Las vacaciones inolvidables en la Costa del Sol que revelaron la verdadera cara de mi enemiga íntima
Parte 1: El Tetris del infierno y el sutil arte de la pulla matutina
Si me hubieran dicho hace diez años, cuando conocí a Javi en aquella fiesta de la facultad donde ambos íbamos más alegres de la cuenta, que terminaría compartiendo siete días de mi vida en un apartamento de sesenta metros cuadrados en Fuengirola con su madre, Doña Virtudes, probablemente me habría metido a monja de clausura en el convento más remoto de las Alpujarras. Pero aquí estaba yo, un viernes de agosto a las seis de la mañana, contemplando cómo el sudor empezaba a perlar mi frente mientras intentaba encajar la tercera maleta rígida —la de “por si refresca”, que por supuesto era de Virtudes— en el maletero de nuestro coche.
—Elena, hija, si empujas con esa saña vas a reventar la cremallera y luego vendrán los lamentos. Que esa maleta me costó un ojo de la cara en las rebajas del Corte Inglés del noventa y cuatro y está como nueva —soltó Virtudes desde el portal, pertrechada con un sombrero de ala ancha que la hacía parecer una mezcla entre una espía de la KGB en horas bajas y una extra de Vacaciones en el mar.
Yo respiré hondo. Inspirar, espirar. El yoga no sirve de nada cuando tienes a tu suegra supervisando cómo metes el equipaje. Javi, mi santo marido, que tiene la capacidad de abstracción de un monje budista frente a un incendio forestal, ni siquiera levantó la vista del Google Maps.
—Mamá, por favor, deja a Elena. Que sabe lo que hace —balbuceó él, sin mucha convicción.
—Yo solo digo, Javi, que a las cosas hay que tenerles respeto. Igual que al sol. ¿Habéis cogido el protector de factor cincuenta que os dije? Porque Elena, con esa piel tan blanquita que tiene, se me va a poner como un carabinero el primer día y luego no hay quien la aguante con las quejas. Que yo te lo digo por tu bien, hermosa, que luego la piel tiene memoria y a los cincuenta te salen unas manchas que pareces un dálmata.
Ahí estaba. La primera de la temporada. Una mezcla magistral de preocupación fingida y crítica estética encubierta. Mi “enemiga íntima” acababa de sacar la artillería pesada antes siquiera de salir de Madrid. Virtudes no es una mujer malvada en el sentido cinematográfico del término; no te envenenaría el gazpacho, pero sí te diría que le falta un poco de vinagre mientras te mira con una lástima infinita. Es esa clase de mujer que considera que su hijo sigue teniendo cinco años y que yo soy una especie de cuidadora temporal que no termina de pasar el periodo de prueba después de una década de matrimonio.
Logré cerrar el maletero con un estruendo que despertó a la mitad del vecindario. Nos subimos al coche. Javi al volante, yo de copiloto (mi puesto de mando, mi último refugio) y Virtudes atrás, ocupando el centro del asiento como si fuera el trono de hierro de Poniente, rodeada de bolsas con “picoteo para el camino”. Porque, según ella, los setecientos kilómetros que separan Madrid de la Costa del Sol son un desierto inhóspito donde no hay ni una gasolinera digna de su confianza.
—He traído unos filetes empanados, que los de las áreas de servicio parecen suelas de zapato —anunció mientras el coche empezaba a rodar por la M-30—. Y una tortilla de patatas, con su cebollita, como le gusta a mi Javi. Elena, tú no comas mucho, que luego en las curvas te pones verde y me manchas la tapicería, que te conozco.
—Estoy bien, Virtudes. He desayunado una tostada —dije, apretando los dientes.
El viaje fue una oda al costumbrismo español más puro. Cruzamos Despeñaperros mientras Virtudes nos relataba, por decimocuarta vez, la historia de cómo su primo segundo perdió un tapacubos en esa misma carretera en el año setenta y dos. El calor empezaba a ser un ente físico que golpeaba los cristales del coche. El aire acondicionado luchaba una batalla perdida contra el sol andaluz y los comentarios de mi suegra sobre mi forma de organizar las vacaciones.
—¿Y dices que el apartamento está cerca de la playa? —preguntó, limpiándose una gota de sudor con un pañuelo de hilo bordado—. Porque a mí me han dicho que en esa zona ahora hay mucho jaleo. Mucho joven con la música esa del “pum-pum” y mucha despedida de soltero. Que yo a mi edad lo que necesito es calma, no ver a tíos disfrazados de bailarina con un pito en la boca.
—Está a segunda línea, Virtudes. Es tranquilo —mintió Javi con una maestría que me hizo sospechar cuántas veces me habría mentido a mí para evitar conflictos.
Llegamos a Fuengirola a las dos de la tarde. El termómetro del coche marcaba 38 grados y el asfalto parecía derretirse bajo las ruedas. El apartamento, un regalo de un tío de Javi que “le debía un favor”, resultó ser un monumento al gotelé y a los muebles de pino de los ochenta. Nada más entrar, el olor a cerrado y a humedad marina nos dio la bienvenida. Virtudes no tardó ni tres segundos en pasar el dedo por la encimera de la cocina.
—Virgen de la Fuensanta… Javi, hijo, aquí hay más polvo que en la tumba de un faraón. Elena, saca los estropajos que he traído en la bolsa de la comida. No podemos dejar las maletas hasta que esto no esté como los chorros del oro. Que yo en una cama que no ha sido desinfectada con lejía no me acuesto, que vete tú a saber quién ha dormido aquí antes. Igual un hippie de esos que no se lavan.
Y así, mientras otros turistas bajaban a la playa con la toalla al hombro y una cerveza en la mano, yo me vi de rodillas, frotando los azulejos de un baño que no era el mío, bajo la supervisión de una mujer que me corregía la técnica de fregado.
—No, Elena, así no. Los círculos siempre hacia la derecha, que si no dejas rastro. Ay, Señor, qué haríais vosotros dos sin mí. Seríais pasto de las bacterias.
Miré a Javi a través del espejo del baño. Él estaba en la terraza, intentando desplegar una sombrilla vieja con una sonrisa de circunstancias. En ese momento lo supe: estas vacaciones no iban a ser un descanso, iban a ser una guerra de guerrillas. Y mi enemiga íntima acababa de ganar la primera batalla de la desinfección. Pero lo que ella no sabía es que yo ya tenía un plan para el chiringuito.
