Gritos silenciosos frente al mar Mediterráneo: el hombre que eligió un silencio cómplice mientras su madre quedaba en el olvido
Part 1: El Despacho, la Herencia y el Olor a Naftalina
A Paco se le había pegado el pantalón de pana al skay del asiento de la gestoría de una manera que vaticinaba una tarde de perros. Fuera, en la calle, el sol de julio de Alicante caía como si Dios tuviera un soplete encendido y quisiera derretir el asfalto del Paseo de Gómiz. Dentro, un ventilador de torre, marca Taurus, hacía un ruido sordo, rítmico, como un asmático en pleno ataque, moviendo un aire recalentado que olía a café torrefacto, a tabaco rancio de los años noventa y a carpetas de cartón azul que no se habían abierto desde la muerte de Franco.
—Vamos a ver, Francisco, que no es tan complicado si me pones un poco de voluntad —dijo don Dimas, el gestor, un hombre que parecía haber sido diseñado con tiralíneas y escuadra. Tenía el bigote tan recortado y simétrico que Paco sospechaba que se lo medía cada mañana con un calibre digital.
—Si voluntad pongo, don Dimas. Si yo lo que no quiero es que mi hermana me monte un circo romano en mitad de la notaría, que usted ya la conoce. Que Conchi cuando se altera le da por hablar en valenciano cerrado y no hay Dios que la entienda, y luego me echa la culpa a mí de que si el piso de Santa Pola tiene humedades y de que si la cartilla de la Vieja no cuadra.
—Tu hermana —don Dimas se ajustó las gafas de concha, mirando un listado de bienes que parecía el testamento de un emperador romano por lo extenso y por lo polvoriento— lo que quiere es lo suyo. Ni más ni menos. Lo que marca la ley de este bendito país, que para algo está el Código Civil, Francisco. Que nos pensamos que la muerte es solo llorar y llevar flores, y no. La muerte es, ante todo, una cantidad ingente de papel timbrado.
Paco suspiró. Un suspiro largo, de esos que nacen en los riñones y mueren en la punta de la lengua con sabor a hiel. Miró por la ventana arqueada del despacho. Al fondo, recortándose contra un cielo azul que hería los ojos, se veía el Mediterráneo. Un mar plano, espeso, que parecía de mercurio de lo mucho que brillaba bajo el sol de las cuatro de la tarde. Un mar que a Paco, en ese preciso instante, le importaba tres pimientos. Lo único que le importaba era el peso que sentía en el pecho, una losa gris que llevaba arrastrando desde que tres meses atrás metieran a doña Amparito en la residencia «El Buen Reposo», un nombre que a Paco siempre le había sonado a marca de colchones baratos o a tanatorio de lujo.
—¿Y lo de la cuenta corriente? —preguntó Paco, jugando con un clip que había encontrado sobre la mesa, doblándolo hasta que el metal cedió con un chasquido seco.
—La cuenta corriente está bloqueada por el banco hasta que paguéis el Impuesto de Sucesiones y Donaciones. Que esa es otra, Francisco. Os habéis dejado pasar los plazos y ahora nos va a caer un recargo que nos vamos a reír todos. Tu hermana ya me ha llamado esta mañana. Tres veces. Desde el Mercado Central, que se oía de fondo el griterío de los pescaderos que parecía que estaba retransmitiendo un partido del Hércules. Que dice que por qué no se ha movido el papeleo del coche.
—¿Qué coche? Si el Seat Ibiza de mi madre no arranca desde que se inventó el euro, don Dimas. Que está en el garaje de Santa Pola criando una capa de polvo que se pueden plantar patatas en el capó.
—Da igual. Tiene matrícula, tiene número de bastidor y, por lo tanto, tiene existencia legal. Para el Estado español, ese Ibiza es un bien patrimonial. Así que hay que tasarlo, declararlo y pagar la correspondiente tasa. Aquí no se escapa ni el apuntador, Francisco. Ni tu madre, que en paz descanse el hilo de vida que le queda, ni vosotros, que os vais a quedar limpios como una patena.
Paco se echó hacia atrás, el skay protestó con un crujido de plástico viejo. Pensó en su madre. Doña Amparito no estaba muerta, no formalmente, pero para el mundo de los vivos era como si se hubiera mudado a otra dimensión. Una dimensión donde los días no tenían nombre, donde el café con leche se tomaba con pajita y donde las caras de sus hijos eran bultos borrosos que a veces le recordaban a unos tíos de Jumilla que se murieron en los años setenta.
La decisión de meterla en la residencia no había sido una decisión; había sido una capitulación en toda regla. Conchi había llevado la voz cantante, como siempre. Conchi, con su energía de sargento de la Legión y su permanente olor a laca Nelly y a fritura de bignets. «Paco, que esto no puede ser», le había dicho una tarde de domingo mientras le cambiaba el pañal a la Vieja con una destreza que daba miedo. «Que yo tengo mi casa, tengo mis nietos y tengo las varices que me van a estallar un día de estos en mitad de la pescadería. Tú eres un soltero de oro, pero no tienes manos para esto. Que la cocina huele a gas cada vez que vienes y la Vieja ya se me ha escapado dos veces a la calle en combinación. La última la encontró el municipal en la parada del autobús de San Juan diciendo que iba a comprarle albardas al burro de su abuelo. Que ya no rige, Paco. Que se le ha ido la pinza del todo».
Y Paco había callado. Ese fue su primer gran silencio. Un silencio espeso, cobarde, de los que se asientan en el estómago y te agrian el café de las mañanas. No había dicho que la residencia le parecía un almacén de carne triste. No había dicho que el olor a desinfectante de pino y a puré de verduras de «El Buen Reposo» le revolvía las tripas. Se había limitado a asentir, a mirar las baldosas de la cocina y a pensar que, al fin y al cabo, Conchi tenía razón. La razón práctica. La razón de los que no tienen tiempo para la poesía ni para los ojos ausentes de una madre que ya solo miraba las esquinas del techo buscando fantasmas.
—Bueno, pues firme aquí —dijo don Dimas, sacando de una carpeta un fajo de folios con el sello del Estado que parecían pesar una tonelada—. Esto es para el poder de representación. Así no tendréis que venir los dos juntos a la firma de la declaración de herederos provisional, que ya sé que os lleváis como el perro y el gato.
Paco cogió el bolígrafo. Era un Bic de tinta azul gastada. Firmó con un trazo tembloroso, una firma larga que no se parecía en nada a la que usaba en el banco para pagar las facturas de la luz. Era la firma que certificaba que renunciaba a pelear. Que dejaba que los papeles siguieran su curso, que la burocracia se tragara los últimos recuerdos de la casa de la calle Mayor, los muebles de caoba, las fotos en blanco y negro de las fiestas de Moros y Cristianos de Alcoy y el jarrón de Lladró que su madre limpiaba cada sábado con un plumero de plumas de pavo real como si fuera el Santo Grial.
—Y ahora, si me disculpas, Francisco, tengo que atender a los de una comunidad de vecinos de la Albufereta que se están matando por el arreglo del ascensor —don Dimas se levantó, dando por zanjada la reunión con la frialdad de un cirujano—. Id preparando el dinero para el notario. Que luego vienen las sorpresas y la gente se me desmaya en el despacho.
Paco salió a la calle. El calor lo golpeó en la cara como una bofetada de realidad. El aire vibraba sobre las capotas de los coches aparcados en zona azul. Bajó caminando hacia el paseo marítimo, sintiendo las suelas de los zapatos blandas por el calor del suelo. El mar seguía allí, inmenso, azul, indiferente a las deudas, a los notarías y a las madres que se disolvían como un terrón de azúcar en un vaso de agua tibia. Se sentó en un banco de piedra bajo la sombra rala de una palmera datilera. A pocos metros, unos turistas alemanes, colorados como gambas de Denia, discutían sobre un mapa con una insistencia germánica que a Paco le pareció una falta de respeto al clima.
Sacó el móvil del bolsillo. Tenía tres llamadas perdidas de Conchi y un mensaje de WhatsApp que decía: «Llama cuando salgas del de las corbatas. Que me ha dicho la Mari que la residencia sube la mensualidad en agosto por el aire acondicionado. Nos quieren desplumar».
