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La extraña desaparición del niño de Sevilla que solo fue adoptado para borrar un rastro imperdonable

La extraña desaparición del niño de Sevilla que solo fue adoptado para borrar un rastro imperdonable

Parte 1

En Sevilla hay casas que parecen construidas no para vivir, sino para que la gente pase por delante y diga: “Ahí hay dinero”. La de los Rivas Armenta, en una calle tranquila cerca de Los Remedios, era una de esas. Tenía una fachada blanca tan limpia que parecía que la pintaban cada vez que alguien respiraba cerca, un balcón con geranios que nunca se secaban y una puerta de madera oscura que imponía más que el director de un colegio privado en jornada de puertas abiertas.

Dentro vivían Álvaro Rivas, abogado de los de traje incluso en agosto, y Beatriz Armenta, organizadora de eventos benéficos, bodas elegantes y cenas donde la gente pronunciaba “croqueta” como si fuera francés. A ojos del barrio eran el matrimonio perfecto. Educados, discretos, generosos cuando tocaba poner dinero para la hermandad, y lo bastante distantes como para que nadie pudiera decir que los conocía de verdad.

—Beatriz, cariño, el niño ha vuelto a poner los Playmobil en la vitrina —dijo Álvaro una tarde de jueves, con la seriedad de quien anuncia una crisis internacional.

Beatriz apareció desde la cocina con una taza de tila en la mano.

—¿Y qué quieres que haga? Tiene diez años. Los niños colocan muñecos donde les da la gana.

—En la vitrina de los Lladró no, Beatriz. Ahí hay una monja de porcelana que costó más que mi primer coche.

—Tu primer coche era un Seat Ibiza que hacía ruido de cafetera asmática.

—Pero era mío.

Beatriz suspiró, dejó la taza sobre una mesa auxiliar y miró hacia el salón. Allí estaba Mateo, sentado en el suelo, muy concentrado, rodeado de figuritas. Tenía el pelo castaño claro, los ojos grandes y una manera de inclinar la cabeza cuando pensaba que a Beatriz le encogía el estómago.

No era ternura. O no solo ternura.

Era otra cosa.

Mateo llevaba apenas seis meses en la casa. Había llegado por adopción tras un proceso que, según contaban ellos, había sido largo, emocional y lleno de papeleo. Cuando lo presentaron a los vecinos, todos dijeron lo mismo.

—Qué niño más guapo.

—Qué formalito.

—Se parece a alguien, ¿no?

Aquella última frase había sido pronunciada por Lola la del tercero, que era la clase de vecina capaz de recordar el color del vestido que llevaste a una comunión en 1998 y el pecado que cometiste después. Beatriz había sonreído demasiado rápido.

—Los niños se parecen todos un poco —contestó.

Lola había entrecerrado los ojos.

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