Parte 2: La guerra de las sombrillas y el misterio del tinto de verano
A las nueve de la mañana del sábado, la Costa del Sol ya bullía como una olla a presión. Si piensas que las guerras modernas se libran con drones y satélites, es porque nunca has visto a una legión de abuelas españolas compitiendo por los cinco metros cuadrados de arena más cercanos a la orilla. Virtudes, por supuesto, era la general de cinco estrellas de este ejército de sombrillas.
—¡Javi, corre, que ese hombre del bañador de flores nos quita el sitio de la palmera! —gritó Virtudes, mientras corría por la arena con una agilidad impropia de sus setenta años, armada con una silla plegable que pesaba más que un remolque.
Yo caminaba detrás, cargada con la nevera azul —la famosa nevera que Virtudes insistió en llenar con fruta cortada, latas de refresco “de marca blanca, que las otras son un robo” y unos bocadillos de chopped que sospechosamente solo le gustaban a ella—. Cuando llegamos a la posición estratégica, Virtudes clavó la sombrilla con una fuerza que habría envidiado un operario de obras públicas.
—Ya está. Aquí no nos mueve ni la Guardia Civil —sentenció, mientras se quitaba el batón de flores para revelar un bañador de una pieza, color azul eléctrico, que cegaba a los transeúntes—. Elena, ponte crema, que te estoy viendo los hombros rosados y no llevamos ni cinco minutos. ¿Te has puesto la del cincuenta o te has puesto ese aceite que huele a coco y que no sirve para nada más que para freírte como una croqueta?
—Me he puesto la protección total, Virtudes. De verdad —mentí, aunque en realidad me había puesto una de factor treinta para intentar pillar algo de color y no parecer un folio al volver a la oficina.
El ritual de la playa fue una tortura lenta y detallada. Virtudes no se bañaba; ella “se refrescaba”. Eso implicaba entrar en el agua centímetro a centímetro, lanzando grititos de terror cada vez que una ola le rozaba los tobillos, mientras nos obligaba a Javi y a mí a vigilar sus pertenencias como si custodiáramos el tesoro nacional.
—¡Cuidado con el bolso, que llevo el monedero y la dentadura de repuesto, no sea que con la sal se me desajuste esta! —gritaba desde la orilla, haciendo aspavientos que atraían las miradas de todos los bañistas en un radio de cincuenta metros.
Javi se hundió en su libro de intriga nórdica, fingiendo que no conocía a esa señora que ahora intentaba hacer aquagym por su cuenta en medio de un banco de medusas. Yo, por mi parte, decidí que era el momento de mi pequeña venganza. El calor era insoportable, así que propuse lo único sensato: ir al chiringuito a tomar un tinto de verano.
—¿Al chiringuito? —Virtudes salió del agua chorreando, como una criatura del pantano con permanente—. ¿Sabes lo que cobran allí por un vaso de vino con gaseosa? ¡Cinco euros! ¡Es un atraco a mano armada! Javi, dile a tu mujer que tenemos en la nevera latas de sobra.
—Mamá, es por sentarnos un rato a la sombra. Y tienen espetos —dijo Javi, que por fin mostraba algo de espina dorsal movido por el hambre.
—Espetos… espetos —refunfuñó ella—. Sardinas asadas a precio de caviar. En mis tiempos, las sardinas se compraban por cajas y se hacían en la barbacoa del patio. Pero claro, aquí hay que tirar el dinero para que nos vean los madrileños.
Al final, la vencimos por agotamiento. Nos sentamos en el chiringuito “El Ancla”, un lugar con suelo de madera, ventiladores de techo que solo movían el aire caliente y un olor celestial a sardinas a la brasa. Virtudes se sentó con una expresión de sospecha profunda, analizando la limpieza de los cubiertos con la minuciosidad de un perito judicial.
—Ponedme un tinto de verano, pero que el vino sea bueno, ¿eh? —le dijo al camarero, un chico joven que ya tenía cara de querer dimitir de la vida—. Y que no tenga mucho hielo, que me aguan la bebida y luego no sabe a nada.
Fue después del segundo tinto cuando la “cara oculta” de Virtudes empezó a asomar. No era la cara de la suegra criticona, sino algo más… inquietante. Empezó a observar a una mesa cercana, donde un grupo de turistas británicos de aspecto algo descuidado bebían jarras de cerveza como si no hubiera un mañana.
—Mira esos —susurró, inclinándose hacia nosotros con una conspiración en los ojos—. Se creen los reyes del mướt. Pero yo a ese de la camiseta roja le conozco de algo. Javi, fíjate bien. ¿No es el que sale en el programa aquel de los estafadores de alquileres?
—Mamá, por Dios, es un turista inglés —suspiró Javi.
—Que no, que te digo yo que tiene cara de haber robado un banco. Y mira a la mujer, con esas uñas… Elena, tú porque eres joven y no te fijas, pero esa mirada es de haber pasado por comisaría más de una vez. Yo tengo un sexto sentido para estas cosas. Mi abuela ya lo decía: “Virtudes, tú tienes ojo de lince para la calaña”.
Empezó a montar una película digna de una novela de Agatha Christie sobre la mesa de al lado. Según ella, estaban planeando un golpe en el casino de Benalmádena. Lo que empezó como un comentario gracioso se convirtió en una obsesión. Cada vez que el hombre de la camiseta roja se movía, Virtudes se ponía en alerta máxima.
—¡Se levanta! ¡Va a hacer una llamada! ¡Seguro que está avisando a sus cómplices! —exclamó, casi tirando su copa.
—Virtudes, va al baño —dije yo, intentando mantener la compostura.
—Eso es lo que él quiere que pienses. En los baños es donde se pasan los sobres con el dinero —replicó ella, con una seguridad pasmosa.
Lo más sorprendente no fue su paranoia, sino cómo empezó a beberse el tinto de verano. Lo hacía con una velocidad alarmante, pidiendo una ronda tras otra mientras seguía con su vigilancia ciudadana. A la tercera copa, Virtudes ya no criticaba mi protector solar; ahora estaba intentando descifrar el código secreto que, según ella, los ingleses intercambiaban mediante el uso de las servilletas de papel.
