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La cosecha amarga de La Rioja: un brindis por el hijo perfecto y un castigo eterno para quien busca justicia

La cosecha amarga de La Rioja: un brindis por el hijo perfecto y un castigo eterno para quien busca justicia

PARTE 1

En San Vicente de la Sonsierra, cuando llegaba septiembre y las uvas se ponían moradas de tanto guardar secretos al sol, la familia Arnáez volvía a comportarse como si el universo entero hubiera nacido para mirarles a ellos.

La bodega Arnáez de Valcanto no era una bodega cualquiera. Eso lo repetía don Anselmo Arnáez cada vez que encontraba un oído libre, incluso aunque ese oído perteneciera al cartero, al del gas o a un turista alemán que solo había preguntado dónde estaba el baño. La bodega tenía tres generaciones de historia, barricas francesas, diplomas colgados, premios de revistas especializadas y un retrato al óleo del abuelo fundador que parecía juzgar hasta la forma en que respirabas.

El retrato, según decía la gente del pueblo, tenía la misma expresión que don Anselmo cuando alguien pedía gaseosa para mezclar con el vino.

Una tragedia.

Aquel año la vendimia había sido espléndida. Las viñas de la finca La Celosa habían dado unas uvas redondas, dulces, de piel gruesa y color profundo. La prensa local había publicado una foto de don Anselmo sosteniendo un racimo como quien presenta a un nieto recién nacido. Debajo, el titular decía: “La cosecha que confirma el legado Arnáez”.

La palabra “legado” le gustaba mucho a don Anselmo. La pronunciaba despacio, con la barbilla elevada y la voz grave, como si estuviera abriendo una botella de reserva.

—El legado no se improvisa —decía siempre—. Se hereda, se protege y se honra.

Lo que nunca decía era que, en aquella familia, el legado también se usaba para repartir cariño como si fuera una ración de croquetas en una comunión: a unos les tocaba bandeja llena y a otros, si se descuidaban, ni el olor.

El hijo que recibía la bandeja llena se llamaba Álvaro.

Álvaro Arnáez era alto, guapo, educado con los desconocidos y peligrosamente encantador con las cámaras. Tenía una sonrisa de anuncio de dentífrico caro y esa habilidad tan española de parecer humilde mientras se colocaba en el centro de todas las fotos. Había estudiado en Madrid, había hecho un máster en dirección de empresas vitivinícolas, había dado una charla en Logroño titulada “Tradición e innovación: el futuro del vino con alma”, y usaba la palabra “alma” con la misma naturalidad con la que otros piden una caña.

Don Anselmo lo miraba como si Dios hubiera elaborado un gran reserva y se lo hubiera entregado en forma de hijo.

—Álvaro tiene visión —decía.

—Álvaro tiene planta —decía.

—Álvaro entiende la casa —decía.

Y cada vez que decía eso, Mateo, el otro hijo, sentía que la frase venía con una puerta cerrándose en su cara.

Mateo Arnáez era dos años menor. No tenía la sonrisa de Álvaro ni su pelo perfectamente colocado aunque soplara cierzo. Tenía manos de trabajar, hombros algo vencidos y una forma de mirar que parecía pedir perdón incluso cuando no había hecho nada. De pequeño había sido el que sabía dónde estaban las herramientas, el que recordaba cerrar los grifos, el que se quedaba ayudando a los jornaleros mientras Álvaro saludaba a los invitados con una copa de mosto en la mano.

—Mateo es más de campo —decía don Anselmo, como si “campo” significara “sótano emocional”.

Y Mateo, que conocía cada hilera de viñas, cada depósito y cada crujido de la bodega, agachaba la cabeza y seguía.

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