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Las vacaciones inolvidables en la Costa del Sol que revelaron la verdadera cara de mi enemiga íntima

Las vacaciones inolvidables en la Costa del Sol que revelaron la verdadera cara de mi enemiga íntima

Parte 1: El Tetris del infierno y el sutil arte de la pulla matutina

Si me hubieran dicho hace diez años, cuando conocí a Javi en aquella fiesta de la facultad donde ambos íbamos más alegres de la cuenta, que terminaría compartiendo siete días de mi vida en un apartamento de sesenta metros cuadrados en Fuengirola con su madre, Doña Virtudes, probablemente me habría metido a monja de clausura en el convento más remoto de las Alpujarras. Pero aquí estaba yo, un viernes de agosto a las seis de la mañana, contemplando cómo el sudor empezaba a perlar mi frente mientras intentaba encajar la tercera maleta rígida —la de “por si refresca”, que por supuesto era de Virtudes— en el maletero de nuestro coche.

—Elena, hija, si empujas con esa saña vas a reventar la cremallera y luego vendrán los lamentos. Que esa maleta me costó un ojo de la cara en las rebajas del Corte Inglés del noventa y cuatro y está como nueva —soltó Virtudes desde el portal, pertrechada con un sombrero de ala ancha que la hacía parecer una mezcla entre una espía de la KGB en horas bajas y una extra de Vacaciones en el mar.

Yo respiré hondo. Inspirar, espirar. El yoga no sirve de nada cuando tienes a tu suegra supervisando cómo metes el equipaje. Javi, mi santo marido, que tiene la capacidad de abstracción de un monje budista frente a un incendio forestal, ni siquiera levantó la vista del Google Maps.

—Mamá, por favor, deja a Elena. Que sabe lo que hace —balbuceó él, sin mucha convicción.

—Yo solo digo, Javi, que a las cosas hay que tenerles respeto. Igual que al sol. ¿Habéis cogido el protector de factor cincuenta que os dije? Porque Elena, con esa piel tan blanquita que tiene, se me va a poner como un carabinero el primer día y luego no hay quien la aguante con las quejas. Que yo te lo digo por tu bien, hermosa, que luego la piel tiene memoria y a los cincuenta te salen unas manchas que pareces un dálmata.

Ahí estaba. La primera de la temporada. Una mezcla magistral de preocupación fingida y crítica estética encubierta. Mi “enemiga íntima” acababa de sacar la artillería pesada antes siquiera de salir de Madrid. Virtudes no es una mujer malvada en el sentido cinematográfico del término; no te envenenaría el gazpacho, pero sí te diría que le falta un poco de vinagre mientras te mira con una lástima infinita. Es esa clase de mujer que considera que su hijo sigue teniendo cinco años y que yo soy una especie de cuidadora temporal que no termina de pasar el periodo de prueba después de una década de matrimonio.

Logré cerrar el maletero con un estruendo que despertó a la mitad del vecindario. Nos subimos al coche. Javi al volante, yo de copiloto (mi puesto de mando, mi último refugio) y Virtudes atrás, ocupando el centro del asiento como si fuera el trono de hierro de Poniente, rodeada de bolsas con “picoteo para el camino”. Porque, según ella, los setecientos kilómetros que separan Madrid de la Costa del Sol son un desierto inhóspito donde no hay ni una gasolinera digna de su confianza.

—He traído unos filetes empanados, que los de las áreas de servicio parecen suelas de zapato —anunció mientras el coche empezaba a rodar por la M-30—. Y una tortilla de patatas, con su cebollita, como le gusta a mi Javi. Elena, tú no comas mucho, que luego en las curvas te pones verde y me manchas la tapicería, que te conozco.

—Estoy bien, Virtudes. He desayunado una tostada —dije, apretando los dientes.

El viaje fue una oda al costumbrismo español más puro. Cruzamos Despeñaperros mientras Virtudes nos relataba, por decimocuarta vez, la historia de cómo su primo segundo perdió un tapacubos en esa misma carretera en el año setenta y dos. El calor empezaba a ser un ente físico que golpeaba los cristales del coche. El aire acondicionado luchaba una batalla perdida contra el sol andaluz y los comentarios de mi suegra sobre mi forma de organizar las vacaciones.

—¿Y dices que el apartamento está cerca de la playa? —preguntó, limpiándose una gota de sudor con un pañuelo de hilo bordado—. Porque a mí me han dicho que en esa zona ahora hay mucho jaleo. Mucho joven con la música esa del “pum-pum” y mucha despedida de soltero. Que yo a mi edad lo que necesito es calma, no ver a tíos disfrazados de bailarina con un pito en la boca.

—Está a segunda línea, Virtudes. Es tranquilo —mintió Javi con una maestría que me hizo sospechar cuántas veces me habría mentido a mí para evitar conflictos.

Llegamos a Fuengirola a las dos de la tarde. El termómetro del coche marcaba 38 grados y el asfalto parecía derretirse bajo las ruedas. El apartamento, un regalo de un tío de Javi que “le debía un favor”, resultó ser un monumento al gotelé y a los muebles de pino de los ochenta. Nada más entrar, el olor a cerrado y a humedad marina nos dio la bienvenida. Virtudes no tardó ni tres segundos en pasar el dedo por la encimera de la cocina.

—Virgen de la Fuensanta… Javi, hijo, aquí hay más polvo que en la tumba de un faraón. Elena, saca los estropajos que he traído en la bolsa de la comida. No podemos dejar las maletas hasta que esto no esté como los chorros del oro. Que yo en una cama que no ha sido desinfectada con lejía no me acuesto, que vete tú a saber quién ha dormido aquí antes. Igual un hippie de esos que no se lavan.

Y así, mientras otros turistas bajaban a la playa con la toalla al hombro y una cerveza en la mano, yo me vi de rodillas, frotando los azulejos de un baño que no era el mío, bajo la supervisión de una mujer que me corregía la técnica de fregado.

—No, Elena, así no. Los círculos siempre hacia la derecha, que si no dejas rastro. Ay, Señor, qué haríais vosotros dos sin mí. Seríais pasto de las bacterias.

Miré a Javi a través del espejo del baño. Él estaba en la terraza, intentando desplegar una sombrilla vieja con una sonrisa de circunstancias. En ese momento lo supe: estas vacaciones no iban a ser un descanso, iban a ser una guerra de guerrillas. Y mi enemiga íntima acababa de ganar la primera batalla de la desinfección. Pero lo que ella no sabía es que yo ya tenía un plan para el chiringuito.


Parte 2: La guerra de las sombrillas y el misterio del tinto de verano

A las nueve de la mañana del sábado, la Costa del Sol ya bullía como una olla a presión. Si piensas que las guerras modernas se libran con drones y satélites, es porque nunca has visto a una legión de abuelas españolas compitiendo por los cinco metros cuadrados de arena más cercanos a la orilla. Virtudes, por supuesto, era la general de cinco estrellas de este ejército de sombrillas.

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