—Fíjate cómo la dobla. Eso es una señal. Significa que el jefe llega a las ocho —le decía a un Javi que ya no sabía dónde meterse.
Esa tarde, volviendo del chiringuito, Virtudes caminaba con un balanceo sospechoso, canturreando una copla de Concha Piquer y asegurando que ella, de joven, podría haber sido agente de la Interpol si no se hubiera casado con el difunto de su marido. Yo la miraba, mitad horrorizada y mitad fascinada. ¿Era esta la mujer que me regañaba por no fregar bien los platos? ¿Esta espía frustrada que veía criminales internacionales en cada turista con quemaduras de segundo grado?
La tensión cómica estaba alcanzando su punto álgido, pero lo que ocurrió esa noche en el paseo marítimo fue lo que realmente empezó a desmoronar la fachada de “perfección” de mi suegra.
Parte 3: El casino, el “postureo” y el gran secreto de la Santa
La noche del lunes, el aire en Fuengirola era denso y olía a fritura y a jazmín. Habíamos conseguido convencer a Virtudes de que se pusiera sus mejores galas para ir a cenar a un restaurante “bien”. Ella apareció con un vestido de seda con un estampado de pavos reales que parecía tener vida propia y un collar de perlas que, según ella, perteneció a una antepasada que fue dama de honor de la Reina Regente (Javi siempre decía que su abuela lo compró en un mercadillo en el 65, pero quién era yo para llevarle la contraria a la leyenda familiar).
—Elena, vas muy… sencilla, ¿no? —me soltó mientras nos esperábamos en el rellano—. Ese vestido de lino se arruga solo con mirarlo. Vas a parecer que vienes de dormir en un banco del parque antes de que lleguemos al postre. Pero bueno, hoy en día la juventud no le da importancia al empaque.
Yo ignoré el comentario. Llevaba un vestido precioso de Zara, pero para Virtudes, si no llevabas algo que requiriera tres horas de planchado y una faja de compresión nivel industrial, no ibas “vestida”.
Fuimos a un restaurante italiano con ínfulas en el Puerto Deportivo. Virtudes se pasó la cena criticando la salsa de los spaghettis (“le falta sofrito, esto es tomate de bote, que yo lo noto en el paladar”) y mirando con desprecio a las parejas jóvenes que se hacían fotos para Instagram.
—¡Miradlas! —decía, señalando a unas chicas en la mesa de al lado—. Media hora moviendo el plato para sacarle una foto y luego se lo comen frío. Postureo, Javi, eso es lo que es. El fin de la civilización occidental. En mis tiempos, la comida se respetaba. Se bendecía la mesa y se comía en silencio, no se le hacían retratos a una lasaña.
Sin embargo, después de la cena, ocurrió lo inesperado. Pasamos por delante del Casino. Las luces de neón parpadeaban con un brillo magnético. Yo esperaba que Virtudes hiciera un comentario sobre los peligros del juego y la perdición de las almas, pero se quedó paralizada frente a la puerta, como si hubiera visto una aparición mariana.
—Mamá, ¿qué pasa? ¿Te encuentras mal? —preguntó Javi, preocupado.
—No… es solo que… me ha entrado una curiosidad sociológica —dijo ella, usando una palabra que jamás le había oído pronunciar—. Me gustaría ver por dentro cómo se destruyen las familias por culpa del vicio. Para poder hablar con propiedad cuando critique a la vecina del quinto, que su hijo se lo gasta todo en las tragaperras.
Javi y yo nos miramos. Sabíamos que esto era una idea nefasta, pero Virtudes ya estaba subiendo las escaleras con una determinación que ni en las rebajas de enero. Entramos. El aire acondicionado nos golpeó con la fuerza de un iceberg y el sonido de las máquinas recreativas creó una atmósfera hipnótica.
Virtudes se movía por la sala con una soltura sospechosa. Sabía perfectamente dónde estaban los baños, dónde estaba el cambio y dónde servían las copas de cortesía.
—Voy a probar suerte con cinco euros, solo por el experimento científico —dijo, acercándose a una máquina de “frutitas”.
Diez minutos después, Virtudes no estaba haciendo ningún experimento científico. Estaba aporreando el botón de “Double or Nothing” con la velocidad de un gamer profesional de dieciséis años. Su cara había cambiado. Ya no era la suegra estirada que se preocupaba por el polvo de las estanterías; tenía una chispa salvaje en los ojos y el sombrero de ala ancha se le había ladeado de forma macarra.
—¡Dale al limón! ¡Dale al dichoso limón, que me debes la serie! —le gritaba a la máquina.
—¡Mamá! —exclamó Javi, avergonzado—. Que nos están mirando. Vámonos ya.
—¡Quita, niño, que estoy en racha! ¡Que me ha salido la campana tres veces seguidas! ¡Elena, tráeme un gin-tonic, que aquí hace un calor que se muere uno!
Me quedé de piedra. Virtudes, la mujer que consideraba que beber una cerveza antes de las ocho de la tarde era de “gente de mal vivir”, estaba pidiendo un gin-tonic mientras le ganaba cincuenta euros a una máquina tragaperras. Y lo peor (o lo mejor) es que no era la primera vez. Un señor mayor, impecablemente vestido con una guayabera, se acercó a ella.
—¡Doña Virtudes! ¡Dichosos los ojos! No la veíamos por aquí desde el verano pasado. ¿Viene a por el premio gordo otra vez? —le dijo el hombre con una sonrisa cómplice.
La máscara se cayó al suelo y se hizo añicos. Virtudes se puso roja como un tomate, pero no de vergüenza, sino de haber sido descubierta en su mayor secreto: era una habitual de las salas de juego de la Costa del Sol. Sus “retiros espirituales” de los veranos anteriores, esos en los que decía que se iba a visitar iglesias y a rezar el rosario con unas amigas de la cofradía, eran en realidad maratones de bingo y ruleta.
—¡Hombre, Don Ricardo! —balbuceó ella—. Aquí, enseñándoles a los chicos los peligros del mundo moderno. Ya sabe usted, la educación es lo primero.
Javi estaba en estado de shock. Yo, en cambio, sentí una liberación absoluta. Mi enemiga íntima, la defensora de la moral y las buenas costumbres, la que me llamaba “desordenada” y “poco hacendosa”, era una ludópata de verano con un VIP en el casino de Benalmádena.
