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Hermosa EMPLEADA HUÉRFANA sufre terrible SABOTAJE de la señorita pero UN MISTERIOSO MARQUÉS descubre su talento y la rescata

Hermosa EMPLEADA HUÉRFANA sufre terrible SABOTAJE de la señorita pero UN MISTERIOSO MARQUÉS descubre su talento y la rescata

PARTE 1

La Feria de Abril había amanecido en Sevilla con esa alegría exagerada que solo tiene Sevilla cuando decide ponerse guapa. Los farolillos colgaban sobre las calles del Real como racimos de colores, las casetas abrían sus puertas con olor a tortilla, jamón, pescaíto y promesas que nadie pensaba cumplir antes del lunes, y los coches de caballos pasaban levantando el albero con una elegancia que, vista de cerca, incluía bastante polvo en los zapatos y algún estornudo traicionero.

En la caseta de los Montenegro, una de las más antiguas y presumidas del recinto, el día había empezado antes que el sol. Allí no se improvisaba nada. O, mejor dicho, se improvisaba muchísimo, pero siempre fingiendo que estaba todo previsto desde 1897.

—¡Lucía! —gritó doña Rosario desde el patio trasero de la caseta—. ¡Lucía, criatura, que este volante está más triste que un lunes sin café!

Lucía apareció con una caja de hilos entre los brazos, una aguja prendida en el dobladillo del delantal y el pelo recogido en un moño que ya había empezado a rendirse por los lados.

—Ya voy, doña Rosario.

—No corras, que con esos alfileres pareces una santa de las que dan miedo.

Lucía sonrió, aunque no tenía tiempo ni para sonreír del todo. Tenía veintitrés años, ojos oscuros, manos rápidas y una paciencia que, según la cocinera, merecía estar expuesta en la Catedral con velas alrededor. Era huérfana desde niña y había crecido trabajando donde había trabajo: primero en una mercería de barrio, luego en un taller de costura, después en la casa de los Montenegro, y finalmente en aquella caseta donde cada Feria la trataban como si fuera parte del mobiliario útil.

No era exactamente una criada de palacio ni una costurera de renombre. Era algo más incómodo: una mujer que sabía hacer demasiadas cosas bien y que, por tanto, todo el mundo llamaba cuando algo se rompía, se descosía, se perdía o amenazaba con quedar mal en una fotografía.

—¿Dónde está la señorita Cayetana? —preguntó Lucía.

Doña Rosario, que estaba sujetando el bajo de un traje de flamenca rojo con lunares blancos, torció la boca.

—En el espejo.

—¿Probándose?

—No, interrogándose.

—¿Interrogándose?

—Sí, hija. Lleva media hora preguntándose si el rojo le hace justicia, si los pendientes le restan personalidad, si el moño le da misterio o le da cara de haber dormido poco.

—¿Y qué ha decidido?

—Que la culpa es del espejo.

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