hacia las escaleras mecánicas, empujando a un par de señoras en su huida, con los tacones repiqueteando a toda prisa, mientras su amiga corría detrás de ella gritando “¡Lorea, tía, espérame!”.
Begoña suspiró, sacudiendo un poco el polvo de sus rodilleras de chándal. La tensión del ambiente se rompió cuando un pescadero, desde su puesto, empezó a aplaudir lentamente. Pronto, medio mercado se unió al aplauso. Los bilbaínos aprecian una buena lección de humildad casi tanto como un buen chuletón.
Begoña hizo un leve gesto con la mano, restándole importancia, y miró al agente.
—Siento haberles hecho perder el tiempo, señores. Que tengan un buen servicio.
En ese momento, Begoña notó un tirón en la manga de su blusa rota. Se giró y vio a una chica joven, con un delantal azul manchado de sangre de pescado y escamas, que llevaba un par de botas de agua blancas. Era una de las dependientas del puesto de al lado. No era espectacularmente hermosa como Lorea; tenía el pelo recogido en una coleta desordenada bajo una redecilla, pecas en la nariz y las manos rojas por el frío y el agua helada del hielo de las cajas de pescado.
—Señora —le dijo la chica del delantal, extendiendo una mano que sostenía un termo de acero inoxidable—, antes, cuando estaba usted sentada y esa… esa estúpida le ha empezado a gritar, le estaba preparando esto. Pensé que de verdad tenía frío. Es caldo de pescado. Está muy caliente. Cuidado que quema.
Begoña miró el termo, luego miró las manos rojas y trabajadoras de la chica, y finalmente le miró a los ojos. Eran ojos marrones, limpios, directos y llenos de una calidez genuina.
—¿Cómo te llamas, hija? —preguntó Begoña, sintiendo cómo, por primera vez en todo el día, su sonrisa era real y no de teatro.
—Maite, señora.
—Maite… —Begoña cogió el termo, sintiendo el calor reconfortante a través del metal—. Dime una cosa, Maite, ¿tú te mareas en los barcos?
La chica parpadeó, confundida por la repentina e incoherente pregunta.
—Eh… no, la verdad. Mi aita era pescador en Bermeo. He crecido en el mar. ¿Por qué lo pregunta?
La sonrisa de Begoña Urrutia se ensanchó. El instinto maternal y empresarial rara vez le fallaba, y acababa de encontrar el mayor tesoro del Mercado de la Ribera.
—Por nada, cariño. Por nada. Oye, ¿te gustaría venir a tomar un café de verdad mañana por la tarde a Getxo? Tengo un hijo, Gorka, que es ingeniero naval. Hace unos barcos preciosos, pero le vendría muy bien alguien que sepa distinguir el besugo fresco de la morralla.
Maite se ruborizó, sonriendo tímidamente y asintiendo con la cabeza.
Mientras Begoña caminaba hacia la salida, donde Iñaki el chófer ya la esperaba con la furgoneta abollada y una manta limpia en la mano, se tomó un sorbo del caldo del termo. Sabía a mar, a trabajo duro y a honestidad. Sabía a Bilbao. Y, sobre todo, sabía a un final feliz y libre de pijeríos insoportables. Al final, el madrugón, el corcho quemado y el olor a naftalina habían merecido la pena. Gorka iba a estar en buenas manos.
PARTE 5: El interrogatorio del ingeniero naval y el jabón Lagarto
El regreso a la mansión de Neguri fue, en palabras de Iñaki el chófer, “como transportar un cargamento de uranio enriquecido que además huele a humedad”. Begoña iba en la parte de atrás de la furgoneta blanca, todavía con sus harapos, tarareando una vieja copla de su juventud, absolutamente eufórica. Cuando por fin atravesaron las inmensas puertas de hierro forjado con la “U” de los Urrutia entrelazada, Concha ya estaba en la escalinata principal, flanqueada por dos doncellas filipinas que sostenían toallas limpias como si esperaran a un herido de guerra.
—¡Señora, por todos los santos del cielo! —exclamó Concha, tapándose la boca al ver bajar a Begoña de la furgoneta. Si en el mercado daba pena, bajo la luz del mediodía en su propio jardín, rodeada de hortensias perfectamente podadas, Begoña parecía un extra escapado de una película de zombis.
—Déjate de santos, Concha, y prepárame un baño de espuma. Pero de la buena, la de sales de Epsom, que me duelen las lumbares de estar sentada en la piedra. Y tira esta ropa al contenedor de la calle de abajo. Mejor aún, quémala. No quiero que vuelva a entrar en esta casa.