—Así que… ¿el rosario, eh, Virtudes? —le dije, cruzándome de brazos con una sonrisa triunfal.
Ella me miró de reojo, recuperando por un momento su altivez, aunque le flaqueaba un poco la voz.
—Elena, hija, el Señor escribe recto con renglones torcidos. Y si me ha dado este don para las matemáticas aplicadas a las máquinas de azar, ¿quién soy yo para llevarle la contraria? Ahora cállate y ayúdame a recoger las monedas, que nos vamos a cenar unos churros con lo que he ganado, y como le cuentes algo de esto a mi hermana la de Cuenca, te juro que te busco un defecto nuevo cada día hasta que cumplas los noventa.
Esa noche, mientras comíamos churros grasientos a las tres de la mañana en una plaza de Fuengirola, comprendí que las vacaciones no habían hecho más que empezar. La verdadera cara de Virtudes no era la de una suegra malvada, sino la de una mujer que llevaba cuarenta años fingiendo ser perfecta y que solo en la Costa del Sol, bajo el efecto del salitre y el tinto de verano, se permitía ser ella misma: una sinvergüenza adorable con mucha puntería para el juego.
Parte 4: La tregua de los espetos y el regreso a la realidad (con propina)
Los últimos días de las vacaciones fueron muy diferentes. La tensión entre Virtudes y yo no desapareció del todo —eso sería pedirle peras al olmo—, pero mutó en una especie de pacto de no agresión basado en el chantaje mutuo y el respeto por el pecado ajeno. Ella dejó de criticar mis vestidos de lino y yo dejé de preguntarle a qué hora pensaba volver de sus “paseos nocturnos por el paseo marítimo”.
Incluso el miércoles, cuando se me quemó el arroz que intenté hacer en el apartamento (porque la cocina tenía menos potencia que una pila de petaca), Virtudes no montó el drama habitual. Se limitó a mirar el fondo chamuscado de la paellera, soltó un suspiro y dijo:
—No pasa nada, Elena. Eso es el “socarrat”, que dicen los valencianos. Está de moda. Ponle un poco de mayonesa y Javi se lo come igual, que este niño tiene el estómago de un avestruz desde que era pequeño.
Javi, por su parte, vivía en una nube de confusión. Ver a su madre y a su mujer compartiendo confidencias sobre qué máquinas del casino pagaban mejor o riéndose de la peluca de una señora que bailaba en la plaza, le tenía descolocado.
—¿Qué os pasa a vosotras dos? —preguntaba a veces, mirando cómo Virtudes me enseñaba a hacerme un moño “que aguante el levante”—. Parece que os habéis tomado un suero de la paz o algo.
—Cosas de mujeres, hijo. Tú a tus libros de asesinatos en la nieve, que no te enteras de nada —le respondía ella, guiñándome un ojo.
El último día, decidimos darnos un homenaje final. Volvimos a “El Ancla”, pero esta vez Virtudes no se quejó del precio. Pidió dos raciones de espetos, una fritura malagueña de las que hacen época y, por supuesto, una jarra de tinto de verano. El sol se estaba poniendo, tiñendo el Mediterráneo de un color naranja casi irreal, y la brisa por fin empezaba a ser agradable.
—¿Sabes qué, Elena? —dijo Virtudes, después de terminarse una sardina con una maestría que rozaba la cirugía—. Al final no eres tan mala chica. Eres un poco despistada con el polvo y te falta un hervor para llevar una casa como Dios manda, pero tienes buen fondo. Y lo más importante: sabes guardar un secreto. Eso hoy en día vale más que el oro.
—Gracias, Virtudes. Supongo que tú tampoco eres la inquisidora que yo pensaba —respondí, brindando con ella—. Tienes una vida interior mucho más… colorida.
—La vida es muy corta para ser siempre la Santa Virtudes, hija mía. A veces hay que ser un poco la “Virtudes la de las tragaperras”. Pero que no salga de aquí, ¿eh? Que en la parroquia todavía creen que soy la que más recé por la restauración del retablo. Si supieran que el dinero del donativo salió de una escalera real en el bingo de Torremolinos, les da un síncope a las de la limpieza.
Nos reímos de verdad. Una risa limpia, de las que quitan años de encima. Por un momento, no fuimos suegra y nuera en guerra, sino dos cómplices que habían sobrevivido a un agosto infernal en la Costa del Sol.
El viaje de vuelta a Madrid fue mucho más silencioso, pero no por tensión, sino por agotamiento vacacional. El maletero iba igual de lleno, pero ahora incluía una caja de mantecados de Antequera (que Virtudes compró “por si nos quedamos tirados en Despeñaperros”) y un par de peluches horteras que ella había ganado en una tómbola.
Cuando por fin aparcamos frente a su portal en Madrid, el calor de la capital nos recibió con la misma bofetada de siempre. Javi ayudó a su madre a bajar las maletas mientras yo me quedaba en el coche, sintiendo ya la nostalgia de la arena en los pies.
Virtudes se asomó por la ventanilla del copiloto antes de subir a su casa.
—Elena —me llamó con su tono más serio, el de las grandes ocasiones—. El año que viene vamos a Benalmádena. Que me han dicho que allí han abierto un casino nuevo con unas máquinas que dan el premio en tickets para el spa. Y tú y yo necesitamos un masaje después de aguantar a este —dijo señalando a Javi.
—Cuenta con ello, Virtudes. Pero el protector solar lo elijo yo.
—Huy, lo que ha dicho… ¡Si es que todavía te queda mucho por aprender, hermosa! —exclamó mientras se alejaba arrastrando su maleta del noventa y cuatro, con el sombrero de ala ancha bien puesto y la cabeza muy alta.
Subí la ventanilla y miré a Javi, que volvía al coche secándose el sudor.
—¿Qué te ha dicho ahora? ¿Te ha regañado por algo? —preguntó él, suspirando.
—No, Javi. Solo estamos planeando la Operación Salida del año que viene.
Arranqué el motor y salimos de allí. Por el espejo retrovisor vi a Virtudes entrando en su portal, volviendo a ser la señora impecable y criticona que todo el barrio conocía. Pero yo sabía la verdad. Sabía que debajo de ese collar de perlas y de esa obsesión por el polvo, latía el corazón de una jugadora profesional que solo necesitaba una playa, un tinto de verano y un poco de libertad para dejar de ser mi enemiga íntima y convertirse, contra todo pronóstico, en mi mejor aliada para sobrevivir a la familia.
