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La sombra del heredero perdido que oculta un secreto oscuro bajo el sol de Marbella

La sombra del heredero perdido que oculta un secreto oscuro bajo el sol de Marbella

Parte 1

El primer día que Mateo pisó Marbella, lo primero que pensó fue que allí hasta las rotondas parecían tener más dinero que él.

Venía sentado en la parte de atrás de un coche negro con asientos de cuero tan limpios que daba apuro apoyar la espalda. Llevaba una mochila vieja entre las rodillas, una sudadera azul que había perdido el azul hacía años y unas zapatillas con la suela despegada en una esquina. En el asiento delantero, el chófer conducía en silencio, con unas gafas de sol enormes, como si estuviera protegiendo secretos de Estado en vez de llevar a un chaval que hasta esa mañana había desayunado galletas blandas en un centro de acogida de Málaga.

A través de la ventanilla, Mateo veía pasar palmeras, coches brillantes, mujeres con sombreros imposibles y hombres que parecían recién planchados. El sol de Marbella no iluminaba: presumía. Se metía por todas partes, rebotaba en las fachadas blancas, en las piscinas, en las gafas de sol, en los relojes, en las sonrisas falsas.

—¿Falta mucho? —preguntó Mateo.

El chófer no contestó al principio. Luego miró por el retrovisor.

—Cinco minutos.

—Eso me dijeron hace quince.

—En Marbella cinco minutos dependen del precio de la casa a la que vas.

Mateo no supo si era una broma, una advertencia o las dos cosas. Se acomodó como pudo y apretó la mochila. Dentro llevaba dos camisetas, unos vaqueros, una libreta, un bolígrafo mordido y una foto antigua de su madre biológica, tan borrosa que cada año parecía menos una persona y más un recuerdo inventado.

El coche subió por una avenida privada. A ambos lados había muros altos, cámaras discretas y jardines tan perfectos que Mateo sospechó que alguien debía peinar el césped por las mañanas. Al final de la calle apareció la mansión.

No era una casa. Era una declaración de guerra.

Blanca, enorme, con columnas, balcones de hierro, ventanales gigantes y una fuente en la entrada donde tres delfines de piedra escupían agua con cara de estar hartos. Había buganvillas moradas, cipreses rectos como guardias civiles y una puerta principal tan grande que Mateo pensó que por ahí podrían entrar dos autobuses y aún sobrar sitio para una moto.

El coche se detuvo. El chófer bajó y le abrió la puerta.

—Hemos llegado, Mateo.

Mateo salió despacio, como si el suelo pudiera cobrarle por pisarlo. El calor le golpeó la cara. Olía a jazmín, a cloro de piscina y a dinero viejo.

En la entrada esperaba una mujer alta, delgada, vestida de blanco, con el pelo recogido y unas gafas de sol oscuras. Tenía esa postura de la gente que no necesita levantar la voz porque siempre hay alguien cerca dispuesto a obedecer. A su lado, un hombre con traje gris miraba el reloj con impaciencia. Más atrás, una empleada con uniforme observaba a Mateo con una mezcla de ternura y pena.

La mujer se quitó las gafas.

—Mateo.

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