Paco no contestó. Guardó el teléfono y se quedó mirando una gaviota que sobrevolaba el agua, planeando sin esfuerzo, buscando algún desperdicio que llevarse al pico. Pensó que la gaviota tenía suerte. No tenía hermanas pesaderas, ni gestores con bigote de tiralíneas, ni una madre en una habitación con el número 214 que ya no sabía quién era el hombre de cincuenta años que iba a verla los sábados por la tarde y le llevaba galletas María que luego se quedaban rancias en la mesilla de noche.
El mar Mediterráneo, con su azul de postal y su olor a salitre y a crema solar de coco, parecía una burla. Un decorado brillante para una comedia costumbrista que, por dentro, tenía el guion de una tragedia griega barata. Paco cerró los ojos y, por primera vez en muchos años, sintió unas ganas locas de gritar. Pero no gritó. Se limitó a tragarse la saliva, que le supo a ceniza, y a levantarse del banco porque el pantalón de pana le volvía a picar en los muslos de una manera insoportable.
Part 2: La Visita del Sábado y el Menú de Noventa Euros
La residencia «El Buen Reposo» estaba situada en una urbanización detrás de Vistahermosa, en una zona donde todas las calles tenían nombres de pintores famosos pero donde lo único que se pintaba era el mono. Era un edificio de tres plantas, de un color amarillo pretencioso que el sol de Alicante había ido desgastando hasta dejarlo con el tono de una tortilla de patatas fría. Tenía palmeras en la entrada, unas palmeras famélicas que daban una sombra que no tapaba ni a un caniche, y un conserje que se llamaba Tomás y que pasaba las horas muertas haciendo crucigramas y escuchando los partidos de la Copa del Rey en una radio de transistores con los auriculares puestos.
Paco llegó a las cinco de la tarde del sábado, la hora en que los residentes terminaban la siesta y los bajaban al salón común para que tomaran la merienda, que solía consistir en un vaso de leche con Ensure y un bizcocho que tenía la consistencia de una esponja de baño.
Al cruzar la puerta automática, el olor lo recibió como un viejo enemigo conocido: una mezcla exacta de lejía de pino, pañal usado y esa laca barata que usaban las peluqueras voluntarias que iban los jueves a hacerles la permanente a las ancianas.
—Hombre, Paco —dijo Tomás, levantando la vista del crucigrama—. Siete letras, empieza por ‘Z’, mamífero rumiante de los Andes.
—La llama, Tomás. Pero va con dos eles, no con zeta.
—Ah, claro. Por eso no me cuadraba con ‘alcornoque’. Pasa, pasa. Tu hermana ya está arriba. Ha venido con el marido. Menuda pieza el Vicente. Ha aparcado el Mercedes en el vado de las ambulancias y le he tenido que decir que como venga el inspector de Sanidad se le va a caer el pelo. Pero ni caso, tú. Como si hablara con la pared.
Paco subió las escaleras a pie, prefiriendo el esfuerzo físico al ascensor, que siempre olía a colonia de lavanda barata y a miedo. Cuando llegó a la primera planta, escuchó la voz de Conchi antes de verla. Era una voz con una proyección digna de un tenor de la Scala de Milán, forjada en treinta años de gritarle a las señoras que el kilo de boquerones estaba a tres con cincuenta.
—¡Que no, Vicente! ¡Que te digo que el piso de la tía abuela Elvira no entra en la legítima! ¡Que eso fue una donación en vida y eso va por otro lado! ¡Pregúntale a tu primo el abogado, el que tiene el despacho en Elche, a ver qué te dice! ¡Que pareces tonto, hijo, que te dejas engañar por cualquiera!
Paco entró en el solárium, una estancia acristalada donde los ancianos se sentaban en filas de sillones orejeros, mirando hacia la cristalera como si esperaran que pasara un tren que nunca iba a llegar. Doña Amparito estaba en la esquina, junto a una costilla de Adán que se estaba secando por falta de riego. Tenía una manta de cuadros escoceses sobre las piernas, a pesar de que el termómetro del pasillo marcaba veintisiete grados, y sostenía entre las manos una muñeca de trapo sin ojos que alguien le había regalado por Navidad.
Conchi estaba de pie, con los brazos en jofaina, luciendo un vestido de flores que parecía un catálogo de Leroy Merlin y unas sandalias de cuña que hacían un ruido infernal cada vez que daba un paso. Vicente, su marido, un hombre bajito, calvo y con una barriga que desafiaba las leyes de la gravedad por encima del cinturón de cuero, estaba sentado en una silla de plástico, mirando el móvil con el desinterés de quien ha escuchado la misma discusión los últimos veinte años.
—Vaya, ya está aquí el señorito —dijo Conchi al ver entrar a Paco—. Pensaba que te habías quedado a vivir en la gestoría con el don Dimas ese, que tiene menos salero que un huevo sin sal. ¿Has firmado ya lo del coche?
—He firmado —dijo Paco, acercándose a su madre y dándole un beso en la mejilla. La piel de la Vieja estaba fría, seca, como el papel de fumar. Olía a jabón Heno de Pravia, el único detalle de su antigua vida que Conchi insistía en mantener—. Hola, mamá. ¿Cómo estamos hoy?
Doña Amparito levantó los ojos. Eran unos ojos de un azul desvaído, casi transparentes, los mismos ojos que Paco había visto en las fotos de cuando ella era joven y paseaba por la Explanada con el pelo recogido en un moño alto. Miró a Paco durante unos segundos que a él le parecieron una eternidad. Hubo un destello, una pequeña chispa de algo que pareció reconocimiento, pero se apagó enseguida, sustituida por esa mirada vacía, flotante, que iba más allá de las paredes del edificio, más allá del mar, hacia un lugar donde los hijos no tenían nombre.
—¿Ha traído el pan duro para los patos? —preguntó la Vieja con una voz finita, como el piar de un pájaro.
—No, mamá, hoy no hay patos. Hoy es sábado —dijo Paco, sintiendo el nudo de la corbata imaginaria que le apretaba el cuello desde hacía meses.
—Esta ya no sabe ni en qué día vive —sentenció Conchi, sacando de su bolso de imitación de marca un abanico de plástico y dándose aire con una energía que hacía ondear las cortinas del solárium—. El médico me ha dicho esta mañana que ha tenido otra crisis por la noche. Que se quería levantar a hacerle la cena a tu padre. Imagínate. Tu padre, que se murió cuando el Naranjito todavía estaba en los escaparates. Le han tenido que dar una pastilla de las gordas para que se durmiera. Que dice la enfermera que si sigue así la van a tener que cambiar a la planta de los asistidos graves. Y eso son trescientos euros más al mes, Paco. Trescientos euros. Que yo no sé de dónde los vamos a sacar, porque el negocio del pescado está fatal desde que abrieron el Mercadona de la esquina. La gente ya no quiere limpiar el pescado, Paco. Lo quieren todo en bandeja de corcho, que parece que se estén comiendo un trozo de techo.
—Conchi, por favor, no hables de dinero delante de ella —susurró Paco, mirando de reojo a su madre, que seguía acariciando la muñeca sin ojos.
—¿Delante de ella? ¡Pero si esta no se entera de nada, hombre! ¡Como si le hablas en chino! —Conchi se acercó a la Vieja y le dio un cachetito cariñoso pero brusco en la mejilla—. ¿A que sí, Amparito? ¿A que tú estás en la gloria con tus muñecas y tus cosas y te da igual el euro y la madre que lo parió?
Vicente levantó la vista del móvil por primera vez.
—El del Mercedes me ha dicho que el mes que viene hay que cambiarle la correa de distribución. Trescientos cincuenta pavos de ala. Así que a mí no me miréis para lo de la subida de la residencia. Que yo ya bastante hago con pagar la letra del coche y el seguro a todo riesgo.
—Tú te callas, Vicente, que nadie te ha pedido el voto en este entierro —le espetó Conchi sin mirarlo—. Esto es cosa de mi hermano y mía, que para eso somos los hijos. A ver, Paco, lo del piso de Santa Pola hay que moverlo ya. Hay un comprador. Unos de Madrid, que vienen buscando sol y playa y les importa un pimiento que el baño tenga los azulejos verdes de los años setenta. Ofrecen noventa mil euros. En mano. Bueno, en cheque conformado, que hoy en día con el blanqueo de capitales no se puede ir con el maletín como en las películas de Esteso.