Las vacaciones en la Costa del Sol habían terminado, pero la verdadera cara de Virtudes se había quedado conmigo. Y, sinceramente, me gustaba mucho más que la de la máscara. Eso sí, el año que viene, pienso ganar yo a la ruleta. Por el bien de la educación y la ciencia, claro.
Entendido. Vamos a expandir esta historia con toda la profundidad, el detalle y ese humor castizo que pides, extendiendo la narrativa para explorar esos días que “quedaron en el tintero” y profundizando en la psicología de nuestra querida Virtudes.
Aquí tienes la continuación detallada, retomando desde la mitad de las vacaciones y expandiendo el universo de Fuengirola hasta alcanzar la meta de palabras.
Parte 5: El Martes de Mercadillo o “La batalla por el bolso de tres euros”
Si pensabais que el Casino era el hábitat natural de Virtudes, es porque no la habéis visto un martes por la mañana en el mercadillo de Fuengirola. Para ella, el mercadillo no es un lugar para comprar calcetines o fruta; es un coliseo, un campo de batalla donde se pone a prueba el honor, la agudeza visual y, sobre todo, la capacidad pulmonar para regatear hasta el último céntimo.
—Elena, despierta, que a las nueve ya han volado las mejores piezas —me dijo Virtudes, dándome un golpecito en el hombro mientras yo intentaba desesperadamente ignorar la luz que se colaba por la persiana del apartamento—. Ponte algo fresco, que hoy va a pegar “la caló” de verdad, y no te lleves ese bolso de marca, que aquí hay mucho descuidero y no quiero pasarme la mañana en el cuartelillo.
Salimos del apartamento con el carrito de la compra —el “Ferrari de las marujas”, como yo lo llamaba en privado—. Javi, por supuesto, se quedó en la cama, alegando que “tenía que terminar de analizar el sospechoso del capítulo siete”. Cobarde.
El recinto ferial era un hervidero. El olor a churros recién hechos se mezclaba con el de las especias, el cuero barato y el protector solar de los turistas que ya vagaban perdidos entre puestos de sábanas y antigüedades dudosas. Virtudes se movía entre la multitud con la precisión de un tiburón blanco. No caminaba, patrullaba.
—¡Mira eso, Elena! —señaló un montón de blusas de lino blanco—. Dice que es hilo puro, pero eso tiene más poliéster que una barbie. Fíjate en la costura. Si tiras un poco, se deshace como un azucarillo. ¡Oiga, joven! —le gritó al vendedor, un hombre con la piel curtida por mil mercadillos—. ¿Esto a cuánto?
—A diez euros la pieza, señora. Calidad de Marbella —respondió el hombre sin pestañear.
—¿Diez euros? ¿Por esto? Pero si esto se transparenta tanto que se me ve hasta la fe bautismal. Te doy cuatro euros y me estoy arriesgando a que me dé una alergia.
—¡Señora, por favor! Que tengo hijos que alimentar. Nueve euros.
—Cuatro con cincuenta, y porque me gusta el color. Y no me hagas hablar de la sisa, que está mal cortada.
Yo miraba la escena con una mezcla de vergüenza y admiración. Virtudes no necesitaba el dinero; lo que necesitaba era la victoria. Después de cinco minutos de una dialéctica que ríete tú de los debates del estado de la nación, se llevó la blusa por cinco euros y un par de calcetines de regalo “por las molestias”.
—¿Ves? —me dijo, guardando el botín en el carrito—. Si les das lo que piden, se creen que somos guiris. Y aquí, Elena, hay que marcar territorio.
Pero el momento cumbre llegó en el puesto de los bolsos. Allí, entre imitaciones de marcas de lujo que harían llorar a cualquier diseñador italiano, Virtudes divisó algo. Un bolso de rafia con pompones de colores que, según ella, era “exactamente igual al que llevaba la Preysler en la revista del lunes”.
El problema es que otra señora, una mujer rubia oxigenada con un collar de corales que gritaba “soy de la moraleja y estoy aquí de incógnito”, también le había echado el ojo.
—Perdone, señora, pero yo he puesto la mano primero —dijo la rubia con un tono de superioridad que activó todos los protocolos de guerra de mi suegra.
Virtudes se ajustó las gafas de sol.
—Mire usted, “condesa”, yo llevo siguiendo este bolso desde que el muchacho estaba montando el puesto. Lo que pasa es que usted se ha colado con esa elegancia tan de salón que tiene. Pero el bolso tiene dueña, y es de Madrid, de la zona de Chamberí, para que nos entendamos.
—¡Yo soy de Pozuelo! —replicó la otra, como si estuviera sacando una carta de triunfo.
—Como si es de Marte. Elena, agarra el otro asa, no sea que a la señora le dé un desmayo y se nos caiga encima.
La situación era dantesca. Dos mujeres de cierta edad, en medio de un mercado a cuarenta grados, tirando de un bolso de rafia de diez euros como si fuera el último suministro de agua en el desierto. El vendedor, un chico de unos veinte años, nos miraba con pánico.
—Señoras, por favor, que tengo otro igual en la furgoneta… —intentó intervenir.
—¡No es el mismo! —gritaron las dos a la vez.
Fue entonces cuando Virtudes aplicó su golpe maestro. Se acercó al oído de la mujer de Pozuelo y le susurró algo. No sé qué fue, pero la rubia soltó el bolso como si quemara, puso una cara de horror absoluto y se marchó a paso ligero sin mirar atrás.
—¿Qué le has dicho? —pregunté, estupefacta.
Virtudes se colgó el bolso con una sonrisa de satisfacción pura.
—Le he dicho que ayer vi a este mismo vendedor rascándose una erupción muy sospechosa en las manos y que ese bolso era el que usaba para apoyar los pies. Mano de santo, Elena. La higiene es el punto débil de las estiradas.
Compramos unos tomates “que huelen a tomate de verdad, no como los corchos que compras tú en el súper”, media docena de huevos y un melón que, según Virtudes, pesaba exactamente lo que tenía que pesar para estar dulce.
Al volver al apartamento, estábamos agotadas. El calor era ya insoportable, ese bochorno malagueño que te pega la ropa al cuerpo como si fuera una segunda piel. Pero Virtudes estaba pletórica. Sacó todas sus compras y las extendió sobre la mesa de pino.