Una hora más tarde, Begoña volvía a ser la matriarca. Envuelta en una bata de seda que costaba más que el alquiler anual de un piso en Deusto, con el pelo impecable y oliendo a lavanda, se sentó en el sofá Chester de la biblioteca a esperar a su presa.
Gorka Urrutia entró en casa sobre las tres y media de la tarde. Venía directo de los astilleros en Santurtzi. Llevaba el traje sin corbata, el cuello de la camisa desabrochado, y esa expresión de cansancio satisfecho que tienen los hombres que trabajan con la cabeza pero disfrutan del trabajo manual. Gorka era guapo, pero no con esa belleza prefabricada de gimnasio y rayos UVA. Tenía la nariz un poco torcida por un golpe jugando al rugby en el colegio, los ojos del mismo gris tormenta que su madre, y unas manos grandes, callosas, de tanto trastear con motores marinos.
—¡Ama! Ya estoy en casa —gritó desde el vestíbulo, dejando las llaves de su Volvo en la bandeja de plata—. Qué hambre traigo, me comería un buey por los pies.
Begoña lo llamó desde la biblioteca. Gorka entró, dejándose caer en el sofá de enfrente, y suspiró.
—No te vas a creer el día que llevo, ama. Los de la naviera noruega nos están volviendo locos con las especificaciones de las hélices del nuevo carguero. Quieren más potencia pero menos consumo, como si yo fuera mago y no ingeniero. ¿Qué tal tu mañana? ¿Fuiste a la peluquería?
Begoña dio un sorbito a su taza de té Earl Grey, depositó la porcelana sobre el platito con un tintineo sutil y lo miró fijamente.
—No. Fui al Mercado de la Ribera. A pedir limosna.
Gorka se quedó a medio camino de estirarse. Pestañeó dos veces.
—Perdona, ¿qué? Creo que el ruido de las turbinas me ha dejado sordo. ¿A comprar pescado, quieres decir?
—No, Gorka. A pedir limosna. Me vestí con la chaqueta de caza de tu difunto padre, me manché la cara con corcho quemado, me senté en las escaleras de la pescadería y me puse a mendigar.
El silencio que siguió a esta declaración fue tan denso que se podría haber cortado con un soplete. Gorka miró a su madre, buscando cualquier indicio de demencia senil temprana. Luego miró a Concha, que pasaba por el pasillo y que, al cruzar la mirada con el chico, asintió trágicamente con la cabeza y siguió su camino.
—Ama… —Gorka se frotó la cara con ambas manos—. Dime por favor que es una broma. Dime que te has apuntado a un grupo de teatro de vanguardia o que estás grabando un programa de cámara oculta para la ETB.
—Hablo completamente en serio, Gorka. Y no me mires con esa cara de psicólogo de la Seguridad Social. Lo hice por ti.
—¿Por mí? ¡Joder, ama! —Gorka se levantó de un salto, perdiendo los nervios como rara vez hacía—. ¿Qué tiene que ver que tú te disfraces de vagabunda para pedir suelto con mis hélices noruegas? ¡Si alguien de la junta directiva te llega a ver…! ¡Si la prensa se entera…! “La viuda de Urrutia arruinada pide en las calles de Bilbao”. ¿Te imaginas el titular? ¿Las acciones de la empresa?
—Relájate, chicarretón, que nadie me ha reconocido. Bueno, miento. La Ertzaintza sí, pero porque les tuve que enseñar el DNI para que no me detuvieran.
Gorka se dejó caer de rodillas sobre la alfombra persa, agarrándose la cabeza.
—La Ertzaintza. Fenomenal. Hemos tocado fondo. Ama, prométeme que mañana vamos a que te hagan un chequeo neurológico. Yo te acompaño. Esto es un ictus silencioso, seguro.
Begoña soltó una carcajada cristalina y se levantó, acercándose a su hijo para acariciarle el pelo.
—Estoy más cuerda que tú, hijo mío. Lo hice porque estoy harta de las lagartas que se te acercan. Harta de las niñas de Neguri, de las influencers de medio pelo y de las ejecutivas agresivas que solo ven ceros a la derecha cuando te miran. Yo quería saber cómo es el corazón de las chicas de hoy en día cuando nadie las ve. Cuando creen que no tienen nada que ganar.
Gorka levantó la mirada. Conocía a su madre. Era una estratega implacable. Si Begoña Urrutia movía un peón, era porque ya estaba pensando en el jaque mate a quince jugadas vista.
—Vale. Ya me da miedo preguntar, pero… ¿cuál ha sido el resultado de tu pequeño experimento sociológico?
