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La Buena Mujer Les Prestó Sus Ahorros Pero LA NUERA DESPILFARRÓ TODO EN LUJOS Y El Hijo Afirmó Que Fue Culpa De Su Madre

La Buena Mujer Les Prestó Sus Ahorros Pero LA NUERA DESPILFARRÓ TODO EN LUJOS Y El Hijo Afirmó Que Fue Culpa De Su Madre

PARTE 1: El calor, las croquetas y el “Business Plan” de Paquito

En Sevilla, cuando llega julio, el aire no se respira; se mastica. Es un aire denso, que huele a asfalto derretido y a jazmín marchito, un aire que obliga a la gente de bien a bajar las persianas a las doce del mediodía y a vivir en una penumbra monacal hasta que el sol decide dar una tregua. En uno de esos pisos de penumbra, en pleno barrio de Triana, vivía Carmen. Carmen era una mujer de las de antes, de las que llevan el luto por el marido muerto hace quince años no en la ropa, pero sí en la forma de apretar los labios cuando veían el precio del aceite de oliva en el supermercado. Había trabajado toda su vida limpiando portales, planchando camisas ajenas y friegue que te friegue, ahorrando cada peseta primero, y cada euro después, con la devoción de un monje copista. Su cuenta corriente, una cartilla de La Caixa con las tapas más desgastadas que las rodillas de un penitente, guardaba el sudor de cuarenta años de lumbago: cincuenta mil euros. Un tesoro que no era para ella, claro. Era para “el niño”.

“El niño” se llamaba Francisco, pero a sus treinta y cinco años, con una incipiente alopecia y una barriga forjada a base de Cruzcampo y tapas de ensaladilla, seguía siendo Paquito para su madre. Paquito era un buen muchacho, o eso se decía Carmen a sí misma cada noche mientras rezaba el rosario. El problema de Paquito no era la maldad, era la falta de hervor. Había intentado ser electricista, fontanero, instalador de fibra óptica y hasta community manager de una tienda de piensos para perros que cerró a los dos meses. Nada cuajaba. Pero según él, la culpa siempre era del sistema, del gobierno, de los masones o del alineamiento de los astros.

Y luego estaba ella. La Vane. Vanessa.

Carmen suspiró profundamente mientras daba la vuelta a la vigésima croqueta de cocido en la sartén. El aceite chisporroteaba, saltando con mala leche, como si supiera lo que se avecinaba. Esa noche, Paquito y la Vane venían a cenar. No era una visita de cortesía. Carmen sabía, con ese sexto sentido que desarrollan las madres andaluzas, que cuando su hijo la llamaba un martes para decirle “mamá, haz unas croquetitas que vamos a verte”, es que el niño venía a pedir.

El timbre sonó a las nueve y media de la noche.

—¡Ya voy, hijo, ya voy, que no me dan las piernas! —gritó Carmen, limpiándose las manos en el delantal de flores que le regalaron en la caja de ahorros en el año noventa y dos.

Al abrir la puerta, allí estaban. Paquito llevaba una camisa de lino blanco que le quedaba un poco justa en el botón del ombligo, y Vanessa… Bueno, Vanessa era un espectáculo aparte. Llevaba unas gafas de sol puestas, a pesar de que el sol se había puesto hacía dos horas, un vestido de estampado de leopardo y unas uñas de gel tan largas y afiladas que parecían diseñadas para cazar salmones en un río.

—¡Hombre, la suegri! —exclamó Vanessa, dándole dos besos al aire, a unos cinco centímetros de las mejillas de Carmen, para no arruinarse el maquillaje—. Qué calor hace en esta casa, por favor. ¿No tienes puesto el aire?

—Tengo el ventilador en el salón, hija. El aire gasta mucho, y con la luz como está… —se justificó Carmen, cerrando la puerta y sintiendo ya el primer dolor de cabeza de la noche.

—Uy, pues nosotros en el piso lo tenemos a dieciocho grados todo el día. Yo es que si no, me asfixio, suegri, me da como ansiedad, ¿sabes? —dijo Vanessa, caminando por el pasillo como si estuviera en una pasarela de Milán, moviendo las caderas y mirando los cuadros de vírgenes y santos con indisimulado desdén.

Se sentaron a la mesa. Carmen sirvió las croquetas, una ensalada de tomate con ventresca y un platito de jamón. Paquito atacó el plato como si viniera de una huelga de hambre, mientras Vanessa picoteaba la ensalada con la punta del tenedor, apartando la cebolla con cara de asco.

—Bueno, mamá —empezó Paquito, con la boca llena de bechamel y tropezones de carne—. Qué buenas te salen, joder. Las cosas como son. Pero hoy no hemos venido solo a comer croquetas.

—Ya me lo figuraba yo, Paquito —dijo Carmen, sentándose lentamente y cruzando las manos sobre el mantel de hule—. A ver, desembucha. ¿Qué se os ha roto ahora? ¿La lavadora? ¿El coche?

—¡Qué va, mamá, qué va! —Paquito dejó el tenedor y se limpió la boca con la servilleta de papel—. Hoy venimos a hablarte de futuro. De negocios. De dejar de ser unos losers, como dice la Vane.

Vanessa asintió vigorosamente, haciendo tintinear un montón de pulseras de bisutería que llevaba en la muñeca. Se quitó por fin las gafas de sol, revelando unas pestañas postizas que hacían viento cada vez que parpadeaba.

—Exacto, Carmen. Estamos hablando de un business plan. Un emprendimiento high-class —dijo Vanessa, pronunciando las palabras en inglés con un acento que sonaba más a Móstoles que a Manhattan—. Hemos estado haciendo un estudio de mercado, ¿sabes? Y hemos detectado un nicho brutal en Sevilla.

—¿Un nicho? —Carmen parpadeó, confundida—. ¿Os vais a meter a enterradores, chiquillo? ¡Cruz y raya, Dios nos libre!

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