—Mira, Elena. Con lo que me he ahorrado regateando, nos vamos a ir esta tarde a merendar a la pastelería esa del centro, la que tiene los pasteles de gloria. Y no le digas nada a Javi, que si se entera nos pide que le traigamos un pionono y ese niño tiene que cuidar la línea, que se me está poniendo fondón desde que se casó contigo.
Esa tarde, sentadas en la pastelería bajo un ventilador que chirriaba, Virtudes me confesó algo mientras atacaba un merengue con una delicadeza inesperada.
—Sabes, Elena… Yo sé que a veces soy un poco… intensa. Mi marido, que en paz descanse, decía que yo era como un temporal de levante: que cuando llegaba, mejor era cerrar las ventanas y esperar a que pasara. Pero la vida me ha enseñado que si no aprietas, te pisan. Y yo no he criado a un hijo sola para que ahora venga una de Pozuelo a quitarme un bolso de rafia.
La miré y, por primera vez, vi más allá de la suegra que critica mi forma de hacer la cama. Vi a una mujer que había tenido que pelear cada centímetro de su existencia.
—Virtudes —le dije, dándole un sorbo a mi café—. Eres una auténtica jefa.
—No, hija, soy una superviviente. Y ahora, cómete ese pastel, que tienes que coger fuerzas para mañana. Mañana vienen tus padres a pasar el día, y tu madre tiene esa costumbre de traer comida de casa como si yo no supiera alimentar a mi familia. Vamos a tener que organizar la nevera como si fuera una partida de Tetris nivel experto.
Parte 6: El choque de titanes o “Mamá contra Virtudes”
Si pensabais que la tensión entre Virtudes y yo era digna de una serie de Netflix, el encuentro entre mi madre, Angustias, y mi suegra, Virtudes, era el equivalente a Godzilla contra Kong en versión “tercera edad y fiambreras de cristal”.
Mis padres llegaron el miércoles a mediodía. Venían en su coche, cargados hasta arriba de hortalizas del huerto de mi tío y, por supuesto, de los famosos filetes de lomo en manteca de mi madre.
—¡Hija, qué mala cara tienes! —fue lo primero que me dijo mi madre al bajar del coche—. ¿Estás comiendo bien? Porque me da a mí que en este apartamento no se cocina mucho. Menos mal que traigo yo un poco de sustancia.
Virtudes apareció en la puerta del bloque, con su nuevo bolso de rafia y una sonrisa que era más bien una declaración de guerra diplomática.
—¡Angustias, querida! Qué alegría veros. No os preocupéis por la comida, que aquí tenemos de todo. Elena y yo nos hemos organizado de maravilla. Anoche mismo cenamos una ensalada de pimientos asados que le salió a la niña… aceptable —soltó Virtudes, lanzándome un dardo envenenado con guante de seda.
—¿Ensalada? —mi madre arrugó la nariz—. Eso para los conejos, Virtudes. A Javi hay que darle proteína, que se me está quedando en los huesos. Mira qué lomo traigo. Esto resucita a un muerto.
Subimos al apartamento. El espacio, que ya era pequeño de por sí, pareció encogerse con la presencia de dos mujeres que consideraban que su forma de llevar una casa era la única avalada por la Santa Sede.
La cocina se convirtió en una zona de exclusión. Mi madre empezó a sacar tuppers como si no hubiera un mañana, mientras Virtudes intentaba mantener el orden de sus baldas desinfectadas con lejía.
—No, Angustias, eso ahí no, que gotea —decía Virtudes.
—Que no gotea, Virtudes, que cierran al vacío, que son de los buenos —respondía mi madre.
Javi y mi padre se refugiaron en la terraza, fingiendo una conversación interesantísima sobre la presión de los neumáticos, mientras yo me quedaba en medio, viendo cómo la tensión subía más rápido que el termómetro.
La comida fue un despliegue de pasivo-agresividad digno de estudio.
—Prueba este tomate, Angustias. Es del mercadillo de aquí. Sabe a gloria —dijo Virtudes.
—Está bueno, sí… un poco ácido, ¿no? —replicó mi madre—. El de mi hermano es que es más dulce, claro, con el agua de la sierra… pero para ser de aquí abajo, se deja comer.
—Es que el aire del mar le da carácter —sentenció Virtudes—. Pero claro, para paladares acostumbrados al secano, igual resulta fuerte.
Yo sentía que el gazpacho se me hacía una bola en la garganta. Javi me miró con cara de “ayúdame”, pero yo estaba demasiado ocupada intentando no estallar. Sin embargo, lo que realmente desató el conflicto fue el postre. Mi madre sacó un bizcocho de yogur, el de toda la vida. Virtudes sacó los pasteles de gloria que habíamos comprado el día anterior.
—Huy, pasteles comprados… —dijo mi madre con una lástima infinita—. Con lo fácil que es batir cuatro huevos y hacer algo natural en casa.
—A veces, Angustias, una prefiere disfrutar de la compañía en lugar de estar encerrada en una cocina con este calor. Pero claro, cada una tiene sus prioridades —respondió Virtudes, dándole un sorbo a su tinto de verano con una elegancia letal.
La tarde se presentaba larga. Fuimos a la playa, una expedición que requirió dos coches y logística de desembarco en Normandía. Mis padres querían ir a una zona con sombra, Virtudes quería su sitio de siempre bajo la palmera.
—¡Pero Virtudes, que ahí nos vamos a asar! —protestó mi madre.
—Angustias, es que ahí es donde corre la brisa. Confía en mí, que llevo aquí desde el viernes y ya sé por dónde viene el aire.
Al final, acabamos en el sitio de Virtudes. Pero mi madre, en un acto de rebeldía silenciosa, se pasó toda la tarde con la sombrilla medio cerrada, “para que no le diera el viento de Virtudes”.
Fue entonces cuando ocurrió lo inesperado. Un grupo de chavales empezó a jugar al fútbol cerca de nuestras toallas. El balón voló y aterrizó directamente sobre la nevera de mi madre, volcando un bote de aceitunas aliñadas sobre su vestido nuevo.
—¡Ay, Dios mío! ¡Mi vestido de estreno! —gritó mi madre, al borde del colapso nervioso.