—¿Noventa mil euros? —Paco sintió una punzada en el estómago. El piso de Santa Pola era el lugar donde habían pasado todos los veranos de su infancia. Recordó el olor a fritura de calamares de la cocina, las sombrillas de rayas que su padre cargaba al hombro, las noches de fresco en la terraza escuchando la radio mientras su madre cosía a máquina—. Pero si ese piso vale por lo menos ciento veinte mil, Conchi. Que está a tres minutos de la playa de Levante.
—¡A tres minutos si vas en moto, Paco! Que andando te da un síncope con la cuesta que hay. Y además, hay que hacerle reforma integral. Que las tuberías son de plomo y el cuadro eléctrico no cumple la normativa ni de coña. Si nos ponemos exquisitos, no lo vendemos ni en el año tres mil. Y el dinero nos hace falta ya. Que la gestoría no trabaja gratis y el don Dimas ese cobra hasta por respirar.
Paco miró a su madre. Doña Amparito parecía ajena a la subasta de sus recuerdos. Se había llevado la muñeca a la oreja, como si estuviera escuchando un secreto que solo las cosas sin ojos podían entender. Paco sintió un impulso arrollador de cogerla del brazo, sacarla de allí, meterla en su coche y llevársela de vuelta a la casa de la calle Mayor. Quería limpiar el polvo de los muebles de caoba, encender la radio y dejar que ella hablara del burro de su abuelo o de lo que le diera la gana, lejos de los cheques conformados, de los impuestos de sucesiones y de las correas de distribución de los Mercedes.
Pero no lo hizo. El silencio volvió a caer sobre él como una red de pescador, pesada y húmeda. Miró a Conchi, miró a Vicente y luego miró al mar, que se veía a lo lejos, al final de la calle de los pintores, un trozo de azul encajonado entre dos bloques de apartamentos de multipropiedad.
—Está bien —dijo Paco con un hilo de voz—. Si hay comprador, adelante. Haz lo que quieras con el piso.
Conchi sonrió, una sonrisa de triunfo comercial que le iluminó la cara llena de polvos de talco.
—Así me gusta, Paco. Que pienses con la cabeza y no con los pies. Que la vida está muy achuchada y los recuerdos no pagan las facturas. Venga, vámonos a tomar una horchata a la Perla, que aquí dentro hace un olor a viejo que se te mete en la ropa y no sale ni con el Colón de tres acciones.
Se levantaron. Conchi le dio otro beso rápido a su madre en la frente, un beso de trámite, como quien sella un pasaporte. Vicente se guardó el móvil en el bolsillo del pantalón y se estiró la camiseta por encima de la barriga. Paco se quedó el último. Se agachó frente a su madre, le cogió las manos, que estaban ásperas por los años de fregar con lejía Las Tres Sietes, y le susurró al oído:
—Lo siento, mamá. Lo siento mucho.
Doña Amparito no respondió. Siguió mirando la costilla de Adán que se moría de sed en la esquina del solárium, mientras los pasos de Conchi y el ruido de sus sandalias de cuña se alejaban por el pasillo, resonando como tambores de guerra en el silencio de la tarde.
Part 3: La Desconexión y el Notario de las Tres de la Tarde
El verano en Alicante no se va en septiembre; se queda a vivir como un pariente pesado que no entiende las indirectas. A mediados de octubre, las terrazas de la Explanada seguían llenas de jubilados extranjeros con calcetines blancos y chanclas, y el aire mantenía esa densidad pegajosa que te obliga a ducharte tres veces al día.
Paco se encontraba de pie en el zaguán de la notaría de don Alfonso Pérez-Morieto, situada en un principal de la calle Gerona. El edificio era señorial, de techos altos con molduras de yeso que representaban angelotes regordetes y suelos de mosaico hidráulico que crujían con un eco de solemnidad burguesa. Era el escenario perfecto para certificar el fin de una era.
Conchi llegó puntual, arrastrando a Vicente por la manga de la chaqueta de lino que se había comprado para las bodas de plata y que ya le venía estrecha de las axilas. Tenía la cara roja por la subida de la cuesta y venía abanicándose con un folleto del supermercado DIA.
—Vaya calor, por el amor de Dios —dijo Conchi, dejándose caer en uno de los sillones de cuero verde de la sala de espera—. Esto no es normal, Paco. Que estemos a las puertas de los Santos y parezca que estamos en las Hogueras de San Juan. He tenido que dejar el coche en el parking de Alfonso el Sabio y me han cobrado tres euros por media hora. ¡Un atraco a mano armada! ¿Está ya el del maletín?
—Es un procurador, Conchi, y se llama señor Martínez —dijo Paco, que se había pasado la mañana repasando las escrituras del piso de Santa Pola hasta aprenderse de memoria los linderos por el norte, por el sur y por el este—. Y sí, ya está dentro con el notario. Están revisando que no haya cargas registrales del año de la polka.
—¿Qué cargas va a haber? Si mi padre pagó la última letra de esa casa en el año ochenta y dos, que se fue a celebrarlo al bar Central y volvió a casa con una cogorza de anís Tenis que le duró tres días. Que mi madre estuvo sin hablarle una semana.
La puerta del despacho principal se abrió y una secretaria con cara de tener prisa permanente les hizo una seña para que pasaran. El despacho de don Alfonso era imponente. Había estanterías de madera de nogal que subían hasta el techo, repletas de tomos encuadernados en piel con letras doradas: Aranzadi, Código Civil, Jurisprudencia del Tribunal Supremo. En el centro, una mesa de caoba maciza que parecía el mostrador de un banco y, detrás, don Alfonso, un hombre de unos sesenta años con el pelo completamente blanco, un traje de tres piezas gris marengo a pesar del calor y una estilográfica Montblanc que manejaba con la soltura de un espadachín.
—Buenas tardes, señores —dijo el notario con una voz de barítono que parecía salir de una cueva—. Tomen asiento, por favor. Francisco, Concepción. Vamos a proceder a la lectura y firma de la escritura de compraventa de la finca registral número 4.512 de Santa Pola, así como a la aceptación formal de la herencia parcial por el fallecimiento presunto de las facultades cognitivas de doña Amparo Blanes Rico.
Paco se sentó en el borde de la silla. Sentía que las manos le sudaban. Miró el documento que el notario tenía delante. Eran folios de papel timbrado, con el escudo de España en el margen superior izquierdo. Cada página representaba una habitación, un verano, una tarde de tormenta jugando al parchís en la mesa de la terraza mientras el mar se ponía gris al fondo.
Don Alfonso empezó a leer con una monotonía funcionarial que convertía la vida de una familia en una sucesión de artículos, leyes y estipulaciones. «… de una parte, como parte vendedora, don Francisco Vicedo Blanes y doña Concepción Vicedo Blanes, actuando en su propio nombre y derecho y en representación de…».
Paco desconectó. La voz del notario se convirtió en un zumbido lejano, similar al del motor de la nevera vieja de Santa Pola que hacía un ruido tremendo cada vez que saltaba el termostato. Recordó a su madre el último verano que pasaron allí, antes de que la niebla del alzheimer se la llevara del todo. Ella se sentaba en la mecedora de mimbre, en la terraza, a mirar el mar. No decía nada. Se pasaba las horas contemplando el horizonte, allí donde el agua se junta con el cielo y los barcos de pesca parecen juguetes de madera. Paco se acercaba a veces y le preguntaba: «¿Qué miras, mamá?». Y ella, sin volverse, le decía: «Miro el silencio, Paco. El mar es muy grande, pero guarda los secretos mejor que las personas».
En aquel momento, Paco no lo había entendido. Pensaba que eran cosas de la edad, arrebatos poéticos de una mujer que había pasado toda su vida entre el Mercado Central y la cocina de la casa de la calle Mayor. Ahora, en el despacho del notario, rodeado de tomos de Aranzadi y con el olor a cuero y a papel timbrado, lo comprendía perfectamente. El silencio que su madre miraba era el mismo silencio en el que él se había instalado por comodidad, por cobardía, por no enfrentarse a Conchi, por no asumir que la vida se estaba terminando y que lo único que quedaba era un puñado de billetes de cien euros sobre una mesa de caoba.
—¿Francisco? ¿Francisco, me escucha? —la voz del notario lo trajo de vuelta a la realidad. Don Alfonso lo miraba por encima de sus gafas de lectura con una mezcla de impaciencia y curiosidad.