Begoña volvió a sentarse, cruzando las piernas.
—El resultado es que he conocido a dos mujeres. La primera, una tal Lorea. Impresionante. Parecía salida de la portada de Vogue. Llevaba un abrigo de Max Mara que cuesta lo que el salario base de un peón nuestro. ¿Sabes lo que hizo cuando le pedí un euro?
—Viendo por dónde vas, supongo que no te invitó a comer a Arzak.
—Gritó que daba asco, que olía a muerto, dijo que le iba a pegar piojos y llamó a la policía para que me echaran a la basura porque, textualmente, arruinaba sus vistas. Una maravilla de persona, oye. Si alguna vez te cruzas con una Lorea, cruza la calle.
Gorka suspiró, sintiendo un profundo asco. Siempre había odiado el clasismo endémico de ciertos círculos en los que se había criado.
—Triste, pero no me sorprende, ama. Hay mucha gente así. ¿Y la segunda?
La mirada de Begoña se ablandó.
—La segunda no llevaba ropa de diseñador. Llevaba unas botas de agua blancas manchadas de sangre, un delantal de plástico azul y olía a anchoa fresca. Trabaja en el puesto de pescados de la esquina. Se llama Maite. No me ignoró, ni me gritó, ni llamó a la policía. Mientras la pija me humillaba delante de medio mercado, Maite me preparó un termo de caldo caliente, y me lo dio mirándome a los ojos, con todo el respeto del mundo. Sin saber quién era yo. Solo porque pensó que una anciana tenía frío.
Gorka se quedó en silencio, asimilando la historia. Poco a poco, la indignación inicial dio paso a la curiosidad.
—Así que te dio caldo —dijo finalmente, esbozando una media sonrisa.
—Caldo de pescado. Estaba buenísimo, por cierto. Le he dicho a Concha que intente sacar la receta. El caso, Gorka, es que la he invitado a tomar café mañana por la tarde.
Gorka se atragantó con su propia saliva.
—¡Ama! ¿A quién has invitado? ¿A la pescadera? ¿Aquí?
—¡No, aquí no, animal! Se asustaría. Si entra por el jardín y ve las estatuas de mármol se nos da la vuelta. La he citado en la terraza del Club Marítimo del Abra. Y, por supuesto, vas a ir tú en mi lugar.
Gorka se puso en pie, negando con la cabeza frenéticamente.
—Ni hablar. No, no y no. Ama, te adoro, pero no voy a ir a una cita a ciegas organizada por mi madre, que se ha disfrazado de vagabunda para hacerle un test de pureza moral a las dependientas del mercado. Esto roza el secuestro emocional.
—Vas a ir —dijo Begoña con voz gélida, esa voz que usaba en las asambleas de accionistas cuando alguien sugería un recorte de presupuesto—. Vas a ir, te vas a tomar un café, te vas a comportar como el caballero que he educado, y le vas a dar las gracias de mi parte por el caldo. Después de eso, si quieres, no la vuelves a ver. Pero mañana a las seis de la tarde estás en el Marítimo. O juro por la memoria de tu padre que te desheredo y dono todo el capital a la asociación de cría del perro pachón navarro.
Gorka la miró. Sabía que era un farol. Bueno, un farol a medias; Begoña era capaz de cualquier cosa. Suspiró, derrotado.
—A las seis. En el Marítimo. Vale. Iré. Pero que conste en acta que esto es un desastre anunciado, ama. Esa chica se va a sentir acorralada, yo me voy a sentir como un idiota, y no va a salir nada bien.
Begoña sonrió, victoriosa.
—Eso, hijo mío, déjaselo a la ría. Tú solo vístete guapo, pero sin pasarte. No vayas con el Rolex de oro, ponte el Casio ese que usas para el monte. No la asustes.
PARTE 6: El choque de dos mundos en la terraza del Marítimo
El Real Club Marítimo del Abra es una institución en Getxo. Con sus cristaleras inmensas asomadas al mar Cantábrico, sus sillones de cuero gastado y sus camareros con chaqueta blanca, es el epítome de la burguesía vasca. Es el tipo de lugar donde la gente no habla en voz alta y donde pedir un botellín de cerveza Mahou en lugar de un vino blanco de Rioja Alavesa puede provocar miradas de conmiseración.

Maite llegó cinco minutos tarde porque el metro desde el Casco Viejo había tenido una avería. Estaba nerviosa, mucho más de lo que quería admitir. Cuando aquella señora amable en el mercado la invitó a tomar un café con su hijo ingeniero, le pareció una broma entrañable. Cuando la señora, de repente, se transfiguró en una mujer de alta sociedad que hizo cuadrarse a la Ertzaintza, Maite pensó que estaba soñando.
