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Mi suegra destruyó mi vestido de fiesta por envidia, pero mi dulce venganza frente a sus amigas fue magistral

Mi suegra destruyó mi vestido de fiesta por envidia, pero mi dulce venganza frente a sus amigas fue magistral

Parte 1

La Feria de Abril de Sevilla tiene dos tipos de personas: las que van a disfrutar y las que van a competir como si hubiera un jurado escondido detrás de cada farolillo. Mi suegra, doña Remedios Vallejo, pertenecía al segundo grupo. Para ella, la feria no era una fiesta: era una oposición pública a “mujer impecable del año”, con examen oral, práctico y desfile incluido.

Yo, por desgracia o por destino, había entrado en su familia hacía apenas ocho meses, casándome con su hijo Álvaro, un hombre bueno, tranquilo y tan sevillano que podía decir “miarma” incluso leyendo el manual de instrucciones de una lavadora. Álvaro era de esos maridos que te miran como si fueras el último trozo de tortilla de patatas en una comida familiar: con devoción y un poquito de hambre. Y eso a Remedios no le sentaba bien.

No porque no quisiera a su hijo. No. Lo quería muchísimo. Tanto que todavía le doblaba los calzoncillos “como Dios manda”, aunque él tuviera treinta y cinco años y un máster en dirección financiera. Para Remedios, yo no era su nuera. Yo era una señora que se había presentado una tarde en su casa, se había llevado a su niño y encima tenía la poca vergüenza de caerle bien a la gente.

La cosa empezó a torcerse desde el principio. En la boda, cuando mi tía Paqui dijo que yo estaba preciosa, Remedios contestó:

—Sí, bueno, la luz ayuda mucho.

Mi tía Paqui, que llevaba tres copas de manzanilla y un abanico con más carácter que muchas personas, respondió:

—Y el silencio también, Remedios.

Desde entonces, la relación entre mi suegra y yo fue una mezcla entre misa de doce y partida de ajedrez. Todo muy educado, todo con sonrisas, pero siempre con alguien intentando comerse a la reina.

El gran acontecimiento de aquel año era la noche inaugural de la feria, el famoso “alumbrao”. Mi familia política tenía caseta propia, compartida con unas amistades de toda la vida, de esas que dicen “somos sencillos” mientras llevan pendientes que podrían pagar el alquiler de un piso en Nervión. Remedios llevaba semanas organizándolo todo como si viniera la Casa Real a cenar pescaíto frito.

—Este año tiene que estar todo perfecto —decía—. Perfecto de verdad, no perfecto de “bueno, ya vamos viendo”.

Yo asentía mientras cortaba pimientos para una ensaladilla que, según ella, yo hacía “curiosa”, que en idioma suegra sevillana significa: “No está mala, pero tampoco te vengas arriba”.

Lo que Remedios no sabía, o quizá sí sabía y por eso le picaba más, era que yo había encargado un vestido espectacular. No era un traje de flamenca tradicional, sino un vestido de fiesta inspirado en la feria: largo, de satén marfil con lunares bordados en hilo dorado, escote discreto, espalda elegante y una caída que parecía hecha para caminar despacio por una calle iluminada con farolillos. Me había costado un dineral y tres discusiones conmigo misma delante del espejo de la tienda.

—¿Tú estás segura? —me había preguntado la dependienta, una chica joven con flequillo recto y mirada de quien ha visto crisis existenciales entre perchas.

—No —dije—. Pero si espero a estar segura, me caso otra vez antes de comprarlo.

Álvaro lo vio cuando llegué a casa y se quedó con la boca abierta.

—Madre mía, Lucía.

—¿Te gusta?

—Me gusta tanto que me da miedo que mi madre intente bendecirlo o exorcizarlo.

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