Posted in

La Bailarina Más Brillante De Sevilla DEJA Su Gran Pasión Por Un Chico Celoso Y Ahora Llora Arrepentida Al Ver Su Vida Totalmente Destruida

La Bailarina Más Brillante De Sevilla DEJA Su Gran Pasión Por Un Chico Celoso Y Ahora Llora Arrepentida Al Ver Su Vida Totalmente Destruida

PARTE 1

En Sevilla, hasta las persianas parecen tener compás si las bajas con el humor adecuado. Hay barrios donde una vecina sacude una alfombra y suena a bulería, donde una moto vieja arranca como si estuviera afinando una guitarra, y donde alguien puede discutir por el precio de los tomates con más pasión que otros declaran una guerra. En Triana, además, el aire tiene una cosa especial, una mezcla de río, azahar, humedad, fritura y orgullo antiguo que se mete en la ropa y ya no sale ni con suavizante de marca buena.

Allí nació y creció Alba Romero.

A los cuatro años, Alba no caminaba: marcaba el paso. A los seis, su abuela decía que la niña taconeaba hasta cuando buscaba el mando de la tele. A los ocho, la apuntaron a una academia de baile porque en casa ya no quedaba suelo sano. A los doce, una profesora del conservatorio la vio en una actuación de barrio y dijo:

—Esta niña tiene fuego en los pies.

La abuela Carmen, que estaba al lado con un abanico y un bocadillo de lomo envuelto en papel de plata, respondió:

—Fuego tiene, sí. Y mala leche también, pero eso en el arte viste mucho.

Alba tenía una forma de bailar que no se enseñaba entera en ninguna clase. Tenía técnica, claro: brazos limpios, espalda firme, giros precisos, una memoria corporal que parecía de otra vida. Pero lo que la hacía distinta era otra cosa. Cuando salía al escenario, aunque fuera en el salón parroquial con un foco que parpadeaba y un micrófono que hacía ruido de freidora, la gente se callaba. No porque fuera perfecta. Porque era verdad.

 

En el Conservatorio Profesional de Danza de Sevilla, los profesores hablaban de ella en voz baja, como si mencionarla demasiado fuerte pudiera gafarla. Su profesora principal, Mercedes Montiel, una mujer seca, elegante y severa, con moño tirante y ojos capaces de detectar un tobillo flojo a veinte metros, repetía siempre:

—Alba Romero no baila para gustar. Baila porque si no, revienta.

Alba lo negaba.

—Maestra, tampoco hace falta ponerse dramática.

—Niña, yo me pongo exacta. Dramática te pones tú cuando te sale mal un giro y miras al espejo como si hubiera muerto alguien.

—Es que a veces el espejo provoca.

Mercedes levantaba una ceja.

—El espejo no provoca. El espejo informa.

Alba tenía diecinueve años cuando llegó la oportunidad que podía cambiarle la vida. Una compañía joven de danza española en Madrid buscaba nuevas bailarinas para una gira nacional. Había audiciones en Sevilla, Barcelona y Valencia. Si la cogían, tendría contrato de formación, actuaciones, alojamiento compartido en Madrid y la posibilidad de trabajar con coreógrafos importantes. No era fama inmediata ni vida de película. Era más bien mucho ensayo, poco dinero, pies doloridos y una puerta abierta. Para Alba, aquello era suficiente para no dormir durante una semana.

Read More