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Mi esposo y su familia intentaron VOLVERME LOCA para instalar a su COMPAÑERA SECRETA en mi propia casa de Valencia frente a mis ojos

Mi esposo y su familia intentaron VOLVERME LOCA para instalar a su COMPAÑERA SECRETA en mi propia casa de Valencia frente a mis ojos

PARTE 1: La paella de la locura y las llaves fantasma

Si alguien me hubiera dicho hace un año que mi mayor problema en la vida no iba a ser la plaga de la mosca de la fruta en los naranjos, sino mi suegra escondiéndome las bragas y mi marido convenciéndome de que tenía Alzheimer prematuro a los cuarenta y dos años, me habría reído en su cara. Pero claro, la vida en la huerta valenciana tiene estas cosas. Un día estás respirando azahar y al siguiente estás dudando de si te llamas Elena o si eres un mueble más del salón.

Todo empezó un domingo de paella. Y cuando digo paella, me refiero a la de verdad, la que lleva pollo, conejo, garrofón y bajoqueta. Nada de guisantes, nada de marisco mezclado con carne, y por el amor de Dios, nada de chorizo. Yo, Elena Navarro, nacida y criada en esta alquería rodeada de hectáreas de naranjos que heredé de mi abuelo, tengo el título no oficial de “Maestra Paellera” de la familia. Mi marido, Javi, un hombre con la profundidad emocional de un charco y el encanto de un vendedor de coches usados, solía presumir de ello.

Esa mañana de domingo, el sol pegaba con la fuerza de un martillo pilón sobre las persianas alicantinas. Yo me había levantado a las siete para preparar los ingredientes. Había ido al mercado central el sábado, había comprado un conejo hermoso, pollo de corral, y las verduras más frescas que pude encontrar. Lo dejé todo en la nevera, en el estante de en medio, justo detrás de los yogures para que Asunción, mi suegra, no me cotilleara la compra cuando viniera.

A las doce del mediodía, con el paellero de leña ya encendido y el fuego crujiendo, abrí la nevera.

No había conejo. No había pollo.

En su lugar, descansaba, con una insolencia que me heló la sangre, un paquete familiar de chorizo cantimpalo de oferta y dos latas de atún en escabeche.

Me froté los ojos. Parpadeé. Cerré la puerta de la nevera y la volví a abrir, como si el electrodoméstico fuera a reiniciarse y devolverme mi carne. Nada. Chorizo y atún.

—¡Javi! —grité, asomando la cabeza por la puerta de la cocina que daba al porche.

Javi estaba repantingado en la silla de mimbre, con las gafas de sol puestas, una cerveza en la mano y el periódico deportivo sobre el regazo. A su lado, su madre, Asunción, se abanicaba con la cadencia de una viuda negra a punto de tejer su telaraña.

—¿Qué pasa, cariño? —respondió Javi sin apartar la vista de la portada del Marca—. ¿Ya está el sofrito?

—Javi, ¿dónde está la carne? —pregunté, secándome las manos en el delantal con un nerviosismo que no entendía—. El conejo y el pollo. Los dejé en la nevera.

Asunción dejó de abanicarse. El silencio que siguió solo fue interrumpido por el canto histérico de las cigarras.

—¿Qué carne, Elena? —preguntó mi suegra, con esa voz suya que suena como si estuviera masticando cristales—. Si ayer viniste del Mercadona con una bolsa llena de porquerías. Yo misma te vi sacar ese chorizo grasiento. Hasta pensé: “Madre mía, esta chica nos quiere matar del colesterol”.

—¿Del Mercadona? ¡Asunción, fui al Mercado Central! ¡Compré en la carnicería de Vicente! —Mi voz subió una octava. Volví a mirar a Javi, buscando apoyo—. Javi, tú viste la bandeja. Te pedí que me la guardaras mientras yo subía las bolsas de la fruta.

Javi se bajó las gafas de sol hasta la punta de la nariz y me miró con una mezcla de lástima y desconcierto que me dio náuseas.

—Elena, mi amor… ayer no fuiste al mercado. Te quedaste toda la mañana viendo la televisión en pijama. Me pediste que fuera yo a comprar algo para salir del paso e hiciste arroz a la cubana para comer. ¿No te acuerdas?

Me quedé de piedra. Sentí un zumbido en los oídos.

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