FUI DESALOJADO a la calle en Barcelona y mi GRUPO DE AMIGOS alquiló mi antiguo apartamento riéndose de mi desgracia
PARTE 1
El frío en Barcelona en pleno mes de febrero no es un frío normal. No es ese frío seco de Madrid que te pones un buen abrigo y se te pasa. Qué va. Es un frío húmedo, traicionero, un frío con acento mediterráneo que se te mete por debajo del anorak, te cala los huesos y te susurra al oído que tu vida es una absoluta miseria. Y si a ese frío le sumas estar parado en la acera de la calle Astúries, en pleno barrio de Gràcia, rodeado de tres bolsas azules de IKEA que contienen toda tu existencia material, el nivel de miseria alcanza cotas que ni en una novela de Dickens.
Eran las once y media de la noche de un martes. Un puto martes. Yo, Javi, un treintañero con un trabajo en una agencia de marketing que apenas me da para no comer arroz blanco todos los días de la semana, acababa de ser literalmente expulsado a la calle.
Todo había empezado dos horas antes con unos golpes en la puerta que sonaron como si la Guardia Civil viniera a buscar al Dioni. Era don Eusebio, mi casero. Don Eusebio es un señor que huele permanentemente a Varón Dandy rancio y a puro barato, con un bigote que parece una oruga a punto de morir y una moralidad que haría quedar a un buitre carroñero como una ONG.
—Buenas noches, Javier —me había dicho, plantado en el rellano, flanqueado por dos tipos que parecían sacados de un casting para hacer de matones en una serie de los noventa.
—Don Eusebio… ¿Qué hace usted aquí a estas horas? —pregunté, en pijama, con un calcetín de cada color y un bol de cereales a medio comer en la mano derecha.
—Verás, chaval. Ha habido un… cambio de planes con tu contrato.
—¿Qué cambio de planes? Si me quedan dos años de alquiler y pago religiosamente el día uno de cada mes. Incluso le pagué los gastos de comunidad cuando se rompió la tubería y usted se hizo el loco alegando que el seguro no cubría humedades “por causas cósmicas”.
—Sí, sí, muy bonito todo —Eusebio agitó una mano, quitándole importancia a mis derechos civiles—. Pero mi sobrino Manolito se muda a Barcelona a estudiar un máster de… de… de criptomonedas o algo de eso de los ordenadores. Necesita el piso. Y según la cláusula catorce, apartado B de tu contrato, si un familiar de primer grado o allegado consanguíneo necesita la vivienda, tienes veinticuatro horas para desalojar.
—¡Eso es ilegal! —grité, escupiendo un poco de leche con cereales al suelo del rellano—. ¡Su sobrino Manolito tiene cuarenta años y vive en Móstoles con su madre! ¡Me lo dijo usted el mes pasado!
—Manolito es un espíritu libre que busca nuevos horizontes —sentenció Eusebio con una frialdad espeluznante—. Los señores que me acompañan son de una empresa de desokupación preventiva. Amigos míos. Te sugiero que cojas tus cosas y salgas por las buenas, o entenderé que te estás resistiendo y tendré que cambiar la cerradura contigo dentro y llamar a los Mossos d’Esquadra diciendo que te has atrincherado con intenciones pirómanas.
La discusión duró unos cuarenta y cinco minutos. Fueron cuarenta y cinco minutos de gritos, amenazas de llamar a mi abogado (un amigo mío que suspendió Derecho Romano tres veces y ahora vende seguros de coche), y de Eusebio paseándose por mi salón tasando mis muebles con la mirada. Al final, la pura intimidación de los dos gorilas que no paraban de crujir los nudillos me hizo claudicar.
Así que ahí estaba yo. Empaquetando mis calzoncillos, mi Play 5, mis sartenes rayadas del Mercadona y mis libros a toda prisa, metiéndolo todo en bolsas de plástico como un refugiado del mercado inmobiliario. Me tiraron a la calle sin miramientos. El portazo que dio Eusebio todavía resonaba en mis oídos mientras el viento helado me cortaba la cara en la calle Astúries.
Saqué el móvil. Tenía un 12% de batería. Estaba en la calle, con tres bolsas de IKEA y mi planta de interior, un poto llamado “Paco” que estaba medio mustio. Necesitaba asilo. Necesitaba a mis amigos. Mi grupo. Mi tribu. Esas personas con las que he compartido borracheras épicas, viajes a Ibiza en Ryanair durmiendo en el suelo del aeropuerto, y lloros de madrugada por exnovias que no valían la pena. Marcos, Laura y Guille. Mis hermanos.
Marqué primero a Marcos. Marcos es el típico tío que va al gimnasio seis días a la semana, bebe batidos de proteínas que huelen a pescado muerto y siempre te está intentando meter en algún esquema piramidal de inversión.
Tres tonos.
—¿Qué pasa, bro? —contestó, con la música a tope de fondo.
—Marcos, tío, me acaban de echar del piso. Literalmente. Estoy en la calle. Un desahucio exprés ilegal del cabrón de mi casero. Necesito dormir en tu sofá esta noche, por favor. Hace un frío que pela.
Se hizo un silencio al otro lado de la línea. La música pareció bajar de volumen.
—Hostia, bro… Menuda putada, de verdad, me dejas rotísimo. Joder. Lo que pasa… buf, lo que pasa es que me pillas en un momento fatal.
—¿Fatal? Marcos, estoy en la calle con un poto en las manos y tres bolsas.