Se había arreglado. Había dejado el olor a marisco en una larga ducha, se había puesto su mejor jersey (uno de lana granate que le había tejido su tía), unos vaqueros oscuros y unas botas limpias. Su pelo, libre de la redecilla del mercado, caía en unas ondas castañas y naturales sobre sus hombros. Al llegar a la entrada del club, el portero, un hombre uniformado con galones dorados, la miró con displicencia.
—Buenas tardes, señorita. ¿Es usted socia? —preguntó el hombre, con el tono de quien ya sabe la respuesta.
—Eh, no. Vengo a ver a… me han invitado. Un tal Gorka Urrutia.
El nombre tuvo un efecto mágico. El portero cambió su postura rígida por una inclinación reverencial.
—Por supuesto, señorita. El señor Urrutia la está esperando en la terraza cubierta. Por aquí, por favor.
Maite caminó sobre la gruesa alfombra granate sintiéndose como un pulpo en un garaje. Miró los retratos de regatistas y capitanes de barco que adornaban las paredes, preguntándose qué demonios hacía ella allí. Su padre había sido marinero, sí, pero de los que se partían la espalda en Bermeo para traer bonito, no de los que bebían gin-tonics en cubiertas de teca.
Llegó a la terraza. Frente al inmenso ventanal, con la lluvia golpeando el cristal y el mar embravecido de fondo, estaba sentado Gorka. Maite lo reconoció enseguida porque era el único hombre de menos de cincuenta años en la sala, y porque, maldita sea, era insultantemente atractivo. Gorka estaba mirando su móvil, pero al verla acercarse, se puso de pie de inmediato.
“Al menos tiene educación”, pensó Maite.
—¿Maite? —preguntó Gorka, tendiéndole una mano grande y firme.
—La misma —respondió ella, aceptando el apretón—. Y tú debes de ser Gorka, el ingeniero naval que necesita que le enseñen a comprar besugo.
Gorka soltó una carcajada, una risa franca y abierta que rompió el hielo instantáneamente.
—Esa es mi madre, sí. Sutil como un rinoceronte en un ascensor. Siéntate, por favor. ¿Qué quieres tomar?
Maite se sentó, cruzando las piernas. Miró a su alrededor. Un par de señoras enjoyadas en la mesa de al lado la estaban escrutando de arriba abajo. Maite decidió que si iba a desentonar, lo haría con orgullo.
—Un café con leche doble, por favor. Y un pintxo de tortilla si tienen. Llevo desde las cinco de la mañana en pie entre cajas de hielo y me comería mi propio zapato.
Gorka sonrió aún más. Llamó al camarero.
—Julio, trae un café doble, un pintxo de tortilla de la cocina, que sea grande, y para mí una tónica.
Cuando el camarero se retiró, se hizo un momento de silencio. Gorka la observó. No era despampanante como las modelos que frecuentaban sus círculos. No llevaba maquillaje evidente, salvo un poco de máscara de pestañas. Tenía unas pecas adorables esparcidas por la nariz, y aunque intentaba ocultarlas bajo la mesa, Gorka vio sus manos. Estaban rojas, con pequeñas cicatrices en los nudillos, marcas inequívocas del trabajo duro. Le parecieron las manos más hermosas que había visto en mucho tiempo.
—Siento mucho el numerito de mi madre de ayer, Maite —empezó Gorka, con tono de disculpa—. Te prometo que normalmente no se disfraza para aterrorizar a los comerciantes locales. Ha sido un… episodio aislado.
Maite se rió.
—No te preocupes. Fue el mejor espectáculo que hemos tenido en el mercado desde que a Patxi, el carnicero, se le escapó un cochinillo vivo en Navidades. Tu madre es… intensa.
—Es una fuerza de la naturaleza —asintió Gorka—. Me ha contado lo que pasó. Y quiero darte las gracias por cómo la trataste. Ya no queda mucha gente que se detenga a ayudar a alguien sin esperar nada a cambio. Y menos ofreciendo caldo caliente.
Maite se encogió de hombros, quitándole importancia.
—Mi aita (padre) siempre decía que en el mar todos somos iguales, y que si ves a alguien ahogándose, le tiras el salvavidas. Tu madre parecía que se estaba ahogando de frío. No fue nada del otro mundo.