—¿Eh? Sí, perdón, don Alfonso. Me había despistado un momento.
—Le decía que si está conforme con la cláusula de exoneración de responsabilidad por vicios ocultos en el sistema de fontanería. El comprador acepta el inmueble en el estado actual, renunciando a reclamaciones futuras por humedades o deficiencias estructurales.
—Sí, sí. Conforme —dijo Paco, sin mirar a Conchi, que le estaba dando un codazo en la costilla con la complicidad de un contrabandista de tabaco.
—Bien. Pues procedan a firmar en el margen de cada una de las hojas y al final del documento —el notario deslizó el fajo de papeles hacia ellos y le tendió la Montblanc a Conchi, que la cogió como si fuera una reliquia sagrada.
Conchi firmó con un trazo enérgico, de esos que rompen el papel si te descuidas. Su firma era grande, llena de bucles y curvas, la firma de una mujer que pisa fuerte y no deja que nadie le pase por encima. Luego le pasó la pluma a Paco.
Paco sostuvo el bolígrafo de lujo entre los dedos. Le pareció que pesaba más que el Ibiza en el garaje. Miró el espacio en blanco al lado del nombre de su madre, donde ponía «Por poder: Francisco Vicedo Blanes». Su firma iba a suplantar la voluntad de la mujer que lo había traído al mundo, la mujer que le había enseñado a andar por las rocas de las calas de Santa Pola para que no se cortara con los erizos de mar.
Miró por la ventana del despacho. Desde el principal de la calle Gerona no se veía el mar. Solo se veía el edificio de enfrente, una sucursal del Banco Sabadell con sus cristales tintados y sus carteles luminosos que anunciaban planes de pensiones con regalos de cuberterías de acero inoxidable. El Mediterráneo quedaba lejos, oculto tras las moles de hormigón que la ciudad había ido levantando a lo largo de los años, igual que los silencios de Paco habían ido ocultando su propia conciencia.
Firmó. Tres trazos rápidos, casi un borrón, como si quisiera acabar con el trámite antes de que el remordimiento le impidiera mover la mano.
—Perfecto —dijo don Alfonso, recogiendo los papeles con la presteza de un crupier de casino—. El señor Martínez les entregará ahora el cheque conformado por el importe acordado, deducidos los honorarios de esta notaría y la provisión de fondos para el registro. Enhorabuena, han realizado ustedes una operación muy limpia.
Salieron a la calle. Conchi llevaba el cheque metido en la faja del vestido, como si temiera que un carterista saliera de detrás de una esquina y se lo quitara de las manos. Tenía los ojos brillantes, una expresión de satisfacción que no recordaba haberle visto desde que se casó el hijo mayor.
—¡Menos mal, Paco! ¡Ya está! —dijo Conchi, soltando una carcajada que hizo que dos señoras que pasaban con el carro de la compra se giraran a mirarla—. ¡Noventa mil pavos, tú! Que descontando lo del don Dimas y lo del notario, que es un ladrón con carrera, nos quedan casi cuarenta mil a cada uno. Con esto cambio la cocina de mi casa, que tengo los fuegos que parecen un soplete de fontanero, y aún me queda para pegarme un viaje a Benidorm con las de la asociación de mujeres en el puente de diciembre. ¡Que nos lo hemos ganado, Paco! ¡Que la vida son dos días y uno nos lo pasamos pagando la luz!
Paco la miró. Sentía una distancia infinita con su hermana. Una distancia que no se medía en kilómetros, sino en algo mucho más profundo, en una especie de desconexión moral que lo hacía sentirse como un extranjero en su propia familia.
—Yo me voy a la residencia, Conchi —dijo Paco, metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón de pana, que ahora le parecía demasiado pesado para el clima de la calle.
—¿A la residencia ahora? Pero si ya es casi la hora de la cena de los viejos, Paco. Que a las siete ya les están dando el puré y a las ocho los meten en la cama como a los pollos. No te van a dejar entrar.
—Me da igual. Voy a verla.
—Pues tú mismo, hijo. Que pareces un alma en pena. No te olvides de pasar mañana por la pescadería a recoger tu parte de los papeles de la gestoría, que hay que liquidar lo del coche antes de que acabe el mes. ¡Y no me pongas esa cara de funeral, Paco, que hemos vendido un piso viejo, no hemos matado a nadie!
Conchi se dio la vuelta y se fue calle abajo, del brazo de Vicente, que iba haciendo sonar las llaves del Mercedes en el bolsillo como si tocara las castañuelas. Paco se quedó solo en mitad de la acera, viendo cómo sus figuras se difuminaban entre el gentío de la calle Gerona, bajo un sol de justicia que seguía castigando la ciudad como si no hubiera un mañana.
Part 4: El Grito Ahogado y el Mar de Mercurio
El camino hacia «El Buen Reposo» en el autobús de la línea 22 se le hizo a Paco más largo que de costumbre. El vehículo iba lleno de estudiantes de la Universidad que hablaban de exámenes y de fiestas en San Vicente, y de mujeres cargadas con bolsas de la compra del Mercado. El contraste entre la vitalidad ruidosa del autobús y el destino de su viaje acentuaba la sensación de irrealidad que lo envolvía desde que saliera de la notaría.
Cuando llegó a la residencia, el sol empezaba a ponerse por detrás del castillo de Santa Bárbara, tiñendo el cielo de un color naranja sucio, como el óxido de las barandillas de los balcones de Santa Pola. En el vestíbulo, Tomás ya no estaba; lo había sustituido una chica joven con uniforme azul que miraba una pantalla de ordenador con cara de aburrimiento supremo.
—Vengo a ver a Amparo Blanes, de la 214 —dijo Paco, apoyándose en el mostrador.
—Las visitas terminaron a las seis y media, señor —dijo la chica, sin levantar la vista de la pantalla—. Ahora están en el comedor cenando. No se les puede molestar.
—Solo van a ser cinco minutos. Por favor. Soy su hijo. Hemos firmado hoy unos papeles… unos papeles de la familia.
La chica lo miró entonces. Debió de ver algo en la cara de Paco, una expresión de desolación tan profunda, una mirada tan fija y apagada, que se le ablandó el corazón de funcionaria de contrata.
—Está bien. Pero no suba al comedor. Suba a su habitación, la 214. La están subiendo ahora mismo porque hoy se ha puesto muy nerviosa con el puré de calabaza. No quería comer y le han tenido que dar un sedante suave. Vaya rápido antes de que pase la enfermera de planta.
Paco subió las escaleras a toda prisa, con el corazón golpeándole las costillas como un pájaro enjaulado. El pasillo de la segunda planta estaba en penumbra, iluminado solo por los fluorescentes de los carros de las medicinas que las auxiliares empujaban de una puerta a otra con un tintineo metálico de botes de pastillas y vasos de plástico.
La puerta de la 214 estaba entornada. Paco entró sin hacer ruido. La habitación era pequeña, blanca, impersonal como la celda de un convento moderno. Había dos camas separadas por una cortina de plástico verde. En la de la ventana estaba doña Amparito.
La Vieja estaba tumbada, con la cabecera de la cama un poco elevada. Tenía los ojos abiertos, pero fijos en el techo, unas pupilas enormes por efecto de las gotas o del sedante que le habían dado. Ya no tenía la muñeca de trapo. Sus manos, largas y delgadas, con las venas azules marcadas como ríos en un mapa de relieve, descansaban sobre la sábana blanca, inmóviles.
Paco se acercó y se sentó en la silla de skay que había al lado de la cama. Le cogió una mano. Estaba fría, más fría que al mediodía.
—Mamá —dijo en un susurro, sintiendo que las lágrimas, que había estado reteniendo durante meses en la gestoría, en la notaría y en el banco, le llenaban los ojos—. Mamá, ya hemos vendido el piso. El piso de Santa Pola. Ya no tenemos la casa de la playa.
Doña Amparito no se movió. Ni una pestaña, ni un músculo de la cara. Su respiración era lenta, acompasada, un silbido leve que salía de sus labios entreabiertos.