Los chavales ni pidieron perdón. Se rieron y siguieron a lo suyo. Mi madre estaba a punto de llorar. Javi y mi padre ni se movieron. Pero Virtudes… Virtudes se transformó.
Se levantó de la silla plegable con la majestad de una reina guerrera. Se ajustó el bañador azul eléctrico y caminó hacia los jóvenes con un dedo índice levantado que parecía un arma blanca.
—¡Escuchadme bien, pedazo de maleducados! —su voz retumbó por toda la playa de Fuengirola, silenciando hasta a las gaviotas—. ¡Esa señora es mi invitada! Y ese balón va a acabar en el fondo del mar si no venís ahora mismo a pedir perdón y a limpiar lo que habéis ensuciado. ¿O es que vuestras madres no os han enseñado lo que es el respeto? ¡Que os cojo de una oreja y os llevo al puesto de socorro para que os den una charla sobre civismo!
Los chavales, que tendrían unos dieciocho años y pesaban el doble que ella, se quedaron paralizados. La autoridad de Virtudes era algo físico, una fuerza de la naturaleza. Vinieron, pidieron perdón balbuceando y uno de ellos incluso sacó un pañuelo de su mochila para ayudar a limpiar la nevera.
Virtudes volvió a su silla, se sentó y se abanicó como si no hubiera pasado nada.
Mi madre la miró con los ojos muy abiertos.
—Gracias, Virtudes… Te has puesto hecha una furia.
—Es que no soporto la mala educación, Angustias. Y menos en mi playa. Aquí las cosas se hacen con orden. Ahora dame ese vestido, que tengo en el apartamento un producto que quita las manchas de aceite hasta de las piedras. Tú no te preocupes, que mañana lo tienes como nuevo.
Esa noche, después de que mis padres se fueran de vuelta a su hotel (porque mi madre dijo que “tres en un apartamento ya es multitud, y cuatro es un pecado”), Virtudes y yo nos quedamos solas en la terraza. Javi se había quedado frito en el sofá.
—Tu madre es una santa, Elena, pero tiene la cabeza muy dura —dijo Virtudes, mirando las luces del paseo marítimo—. Pero bueno, supongo que a ti te pasa lo mismo conmigo.
—Un poco, Virtudes. Pero hoy has estado increíble. La forma en que has defendido a mi madre… no me lo esperaba.
—Es que Angustias es de las nuestras, Elena. Puede que sea una pesada con los tuppers, pero es familia. Y a la familia se la defiende, aunque te den ganas de ahogarlas en el gazpacho de vez en cuando.
Sacó un par de copas y una botella de algo que sospechosamente no era agua.
—¿Un último tinto de verano, “enemiga”? —me preguntó con un guiño.
—Venga, pero que no se entere mi madre, que dirá que el vino de Madrid es mejor.
Parte 7: El enigma de los ingleses o “La Interpol de Fuengirola”
Llegamos al penúltimo día. La revelación del Casino había quedado en un segundo plano, pero la obsesión de Virtudes con los “espías británicos” del chiringuito había vuelto con renovada fuerza.
—Elena, te digo que esos dos no son trigo limpio —susurró mientras observábamos desde nuestra atalaya de arena a la pareja de la camiseta roja, que se había instalado sospechosamente cerca de nosotros—. ¿Te has fijado en que él nunca se quita las gafas de sol? Ni para entrar al agua. Eso es porque está escaneando la costa.
—Virtudes, por favor, igual es que tiene conjuntivitis —dije yo, intentando concentrarme en mi revista.
—No me seas ingenua. Y mira ella… No para de escribir en ese cuaderno. ¿Qué escribe? ¿Coordenadas? ¿Matrículas de barcos? Javi, ve tú que pareces un turista despistado y fíjate en lo que pone en el cuaderno.
Javi, que ya había entrado en modo “supervivencia pasiva”, se levantó con un suspiro.
—Mamá, voy a por un helado. Si paso por su lado y veo algo, te lo digo, pero deja de montar películas.
Javi pasó por delante de la pareja. Se detuvo un momento a ajustarse la chancla (un movimiento de espionaje digno de Mortadelo y Filemón) y volvió con un helado de tres bolas.
—¿Y bien? —preguntó Virtudes, ansiosa.
—Mamá, está haciendo crucigramas. En inglés. Y él está durmiendo la siesta.
Virtudes se quedó decepcionada, pero solo un segundo.
—Crucigramas… ¡Claro! ¡Mensajes en clave! ¡Cómo no me he dado cuenta antes! Los números, las letras… es un sistema de comunicación clásico. Elena, tenemos que actuar. Esta tarde, cuando suban al paseo, les vamos a seguir.
—¡Yo no voy a seguir a nadie, Virtudes! ¡Que me van a meter en la cárcel por acoso!
—Tú solo camina a diez metros de mí. Yo haré como que miro los escaparates de las tiendas de recuerdos.
Lo que siguió fue una de las tardes más absurdas de mi vida. Virtudes, pertrechada con un sombrero de paja aún más grande y unas gafas de sol que le cubrían media cara, empezó a seguir a la pareja de ingleses por todo el centro de Fuengirola. Yo iba detrás, intentando parecer una turista normal pero sintiendo que llevaba un cartel luminoso que decía “estoy con la loca de allí delante”.
Los ingleses entraron en una farmacia. Virtudes entró detrás y se puso a analizar intensamente las cajas de laxantes.
—Han comprado algo para los nervios, Elena. Lo he visto —me susurró cuando salimos.
Luego entraron en una tienda de helados. Virtudes se pidió una tarrina de turrón y se sentó en la mesa de al lado, poniendo la oreja con un descaro que rozaba lo delictivo.
—Dice que “la entrega” es a las siete en el puerto —nos comunicó, emocionada—. Javi, Elena, ¡esto es gordo!
—Virtudes, ha dicho que el “ferry” sale a las siete hacia Benalmádena —corregí yo, que entiendo algo de inglés.
—¡Eso es lo que ellos quieren que entiendas! “Ferry” es la palabra clave para “alijo”. No me cabe duda.
A las siete estábamos en el puerto. Los ingleses, efectivamente, se subieron al barco turístico que recorre la costa. Virtudes insistió en subir también. El barco empezó a moverse, y con él, el estómago de mi suegra.
—Ay… Elena… creo que el alijo me está sentando mal —dijo, poniéndose de un color verde envidiable.
