Posted in

La Niña Desechada en los Olivos de Jaén: El Regreso Triunfal de la Reina del Acero Español

La Niña Desechada en los Olivos de Jaén: El Regreso Triunfal de la Reina del Acero Español

Parte 1

En Santa Engracia del Olivar, un pueblo de Jaén donde el calor en agosto no caía del cielo sino que se sentaba a la mesa contigo y te pedía gazpacho, todo el mundo sabía de todo antes de que pasara. Allí una persiana mal subida era una declaración de intenciones, un coche desconocido en la plaza era casi una invasión extranjera, y una señora cambiando de peluquería podía provocar tres semanas de análisis geopolítico en el bar El Tordo.

El bar El Tordo, por cierto, no se llamaba así por ningún ave noble ni tradición local. Se llamaba así porque al primer dueño le decían el Tordo por cantar fatal en la misa de los domingos. Su hijo intentó cambiarle el nombre por “Café Central”, pero el pueblo se negó con una firmeza que ya quisieran algunos gobiernos.

—¿Café Central? —había dicho la señora Remedios, apoyando el bolso en la barra como quien deposita una prueba judicial—. ¿Y entonces dónde vamos a decir que hemos quedado, en el Central? Eso suena a Madrid. Aquí hemos quedado siempre en el Tordo y en el Tordo se queda.

Y así quedó.

La historia de Catalina empezó mucho antes de que nadie la llamara Catalina del Hierro, mucho antes de que la prensa la bautizara como “la reina del acero español”, mucho antes de que su cara apareciera en portadas internacionales con ese gesto sereno de mujer que parece haber entendido algo que los demás todavía están deletreando.

Antes de todo eso, Catalina era solo una niña envuelta en una manta color crema, dejada al amanecer entre los olivos de la finca Los Arrayanes.

Los Arrayanes no era una finca cualquiera. Pertenecía a la familia Valverde desde hacía generaciones, aunque en el pueblo siempre se decía que lo único que habían heredado de verdad era el apellido, porque la elegancia se les había quedado en alguna rama lejana del árbol genealógico. Tenían cortijo grande, cancelas negras, una bodega que olía a madera cara, y esa manera de hablar despacio que usa la gente cuando cree que hasta las vocales le pertenecen.

Aquella mañana de noviembre, el aire estaba frío y los olivos parecían viejos testigos encorvados sobre la tierra. Fue Paco Mantas, jornalero de toda la vida, quien oyó el llanto.

Paco no era un hombre dado a sustos. Había visto tractores quedarse sin freno, cabras subirse a coches, y a su cuñado intentar montar una piscina desmontable leyendo las instrucciones en portugués. Pero aquel sonido, tan pequeño entre tanto campo, le dejó quieto.

—¿Eso qué es? —murmuró, mirando alrededor.

Su compañero, Manolo el Bizco, que no era bizco pero sí muy dado a mirar con sospecha hasta las aceitunas, se santiguó.

—Paco, vámonos.

—¿Cómo que vámonos?

—Eso no suena normal.

—Manolo, suena a criatura.

—Por eso mismo. Una criatura aquí a estas horas no puede traer papeleo bueno.

Paco lo miró con cansancio.

—Tú ves una carta del banco y también te santiguas.

Read More