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LA FALSA PROMESA EN SEVILLA: El DESPRECIO constante la llevó a la OSCURIDAD, mientras ÉL ocultaba una DOBLE VIDA con un NIÑO, rompiendo el CORAZÓN de su familia

LA FALSA PROMESA EN SEVILLA: El DESPRECIO constante la llevó a la OSCURIDAD, mientras ÉL ocultaba una DOBLE VIDA con un NIÑO, rompiendo el CORAZÓN de su familia

Parte 1: La oscuridad huele a incienso y a fritos

Sevilla, mediados de julio. A las cuatro de la tarde, la ciudad no es un lugar, es un horno de convección a escala industrial. El sol cae a plomo sobre los adoquines del barrio de Triana con una mala leche que solo los autóctonos entienden. En el tercer piso de un bloque de pisos de los años setenta, con los toldos verdes bajados a cal y canto, se gestaba la oscuridad de Carmen.

No era una oscuridad poética, ni gótica, ni de novela de misterio. Era la oscuridad literal de quien ha bajado las persianas hasta el tope porque la vida, y sobre todo su marido, le daban una pereza cósmica. La única fuente de luz en el salón era el resplandor catódico de un televisor donde una telenovela turca emitía dramas mucho menos ridículos que el suyo.

Carmen estaba repantingada en el sofá, con una bata de estar por casa que había conocido tiempos mejores (y estampados menos desteñidos), abanicándose con una revista del corazón de hace tres meses. Frente a ella, su marido, Diego.

Diego era un hombre que, a sus cuarenta y cinco años, seguía creyendo que era el soltero de oro del Guadalquivir. Llevaba una camisa de lino blanco abierta hasta el tercer botón, dejando a la vista una cadena de oro con una cruz que brillaba más que su futuro, y unos pantalones chinos que le apretaban peligrosamente en la zona de los muslos. Pero lo peor no era su aspecto; era el olor.

—Diego, por el amor de Dios —dijo Carmen, sin apartar la vista de la tele, donde un actor turco con barba de leñador lloraba a cámara lenta—. Te has echado medio frasco de Agua Brava. Hueles a que vas a intentar venderle un coche de segunda mano a alguien.

Diego se miró en el espejo del recibidor, ajustándose el cuello de la camisa con una lentitud exasperante.

—Es fresquita, Carmen. Que uno tiene que ir presentable a las reuniones.

—¿A las reuniones? —Carmen soltó el abanico, haciendo que este cayera sobre la mesa camilla con un golpe seco—. Diego, son las cuatro y media de la tarde de un martes, el asfalto está derritiendo las suelas de los zapatos de los guiris en la Giralda. ¿Qué gestoría abre a estas horas en Sevilla? ¿La de Batman?

El desprecio de Diego no era explosivo; era constante, gélido y, sobre todo, tremendamente cínico. Se giró hacia ella con esa media sonrisa condescendiente que le llevaba pudriendo el alma a Carmen desde hacía cinco años.

—Chica, el mundo de los negocios no entiende de siestas. Hay unos inversores de Madrid que bajan en el AVE y hay que enseñarles unos terrenos en el Aljarafe. Cosas de hombres, tú no lo entenderías. Sigue con tus turcos, que te veo muy entretenida.

—Los de Madrid a esta hora están en su hotel, con el aire acondicionado a dieciséis grados, pidiendo auxilio —replicó ella, sintiendo cómo esa opresión familiar le apretaba el pecho. Esa era su “oscuridad”. Una mezcla de depresión no diagnosticada, resignación y la certeza absoluta de que le estaban tomando el pelo a niveles estratosféricos.

Diego cogió las llaves del coche, haciendo un ruido exagerado, como si cada llavero demostrara lo importante que era.

—Bueno, no me esperes para cenar. A lo mejor se alarga la cosa y tengo que llevarlos a comer unas coquinas.

—Cuidado no te atragantes con las coquinas, no vaya a ser que los inversores te tengan que hacer la maniobra de Heimlich —masculló Carmen.

La puerta se cerró de un portazo. El silencio volvió a reinar en el piso, roto solo por el zumbido asmático del ventilador de pie que giraba de lado a lado. Carmen se quedó mirando la puerta de madera oscura. La frialdad de aquel hombre, su descaro, la habían ido apagando. Antes, Carmen era la alegría del bloque, la que organizaba las barbacoas en la azotea, la que se sabía los chismes de todo el mercado de Triana. Ahora, vivía en penumbra.

Cinco minutos después, el timbre sonó con la insistencia de un picoteo de pájaro carpintero. Dos toques cortos, uno largo. Era Loli, la vecina del cuarto, la única persona capaz de atravesar la barrera de sombras de Carmen.

Carmen se levantó arrastrando las zapatillas y abrió la puerta. Allí estaba Loli, con un tupper en una mano y los rulos puestos, desafiando cualquier convención estética con la dignidad de una reina mora.

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