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Matriarca millonaria de Barcelona finge ser vendedora ambulante y la novia de su hijo le TIRA el carro de frutas al suelo por desprecio

Matriarca millonaria de Barcelona finge ser vendedora ambulante y la novia de su hijo le TIRA el carro de frutas al suelo por desprecio

PARTE 1: El complot del Paseo de Gracia y la peluca de mercadillo

Carmen Montells i de la Roca no era una mujer que dejase las cosas al azar. A sus sesenta y ocho años, esta matriarca barcelonesa, cuyo apellido estaba cincelado en las fachadas de al menos tres edificios modernistas del Eixample y cuyas cuentas bancarias tenían más ceros que un examen de matemáticas de primaria, controlaba su entorno con la precisión de un relojero suizo. Lo controlaba todo: las inversiones inmobiliarias, el color de las hortensias de su jardín en Pedralbes, el punto exacto de cocción del suquet de peix que preparaba su chef personal, y, por supuesto, la vida de su único hijo, Borja.

Borja era, para decirlo con la diplomacia que a Carmen le faltaba cuando cerraba las puertas de su despacho, un pedazo de pan. Un chico estupendo, guapo, educado en los mejores colegios bilingües, con un máster en ESADE que le había costado a Carmen lo mismo que un piso pequeño en L’Hospitalet, pero con una alarmante falta de instinto de supervivencia. Borja era de esos que si veían un cartel de “Peligro: cocodrilos”, pensaban que los cocodrilos seguramente solo querían un abrazo.

Y el último “cocodrilo” que había entrado en la vida de Borja se llamaba Valeria.

—Es una lagarta, Montse, te lo digo yo que tengo el ojo clínico para estas cosas —sentenció Carmen, dándole un sorbo a su té Darjeeling en taza de porcelana de Sèvres.

Estaba sentada en la galería de su inmenso piso, con vistas a La Pedrera. Frente a ella, su ama de llaves, confidente y compañera de fatigas desde hacía treinta años, Montserrat, asentía mientras le quitaba el polvo a un jarrón de la dinastía Ming con un plumero de avestruz.

—A ver, señora, la chica es… moderna —intentó suavizar Montse, que tenía un corazón más blando que la mantequilla dejada al sol—. Es influencer, o como se llame eso ahora. Se hace fotos con la comida antes de comérsela.

—Se hace fotos con mi comida, en mis restaurantes, y luego pide que se lo pongan para llevar en tuppers que no devuelve —gruñó Carmen—. No soporto a esa niñata. No es de las nuestras. Y no lo digo por el dinero, Montse, que ya sabes que yo a tu sobrino el fontanero le tengo un aprecio bárbaro. Lo digo por la clase. Esa chica tiene menos clase que un chándal con tacones. Mira a la gente por encima del hombro. El otro día trató al chófer, a pobre Eusebio, como si fuera el felpudo del coche. Le dijo, cito textualmente: “Cuidado con la puerta, que este bolso vale más que tu vida, abuelo”.

Montse dejó el plumero de golpe.

—¿Le dijo eso a Eusebio? ¿Al Eusebio que nos trae los melocotones del pueblo?

—Eso mismo. Y Borja, el muy pasmarote, le rió la gracia pensando que era una broma. Mi hijo está ciego, Montse. Cegado por las hormonas, por las extensiones de pestañas de esa chica y por ese perfume que usa que huele a gominola de fresa industrial. Pero esto se acaba. Los Montells no nos mezclamos con gente que maltrata al servicio ni a los que tienen menos. Es una regla de oro. Si eres un snob, al menos sé un snob educado.

Carmen se levantó, ajustándose su chaqueta de tweed de Chanel. Tenía un plan. Un plan brillante, absurdo y digno de una telenovela de las tres de la tarde, pero a su edad, se había ganado el derecho a ser excéntrica.

—Montse, llama a Eusebio. Y prepárame ropa vieja.

—¿Ropa vieja, señora? ¿Le hago el cocido para comer?

—No, mujer, ropa vieja de vestir. Algo desgastado. Y busca esa peluca gris que usé en Carnaval hace cinco años, la de bruja, pero córtale las verrugas de plástico. Hoy vamos a hacer teatro del bueno.

El plan era sencillo en su concepción pero requería una logística impecable. Borja le había comentado, con esa inocencia suya que a veces bordeaba la estupidez, que iba a llevar a Valeria a comer a un restaurante súper exclusivo y “cuqui” (palabra que a Carmen le producía urticaria) en el barrio del Born. Tenían reserva a las dos y media. Para llegar allí, inevitablemente tendrían que cruzar una plaza peatonal específica, llena de turistas y buscavidas.

Carmen iba a estar allí. Pero no como Carmen Montells, la señora de Barcelona, sino como “Carmela”, una humilde vendedora ambulante de frutas.

Dos horas después, la transformación era espectacular. Frente al espejo del vestidor de caoba, Carmen contemplaba a una desconocida. Llevaba una falda larga y descolorida que Montse había rescatado del baúl de donaciones para la parroquia, un suéter de lana gruesa lleno de bolitas, y un delantal de flores que había conocido tiempos mejores durante la transición española. La peluca gris, estratégicamente despeinada y medio oculta bajo un pañuelo de cuadros, le daba un aire de abuelita entrañable y cansada de la vida. Para rematar, se había quitado todo el maquillaje, dejando a la vista las arrugas que normalmente disimulaba con cremas de trescientos euros, y se había manchado un poco las manos y las mejillas con tierra de las macetas.

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