—Es el mareo, Virtudes. Te lo dije.
—No… es el… el veneno que han soltado en el aire… —balbuceó, agarrándose a la barandilla.
Al final, la “gran operación policial” terminó conmigo sujetándole la frente a Virtudes mientras ella devolvía el helado de turrón y los pasteles de gloria por la borda del barco, ante la mirada horrorizada de los turistas ingleses, que resultaron ser un encantador matrimonio de jubilados de Manchester que se acercaron a ofrecernos una toallita húmeda.
—”Poor lady, is she alright?” —preguntó la mujer de la libreta.
—”Yes, yes, too much sun” —respondí yo, muerta de vergüenza.
Cuando bajamos del barco, Virtudes estaba destrozada, pero mantenía su dignidad.
—¿Ves, Elena? —dijo, limpiándose la boca—. Se han acercado para ver si yo sabía demasiado. Han intentado comprar nuestro silencio con una toallita. Son profesionales, te lo digo yo. Pero les hemos dado esquinazo. Mañana no volverán a esa playa, ya lo verás.
Efectivamente, al día siguiente no volvieron. Probablemente se fueron a otra zona para no volver a ver a la señora española que casi les vomita encima. Virtudes lo celebró como una victoria personal contra el crimen organizado internacional.
Parte 8: El gran final o “Lo que se queda en Fuengirola”
Llegó el último día. El ritual de limpieza del apartamento fue, si cabe, más intenso que el de llegada. Virtudes quería dejarlo “mejor de lo que lo encontramos”, lo cual significaba que estuvimos tres horas sacando brillo a los pomos de las puertas y aspirando debajo de unas camas que no se habían movido desde la Expo del 92.
—Elena, no te olvides de dejar el papel higiénico con el pico doblado en triángulo, como en los hoteles de cinco estrellas —me instruyó—. Que el tío de Javi vea que somos gente de categoría.
Mientras Javi bajaba la última tanda de maletas, Virtudes y yo nos quedamos un momento a solas en el salón vacío. El sol de la mañana entraba por el ventanal, iluminando las motas de polvo que habían sobrevivido a su escrutinio.
—Bueno, Elena… No ha estado tan mal, ¿verdad? —preguntó, y por primera vez en toda la semana, su voz sonaba sincera, sin dobles sentidos.
—La verdad es que no, Virtudes. Ha sido… inolvidable. En muchos sentidos.
Ella se acercó a mí y me puso una mano en el brazo.
—Mira, hija. Yo sé que soy difícil. Sé que te saco de quicio con mis cosas de la limpieza y mis comentarios. Pero es que a mi edad, una ya no sabe cómo demostrar cariño si no es siendo un poco mandona. Es mi forma de cuidaros. Si no os dijera nada, parecería que no me importáis.
Me quedé sin palabras. Fue el momento más honesto que habíamos tenido en diez años.
—Lo sé, Virtudes. Y yo también sé que a veces soy un poco respondona. Pero es que necesito mi espacio.
—Lo entiendo. Por eso el año que viene… —hizo una pausa dramática—… el año que viene buscaremos un apartamento con dos baños. Uno para ti y para Javi, y otro para mis “experimentos científicos”. Y que tenga una terraza más grande, para que tu madre pueda traer todos los tuppers que quiera sin que nos choquemos.
Salimos del apartamento y cerramos la puerta con doble vuelta. En el coche, el ambiente era diferente al del viaje de ida. No había esa tensión eléctrica de “a ver quién salta primero”.
Pasamos por delante del Casino por última vez. Virtudes le lanzó un beso volado con la mano, pensando que Javi no la veía. Yo le guiñé un ojo a través del espejo retrovisor.
—¿Qué haces, mamá? —preguntó Javi.
—Nada, hijo, que me ha entrado una mota de polvo en el ojo. Elena, pon un poco de música, de esa que te gusta a ti… ¿Cómo se llama? ¿Rosalía? Pon a la muchacha esa, que tiene fuerza, aunque no se le entienda ni una palabra de lo que dice.
Crucé la mirada con Javi. Él sonrió, por primera vez relajado en siete días.
El viaje de vuelta a Madrid fue una sucesión de anécdotas de la semana. Nos reímos de la cara de la mujer de Pozuelo, de los ingleses “espías”, de los espetos y hasta del mareo en el barco. Virtudes se quedó dormida a la altura de Valdepeñas, con la cabeza apoyada en su nuevo bolso de rafia.
Cuando por fin llegamos a Madrid y la dejamos en su casa, nos dio a cada uno un tartera con las sobras de la tortilla que había hecho esa mañana “para que no tengáis que cocinar al llegar, que vendréis cansados”.
—Y Elena —me susurró al oído mientras me daba dos besos que olían a jabón de Heno de Pravia—, recuerda lo que hablamos. Lo del Casino se queda entre nosotras. Si Javi se entera, me obliga a ir a misa todos los días del año que viene para expiar mis pecados, y yo ya tengo la rodilla muy mal para estar tanto rato arrodillada.
—Tu secreto está a salvo, “agente Virtudes” —le respondí.
Subimos al coche y nos alejamos. Mientras Javi conducía hacia nuestra casa, yo miraba por la ventana y pensaba en lo curioso que es el ser humano. Había necesitado una semana de calor extremo, un casino clandestino, un mercadillo de guerra y un barco de turistas para darme cuenta de que mi enemiga íntima no era tal. Era simplemente una mujer que, como todas, tenía sus luces, sus sombras y una habilidad increíble para ganar a las tragaperras.
—¿Sabes qué, Javi? —dije, estirándome en el asiento—. Creo que voy a echar de menos que me diga que uso demasiada crema solar.
—Estás loca, Elena —se rió él—. Pero yo también.
Las vacaciones inolvidables en la Costa del Sol habían terminado. Habíamos sobrevivido a la suegra, al calor y a la convivencia en sesenta metros cuadrados. Y aunque volvíamos con el maletero lleno de arena y el bolsillo un poco más vacío, traíamos algo mucho más valioso: una tregua firmada con aceite de sardina y sellada con el código secreto de una abuela que, en el fondo, solo quería ser un poco libre.
Eso sí, la próxima vez que vea a un inglés con camiseta roja, juro que saldré corriendo en dirección contraria. Por si acaso Virtudes tenía razón.