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La Joven De Madrid Que VEÍA MENTIRAS Descubre El PLAN CRUEL De Su PROPIA MADRE Y Queda En SHOCK

La Joven De Madrid Que VEÍA MENTIRAS Descubre El PLAN CRUEL De Su PROPIA MADRE Y Queda En SHOCK

PARTE 1: El don, la capital y la madre que la parió

Ver mentiras en Madrid es como ver palomas en la Plaza Mayor: una experiencia diaria, inevitable y que, la mayor parte del tiempo, solo te da ganas de mirar para otro lado. Me llamo Lucía y tengo veintiocho años. Soy diseñadora gráfica, comparto un piso en Malasaña por el que pago más de lo que ganan tres familias juntas en un mes, y tengo un superpoder que es una absoluta basura.

No vuelo. No tengo superfuerza. No puedo hacerme invisible cuando me encuentro a mi ex en la línea 1 del metro (ojalá). Lo que yo tengo es una especie de sinestesia cutre. Veo las mentiras.

No es una metáfora. Cuando alguien miente, veo un aura a su alrededor. El color y la intensidad dependen del nivel de la bola que me estén colando. Por ejemplo, si el camarero del bar de abajo me dice: «El pincho de tortilla es de esta mañana, guapa», veo un leve resplandor amarillento, como el de una bombilla a punto de fundirse. Significa que la tortilla es de ayer, pero no me va a matar. Si un tío en Tinder me dice: «No busco nada serio, pero me encanta nuestra conexión», el fulgor es de un naranja butano cegador.

Pero el problema no es el camarero, ni los capullos de Tinder, ni siquiera el casero cuando jura que va a arreglar la caldera «la semana que viene» (rojo fuego, nivel incendio forestal). El verdadero problema tiene nombre, apellidos y un bono de temporada para el Teatro Real: mi madre, Doña Victoria de la Vega.

Victoria no es una madre al uso. Es una mujer que desayuna gintonic de Bombay Sapphire los domingos y cuya mayor preocupación en la vida es que nadie la vea repitiendo modelito en el Club de Campo. Para ella, yo soy una decepción andante. ¿Por qué? Porque no me casé con un notario, porque mi pelo tiene «demasiado volumen rebelde» y porque, según ella, mi trabajo consiste en «hacer dibujitos en un ordenador».

Y luego está Borja. Borjita. El niño adoptado. El ángel caído del cielo.

 

Mi madre adoptó a Borja cuando yo tenía diez años. La versión oficial, la que cuenta en las cenas de caridad con un pañuelo de seda rozando su lagrimal, es que sintió «la llamada de la maternidad solidaria». La primera vez que la oí decir eso, un aura de color verde vómito inundó el salón. Casi me caigo de la silla. La realidad es que Borja era el hijo de una amiga suya de la alta sociedad que falleció en un accidente de esquí en Baqueira, y acogerlo le dio a mi madre el estatus de Santa Teresa de Calcuta en el barrio de Salamanca.

Borja es, a día de hoy, un cayetano de manual. Chaleco acolchado, zapatos náuticos en pleno enero, y un trabajo en “consultoría” que consiste en jugar al pádel y mandar tres correos al día diciendo “quedo a la espera”. Borja no miente mucho, para ser justos. No le hace falta. Vive en un estado de ignorancia tan feliz que la realidad simplemente le resbala.

Era martes, mediados de noviembre, y el frío en Madrid ya cortaba la cara. Estábamos comiendo en La Máquina de Jorge Juan. Yo había pedido una merluza que costaba lo mismo que mi factura de la luz, y mi madre estaba diseccionando una ensalada con la misma precisión que un cirujano.

—Lucía, cariño —empezó Victoria, con esa voz de terciopelo que usa cuando va a clavar un puñal—. Me crucé el otro día con el hijo de los Montenegro. Ya sabes, Gonzalo. Sigue soltero. Y tiene un bufete propio.

—Qué bien, mamá. Me alegro por Gonzalo. Seguro que es muy feliz con su bufete y su colección de corbatas de seda.

—No seas cínica, Lucía. Te lo digo porque me preguntó por ti. Le dije que estabas… en una fase de transición.

Una neblina azul pastel empezó a emanar de los hombros de mi madre. Mentira piadosa. Gonzalo Montenegro no había preguntado por mí. Seguramente ni se acordaba de si yo era una persona o el nombre de su perro de la infancia.

—Mamá, tengo veintiocho años, no estoy en ninguna fase de transición. Tengo mi estudio, tengo mis clientes…

—Sí, claro, los clientes —suspiró ella, apartando un tomate cherry como si fuera material radiactivo—. Por cierto, Borja acaba de cerrar un trato importantísimo con unos inversores alemanes. Es un chico tan centrado. No sé qué habría hecho sin él todos estos años. Eres mi hija de sangre, Lucía, y te quiero con locura, pero Borja… Borja es mi pilar.

ZAS.

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