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Gritos silenciosos frente al mar Mediterráneo: el hombre que eligió un silencio cómplice mientras su madre quedaba en el olvido

Gritos silenciosos frente al mar Mediterráneo: el hombre que eligió un silencio cómplice mientras su madre quedaba en el olvido

Part 1: El Despacho, la Herencia y el Olor a Naftalina

A Paco se le había pegado el pantalón de pana al skay del asiento de la gestoría de una manera que vaticinaba una tarde de perros. Fuera, en la calle, el sol de julio de Alicante caía como si Dios tuviera un soplete encendido y quisiera derretir el asfalto del Paseo de Gómiz. Dentro, un ventilador de torre, marca Taurus, hacía un ruido sordo, rítmico, como un asmático en pleno ataque, moviendo un aire recalentado que olía a café torrefacto, a tabaco rancio de los años noventa y a carpetas de cartón azul que no se habían abierto desde la muerte de Franco.

—Vamos a ver, Francisco, que no es tan complicado si me pones un poco de voluntad —dijo don Dimas, el gestor, un hombre que parecía haber sido diseñado con tiralíneas y escuadra. Tenía el bigote tan recortado y simétrico que Paco sospechaba que se lo medía cada mañana con un calibre digital.

—Si voluntad pongo, don Dimas. Si yo lo que no quiero es que mi hermana me monte un circo romano en mitad de la notaría, que usted ya la conoce. Que Conchi cuando se altera le da por hablar en valenciano cerrado y no hay Dios que la entienda, y luego me echa la culpa a mí de que si el piso de Santa Pola tiene humedades y de que si la cartilla de la Vieja no cuadra.

—Tu hermana —don Dimas se ajustó las gafas de concha, mirando un listado de bienes que parecía el testamento de un emperador romano por lo extenso y por lo polvoriento— lo que quiere es lo suyo. Ni más ni menos. Lo que marca la ley de este bendito país, que para algo está el Código Civil, Francisco. Que nos pensamos que la muerte es solo llorar y llevar flores, y no. La muerte es, ante todo, una cantidad ingente de papel timbrado.

Paco suspiró. Un suspiro largo, de esos que nacen en los riñones y mueren en la punta de la lengua con sabor a hiel. Miró por la ventana arqueada del despacho. Al fondo, recortándose contra un cielo azul que hería los ojos, se veía el Mediterráneo. Un mar plano, espeso, que parecía de mercurio de lo mucho que brillaba bajo el sol de las cuatro de la tarde. Un mar que a Paco, en ese preciso instante, le importaba tres pimientos. Lo único que le importaba era el peso que sentía en el pecho, una losa gris que llevaba arrastrando desde que tres meses atrás metieran a doña Amparito en la residencia «El Buen Reposo», un nombre que a Paco siempre le había sonado a marca de colchones baratos o a tanatorio de lujo.

—¿Y lo de la cuenta corriente? —preguntó Paco, jugando con un clip que había encontrado sobre la mesa, doblándolo hasta que el metal cedió con un chasquido seco.

—La cuenta corriente está bloqueada por el banco hasta que paguéis el Impuesto de Sucesiones y Donaciones. Que esa es otra, Francisco. Os habéis dejado pasar los plazos y ahora nos va a caer un recargo que nos vamos a reír todos. Tu hermana ya me ha llamado esta mañana. Tres veces. Desde el Mercado Central, que se oía de fondo el griterío de los pescaderos que parecía que estaba retransmitiendo un partido del Hércules. Que dice que por qué no se ha movido el papeleo del coche.

—¿Qué coche? Si el Seat Ibiza de mi madre no arranca desde que se inventó el euro, don Dimas. Que está en el garaje de Santa Pola criando una capa de polvo que se pueden plantar patatas en el capó.

—Da igual. Tiene matrícula, tiene número de bastidor y, por lo tanto, tiene existencia legal. Para el Estado español, ese Ibiza es un bien patrimonial. Así que hay que tasarlo, declararlo y pagar la correspondiente tasa. Aquí no se escapa ni el apuntador, Francisco. Ni tu madre, que en paz descanse el hilo de vida que le queda, ni vosotros, que os vais a quedar limpios como una patena.

Paco se echó hacia atrás, el skay protestó con un crujido de plástico viejo. Pensó en su madre. Doña Amparito no estaba muerta, no formalmente, pero para el mundo de los vivos era como si se hubiera mudado a otra dimensión. Una dimensión donde los días no tenían nombre, donde el café con leche se tomaba con pajita y donde las caras de sus hijos eran bultos borrosos que a veces le recordaban a unos tíos de Jumilla que se murieron en los años setenta.

