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Joven SIRVIENTA POBRE es humillada por la HEREDERA ENVIDIOSA pero revela un SECRETO brillante y UN FORASTERO cambia todo

Joven SIRVIENTA POBRE es humillada por la HEREDERA ENVIDIOSA pero revela un SECRETO brillante y UN FORASTERO cambia todo

PARTE 1

En la casa de los Alborán, el silencio no era silencio. Era una cosa cara, gruesa, con cortinas de terciopelo y olor a cera de muebles. Un silencio de esos que no se compran en cualquier tienda, sino que vienen incluido con las lámparas francesas, los jarrones heredados y los retratos de antepasados que miran como si acabaran de descubrir que alguien ha puesto tomate frito de bote en la cocina.

La mansión estaba en una calle antigua de Madrid, cerca de Chamberí, de esas donde los portales parecen juzgarte antes de que llames al timbre. Tenía tres plantas, un jardín interior pequeño pero presumido, una biblioteca con escalera móvil y un ático donde nadie subía salvo para esconder lo que no convenía ver: baúles, marcos rotos, muebles pasados de moda y, últimamente, a Lucía.

Lucía llevaba trabajando allí desde los diecinueve años. Ahora tenía veinticuatro, aunque algunos días, al mirarse en los espejos del pasillo, sentía que la casa le había puesto encima diez años de golpe. No porque fuera fea, ni mucho menos. Tenía una belleza tranquila, de esas que no necesitan levantar la voz para que alguien se gire. Ojos oscuros, pelo castaño recogido casi siempre en un moño rápido y manos finas que, aunque pasaban horas limpiando plata y doblando manteles, parecían hechas para otra cosa.

Y lo estaban.

Lucía pintaba.

No pintaba “bien” como decía la gente cuando ve un paisaje con un árbol reconocible y suelta un “pues está muy mono”. Lucía pintaba como si tuviera una ventana secreta dentro del pecho. En un trozo de cartón era capaz de dibujar la luz exacta que cae sobre una mesa a las cinco de la tarde. En una servilleta podía atrapar la cara de Jacinta, la cocinera, cuando probaba el guiso y descubría que le faltaba sal, una expresión entre tragedia griega y recibo de la luz.

Pero nadie en la casa debía saberlo.

O casi nadie.

—Niña, tienes la mano bendita —le decía Jacinta cuando la encontraba dibujando a escondidas en la despensa—. Si yo supiera hacer eso, no estaría pelando patatas. Estaría en París, con boina, diciendo “mon amour” y cobrando por mirar raro.

—Tú en París durarías media tarde —respondía Lucía sin dejar de mover el lápiz—. En cuanto vieras el precio de un café, te volvías andando.

—Hombre, andando no. Que una tiene dignidad y juanetes. Me volvía en autobús, pero indignada.

Jacinta era la única persona de la casa que trataba a Lucía como si fuese alguien y no parte del mobiliario. Tenía cincuenta y tantos, carácter de sargento, corazón de pan recién hecho y una habilidad maravillosa para insultar sin perder la sonrisa. Llevaba veinte años cocinando para los Alborán y decía que conocía mejor los secretos de aquella familia que sus propios DNI.

—Esta casa tiene más trapos sucios que mi lavadora en Semana Santa —soltaba a menudo—. Y mira que yo he visto cosas, hija. Muchas. Demasiadas. Algunas con hombreras.

El dueño de la casa era don Ernesto Alborán, un empresario viudo que había hecho fortuna vendiendo antigüedades, cuadros y esculturas a gente con mucho dinero y poco criterio. Era un hombre correcto, educado, siempre con traje, siempre con prisas, siempre convencido de que pagar un sueldo ya le absolvía de mirar a nadie a los ojos durante demasiado tiempo.

Su hija, sin embargo, era otra historia.

Valeria Alborán tenía veintitrés años y la seguridad de quien nunca ha esperado en una cola de supermercado. Estudiaba Bellas Artes, aunque en realidad lo que estudiaba era cómo convertir cualquier conversación en una ceremonia dedicada a su propia importancia. Decía “mi proceso creativo” con la misma seriedad con la que otros dicen “me duele el apéndice”. Decía “mi sensibilidad” cada vez que alguien le llevaba la contraria. Decía “soy artista” con tanta frecuencia que hasta los cuadros del pasillo parecían cansados de oírla.

El problema era que Valeria no pintaba bien.

No pintaba fatal de una forma entrañable. Pintaba mal de una forma ruidosa, ofensiva, casi administrativa. Sus retratos parecían personas sorprendidas por una mala digestión. Sus bodegones parecían escenas del crimen con frutas. Sus caballos eran perros alargados con crisis de identidad.

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