Llegó el camarero con la orden. Maite atacó el pintxo de tortilla con una voracidad que escandalizó a las señoras de la mesa contigua, pero que a Gorka le pareció fascinantemente auténtica.
—Así que… ¿eres pescador de Bermeo de corazón, pero pescadera de Bilbao de profesión? —preguntó Gorka, apoyando los codos en la mesa.
—Algo así. Mi padre murió hace cinco años en un temporal. Tuvimos que vender el barco para pagar deudas. Mi madre y yo cogimos el puesto en La Ribera. No es glamuroso, pero pagamos las facturas, y me mantiene cerca de lo que pescaba mi aita.
Gorka sintió una punzada de respeto profundo.
—Lo siento mucho por lo de tu padre. Yo diseño barcos, precisamente. Cargueros, arrastreros… Intentamos que sean lo más seguros posible, pero el Cantábrico es traicionero.
Los ojos de Maite se iluminaron, dejando de lado la tortilla.
—¿Arrastreros? —preguntó, limpiándose la boca con la servilleta—. Mi aita trabajaba en uno de altura. Siempre se quejaba de que los modelos nuevos que hacían en los astilleros de Santurtzi tenían un problema con el centro de gravedad cuando las bodegas iban a media carga. Decía que la proa cabeceaba demasiado con mar de fondo.
Gorka se quedó de piedra. Acababa de soltarle un comentario técnico sobre estabilidad de cascos una pescadera en medio de una cita a ciegas.
—Pues… tu padre tenía razón —dijo Gorka, inclinándose hacia adelante, súbitamente apasionado por la conversación—. De hecho, es un defecto de los diseños de la clase Delta. Llevo dos años intentando convencer a la junta de que modifiquemos las quillas de balance, pero dicen que es demasiado caro.
—¿Caro? —Maite frunció el ceño, apoyando también los codos en la mesa, olvidándose de su timidez—. Caro es que un barco vuelque a cien millas de la costa gallega. Si les metes más manga (anchura) en la sección media y redistribuyes los tanques de lastre diésel más abajo, corriges el centro de gravedad sin perder velocidad de crucero.
Gorka la miró como si la chica acabara de recitar a Shakespeare en arameo antiguo y levitando.
—¿Cómo sabes tú todo eso? —preguntó, con la boca literalmente abierta.
Maite se encogió de hombros y sonrió.
—A los doce años me sabía de memoria los manuales de mantenimiento del barco de mi padre. Quería ser capitana mercante. Pero bueno, la vida pasa, y el puesto de merluza requería mi atención.
Estuvieron hablando durante tres horas. Hablaron de barcos, de mareas, de motores diésel, de los temporales de invierno. Gorka descubrió que Maite tenía un sentido del humor rápido, un poco sarcástico, muy de barrio. Se rió hasta que le dolió el estómago. Ella le contó historias de los clientes excéntricos del mercado, y él le confesó lo insoportables que eran las reuniones de la directiva donde nadie se manchaba las manos de grasa.
Cuando salieron del Marítimo, ya era de noche y la lluvia había cesado, dejando un olor a asfalto mojado y salitre. Gorka la acompañó hasta la estación de metro de Areeta.
—Bueno, marinera de agua dulce —dijo Gorka, parándose en la entrada del metro, sintiendo una extraña reticencia a despedirse—. Confieso que venía a esta cita pensando que iba a ser un desastre total perpetrado por mi madre. Me equivoqué de medio a medio. Ha sido la mejor tarde que he pasado en años.
Maite le sostuvo la mirada. Sus ojos oscuros brillaban con la luz de las farolas.
—Yo pensaba que ibas a ser un pijo insoportable que iba a pedirme que comiera con el tenedor correcto —respondió ella, sonriendo—. También me alegro de haberme equivocado.
—Oye, Maite… —Gorka se metió las manos en los bolsillos, de repente nervioso como un adolescente de quince años—. El viernes hacemos la botadura de un nuevo pesquero en el astillero de Santurtzi. Es algo informal, solo los ingenieros, los obreros y algunos clientes. ¿Te… te gustaría venir a verlo? Digo, ya que te gustan los barcos.
Maite sintió un cosquilleo en el estómago que no tenía nada que ver con el hambre.
—Me encantaría, Gorka.
PARTE 7: La venganza del abrigo de Max Mara y la conjura de Lorea
Mientras el amor verdadero, o al menos un profundo respeto por la hidrodinámica, florecía en Getxo, en un ático de lujo en Abando, Lorea Mendieta estaba sufriendo una crisis nerviosa de nivel 4.