La decisión de meterla en la residencia no había sido una decisión; había sido una capitulación en toda regla. Conchi había llevado la voz cantante, como siempre. Conchi, con su energía de sargento de la Legión y su permanente olor a laca Nelly y a fritura de bignets. «Paco, que esto no puede ser», le había dicho una tarde de domingo mientras le cambiaba el pañal a la Vieja con una destreza que daba miedo. «Que yo tengo mi casa, tengo mis nietos y tengo las varices que me van a estallar un día de estos en mitad de la pescadería. Tú eres un soltero de oro, pero no tienes manos para esto. Que la cocina huele a gas cada vez que vienes y la Vieja ya se me ha escapado dos veces a la calle en combinación. La última la encontró el municipal en la parada del autobús de San Juan diciendo que iba a comprarle albardas al burro de su abuelo. Que ya no rige, Paco. Que se le ha ido la pinza del todo».

Y Paco había callado. Ese fue su primer gran silencio. Un silencio espeso, cobarde, de los que se asientan en el estómago y te agrian el café de las mañanas. No había dicho que la residencia le parecía un almacén de carne triste. No había dicho que el olor a desinfectante de pino y a puré de verduras de «El Buen Reposo» le revolvía las tripas. Se había limitado a asentir, a mirar las baldosas de la cocina y a pensar que, al fin y al cabo, Conchi tenía razón. La razón práctica. La razón de los que no tienen tiempo para la poesía ni para los ojos ausentes de una madre que ya solo miraba las esquinas del techo buscando fantasmas.

—Bueno, pues firme aquí —dijo don Dimas, sacando de una carpeta un fajo de folios con el sello del Estado que parecían pesar una tonelada—. Esto es para el poder de representación. Así no tendréis que venir los dos juntos a la firma de la declaración de herederos provisional, que ya sé que os lleváis como el perro y el gato.

Paco cogió el bolígrafo. Era un Bic de tinta azul gastada. Firmó con un trazo tembloroso, una firma larga que no se parecía en nada a la que usaba en el banco para pagar las facturas de la luz. Era la firma que certificaba que renunciaba a pelear. Que dejaba que los papeles siguieran su curso, que la burocracia se tragara los últimos recuerdos de la casa de la calle Mayor, los muebles de caoba, las fotos en blanco y negro de las fiestas de Moros y Cristianos de Alcoy y el jarrón de Lladró que su madre limpiaba cada sábado con un plumero de plumas de pavo real como si fuera el Santo Grial.

—Y ahora, si me disculpas, Francisco, tengo que atender a los de una comunidad de vecinos de la Albufereta que se están matando por el arreglo del ascensor —don Dimas se levantó, dando por zanjada la reunión con la frialdad de un cirujano—. Id preparando el dinero para el notario. Que luego vienen las sorpresas y la gente se me desmaya en el despacho.

Paco salió a la calle. El calor lo golpeó en la cara como una bofetada de realidad. El aire vibraba sobre las capotas de los coches aparcados en zona azul. Bajó caminando hacia el paseo marítimo, sintiendo las suelas de los zapatos blandas por el calor del suelo. El mar seguía allí, inmenso, azul, indiferente a las deudas, a los notarías y a las madres que se disolvían como un terrón de azúcar en un vaso de agua tibia. Se sentó en un banco de piedra bajo la sombra rala de una palmera datilera. A pocos metros, unos turistas alemanes, colorados como gambas de Denia, discutían sobre un mapa con una insistencia germánica que a Paco le pareció una falta de respeto al clima.

Sacó el móvil del bolsillo. Tenía tres llamadas perdidas de Conchi y un mensaje de WhatsApp que decía: «Llama cuando salgas del de las corbatas. Que me ha dicho la Mari que la residencia sube la mensualidad en agosto por el aire acondicionado. Nos quieren desplumar».

Paco no contestó. Guardó el teléfono y se quedó mirando una gaviota que sobrevolaba el agua, planeando sin esfuerzo, buscando algún desperdicio que llevarse al pico. Pensó que la gaviota tenía suerte. No tenía hermanas pesaderas, ni gestores con bigote de tiralíneas, ni una madre en una habitación con el número 214 que ya no sabía quién era el hombre de cincuenta años que iba a verla los sábados por la tarde y le llevaba galletas María que luego se quedaban rancias en la mesilla de noche.

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