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Me convirtieron en la SIRVIENTA DE MI PROPIA CASA en Galicia mientras mis suegros trataban a la REEMPLAZANTE como a una verdadera reina.

Me convirtieron en la SIRVIENTA DE MI PROPIA CASA en Galicia mientras mis suegros trataban a la REEMPLAZANTE como a una verdadera reina


PARTE 1: El barro, la vaca y la duquesa de polímero

Si a Carmen le hubieran dicho, cuando tenía veinticinco años y toda la ilusión del mundo metida en una maleta de cabina, que su destino final iba a oler tan intensamente a bosta de vaca, probablemente habría tirado la maleta al río Miño y se habría metido a monja de clausura. Pero la vida tiene un sentido del humor retorcido, muy retorcido. Y allí estaba ella, a sus treinta y cuatro años, con unas botas de agua de color verde musgo que pesaban dos kilos cada una, cruzando el patio de piedra de un caserón en el interior de Galicia.

Eran las seis y cuarto de la mañana. El cielo no estaba negro, estaba del color de la depresión clínica. Llovía. No una lluvia normal, sino ese orballo fino, constante y traicionero que no parece mojar pero que te cala hasta el tuétano de los huesos y te enfría el alma. Carmen arrastraba un caldero de pienso hacia el establo. Sus manos, que antaño habían conocido la crema hidratante y la manicura francesa, ahora parecían papel de lija del número cuatro.

—Mueve el culo, Castaña —le dijo Carmen a la vaca rubia gallega que la miraba con la misma indiferencia con la que su marido miraba las facturas de la luz.

La vaca soltó un mugido perezoso, masticando algo que bien podría ser hierba o los sueños rotos de Carmen.

El marido en cuestión se llamaba Suso. Jesús Manuel para el registro civil, Suso para los amigos, y “ese inútil redomado” en la voz interior de Carmen. Llevaban casados siete años. Siete años desde que ella dejó su trabajo de administrativa en Vigo para mudarse a la granja familiar de los padres de él, porque “el campo es el futuro, Carmela, que vamos a montar una casa rural de lujo y nos vamos a forrar”. La casa rural resultó ser una explotación lechera en decadencia, y el lujo se resumía en tener agua caliente a veces.

Carmen terminó de alimentar a los animales, limpió el suelo del establo con una manguera de la que salía agua a temperatura glacial, y caminó de vuelta hacia la casa de piedra. Al abrir la pesada puerta de roble de la cocina, el contraste térmico casi le da un bofetón. Dentro, la lareira (el fuego tradicional) estaba encendida, pero no por obra de magia, sino porque ella misma se había levantado a las cinco a cortar leña.

Sentada en la mesa de la cocina, envuelta en una bata de boatiné que debía tener más años que la propia casa, estaba su suegra, Doña Maruja. Maruja era una mujer pequeña, de rostro arrugado como una nuez vieja, pero con la energía destructiva de un huracán categoría cinco. A su lado, su marido, Don Xosé, un hombre que se comunicaba exclusivamente mediante gruñidos y sorbos ruidosos de café.

—Ya era hora, nena —soltó Maruja sin levantar la vista de su taza—. El café está frío.

—Buenos días a ti también, Maruja —respondió Carmen, quitándose las botas manchadas de barro y dejándolas junto a la puerta—. El café estaba hirviendo hace una hora, cuando lo dejé hecho antes de ir a ordeñar a las vacas.

—Si fueses más rápida no se enfriaría —sentenció la suegra, mojando una galleta María en el líquido oscuro—. Por cierto, limpia ese suelo de ahí que has dejado una gota de barro. Parece que te criaste en una cuadra.

La ironía de la frase casi hace que a Carmen le dé un aneurisma allí mismo.

Iba a responder, a soltar por esa boca todo lo que llevaba acumulando desde el invierno de 2018, cuando un ruido en la entrada principal la interrumpió. Eran las ruedas de una maleta rodando sobre los adoquines irregulares del porche. Una maleta pequeña, ágil. Demasiado moderna para estar en aquella aldea.

La puerta de la cocina se abrió de golpe. Allí estaba Suso. Llevaba su típica chaqueta de pana, el pelo un poco alborotado y una sonrisa estúpida pintada en la cara. Pero no venía solo.

Agarrada a su brazo izquierdo, como una garrapata vestida de Zara, había una mujer.

Carmen parpadeó. La vaca Castaña le había debido pegar algo, porque estaba alucinando. La mujer en cuestión tendría unos veintimuchos años. Llevaba el pelo rubio planchado hasta la extenuación, unas pestañas postizas que amenazaban con crear corrientes de aire en la cocina al parpadear, y unos pantalones blancos de campana que, de milagro, aún no habían tocado el barro gallego. Calzaba tacones. En una granja.

—Familia —anunció Suso, con el tono solemne de quien acaba de descubrir la cura para el resfriado—. Os presento a Valeria.

El silencio en la cocina fue tan denso que se podía cortar con un cuchillo jamonero. Xosé dejó la taza en la mesa con un ruido sordo. Maruja se quedó con la galleta a medio camino de la boca, goteando café sobre el mantel de hule. Carmen, con el paño de cocina en la mano, miró a su marido y luego a la aparición.

—¿Suso? —preguntó Carmen, con un tono de voz peligrosamente bajo—. ¿Quién es esta y qué hace en mi cocina a las siete de la mañana?

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