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Mientras acunaba a nuestro hijo bajo el sol de Sevilla, mi esposo bailaba con otra ante los ojos de su madre

Mientras acunaba a nuestro hijo bajo el sol de Sevilla, mi esposo bailaba con otra ante los ojos de su madre

Parte 1: El Bochorno de la Maestranza

El sol de Sevilla no perdona, pero lo que menos perdona es la desvergüenza con denominación de origen. Eran las cinco de la tarde, esa hora en la que hasta las lagartijas buscan la sombra de un botijo, y allí estaba yo, Macarena, con el niño en brazos, sintiendo cómo el sudor me bajaba por la espalda como si fuera una etapa de la Vuelta a Ciclista. Mi hijo, el pobre Curro, no hacía más que dar cabezazos contra mi hombro, buscando un resquicio de aire que no existía. Lo acunaba rítmicamente, un movimiento casi mecánico que aprendes cuando el cansancio se te mete en los huesos y se queda a vivir allí.

—Ay, mi alma, cállate un poquito, que ya mismo nos vamos —le susurraba yo, aunque sabía perfectamente que la “espantá” no estaba en los planes de mi familia política.

Estábamos en una de esas casetas que huelen a fritanga de la buena, a rebujito del que te pega el viaje a la tercera copa y a perfume de marca cara mezclado con sudor de diseño. El ambiente estaba cargado, no solo por el calor, sino por esa tensión que se palpa cuando sabes que algo no va bien pero todo el mundo sonríe como si estuvieran grabando un anuncio de dentífrico.

—Macarena, hija, no te muevas tanto que mareas al niño —soltó mi suegra, Doña Encarnación, sin apartar la vista de su abanico de nácar.

Encarnación es de esas mujeres que parece que han nacido con la mantilla puesta. No camina, ella procesiona. Me miró de reojo, con esa superioridad de quien cree que Sevilla termina donde termina su linaje. Yo, que venía de un barrio humilde pero con la cabeza muy alta, solo pude apretar más a Curro contra mi pecho.

—No lo mareo, Encarna, es que tiene calor. Sevilla en agosto no es para estar en una caseta sin aire, que esto parece el horno de una panadería —le respondí, intentando mantener la compostura mientras sentía que el maquillaje se me derretía como un helado al sol.

—Exagerada que eres. De toda la vida se ha aguantado el calor con elegancia. Lo que te pasa es que no tienes temple —dijo ella, cerrando el abanico con un golpe seco que sonó como un disparo en mitad de la fiesta.

Y entonces lo vi. O mejor dicho, lo oí. Empezaron a sonar unas sevillanas, de esas que se te meten en el cuerpo y te obligan a taconear aunque no quieras. Pero lo que vi me dejó helada, a pesar de los 42 grados a la sombra. Ahí estaba mi marido, Álvaro. El hombre que me había jurado amor eterno mientras me ayudaba a cambiar pañales hace apenas tres meses. Álvaro, que se suponía que estaba “atendiendo unos compromisos de negocios” en la otra punta de la caseta, apareció de repente en el centro de la pista.

Pero no estaba solo.

Iba de la mano de una tal Cayetana, una chica que tenía más apellidos que neuronas y un vestido de flamenca que costaba más que mi primer coche. Ella reía con una desfachatez que te daban ganas de invitarla a un gazpacho con arsénico. Álvaro la miraba como si fuera el último descubrimiento de la humanidad. Empezaron a bailar. Y no era un baile de compromiso, no. Era un flirteo descarado, un despliegue de hombros, miradas y giros que gritaban traición en cada compás.

—Mira qué arte tiene mi niño —comentó Encarnación, con una sonrisa de satisfacción que se le ensanchaba por toda la cara—. Hacen una pareja preciosa, ¿no te parece?

Me quedé de piedra. Mi suegra, la guardiana de la moral, la que me criticaba hasta por cómo le ponía el chupete al niño, estaba allí, sentada con su gin-tonic, dándole el visto bueno a que su hijo bailara pegado con otra mientras su mujer acunaba al nieto a dos metros de distancia.

—Encarna, ¿tú estás viendo lo que estoy viendo yo? —pregunté, con la voz entrecortada—. Que soy su mujer, por si se te ha olvidado. Y este es su hijo, que está aquí pasando más calor que un perro en un maletero.

—No seas ordinaria, Macarena. Es un baile, nada más. Álvaro necesita distraerse, que lleva una racha de mucho trabajo. Cayetana es de la familia de toda la vida, son juegos de juventud —respondió ella, sin la más mínima pizca de vergüenza.

Álvaro dio una vuelta sobre sí mismo, haciendo alarde de su traje de corto impecable. Ni una gota de sudor. Parecía que el calor no le afectaba, o quizás es que la falta de escrúpulos te mantiene fresco. Pasó por delante de mí y me guiñó un ojo, como diciendo: “Tranquila, que ahora vuelvo”. Pero no volvió. Se quedó allí, enredado en los volantes de Cayetana, mientras ella le susurraba cosas al oído que hacían que él soltara una carcajada sonora, de esas que te duelen en el alma cuando tú estás sufriendo en silencio.

—Mamá, ¿podemos irnos ya? El niño está llorando —insistí, notando cómo Curro empezaba a inquietarse de verdad.

—Quédate aquí, Macarena. No des la nota. No querrás que la gente piense que eres una celosa de barrio, ¿verdad? Disfruta del espectáculo, que mi hijo baila como los ángeles.

El espectáculo. Eso era lo que era para ella. Un espectáculo donde yo era el decorado olvidado y su hijo el protagonista absoluto, flanqueado por una secundaria de lujo que ya se veía ocupando mi puesto en la cena de Navidad. Sentí un nudo en la garganta que no se iba ni con todo el agua del Guadalquivir. Allí, bajo el sol implacable de Sevilla, rodeada de gente que reía y bebía, me sentí más sola que nunca. El contraste era atroz: yo, con la ropa pegada al cuerpo, el peso de mi hijo y la responsabilidad de la familia sobre mis hombros; él, ligero de equipaje, bailando con la impunidad que le daba el apellido y la aprobación de su madre.

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