Lorea no estaba acostumbrada a perder, y mucho menos a ser humillada en público. Pero lo que había sucedido la noche anterior había sido el colmo de los horrores. Durante la cena que dio su padre (un magnate de la construcción) para unos inversores madrileños, las cocochas que ella había ido a comprar al Mercado de la Ribera resultaron estar saladas en exceso. Pero ese no fue el problema principal. El desastre llegó a los postres.
Don Ignacio Mendieta, el padre de Lorea, había recibido una llamada de uno de sus socios locales, miembro también de la junta del astillero de los Urrutia. El hombre le contó, entre risas ahogadas, el cotilleo del día: doña Begoña Urrutia, disfrazada de mendiga, había montado un espectáculo en el mercado para desenmascarar a las pijas clasistas, y una “pobre idiota histérica” había caído en la trampa y llamado a la policía.
El problema es que el socio dio detalles de la “pobre idiota”: llevaba un abrigo Max Mara color camel y no paraba de gritar. Don Ignacio ató cabos al instante. Su hija había llegado esa mañana llorando de furia, hablando pestes de una vagabunda y jurando llevar su abrigo a quemar.
La bronca que le cayó a Lorea fue de las que hacen época.
—¡¿Eres estúpida?! —le había gritado su padre, golpeando la mesa del comedor, haciendo temblar las copas de cristal de Bohemia—. ¡¿Llamas a la policía para que detengan a Begoña Urrutia?! ¡Esa mujer es dueña del terreno donde queremos construir la nueva promoción en Zorrozaurre! ¡Si nos hace la cruz, estamos acabados en esta ciudad!
Lorea, roja de ira y mortificación, se había encerrado en su cuarto. Pasó la noche navegando por el Instagram de Gorka Urrutia. Lorea conocía a Gorka de vista, de cruzarse en un par de galas benéficas del Museo Guggenheim. Siempre le había parecido un trofeo apetecible: guapo, atlético, millonario, aunque un poco “raro” con su obsesión por los barcos.
Pero ahora, seducir a Gorka no era una cuestión de caza; era una cuestión de supervivencia social y venganza. Si lograba conquistar al hijo, la madre tendría que agachar la cabeza y aceptarla en la familia. Imaginar la cara de Begoña Urrutia el día que ella apareciera en la mansión de Neguri del brazo de Gorka como su prometida, era un néctar demasiado dulce para dejarlo pasar.
“Me humillaste, vieja asquerosa”, pensó Lorea, mirando su reflejo en el espejo de su tocador. “Pues ahora voy a ser tu nuera. Te vas a tragar mi abrigo de Max Mara con patatas”.
Lorea levantó el teléfono y llamó a su “amiga satélite”, Marta.
—Marta, soy yo —dijo Lorea con voz imperativa—. Despierta. Necesito un favor. Tu primo es ingeniero en Astilleros Urrutia, ¿no?
—¿Eh? Sí, Ander trabaja en la oficina de diseño, ¿por qué? —respondió la amiga, adormilada.
—Necesito que le saques información. Dónde va Gorka Urrutia esta semana. Necesito “encontrármelo” por casualidad. Y necesito un vestido nuevo. Algo que grite “futura mujer de magnate naval” pero sin parecer que lo estoy intentando. Y prepara tu coche, nos vamos de caza.
Dos días después, Marta tenía el informe.
—Lorea, mi primo me ha dicho que este viernes a la una de la tarde botan un nuevo pesquero en el astillero principal de Santurtzi. Gorka estará allí seguro porque es su diseño. Habrá una carpa con aperitivos para clientes y políticos, así que es fácil colarse si vas arreglada.
Lorea sonrió como un depredador oliendo sangre.
—Perfecto. Santurtzi. Tierra de marineros. Me voy a poner el conjunto de Chanel de tweed azul marino. Es súper náutico. Gorka va a caer a mis pies antes de que la botella de champán toque el puto barco.
PARTE 8: La tormenta perfecta en el astillero de Santurtzi
El viernes amaneció en Bilbao con esa luz plateada y brillante que a veces regala el Cantábrico entre tormenta y tormenta. El astillero de los Urrutia, un coloso de grúas amarillas, diques secos y naves de ensamblaje masivas a la orilla de la ría, bullía de actividad.
La botadura del Txanton, un pesquero de altura de última generación, era un evento importante. Había una gran carpa blanca instalada cerca de la grada, donde camareros con pajarita servían txakoli y gildas a hombres de negocios, ingenieros con cascos blancos y políticos locales.