—Conchi dice que es lo mejor —continuó Paco, hablando más para sí mismo que para ella, en un confesionario improvisado entre el olor a desinfectante y la luz naranja que entraba por la ventana—. Dice que el dinero nos hace falta para pagar esto. Para pagar tu tranquilidad. Pero es mentira, mamá. Lo hemos hecho por nosotros. Por no tener que venir a verte con mala conciencia, por no tener que discutir por quién se queda el coche o quién limpia la cocina de la calle Mayor. Te hemos dejado aquí sola, metida en este almacén de viejos, y nos hemos repartido tus cosas como si ya estuvieras bajo tierra. Y yo he callado, mamá. No he dicho nada. He firmado los papeles y le he dado el dinero a Conchi para que se vaya a Benidorm. Soy un cobarde. Un cómplice.
Una lágrima le resbaló a Paco por la mejilla y cayó sobre la mano de su madre. La Vieja pareció reaccionar al contacto de la gota tibia. Movió ligeramente los dedos, rozando la palma de Paco con una torpeza infinita. Luego, con un esfuerzo aparente que pareció consumirle las pocas fuerzas que le quedaban, volvió la cabeza hacia él.
Los ojos de doña Amparito se clavaron en los de Paco. Ya no era la mirada flotante de la tarde. Era una mirada limpia, profunda, terrible. Una mirada que atravesó a Paco como un rayo de sol atraviesa un cristal sucio. En esos ojos no había reproche, ni enfado, ni tristeza. Había algo peor: había olvido. Una ausencia total de memoria, una vacuidad absoluta que le decía a Paco, con más claridad que cualquier grito, que el hombre que estaba sentado a su lado era un perfecto desconocido. Un señor de cincuenta años que lloraba en una habitación de residencia y al que ella no le debía nada, ni un recuerdo, ni una sonrisa, ni un nombre.
—¿Quién es usted? —preguntó la Vieja con una voz que pareció llegar desde el fondo de un pozo seco—. ¿Ha venido a traer el pan para los patos?
Paco sintió que se le rompía algo por dentro. Un chasquido seco, definitivo, como el del clip que había doblado en la gestoría de don Dimas. Soltó la mano de su madre, se levantó de la silla y salió de la habitación casi corriendo, sin mirar atrás, sordo a las llamadas de una auxiliar que le decía que no se podía correr por los pasillos.
Bajó las escaleras de tres en tres, cruzó el vestíbulo sin mirar a la chica de la recepción y salió a la calle, al aire de la noche que empezaba a refrescar. Caminó sin rumbo, cuesta abajo, buscando el mar, con la obsesión de un náufrago que busca la orilla.
Llegó a la playa de la Albufereta cuando ya era noche cerrada. La arena estaba desierta, fría, sembrada de colillas y de restos de plástico que las olas arrastraban hacia la orilla con un murmullo perezoso. El Mediterráneo se extendía ante él como una inmensa llanura de mercurio negro, reflejando las luces de los rascacielos de la Albufereta y los faros de los barcos que faenaban en alta mar.
Paco se metió en el agua hasta las rodillas, sin quitarse los zapatos de piel ni el pantalón de pana que Conchi tanto le criticaba. El agua estaba helada, pero no la sintió. Miró la línea del horizonte, el mismo horizonte que su madre miraba desde la terraza de Santa Pola cuando decía que el mar guardaba los secretos mejor que las personas.
Allí, frente a la inmensidad del agua, solo con su culpa, con sus cuarenta mil euros en el banco y con el recuerdo de la mirada vacía de su madre, Paco abrió la boca. Abrió la boca con toda la fuerza de sus pulmones, con toda la rabia, el dolor y la vergüenza que le reconcomían las entrañas. Quería gritar. Quería soltar un alarido que se oyera en toda la costa, desde Denia hasta Torrevieja, un grito que rompiera los cristales de la notaría de don Alfonso y que despertara a los viejos de «El Buen Reposo». Quería pedir perdón al mar, a su madre, a la tierra y al cielo por su silencio cómplice, por haber dejado que el olvido ganara la partida por pura comodidad burguesa.
Pero de su garganta no salió nada. Ni un sonido, ni un silbido, ni un lamento. El aire se le quedó atrapado en el pecho, denso, pesado como el papel timbrado del Estado. El grito se volvió hacia dentro, una explosión silenciosa que le inundó la boca de un sabor amargo, a salitre y a ceniza.
El Mediterráneo siguió rompiendo contra sus piernas, con su ritmo pausado, eterno, indiferente. Las luces de la ciudad brillaban a lo lejos, hermosas y lejanas, celebrando el sábado, las cocinas nuevas, los viajes a Benidorm y los coches con la correa de distribución recién cambiada. Paco se quedó allí, inmóvil en mitad del agua negra, un hombre de cincuenta años con los pies mojados y los bolsillos llenos de dinero, gritando en silencio ante un mar que ya lo había olvidado todo.
Parte 5: El Sabor del Arroz a Banda y las Cuentas de la Pescadería
El lunes amaneció con esa luz dorada y cruel que solo Alicante sabe parir cuando la resaca del domingo aún escuece en las sienes. Paco no había pegado ojo. Se había pasado la noche en vela, con las sábanas enredadas en las piernas y los zapatos todavía húmedos de agua salada tirados en mitad del pasillo de su piso de soltero, un apartamento de cincuenta metros cuadrados en el barrio de Carolinas Altas donde el único lujo era una terraza que daba a un patio de luces con olor a guiso de col.
A las ocho de la mañana, el teléfono móvil empezó a vibrar sobre la mesilla de noche con la insistencia de un barreno en una cantera. Era Conchi. Paco miró la pantalla con los ojos encandilados por las lagañas y el desvelo, debatiéndose entre estampar el aparato contra el gotelé de la pared o resignarse a su destino. Ganó la resignación, que en la vida de Paco era casi una segunda naturaleza.
—¿Se puede saber dónde te metes, Paco? Que llevo media hora llamándote y ya pensaba que te había dado un pampurrio en mitad del pasillo —la voz de su hermana entró por el auricular como un vendaval de levante, con el ruido de fondo de las cajas de poliespán y el hielo picado del Mercado Central—. Vente para la pescadería ya, que ha venido el repartidor de los papeles y tenemos que firmar los recibos de la tasa del Ibiza antes de que empiece el jaleo de las amas de casa. Y trae el cheque de la notaría, que no me fío de dejarlo en el bolso, que hoy hay mucho descuidero suelto por los puestos del centro.
Paco no dijo ni mu. Emitió un gruñido que podía pasar por un asentimiento y colgó. Se vistió con lo primero que encontró en el armario: unos vaqueros viejos que le quedaban un poco holgados y una camisa de manga corta de cuadros que no necesitaba plancha. No se afeitó. La barba de tres días le daba un aspecto de náufrago urbano que, bien mirado, encajaba perfectamente con su estado de ánimo.
El Mercado Central de Alicante a las nueve de la mañana es lo más parecido a un abordaje pirata pero con carritos de la compra de dos ruedas. El olor a salmorra, a tripas de bacalao, a café de máquina y a lisoformo se te metía por las narices nada más cruzar las escalinatas de la entrada. Paco caminó por el pasillo central, esquivando a señoras mayores que manejaban los carros con la pericia de un piloto de Fórmula 1 y a hombres con bata blanca que cargaban cuartos de buey al hombro.
El puesto de Conchi, «Pescados y Mariscos La Amparito» —un nombre que ahora a Paco le dolía como una muela picada—, estaba en todo el cogollo del sector del pescado. Conchi estaba detrás del mostrador de acero inoxidable, con un delantal de plástico azul que le tapaba las tetas y un cuchillo de golpear que manejaba con la precisión de un verdugo de la Inquisición.
—¡A ver, señora Mari, que el emperador está hoy que habla, mire qué carne más prieta! —gritaba Conchi a una clienta habitual mientras le rebanaba una rodaja con un golpe seco que hizo crujir la espina central—. ¡Esto a la plancha con un poco de ajo y perejil y su marido le hace la ola en mitad del pasillo! Venga, que se lo dejo a catorce el kilo porque es usted.
Al ver aparecer a Paco, Conchi le hizo una seña con el cuchillo apuntando hacia la parte trasera del puesto, donde había una pequeña oficina de madera y cristal que olía a gasoil y a facturas húmedas.
—Pasa dentro, Paco. Ahí está el gestor menudo, el ayudante de don Dimas, que ha venido a traer las liquidaciones. Limpiese los zapatos antes de entrar, que me lo pones todo perdido de escamas.
