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La madre que despreció a sus cinco hijas recibió una lección inesperada en plena plaza de Sevilla

La madre que despreció a sus cinco hijas recibió una lección inesperada en plena plaza de Sevilla

Parte 1

A doña Remedios Heredia le gustaba decir que en su casa siempre había habido orden, aunque cualquiera que hubiese pasado cinco minutos en aquella vivienda de la calle Feria sabía que allí lo único que había en abundancia era eco, macetas de geranios, olor a lejía y una tensión tan espesa que se podía cortar con el cuchillo del pan.

Vivía en una casa antigua, de esas con patio interior, azulejos que habían visto más discusiones que una junta de vecinos y una radio en la cocina que llevaba veinte años encendida aunque nadie la escuchara. Doña Remedios era una mujer de carácter fuerte, moño impecable, labios apretados y mirada capaz de enfriar un puchero recién hecho. Se había criado escuchando que una familia decente necesitaba un hombre que llevara el apellido, un hijo que mantuviera el orgullo, un varón que “pusiera la casa en su sitio”. Y como la vida tiene un sentido del humor más fino que un camarero de bar de barrio, le dio cinco hijas.

Cinco.

Ni una más ni una menos.

La primera fue Lola, que nació con unos ojos enormes y una calma que parecía de persona jubilada. Luego llegó Inés, que lloraba con tanta fuerza que el médico dijo, muy serio, que aquella niña acabaría o cantante o presidenta de comunidad. Después vino Macarena, que aprendió a hablar antes que a andar y ya desde pequeña negociaba las meriendas como si estuviera cerrando un tratado internacional. La cuarta fue Rocío, silenciosa y observadora, de esas niñas que parecían no enterarse de nada y luego te recordaban lo que habías dicho un martes de 1998 a las seis y veinte. Y por último Candela, la pequeña, una criatura con rizos imposibles y una sonrisa capaz de desarmar a cualquiera menos a su madre.

Cada nacimiento fue recibido por Remedios con una mezcla de resignación y disgusto.

—Otra niña —decía, como quien descubre que le han puesto cebolla en la tortilla cuando había avisado tres veces.

Su marido, Antonio, que era un hombre más bueno que práctico, intentaba suavizar las cosas.

—Mujer, lo importante es que venga sana.

—Eso lo dices tú porque no tienes que escuchar a las vecinas —respondía ella, recolocándose la bata—. Cinco niñas, Antonio. Cinco. Esto parece una academia de costura.

—Pues mira, al menos no nos aburrimos.

—No me hagas chistes, que no tengo el cuerpo para chirigotas.

Antonio sonreía con tristeza, porque sabía que en aquella casa el humor entraba por la puerta y salía por la ventana antes de que Remedios lo atrapara y lo metiera en un cajón.

Durante años, las niñas crecieron aprendiendo a no ocupar demasiado espacio. No porque fueran tímidas, sino porque su madre se encargó de enseñarles que cualquier alegría podía ser una molestia. Si Lola sacaba buenas notas, Remedios decía:

—Muy bien, pero eso no friega platos.

Si Inés cantaba en el patio, le gritaba desde la cocina:

—¡Niña, cállate, que pareces una sirena de ambulancia!

Si Macarena hacía preguntas, la respuesta siempre era la misma:

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