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La SUEGRA MALVADA intentó ARRUINARLE la vida en Valencia, hoy SUPLICA atención y la NUERA toma el CONTROL TOTAL del patrimonio

La SUEGRA MALVADA intentó ARRUINARLE la vida en Valencia, hoy SUPLICA atención y la NUERA toma el CONTROL TOTAL del patrimonio

PARTE 1: El aroma a azahar y a chantaje emocional

El calor en Valencia en pleno mes de julio no es una broma, es un castigo divino. Es un bochorno húmedo que se te pega a la piel como una lapa y te hace cuestionar todas las decisiones que te han llevado a estar caminando por la Avenida del Cid a las dos de la tarde. Pero para Elena, el calor era el menor de sus problemas. Su verdadero tormento tenía nombre, apellidos, y un piso con muebles de madera de caoba que olía perpetuamente a cera y a naftalina. Se llamaba Doña Asunción. Su suegra.

Elena subía las escaleras del edificio del barrio de Ruzafa maldiciendo el día en que el ascensor decidió estropearse por enésima vez. Llevaba en cada mano bolsas del Mercadona que le cortaban la circulación de los dedos. Dentro, ingredientes para la sagrada paella dominical. Una paella que, por supuesto, ella tenía que cocinar, pero que Asunción criticaría sistemáticamente porque “el socarrat no está en su punto, nena, te ha quedado más bien como un arroz con cosas, pero bueno, nos lo comeremos por no tirarlo, que está la vida muy cara”.

Cuando por fin llegó al rellano del cuarto piso, resoplando como un toro de lidia, la puerta ya estaba entreabierta. Asunción tenía un radar para detectar la llegada de su nuera, probablemente activado por el sonido de la respiración agitada y la desesperación.

—Hombre, ya era hora —fue el saludo de bienvenida. Asunción estaba asomada al pasillo, envuelta en una bata de seda con estampados florales que había conocido tiempos mejores allá por 1992. Llevaba los rulos puestos, formando una especie de casco arquitectónico sobre su cabeza, y una expresión de decepción crónica esculpida en la cara—. El niño lleva muerto de hambre desde la una. ¿Te has ido andando a por el arroz a la Albufera o qué?

“El niño” era Carlos, el marido de Elena, un hombre de treinta y seis años con incipiente calvicie que en ese preciso momento estaba repantingado en el sofá de escay del salón, viendo la previa de un partido del Valencia C.F. y rascándose la barriga con indolencia.

—Hola, Asunción. No, es que había mucha cola en la caja y… —empezó a justificarse Elena, dejando las bolsas en la encimera de la cocina, que estaba decorada con azulejos de motivos frutales que mareaban a cualquiera.

—Excusas. A mi Carlos nunca le ha gustado esperar por la comida. Si yo estuviera al mando de esta cocina, ya tendríamos la mesa puesta. Pero claro, la juventud de hoy en día os tomáis la vida con una calma que a mí me da un parraque, te lo juro, me da un parraque.

Elena cerró los ojos un segundo, respiró hondo, contando no hasta diez, sino hasta trescientos, y empezó a sacar los ingredientes. Pollo, conejo, garrofón, judía plana, tomate triturado, azafrán… y unas aceitunas rellenas de anchoa para el aperitivo.

Asunción, que había entrado en la cocina arrastrando las zapatillas de estar por casa con un siseo insoportable, clavó su mirada de águila en la lata de aceitunas.

—¿Esto qué es? —preguntó, señalando la lata con un dedo nudoso del que colgaba un anillo de oro con una piedra roja del tamaño de un garbanzo.

—Aceitunas, Asunción. Para picar antes de comer.

—¿Marca Hacendado? —La voz de la suegra subió una octava, rozando el ultrasonido—. ¿Tú le vas a dar a mi hijo aceitunas de marca blanca? ¿Pero tú en qué pocilga te crees que vivimos? ¡En esta casa siempre se han comido aceitunas La Española! ¡Una aceituna como Dios manda!

—Asunción, son literalmente lo mismo, las fabrican en la misma planta…

—¡Ni planta ni planto! —estalló la anciana, llevándose una mano al pecho como si estuviera a punto de sufrir un infarto de miocardio provocado por la indignación olivarera—. Mira, chica, yo no sé qué educación te dieron en tu casa, pero desde luego no te enseñaron a tratar a la familia. A veces me pregunto qué vio mi Carlitos en ti. Con lo guapo que es, que podría haber estado con la hija del boticario de Alzira, que esa sí que tiene clase y fincas…

Elena cortaba el pollo con una fuerza desmesurada. El cuchillo chocaba contra la tabla de madera haciendo un ruido seco. Corta el pollo. No cortes a tu suegra. Corta el pollo. El código penal español es muy estricto con los homicidios.

—Mamá, deja a Elena tranquila y saca unas cervezas, que va a empezar el partido —gritó Carlos desde el salón, sin apartar la vista del televisor. Su intervención, como siempre, fue inútil y cobarde. El típico paño caliente que no arregla la herida pero disimula la sangre.

Asunción se giró hacia el pasillo, bajando el tono de voz a un arrullo maternal que daba escalofríos.

—Ya voy, cariño mío, rey de la casa. Tu mujer que es una cabezota y me altera. Y a mí a mi edad no se me puede alterar, que tengo la tensión por las nubes. —Volvió a mirar a Elena, y la dulzura desapareció, sustituida por una frialdad gélida—. Más te vale que ese arroz salga decente. Y que no se te olvide una cosa, listilla. El día de mañana, cuando yo falte, y Dios quiera que sea tarde, todo lo que hay en esta familia es de mi Carlos. Los pisos, las tierras, la finca de naranjos en Carcaixent… Todo. Y como yo vea que tú no le tratas como un marqués, voy al notario mañana mismo y dejo todo mi patrimonio a las monjas descalzas. ¿Me oyes? A las monjas. Te quedas con una mano delante y otra detrás. Así que ya puedes ir agachando las orejitas y aprendiendo a hacer las cosas como a mí me gustan.

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