Gorka estaba cerca del barco, revisando los últimos detalles con el jefe de obra. Llevaba unos pantalones chinos oscuros, botas de seguridad y una chaqueta de marinero, además del preceptivo casco de protección. Miraba su reloj cada cinco minutos. Maite había prometido venir.
Y allí estaba. Maite llegó caminando por el asfalto del astillero, esquivando cables y rieles de grúa. No llevaba un traje de diseñador, sino unos vaqueros prácticos, zapatillas deportivas y un chaquetón amarillo de agua (un chubasquero de pescador clásico) que le quedaba increíblemente bien, dándole un aire aventurero. Llevaba el pelo recogido y una sonrisa gigante.
Gorka sintió que se le aceleraba el pulso de una manera muy poco profesional. Fue a su encuentro.
—Has venido —dijo, sonriendo de oreja a oreja.
—No me perdería por nada del mundo la oportunidad de ver si tu famoso diseño con “corrección de centro de gravedad” flota o se hunde como una piedra —bromeó ella.
—Te aseguro que flota. Ven, te presento al equipo, antes de que el alcalde empiece a soltar su discurso de rigor.
Mientras Gorka le presentaba a los ingenieros y Maite debatía con naturalidad con un capataz viejo sobre las ventajas del acero naval frente al aluminio, una figura discordante avanzaba hacia la carpa.
Lorea Mendieta, enfundada en su Chanel azul marino, con tacones de aguja de diez centímetros y gafas de sol de Dior (a pesar de que estaba nublado), intentaba caminar por el astillero con la misma gracia que un flamenco caminando sobre hielo fino. Marta, su amiga satélite, la seguía a un metro de distancia.
—¡Joder, Marta, me estoy destrozando los Manolo Blahnik! —siseó Lorea, tambaleándose sobre unos tablones de madera—. ¿Por qué no han puesto una moqueta desde el aparcamiento hasta la carpa? ¡Esto es tercermundista!
—Es un astillero, Lorea, construyen barcos, no organizan desfiles de Prada —replicó Marta, empezando a arrepentirse de haber ido.
Lorea divisó a Gorka a lo lejos. Alto, atractivo, rodeado de trabajadores. Era el momento. Se quitó las gafas de sol, esbozó su mejor sonrisa de chica encantadora, y avanzó hacia él ignorando el barro que salpicaba sus tobillos de exposición.
—¡Gorka! ¡Hola! —exclamó Lorea, acercándose al grupo con un entusiasmo fingido que rozaba el histrionismo—. ¡Qué casualidad!
Gorka se giró, parpadeando. Tardó un segundo en reconocerla fuera de su hábitat natural de photocalls y reservados VIP.
—Eh… Lorea, ¿verdad? ¿Lorea Mendieta? —dijo Gorka, educadamente—. No sabía que a tu padre le interesara la pesca de altura.
—¡Oh, ya sabes cómo es papá! Siempre buscando nuevas inversiones —mintió descaradamente Lorea, acercándose un paso más a Gorka e invadiendo su espacio personal. Olía a un perfume carísimo y abrumador—. Me pidió que viniera en su representación. Aunque, para ser sincera, tenía muchas ganas de verte. He oído maravillas de tu nuevo diseño. Me encantan los… los yates.
Maite, que estaba al lado de Gorka, observó la escena. Reconoció a Lorea al instante. Era la chica histérica del abrigo camel que había humillado a doña Begoña en el mercado. Maite cruzó los brazos, pero no dijo nada. Quería ver cómo manejaba Gorka la situación.
—Esto no es un yate, Lorea —dijo Gorka, señalando la inmensa mole de acero negro e industrial que tenían a su espalda—. Es un pesquero de arrastre de ochenta metros. Huele a gasoil y a pescado, no a champán.
Lorea soltó una risita artificial, tocándole ligeramente el brazo a Gorka.
—¡Qué gracioso eres! Seguro que por dentro es monísimo. Me tienes que hacer un tour privado luego. Solo tú y yo.
Gorka dio un sutil paso atrás, zafándose del tacto de Lorea.
—Lo siento, el barco está precintado para la botadura. Además, estoy acompañado. Lorea, te presento a Maite. Maite, ella es Lorea Mendieta.
Lorea, que no había prestado la más mínima atención a la mujer del chubasquero amarillo que estaba al lado de Gorka asumiendo que era parte de la tripulación de mantenimiento, se giró para mirarla. Cuando reconoció a Maite, la pescadera del puesto vecino a donde se produjo el Incidente de la Vagabunda, los ojos se le abrieron como platos.
—Tú… —susurró Lorea, perdiendo el control del personaje de niña dulce—. Tú eres la que vende merluza en el mercado. ¿Qué demonios haces aquí?