En la oficina, sentado en una silla de tijera que parecía estar a punto de rendirse bajo su peso, estaba un chaval de veintitantos años con un traje de saldo de Cortefiel que le venía grande de hombros y un tupé engominado que desafiaba la gravedad. Era el secretario de la gestoría, un chaval que se llamaba Borja pero al que todo el mundo en el Mercado llamaba «el de los papeles».
—Buenos días, don Francisco —diquo el chaval, sacando una ristra de documentos con el membrete de la Generalitat Valenciana—. Aquí tenemos la liquidación complementaria del Impuesto sobre Sucesiones y la baja definitiva por achatarramiento del Seat Ibiza. Al final, como el vehículo no tenía la ITV pasada desde el año 2018, hemos podido rascar una exención por obsolescencia tecnológica, pero hay que pagar las tasas de tráfico correspondientes. Son sesenta y ocho euros con veinte céntimos.
Paco se sentó en la otra silla, sacando la cartera con la parsimonia de un enfermo crónico. Sacó un billete de cincuenta y uno de veinte. El chaval los cogió y los metió en un sobre con una soltura que demostraba que estaba acostumbrado a cobrar en metálico entre cajas de sardinas.
—¿Y lo de mi madre? —preguntó Paco, mirando fijamente un calendario del año anterior con la imagen de la Virgen del Remedio que colgaba de la pared.
—Lo de doña Amparo ya está todo en orden en la Seguridad Social. La pensión de viudedad queda retenida en un ochenta por ciento para el copago de la plaza residencial, tal como estipula la Ley de Dependencia. El veinte por ciento restante, que son unos ciento cuarenta euros, se ingresará en la cuenta nodriza para gastos menores: ropa, podólogo, peluquería… esas cosas.
Conchi entró en la trastienda, limpiándose las manos ensangrentadas en un trapo de cocina que tenía más manchas que el mapa de una guerra.
—¿Qué gastos menores ni qué niño muerto? —intervino Conchi, cogiendo el sobre de los papeles con una mano y firmando el recibo sin mirar—. Si a la Vieja la ropa se la compro yo en el mercadillo de los jueves, tres mudas por diez euros, y la peluquera de la residencia cobra cinco pavos por pasarle la maquinilla. Ahí lo que hay que mirar es que el banco no nos cobre comisión por la cuenta, que los del BBVA son unos listos y en cuanto te descuidas te meten doce euros de mantenimiento por tener el dinero parado. A ver, Borja, terminamos con esto que tengo la bancada llena de clientes y el rape se me está quedando blando con el calor.
El chaval del tupé recogió sus bártulos, se despidió con una inclinación de cabeza reglamentaria y salió de la oficina esquivando una caja de galeras que goteaba agua helada.
Paco se quedó a solas con su hermana. El silencio entre los dos se volvió a instalar, denso, cargado de ese olor a pescado que a Paco, por primera vez en su vida, le dio ganas de vomitar.
—Toma —dijo Paco, sacando el cheque conformado de la notaría y poniéndolo sobre la mesa de fórmica verde, justo encima de una mancha de café—. Tu mitad. Ya puedes cambiar los fuegos de la cocina.
Conchi cogió el cheque con los dedos húmedos, dejando una marca translúcida en el papel de seguridad. Lo miró con una fijeza casi mística, como si estuviera leyendo las sagradas escrituras.
—Ay, Paco, si es que parece mentira —dijo con una voz que, por un segundo, perdió la dureza del Mercado—. Cuarenta y cinco mil pavos de vellón. Quién le iba a decir a mi padre cuando compró aquel terrón de arena en Santa Pola por cuatro perras que nos iba a dar de comer a los hijos cuarenta años después. Si es que las cosas de la vida son así. El dinero va y viene, pero lo importante es que la Vieja esté bien atendida. Que en esa residencia tiene enfermeras las veinticuatro horas y un jardín que parece el palacio de la Diputación.
—Ayer no me conoció, Conchi —dijo Paco con una voz plana, sin emoción aparente, manteniendo los ojos fijos en la Virgen del Remedio.
Conchi guardó el cheque en la faja de su falda con un movimiento reflejo y se encogió de hombros con una frialdad que a Paco le heló la sangre.
—¿Y qué esperabas, Francisco? Si es que el médico ya lo dijo. Que la cabeza se le va como el agua por el sumidero. Hoy te conoce y mañana se piensa que eres el cartero de Alcoy. No te lo tomes a pecho, hombre, que eso es la vejez. Mi suegra se tiró tres años llamando a su hijo ‘el señor de la luz’ y no se murió nadie por eso. Lo que tienes que hacer es espabilar, que pareces un alma en pena desde que vendimos el piso. Vente a comer hoy a casa. He encargado un arroz a banda en el Altet, que el Vicente ha cobrado una prima de la mutua y dice que quiere celebrarlo. Viene también la niña con el novio, el que trabaja en la fábrica de calzado de Elche.
—No tengo hambre, Conchi —dijo Paco, levantándose de la silla—. Tengo cosas que hacer en el piso.
—Pues tú te lo pierdes, hijo. Que el arroz del Altet tiene un sofrito de ñora que resucita a un muerto. Pero luego no digas que no te llamamos, que pareces un ermitaño metido en esa casa de Carolinas con los santos de la madre y los libros viejos.
Paco salió de la oficina sin despedirse. Caminó por el pasillo del Mercado, sordo a los gritos de los carniceros y a las ofertas de los fruteros que vendían higos de pala a un euro el kilo. Sentía el peso del cheque en su propia cartera, los otros cuarenta y cinco mil euros que le correspondían por haber vendido el pasado de su familia. Un dinero limpio, legal, timbrado por el Estado, que le sabía a cobre en la boca.
Salió a la calle Alfonso el Sabio. El sol de las diez de la mañana ya picaba con ganas. Se sentó en la terraza de un bar de chinos, pidió un carajillo de soberano con tres granos de café y se quedó mirando el tráfico, pensando que la vida seguía girando con una indiferencia espantosa, como si en una habitación de la segunda planta de Vistahermosa no hubiera una mujer disolviéndose en el olvido mientras sus hijos se repartían el botín en mitad de una pescadería.
Parte 6: El Regreso a la Casa Vacía y los Fantasmas del Mimbre
El martes por la tarde, Paco cometió el error de volver a Santa Pola. No tenía ninguna necesidad legal de hacerlo; las llaves ya estaban en poder de la gestoría para que se las entregara al comprador de Madrid, un tal don Aurelio que pretendía tirar los tabiques abajo para hacer un espacio diáfano con vistas al mar. Pero Paco necesitaba ver el vacío. Necesitaba comprobar si los muros de la casa conservaban algo de la vida que se había evaporado entre folios de papel timbrado.
Viajó en el autobús de la línea regular, el que va por la costa pasando por las Salinas. El paisaje era el mismo de siempre: las montañas de sal blanca que parecían nieve bajo el sol de octubre, los flamencos rosados que se sostenían sobre una pata en las charcas cenagosas y ese olor a salina y a fango que anunciaba la llegada al pueblo marinero.
Cuando bajó en la estación de autobuses de Santa Pola, el pueblo tenía ese aire desolado de las localidades turísticas cuando se acaba la temporada alta. Las heladerías tenían las persianas de metal echadas hasta el suelo, los chiringuitos de la playa de Levante estaban desmontados y en las terrazas de los bares del puerto solo quedaban cuatro pescadores jubilados jugando al dominó con camisas de tirantes y pantalones de chándal.
Subió la cuesta de la calle Mayor a pie. Las piernas le pesaban como si llevara las botas llenas de arena mojada. Cuando llegó a la puerta del edificio, un bloque de cuatro pisos de los años setenta con barandillas de hierro oxidado por el salitre, se quedó un rato parado en la acera, mirando hacia el segundo piso. Las persianas de plástico verde estaban bajadas del todo, dándole al piso el aspecto de un ataúd de hormigón colgado de la fachada.
Introdujo la llave en la cerradura del portal. El ruido metálico resonó en el zaguán vacío con un eco fantasmal. Subió las escaleras despacio, sin encender la luz del pasillo, guiándose por el reflejo que entraba por los patios de luces. Al llegar al segundo piso, la puerta de madera de pino contrachapada parecía más pequeña de lo que recordaba.
Abrió la puerta y entró.
