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ME QUEDÉ EN LA RUINA en Madrid y mi MEJOR AMIGO robó mi último proyecto para HACERSE MILLONARIO a escondidas

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ME QUEDÉ EN LA RUINA en Madrid y mi MEJOR AMIGO robó mi último proyecto para HACERSE MILLONARIO a escondidas

PARTE 1: El asfalto, la ruina y el último cartucho

Agosto en Madrid no es un mes, es un estado mental. Es una especie de castigo divino diseñado específicamente para derretir la voluntad de vivir de cualquier ser humano que no haya tenido la decencia, o la cuenta bancaria, de huir a Alicante. El asfalto de la calle Alcalá no solo quemaba, sino que parecía respirar, exhalando un vaho espeso que distorsionaba los faros de los taxis y convertía el centro de la ciudad en un microondas a máxima potencia. Y ahí estaba yo. Con la camisa pegada a la espalda, los zapatos manchados del polvo grisáceo de las obras de Sol, y exactamente menos treinta y cuatro euros con cincuenta céntimos en la cuenta del banco.

Ser autónomo en España ya es de por sí un deporte de riesgo extremo, algo así como hacer puenting pero con la cuerda atada al cuello y Hacienda empujándote al vacío. Pero quebrar en España, quedarse en la ruina más absoluta, miserable y cómica en pleno agosto madrileño, eso ya es poesía contemporánea. Hacía exactamente dos horas que había salido de la gestoría de Mariano, un hombre que huele permanentemente a tabaco negro y a desesperación burocrática, tras firmar el acta de defunción de mi anterior empresa.

—Lo siento, Javi, macho —me había dicho Mariano, ajustándose unas gafas que tenían más huellas dactilares que el cristal de un cajero automático—. Has aguantado más que la mayoría. Pero las deudas a la Seguridad Social no perdonan. Te van a embargar hasta las ganas de llorar.

Mi gran idea, mi supuesta entrada al club de los emprendedores de éxito, había sido un fracaso tan estrepitoso que casi merecía una placa conmemorativa en Malasaña. Había montado un local de cereales de importación. Sí, soy consciente. Ahora, en retrospectiva, suena como la mayor gilipollez de la historia de la humanidad, pero hace un par de años parecía brillante. Cobrar ocho euros por un bol de leche con colorantes artificiales y azúcar prensado en forma de unicornio a modernos con gorro de lana en pleno julio parecía un modelo de negocio infalible. Y lo fue, durante exactamente tres semanas. Luego, la gente se dio cuenta de que pagar ocho pavos por algo que te hace tu madre por ochenta céntimos era, objetivamente, de ser un imbécil. El local cerró, los proveedores me demandaron, el dueño del local se quedó con mi fianza de seis meses y yo me quedé viviendo a base de arroz blanco y sobres de kétchup que robaba en el McDonald’s de Gran Vía.

Con todo este panorama, arrastrando los pies como un extra de una película de zombis, llegué al bar ‘El Doble’ en Chamberí. Necesitaba una cerveza. No, necesitaba un milagro, pero a falta de milagros, una Mahou helada servida en un vaso de cristal grueso que te congela las yemas de los dedos siempre ha sido el mejor sustituto en esta ciudad.

Al cruzar la puerta, el olor a fritanga, a calamares y a serrín me abrazó como una madre. Y allí estaba él. Marcos. Mi mejor amigo. Mi hermano desde los tiempos en los que copiábamos en los exámenes de la Facultad de Económicas de la Complutense. Marcos, el tipo que me había aguantado las lágrimas cuando me dejó mi primera novia, el que me prestó su sofá cuando no podía pagar el alquiler, el único ser humano en el que confiaba plenamente en este valle de lágrimas y facturas impagadas.

Marcos estaba apoyado en la barra de zinc, con su eterna camisa de cuadros desabrochada un botón de más, comiendo aceitunas con la elegancia de un jabalí.

—¡Hombre, el Steve Jobs de Carabanchel! —gritó al verme, levantando su caña—. ¿Qué cara traes, tío? Pareces el Fary chupando un limón.

Me acerqué a la barra, arrastrando mi miserable existencia, y me dejé caer en un taburete que crujió en señal de protesta. Paco, el camarero, un hombre que lleva la misma camisa blanca desde 1998 y que tiene la asombrosa capacidad de servir tres mesas sin soltar un palillo de la boca, me plantó una caña delante sin que yo tuviera que abrir la boca.

—He firmado la liquidación, Marcos —dije, con la voz sonando como papel de lija—. Se acabó. Kaputt. Fin de la partida. Soy oficialmente más pobre que las ratas del metro de Tribunal. Las ratas, al menos, no le deben veinte mil euros a la Agencia Tributaria.

Marcos dejó el hueso de la aceituna en el plato de un golpe seco, cambió su expresión jocosa por una de gravedad absoluta y me puso una mano en el hombro, apretando con fuerza.

—Joder, hermano. Lo siento. Sé cuánto curro le metiste a lo de los cereales. Aunque, entre tú y yo, sigo pensando que los Froot Loops saben a cartón perfumado. Pero joder, es una putada. —Marcos dio un sorbo a su cerveza y me miró a los ojos—. Pero escúchame bien, Javi. Tú no eres un fracasado. Eres un visionario que se ha adelantado a su tiempo. Madrid no estaba preparada para tu concepto.

—Madrid no estaba dispuesta a ser estafada, Marcos. Es diferente —repliqué, dándole un trago largo a la Mahou. El líquido frío me bajó por la garganta, dándome el primer milisegundo de paz de todo el día—. Pero da igual. Ya no importa. Porque tengo otra cosa.

Marcos arqueó una ceja.

—¿Otra cosa? Javi, por Dios, dime que no vas a montar una peluquería para iguanas. Porque te juro que te incapacito legalmente.

Me incliné sobre la barra, mirando a los lados como si temiera que Paco el camarero fuera un espía industrial del Silicon Valley encubierto. Saqué de mi mochila, una Eastpak gastada que tenía más agujeros que un queso gruyer, una libreta Moleskine manchada de café. La abrí por la página central y se la deslicé a Marcos.

—No es una tienda. No es un local. No hay alquileres, no hay fianzas, no hay inventario que caduque —susurré, con los ojos inyectados en la locura del que no tiene nada que perder—. Es una puta aplicación, Marcos. El pelotazo definitivo. La solución al mayor problema endémico de esta santa ciudad.

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