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La NOVIA abandonó a su prometido MILLONARIO en Sevilla pero su propia familia la ENCERRÓ para separarla de su ÚNICO AMOR.

La NOVIA abandonó a su prometido MILLONARIO en Sevilla pero su propia familia la ENCERRÓ para separarla de su ÚNICO AMOR.

PARTE 1

En Sevilla, hay dos cosas que no se pueden esconder: el calor en agosto y un secreto familiar mal llevado. Lo primero te lo delata el sudor cayéndote por la espalda aunque estés sentado a la sombra. Lo segundo te lo delata una tía con abanico, una madre con cara de “ya hablaremos en casa” y un primo que dice “yo no me meto”, justo antes de meterse hasta el cuello.

Aquel sábado, en el palacete de los Medina-Valcárcel, se juntaban las dos cosas.

El calor se había instalado en el patio central como si hubiese pagado alquiler. Las macetas de geranios parecían pedir socorro, los camareros iban de un lado a otro con bandejas de canapés diminutos, y un violinista contratado por la familia tocaba piezas románticas con una expresión que decía claramente: “Yo estudié conservatorio para esto”.

En medio del patio, bajo una guirnalda de luces, estaba Clara Medina-Valcárcel, veintiocho años, vestido de novia blanco marfil, pendientes de perla, peinado perfecto y cara de persona a la que le acaban de explicar que su vida ha sido organizada por comité.

A su lado, sonriente como si acabara de comprar media provincia, estaba Rodrigo Villalba, prometido oficial, millonario heredero de una empresa de energías renovables, aunque su madre seguía diciendo “lo de las placas solares” como si fueran persianas modernas.

Rodrigo era alto, educado, guapo de esa manera en la que la gente parece diseñada para salir en una revista de dentistas de lujo. No era mala persona. Ese era el problema. Si hubiera sido un villano de bigote retorcido, Clara lo habría tenido más fácil. Pero Rodrigo era correcto, amable, de esos hombres que recuerdan tu cumpleaños y te preguntan si el aire acondicionado está demasiado fuerte. Su mayor defecto era decir “brutal” para todo.

—Clara, estás brutal —le dijo él, mirándola como quien admira un coche nuevo.

—Gracias, Rodrigo.

—No, de verdad. Brutal.

Ella asintió. Le dieron ganas de contestar: “Sí, brutal es también casarse sin amor delante de ciento veinte personas y tres bandejas de croquetas de boletus”, pero se mordió la lengua.

Al otro lado del patio, su madre, doña Mercedes, controlaba la escena con la precisión de una directora de orquesta y la mala leche contenida de quien lleva semanas organizando un evento familiar. Vestida de verde botella, con collar dorado y un abanico que abría y cerraba como si marcara sentencia judicial, no perdía detalle.

—Sonríe, Clara —dijo sin mover apenas los labios cuando pasó junto a ella—. Que pareces una Virgen en procesión, pero de las que saben que va a llover.

—Estoy sonriendo, mamá.

—Eso no es sonreír, hija. Eso es enseñar los dientes con resentimiento.

—Pues es lo máximo que me sale.

Doña Mercedes apretó la mandíbula.

—Hoy no es día para numeritos.

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