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La herencia que không le pertenecía: el descubrimiento accidental que desmoronó el imperio de un joven rico en Barcelona.

La herencia que không le pertenecía: el descubrimiento accidental que desmoronó el imperio de un joven rico en Barcelona.

Parte 1

A Marcos Viladomat le gustaba decir que Barcelona se veía mejor desde arriba. Lo decía siempre con una copa en la mano, un reloj más caro que el coche de su primer profesor de autoescuela y esa media sonrisa de quien no ha hecho cola en una administración pública desde que tenía uso de razón, principalmente porque siempre había alguien dispuesto a hacerla por él.

Vivía en un ático del Passeig de Gràcia donde hasta las plantas parecían tener asesor fiscal. Desde el salón se veía la ciudad extendida como una maqueta de lujo: las terrazas del Eixample, la Sagrada Família levantándose al fondo con paciencia bíblica, los taxis amarillos y negros circulando como fichas de dominó y, si uno se asomaba lo bastante, un trocito de mar que Marcos llamaba “mi medidor emocional”.

—Cuando veo el mar, sé que todo va bien —decía.

Su asistente, Carla, que cobraba por aguantar ese tipo de frases sin que se le moviera un músculo de la cara, solía responder:

—Qué bonito, Marcos. Muy LinkedIn.

Aquella tarde, Barcelona estaba envuelta en una luz dorada de postal. De esas tardes que hacen que hasta el tráfico de Diagonal parezca sofisticado. Marcos caminaba por el salón con el móvil pegado a la oreja, descalzo sobre una alfombra persa que, según él, “tenía historia”, aunque Carla sospechaba que la historia era que algún decorador se la había encasquetado por el precio de un piso en Hospitalet.

—No, no, no, Albert, escúchame —decía Marcos—. La gala no puede empezar con el discurso del concejal. La gente viene a verme a mí, no a escuchar a un señor explicar durante veinte minutos que Barcelona apuesta por la innovación sostenible. Eso ya lo sabemos todos. Lo pone hasta en las bolsas de tela.

Al otro lado del teléfono, Albert, su primo, socio ocasional y especialista en decir “sí, claro” mientras hacía lo contrario, intentaba calmarlo.

—Marcos, el concejal tiene que hablar. Es protocolo.

—El protocolo lo inventó alguien sin terraza.

Carla, sentada junto a la mesa de mármol, levantó la vista del portátil.

—Marcos, tienes al notario en veinte minutos.

—El notario me espera.

—No. El notario tiene ochenta años, una agenda de ministro y menos paciencia que una camarera en agosto.

Marcos tapó el micrófono del móvil.

—¿Desde cuándo defendemos a los notarios?

—Desde que necesitamos que firme los papeles que consolidan tu herencia y no te mire como si fueras un anuncio de perfume con piernas.

Marcos sonrió. Le encantaba esa expresión: consolidar la herencia. Sonaba a algo fuerte, irreversible, casi romano. La fortuna Viladomat no era nueva, ni exactamente limpia, ni exactamente suya todavía del todo, pero para Marcos los matices eran cosas que usaban los pobres para consolarse.

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