El olor lo golpeó de inmediato. No era el olor a limpio de «El Buen Reposo» ni el olor a pescado del Mercado; era el olor al tiempo detenido. Una mezcla de polvo acumulado, humedad de la costa, naftalina de los armarios y ese aroma dulzón y rancio que dejan las casas que han estado cerradas durante meses con los recuerdos dentro.
La casa estaba semivacía. Conchi ya se había encargado de llevarse lo de valor: el televisor de pantalla plana que le compraron a la Vieja por su ochenta cumpleaños, la vajilla de la Cartuja de Sevilla que solo se usaba en Nochebuena y las colchas de ganchillo que la tía Elvira había tejido antes de quedarse ciega. Lo que quedaba era la morralla, los restos del naufragio que no tenían salida en el mercado de la nostalgia.
En el salón, la mesa de comedor de caoba falsa mostraba los cercos circulares de los vasos de vermú de los domingos. En una esquina, la mecedora de mimbre de su madre seguía allí, con un cojín de flores descolorido por los años de sol. Paco se acercó a la mecedora y la empujó suavemente con el pie. El mimbre protestó con un crujido seco, rítmico, que a Paco le pareció el latido de un corazón moribundo.
Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la pared de gotelé, mirando el rectángulo de luz que se filtraba por las rendijas de la persiana. Recordó el verano del año noventa y dos. El año de las Olimpiadas de Barcelona. Su padre todavía vivía y tenía la obsesión de sintonizar la televisión con una antena de cuernos que había que mover cada cinco minutos porque la señal de la Primera se perdía con los barcos que entraban al puerto.
«¡Paco, muévela hacia la derecha! ¡No, hacia la otra derecha, que pareces tonto!», le gritaba su padre desde el sofá con un botellín de El Águila en la mano. Y su madre, doña Amparito, estaba en la cocina, con el delantal puesto, preparando unas albóndigas de buey de mar que olían que daban gloria. «Deja al chaval, Vicente, que con este calor bastante hace con estar ahí subido a la silla. Anda, venid a cenar que se va a enfriar el frito».
Esa era la felicidad. Una felicidad barata, de tres habitaciones y un baño con azulejos verdes, que a Paco en aquel entonces le parecía eterna, tan sólida como las rocas del cabo de Santa Pola. Y ahora no quedaba nada. Su padre en el cementerio de San Blas, su madre en una cama de Vistahermosa sin saber quién era su hijo, y él allí metido, en una casa vendida a unos de Madrid por noventa mil euros que no servían para comprar ni un solo minuto del año noventa y dos.
Paco se tapó la cara con las manos. No lloró. No le salían las lágrimas. Sentía una sequedad espantosa en los ojos, la misma sequedad que tenía la tierra de los campos de Elche cuando pasa medio año sin llover. Pensó en el comprador, en el tal don Aurelio que vendría la semana que viene con los albañiles a tirarlo todo abajo. Imagino los golpes de maceta contra los tabiques, el polvo de los ladrillos viejos llenando el salón, las baldosas verdes del baño saltando en pedazos bajo el cincel de un peón marroquí que cobraría a ocho euros la hora.
Tirarían los azulejos donde su madre había pegado un adhesivo de la Virgen de la Fuensanta. Tirarían el marco de la puerta de la cocina donde su padre, cada mes de agosto, le hacía una raya con el lápiz de carpintero para ver lo que había crecido el chaval. Todo se iría al contenedor de runas colocado en la calle Mayor, mezclado con los restos de los muebles viejos y los colchones de muelles oxidados.
—Somos unos criminales, mamá —dijo Paco en voz alta, y su propia voz le sonó extraña en mitad del salón vacío—. Unos criminales con talonario.
Se levantó del suelo, sintiendo que las rodillas le crujían igual que la mecedora de mimbre. Salió a la terraza y levantó la persiana de plástico verde un par de palmos. El sol de la tarde moría sobre el puerto de Santa Pola, pintando el agua de un color carmín que parecía sangre diluida. Los barcos de la traíña estaban amarrados en el muelle, con las redes recogidas en las cubiertas como inmensas telarañas negras.
El mar Mediterráneo seguía allí, inmutable, repitiendo su oleaje contra el espigón con la misma insistencia con la que don Dimas pasaba las hojas de las escrituras. Un mar que había visto pasar a los romanos, a los cartagineses, a los piratas berberiscos y que ahora asistía, con una indiferencia milenaria, a la pequeña y mezquina liquidación por derribo de la familia Vicedo Blanes.
Paco bajó la persiana con un golpe seco, cerrando la puerta de la terraza con el pestillo de hierro. Volvió al pasillo, cerró la puerta de la entrada con doble vuelta de llave y bajó las escaleras sin mirar atrás, sabiendo que nunca más volvería a pisar aquellos peldaños de terrazo gris que tantas veces había subido con los pies llenos de arena y el corazón lleno de futuro.
Parte 7: El Amigo del Bar y la Filosofía del Carajillo
El miércoles por la noche, Paco acabó en el bar «El Delfín», una tasca de las de siempre situada en una bocacalle de la Plaza de Toros de Alicante. El local era un monumento a la resistencia hostelera: paredes cubiertas de azulejos blancos hasta la mitad, una barra de acero inoxidable que había visto pasar más grasa que un taller de camiones y unas pizarras escritas con tiza blanca donde se anunciaban raciones de michirones, oreja a la plancha y sangre con cebolla.
Detrás de la barra estaba Pepe, un hombre de la edad de Paco, con el pelo ralo y una camiseta del Hércules que le quedaba como un guante de boxeo. Pepe era el único amigo que le quedaba a Paco desde los tiempos del instituto de San Blas, el único que no le hablaba de herencias ni de hipotecas.
—Ponme otro carajillo, Pepe —dijo Paco, apoyando los codos en la barra, al lado de un plato con cáscaras de altramuces.
—Tú vas fuerte hoy, Paco —dijo Pepe, quemando el brandy con la varilla de la cafetera con la destreza de un alquimista de barrio—. Ese es el tercero que te metes entre pecho y espalda desde las ocho. ¿Qué pasa, te ha dejado la novia que no tienes o es que te ha tocado la lotería y no quieres pagar la ronda?
—Hemos vendido el piso de Santa Pola, Pepe. Ayer entregué las llaves en la gestoría.
Pepe dejó la jarra de la leche sobre la encimera y miró a Paco con una seriedad que no era habitual en él. Le sirvió el vaso de cristal pequeño, con el café bien separado del licor quemado y el trozo de corteza de limón flotando en la superficie.
—Pues enhorabuena, ¿no? Tal como están las cosas, quitarse un piso viejo de encima es como quitarse un dolor de muelas. Que hoy en día tener una propiedad es tener un inspector de Hacienda metido en la cama, Paco. Que si el IBI, que si la comunidad, que si la derrama del tejado… Mi hermano vendió el suyo en la Albufereta el año pasado y dice que es lo mejor que ha hecho en su vida. Se ha comprado una caravana y se pasa los fines de semana en el camping de Guardamar tan ricamente.
—No es lo mismo, Pepe —Paco removió el carajillo con la cucharilla de plástico, viendo cómo se disolvían los granos de azúcar en el fondo—. Ese piso lo levantó mi padre con sus manos. Que trabajaba doce horas en la fundición de San Vicente para pagar los ladrillos. Y lo hemos vendido por cuatro perras para pagar la residencia de la Vieja. Bueno, para pagarla y para que Conchi se cambie los muebles de la cocina y se vaya a Benidorm de vacaciones.
Pepe se limpió las manos con el delantal y se apoyó también en la barra, frente a Paco. El local estaba medio vacío; solo había un jubilado al fondo jugando a las tragaperras y el ruido de la máquina con sus musiquitas de frutas rompía el silencio de la noche.
—A ver, Paco, escúchame una cosa que te voy a decir —Pepe bajó la voz, adoptando ese tono de filósofo de taberna que dan los años de escuchar las penas de los borrachos—. Las cosas son cosas. Los ladrillos son ladrillos y el cemento es cemento. Tu padre no trabajó para que el piso fuera un museo de la nostalgia; trabajó para que vosotros no pasarais hambre y para que tu madre tuviera un techo cuando él faltara. Y si ahora el techo ha cambiado de sitio y es una habitación en Vistahermosa con enfermeras que le toman la tensión, pues bien empleado está el dinero. Lo que no puedes hacer es cargarte con la culpa del mundo entero, que pareces un paso de Semana Santa de los que salen el Jueves Santo por la tarde.
