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GUARDÉ mi MAYOR PESADILLA escolar en un diario en Valencia y ahora un DESCONOCIDO acaba de ENVIARME una foto de la PRIMERA PÁGINA

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GUARDÉ mi MAYOR PESADILLA escolar en un diario en Valencia y ahora un DESCONOCIDO acaba de ENVIARME una foto de la PRIMERA PÁGINA

PARTE 1: El fantasma del pasado con conexión a internet

Era un martes cualquiera, uno de esos martes con sabor a lunes que te hacen replantearte todas las decisiones vitales que has tomado desde la primera comunión. Yo estaba en mi cubículo de la oficina en Madrid, un espacio de dos por dos metros que olía a moqueta rancia y a la desesperación silenciosa de treinta oficinistas tecleando en Excel. Llevaba exactamente cuarenta y dos minutos mirando una hoja de cálculo que no tenía ningún sentido, intentando decidir si ir a la máquina expendedora a por un café que sabría a agua de fregar o si aguantar estoicamente hasta la hora de comer.

Mi vida, a mis treinta y cuatro años, se había convertido en un monumento a la mediocridad predecible. Javi, el de Recursos Humanos. Javi, el que siempre trae tupper con pollo a la plancha porque el menú del día está por las nubes. Javi, el que huyó de Valencia a los veintidós buscando “oportunidades” y acabó siendo un engranaje más en una consultora donde el jefe, un tal Borja de la Moraleja que llevaba chaleco fucsia incluso en agosto, nos llamaba “campeones” cada vez que nos pedía horas extra sin cobrar.

Eran las once y cuarto de la mañana. El sol castigaba los cristales tintados del edificio. Cogí mi móvil, un trasto con la pantalla agrietada en la esquina superior derecha que llevaba prometiéndome cambiar desde las Navidades pasadas, y lo desbloqueé por pura inercia. Un acto reflejo. Como el que se rasca una picadura de mosquito sabiendo que solo lo va a empeorar.

Tenía tres notificaciones. Un correo de Vodafone ofreciéndome una tarifa de datos que no necesitaba, un mensaje de mi madre preguntando si este fin de semana bajaría a Valencia porque había comprado “un arreglo para hacer puchero”, y un mensaje de WhatsApp de un número desconocido.

El número empezaba por +34, así que al menos era nacional, pero no tenía foto de perfil. Solo la silueta gris genérica que siempre me ha dado mal rollo, como de asesino en serie que no sabe cómo subir un selfie.

Abrí el chat sin pensar. Probablemente sería spam, alguna estafa de criptomonedas o alguien intentando venderme paneles solares.

Pero no era spam. Era una imagen. Y debajo, un texto breve.

La imagen tardó un par de segundos en cargar por culpa de la nefasta cobertura que teníamos en la cuarta planta, pero cuando los píxeles se enfocaron, sentí que el suelo de la oficina desaparecía bajo mis pies. Literalmente, tuve la sensación física de estar cayendo por el hueco del ascensor. Un sudor frío, helado, me recorrió la nuca y se instaló en la base de la columna vertebral. Se me secó la boca al instante, como si me hubiera tragado un puñado de arena de la playa de la Malvarrosa en pleno agosto.

En la pantalla de mi móvil, iluminada con ese brillo azulado que ahora me parecía diabólico, había una foto de un cuaderno.

No un cuaderno cualquiera. Era un cuaderno Oxford de anillas, de tapa dura y color azul marino, con las esquinas desgastadas y la espiral metálica ligeramente deformada. En la portada, pegada de cualquier manera y ya perdiendo el color, había una pegatina de Oliver y Benji, concretamente de Mark Lenders con las mangas remangadas. Pero lo que me hizo dejar de respirar no fue la cubierta. Era que la foto mostraba el cuaderno abierto por la primera página.

Reconocí mi propia letra al instante. Esa caligrafía espantosa, redonda e infantil de cuando tenía trece años, escrita con un boli Bic azul que soltaba goterones de tinta.

En la parte superior de la página, subrayado con regla, ponía: Las cosas que le haría a Kike si no fuera tan cobarde.

Debajo de eso, la foto estaba estratégicamente cortada, desenfocada aposta o tapada por la sombra de la mano de quien la había tomado, pero yo no necesitaba leer el resto. Yo sabía exactamente qué ponía ahí. Recordaba cada maldita palabra de ese diario. Cada insulto, cada plan de venganza patético, cada humillación detallada, cada descripción grotesca que mi mente de adolescente aterrorizado había inventado para lidiar con el infierno que supuso 2º de la ESO.

Y entonces, leí el texto que acompañaba a la imagen.

“Sé lo que hiciste en el patio. Sé lo que pasó detrás de los vestuarios. Y, sobre todo, sé lo infinitamente cobarde que fuiste. Tienes 24 horas antes de que escanee cada página de esta joyita y la mande al grupo de Facebook de antiguos alumnos del Colegio San Vicente. Hablamos luego, Javi.”

Dejé caer el móvil sobre la mesa. Sonó un golpe seco que hizo que Marta, la chica de Contabilidad que se sienta en la mesa de enfrente, asomara la cabeza por encima del separador de metacrilato.

—¿Estás bien, Javi? Estás más blanco que la pared, tío —me dijo, frunciendo el ceño y ajustándose las gafas de pasta—. ¿Te ha sentado mal el café de máquina? Te dije que la leche de avena lleva ahí desde el viernes.

—No… no, estoy bien —logré balbucear, notando que mi voz sonaba como si hubiera estado gritando en un concierto de rock durante tres horas—. Un mareo. Cosas de la tensión. Creo que necesito… necesito ir al baño.

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