Maite sonrió, una sonrisa tranquila y afilada como un cuchillo fileteador.
—Inspeccionar el género, Lorea. Asegurarme de que Gorka construye barcos que no maten a la gente que me trae el pescado. Y de paso, disfrutar del evento. ¿Y tú? ¿Has venido a llamar a la Ertzaintza por si algún estibador huele mal?
Lorea se puso roja de ira. Miró a Gorka, buscando apoyo.
—Gorka, ¿qué es esto? ¿Por qué estás con… con esta chusma? ¿Tú sabes que el otro día casi me atacan en su puesto de trabajo? ¡Es una delincuente!
Esa fue la gota que colmó el vaso del ingeniero. La expresión amable de Gorka desapareció, sustituida por una frialdad glacial que recordaba peligrosamente a la de su madre.
—Baja el tono, Lorea. Sé perfectamente lo que pasó el otro día en el mercado. Mi madre me lo contó todo con lujo de detalles.
Lorea se quedó congelada. La sangre le abandonó el rostro, arruinando su meticuloso maquillaje.
—¿Tu… tu madre? —tartamudeó.
—Sí, mi madre. Begoña Urrutia. Ya sabes, la “vagabunda asquerosa” que según tú arruinaba las vistas del mercado y a la que querías echar a patadas con la policía. —Gorka dio un paso adelante, imponiendo su altura—. Así que te voy a pedir un favor, Lorea. Te vas a dar la vuelta, te vas a ir por donde has venido con mucho cuidado de no romperte los tacones, y no te vas a volver a acercar ni a mi madre, ni a Maite, ni a mí. Nunca.
La humillación era total. Varios ingenieros y operarios cercanos, que habían dejado de hablar para escuchar el culebrón en directo, la miraban. Algunos incluso sonreían burlonamente. Lorea miró a su alrededor, atrapada. No había salida digna. Dio media vuelta tan rápido que su tacón se enganchó en una rejilla de desagüe. Dio un tirón furioso, arrancando el tacón de cuajo, dejando el zapato de mil euros atascado en el metal. Con los ojos llenos de lágrimas de rabia, salió cojeando, apoyándose en Marta, mientras los trabajadores del astillero le abrían paso en un silencio humillante.
Gorka suspiró profundamente, frotándose la nuca. Miró a Maite.
—Siento que hayas tenido que ver eso. Prometo que no todos los amigos de mi familia son como la niña de El Exorcista.
Maite soltó una carcajada limpia y sonora que resonó contra el casco del barco.
—Gorka, ha sido lo mejor que he visto en años. Tienes un estilo despidiendo a la gente que casi iguala al de tu madre.
En ese momento, sonó la sirena estruendosa del astillero, indicando que la botadura iba a comenzar. La madrina del barco, una tía abuela de Gorka, estrelló la botella de champán contra el casco, que se hizo añicos. Los enormes calzos fueron soltados y el gigantesco pesquero de acero comenzó a deslizarse majestuosamente por la grada hacia las aguas de la ría, levantando una ola inmensa al tocar el agua, saludado por los aplausos de la multitud y los pitidos de los remolcadores.
Gorka miró el barco entrar en el agua, pero luego bajó la mirada hacia Maite. Ella estaba observando la nave con los ojos brillantes, embelesada por el milagro de la ingeniería flotando. Con cuidado, Gorka extendió la mano y entrelazó sus dedos con los de ella, callosos y fríos por el aire del mar.
Maite no apartó la mano. Se giró hacia él y le sonrió, apretando su agarre.
A cincuenta metros de allí, en un balcón VIP reservado para la directiva, cubierta con un elegante abrigo de lana (esta vez de verdad, sin agujeros ni olor a naftalina), doña Begoña Urrutia observaba la escena de su hijo y la pescadera cogiéndose de la mano con una sonrisa de absoluta satisfacción.
Levantó una pequeña petaca de plata, le dio un sorbito a lo que parecía ser ron, pero que en realidad era caldo de pescado sobrante, y asintió para sí misma.
“Misión cumplida, Urrutia”, murmuró Begoña. “Al final, voy a tener nietos con fundamento y que saben hacer un buen marmitako. Que se fastidie el club de golf”.
Y mientras el Txanton cabeceaba suavemente en la ría, perfectamente equilibrado gracias a las modificaciones del ingeniero y los consejos de una hija de marinero, Bilbao seguía latiendo, sabiendo que, a veces, la realeza de verdad huele a anchoa fresca y no necesita de maxmaras para reinar.