—Es que la Vieja ya no sabe quién soy, Pepe —soltó Paco, y la voz se le quebró un poco, un detalle que Pepe fingió no notar mientras limpiaba un vaso con el trapo—. El sábado estuve allí. Me miró a los ojos y me preguntó si traía el pan para los patos. Como si fuera un extraño que pasa por la calle. Me dolió más que si me hubiera pegado un tiro.
Pepe suspiró, sacó un paquete de Fortuna del bolsillo de la camiseta, le ofreció uno a Paco —que lo rechazó con un gesto de la mano— y se encendió uno él, saltándose la normativa antitabaco con la impunidad de los bares de barrio a partir de las diez de la noche.
—Mira, Paco, te voy a contar una historia de cuando se murió mi abuelo, el de la Vega Baja. El hombre pasó los últimos dos años metido en una cama de la casa del pueblo, con la cabeza perdida del todo. Se pensaba que estábamos en el año treinta y seis y que los nacionales venían por la carretera de Orihuela. A mi madre, que se tiraba el día lavándole la ropa y haciéndole las papillas, la llamaba ‘la señora de las patatas’. No sabía quién era. Pero mi madre seguía allí, al pie del cañón, cambiándole las sábanas y dándole la vuelta para que no le salieran llagas en la espalda. ¿Tú crees que a mi madre le importaba que el abuelo no supiera su nombre? Le importaba un pimiento, Paco. Ella sabía quién era él. Eso es lo que cuenta. La memoria no es una cosa de dos; la memoria es de los que se quedan vivos para recordarlo.
Paco miró el vaso de carajillo vacío. Las palabras de Pepe tenían esa lógica aplastante del sentido común de la gente de barrio, una lógica que no entendía de matices poéticos ni de remordimientos existenciales. Era la misma lógica de Conchi, pero sin el interés comercial del cheque conformado.
—Tú lo ves muy fácil, Pepe.
—No es fácil, Paco. Nada es fácil en esta vida de mierda. Pero lo que no puedes hacer es quedarte estancado en la parada del autobús mientras la vida sigue su curso. Tu hermana tiene su manera de ser, que es una sargento de hierro, ya la conocemos desde pequeños, pero es la que mueve los papeles. Si fuera por ti, el piso de Santa Pola se caía a pedazos con las humedades y tu madre estaría metida en tu piso de Carolinas oliendo a gas de la cocina. Hay que ser prácticos, Paco. Cógete esos cuarenta y cinco mil pavos, mételos en un fondo a plazo fijo de los que no te dejan tocar el dinero en cinco años y olvídate del asunto. Y los sábados te vas a Vistahermosa, le llevas las galletas María a tu madre y si te pregunta por los patos, le dices que los patos están en el estanque tan contentos. No le des más vueltas al coco, que la cabeza es muy mala y en cuanto la dejas suelta te busca la ruina.
Paco pagó los carajillos, dejó una moneda de dos euros de propina sobre la barra de acero inoxidable y se despidió de Pepe con un choque de palmas.
Salió a la calle de la Plaza de Toros. El aire de la noche alicantina estaba en calma. Un gato negro se colaba por los bajos de un coche aparcado encima de la acera. Paco caminó hacia su casa, sintiendo el calor del alcohol en el estómago y las palabras de Pepe dándole vueltas en la cabeza como los cubitos de hielo en un vaso de whisky. Pensó que Pepe tenía razón, que la memoria era de los que se quedaban vivos. El problema era que Paco no estaba muy seguro de si él entraba en esa categoría o si era solo otro fantasma más que caminaba por las aceras de Alicante buscando un pasado que ya no existía en ningún registro de la propiedad.
Parte 8: El Testamento del Mar y el Silencio Compartido
El sábado volvió a llegar con esa regularidad implacable de los días de la semana que no entienden de crisis de conciencia. Paco se levantó temprano, se afeitó después de una semana de abandono y se puso una camisa limpia de lino azul, la que su madre le había regalado hacía tres años por su santo. Pasó por la pastelería «La Dialéctica» de la calle Calderón y compró una caja de suspiros de Elche, esos dulces de almendra y azúcar que a doña Amparito tanto le gustaban cuando todavía tenía dientes para masticar.
Cuando llegó a «El Buen Reposo», la atmósfera del centro parecía más tranquila que la semana anterior. El sol de mediodía se filtraba por las cristaleras del solárium, creando rectángulos de luz dorada sobre el suelo de terrazo recién abrillantado. Tomás estaba de vuelta en su puesto de la entrada, peleándose con un crucigrama del periódico Información.
—Hombre, Paco —dijo Tomás, levantando el bolígrafo Bic—. Cinco letras, contiene la ‘X’, compuesto químico que se encuentra en el agua del mar.
—Sal, Tomás. Pero la sal no lleva equis. Estarás pensando en el óxido.
—Ah, claro. El óxido del hierro de las barandillas. Pasa, pasa. Tu hermana hoy no ha venido. Ha llamado por teléfono diciendo que tenía que ir al hospital de San Juan porque al Vicente le ha dado un ataque de gota de los gordos de tanto comer marisco en el Altet. Así que hoy tienes pista libre con la Vieja.
Paco subió las escaleras con paso firme, sintiendo que el peso en el pecho, aunque seguía allí, ya no le impedía respirar. Llegó a la habitación 214. La puerta estaba abierta del todo. Su madre estaba sentada en el sillón orejero junto a la ventana, con la manta de cuadros escoceses sobre las piernas y los ojos fijos en el horizonte azul que se divisaba al fondo de la calle de los pintores.
Paco entró despacio, dejó la caja de suspiros sobre la mesilla de noche y se arrodilló frente a ella, cogiéndole las manos con suavidad. Las manos de doña Amparito estaban templadas hoy, gracias al chorro de sol que entraba por la cristalera.
—Hola, mamá —dijo Paco con una voz suave, templada, buscando sus ojos descoloridos.
Doña Amparito volvió la cabeza lentamente. Lo miró durante unos segundos que parecieron congelar el tiempo en la habitación. No hubo chispas de reconocimiento, ni memoria recuperada por arte de magia, ni nombres pronunciados con la emoción de las películas de sobremesa. Solo hubo una mirada tranquila, pacífica, una aceptación silenciosa del momento presente.
—¿Ha traído los dulces de almendra? —preguntó la Vieja con una sonrisa rala que le arrugó las comisuras de los labios.
—Sí, mamá. He traído los suspiros de Elche. Los que a ti te gustan.
—Qué bien —dijo ella, volviendo a mirar por la ventana hacia el trozo de mar Mediterráneo que brillaba a lo lejos como un espejo de plata—. El mar está muy bonito hoy, ¿verdad? Parece que se ha quedado dormido.
Paco se volvió también hacia la ventana, contemplando la inmensidad del agua que se extendía más allá de las moles de hormigón de la Albufereta. Pensó en las palabras de Pepe, en la mecedora de mimbre de Santa Pola, en los noventa mil euros del cheque conformado y en los silencios que habían jalonado los últimos meses de su vida.
Comprendió que el silencio de su madre no era un castigo ni una complicidad con el olvido; era simplemente su manera de despedirse de un mundo que ya se le quedaba pequeño. Y su propio silencio, el de Paco, ya no tenía por qué ser un silencio de cobardía o de culpa. Podía ser un silencio de respeto, un espacio compartido entre los dos donde las palabras ya no hacían falta porque los recuerdos, los de verdad, no estaban en las escrituras de la propiedad ni en los muebles de caoba falsos, sino en el azul inmenso de ese mar que lo guardaba todo.
—Sí, mamá —dijo Paco, apretando los dedos ásperos de la Vieja con una ternura que le nació del fondo del alma—. El mar está precioso hoy. Vamos a quedarnos un rato aquí, mirándolo juntos.
Doña Amparito asintió con la cabeza, cerrando los ojos con la placidez de quien ya ha cumplido con su destino. Paco se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra el lateral del sillón orejero, manteniendo la mano de su madre entre las suyas. Fuera, el sol de octubre seguía brillando sobre Alicante, iluminando las calles, los mercados, las notarías y las playas vacías, mientras el mar Mediterráneo continuaba con su oleaje eterno, guardando los secretos de los hombres en su inmenso y silencioso corazón de mercurio.