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Llegaba a casa con el uniforme roto fingiendo simples caídas, pero la cruel realidad del instituto en Valencia la marcó para el resto de su vida

Llegaba a casa con el uniforme roto fingiendo simples caídas, pero la cruel realidad del instituto en Valencia la marcó para el resto de su vida

PARTE 1

El primer día que Clara llegó a casa con la manga del uniforme rota, su madre estaba friendo croquetas.

Aquello, en la familia Soler, era más importante que una sesión del Congreso. Las croquetas de Amparo no se tocaban, no se interrumpían y, sobre todo, no se criticaban. En aquella cocina pequeña de un piso en Benimaclet, con los azulejos blancos que ya habían visto tres mudanzas, dos comuniones y una lavadora que sonaba como un helicóptero de la Guardia Civil, las croquetas eran un ritual sagrado.

—Niña, no entres corriendo que se me baja la bechamel —dijo Amparo sin girarse.

Clara no entró corriendo. Entró despacio. Demasiado despacio.

Llevaba la mochila colgada de un hombro, una coleta medio deshecha, las mejillas rojas y la camisa del uniforme rasgada por la costura del brazo izquierdo. No era un agujerito de esos que salen por engancharse con una silla mala del instituto. Era una raja larga, fea, como si la tela hubiese perdido una discusión con alguien con mucha prisa.

Amparo se giró con una croqueta a medio formar en la mano.

—¿Pero tú vienes de clase o de correr los sanfermines?

Clara tragó saliva. Sonrió. O intentó hacerlo. La sonrisa le quedó torcida, como una persiana antigua.

—Me he caído.

—¿Otra vez?

—Sí.

—¿Dónde?

—En educación física.

—¿Pero no teníais hoy matemáticas?

Clara se quedó callada un segundo. Solo un segundo. Pero las madres, cuando quieren, pueden medir el silencio igual que los radares de tráfico miden la velocidad.

—Nos han cambiado la hora —dijo Clara.

 

Amparo la miró de arriba abajo. Luego miró la manga. Luego miró la croqueta, como si la croqueta pudiera aportar un testimonio imparcial.

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