—Ya, ya, pero es que he metido a una chica de Tinder en casa, ¿sabes? Una rusa guapísima, tío, que le gusta el crossfit. Y claro, si llegas tú ahora con las bolsas y el drama… me cortas el rollo, bro. Las malas vibras espantan la libido. Además, mi perro tiene ansiedad por separación y si duermes en el sofá, se raya y vomita bilis.
—¿Me estás diciendo que prefieres que muera de hipotermia en Gràcia a que tu perro se “raye”?
—No lo pongas así, bro. Eres un guerrero. Visualiza el éxito. Te mando mucha fuerza y un abrazo de luz. Mañana te invito a un café de especialidad y me cuentas, ¿vale? ¡Venga, máquina, un abrazo!
Clic.
Me quedé mirando el móvil, parpadeando para asimilar el nivel de sociopatía de mi supuesto mejor amigo. Respiré hondo. Bueno, Laura no me fallaría. Laura es la madre del grupo, la que siempre lleva ibuprofeno en el bolso y da abrazos que te curan el alma. La llamé.
—¡Javiiii! —chilló al descolgar—. ¡Justo pensaba en ti! He visto un reel de unos gatitos que te mueres.
—Laura, escúchame. Estoy en la calle. Eusebio me ha echado. Ha traído a dos gorilas y me ha puesto de patitas en la calle con mis cosas. Estoy congelado. ¿Puedo ir a tu casa? Duermo en el suelo de la cocina si hace falta.
—Ay… madre mía… Javi, joder, qué movida más heavy. Me dejas de piedra. O sea, estoy temblando de la empatía ahora mismo.
—Gracias, Laura. Voy para allá.
—¡No, no, espera! —su tono de voz subió una octava, claramente nerviosa—. Es que… a ver cómo te lo digo. Han venido a fumigar. Sí, eso. Una plaga de chinches. ¡Chinches mutantes, te lo juro! El piso está lleno de gas tóxico. Yo estoy durmiendo en un hotel ahora mismo. Si vienes, te mueres intoxicado. Y yo no podría vivir con esa culpa, Javi, mi karma no lo soportaría.
—Laura, estoy escuchando de fondo la serie de Netflix que estábamos viendo juntos ayer y el ruido de tu máquina de café Nespresso.
—¡Es el gas! ¡Produce alucinaciones auditivas, Javi! Te tengo que dejar, me llama mi abuela. ¡Te quiero, mucha fuerza, mañana te hago un bizum para un bocadillo!
Clic.
Estaba alucinando en colores. Mi fe en la humanidad caía en picado, al mismo ritmo que mi batería, que ahora marcaba un dramático 5%. Quedaba Guille. Mi amigo de la infancia. El que me conoce desde que llevábamos aparato en los dientes y nos salían granos del tamaño de cráteres lunares. Guille es un tipo caótico, desastre total, pero leal como un perro pastor. O eso creía yo.
Marqué.
—¿Sí? —Su voz sonaba cautelosa.
—Guille. Hermano. Te lo resumo: Eusebio, desahucio, calle, frío, bolsas de IKEA. Necesito tu sofá. Por lo que más quieras.
—Joder, Javi. Hostia puta. Esto… uf. Mira, estoy en el metro.
—No estás en el metro, no hay ruido de fondo y el metro cerró hace media hora.
—Es que estoy en una parada abandonada… investigando. Una cosa de urbex, ¿sabes? —Empezó a hacer ruidos con la boca—. Bzz… krrr… Javi… pierdo la cobertura… el túnel es muy profundo… shhhkkk… los reptilianos se acercan… mañana te llamo… krrrr…
Colgó.
Me quedé completamente solo, en el puto centro del universo hipster de Barcelona, abrazando a un poto llamado Paco para no llorar. La traición me dolía más que el frío. Mis tres mejores amigos me habían dado la espalda con las excusas más baratas, cutres y humillantes de la historia de las excusas. Sin batería, sin opciones, y con los pies helados, agarré mis tres bolsas y me fui arrastrando los pies hacia un cajero automático de CaixaBank que estaba un par de calles más abajo.
Esa noche, dormí sobre un cartón aplastado del súper al lado de la pantalla táctil que parpadeaba ofreciéndome préstamos preconcedidos al 8% TAE, usando una bolsa de ropa sucia como almohada. Mientras tiritaba, me prometí a mí mismo que me vengaría del universo, de Eusebio y del mercado inmobiliario. Lo que no sabía era que el universo aún me tenía reservada una sorpresa muchísimo más humillante.
PARTE 2
Sobrevivir a una noche en un cajero automático en Barcelona es una experiencia que te cambia la vida, y no precisamente de una manera poética tipo “encuentro conmigo mismo”. Te cambia la vida porque descubres que tu espalda tiene músculos y tendones que no sabías que existían, y todos y cada uno de ellos han decidido declararse en huelga general. A las seis de la mañana, un señor con pinta de no haber dormido desde 1998 me dio unos golpecitos en el cristal para sacar dinero. Recogí mi dignidad, mis tres bolsas de IKEA y al pobre Paco el poto (que había perdido dos hojas durante la noche), y salí a la calle.
La luz del amanecer sobre la ciudad me parecía gris, triste y absolutamente deprimente. Mis tripas rugían como un motor diésel viejo. Me arrastré, literal y metafóricamente, hasta una de esas cafeterías modernas del barrio del Born donde los baristas llevan delantales de cuero de herrero medieval y tatuajes en el cuello. Me gasté cuatro con cincuenta euros que no tenía en un “flat white con leche de avena y notas de melocotón” simplemente porque necesitaba una silla con respaldo, un enchufe para revivir mi móvil y la contraseña del puto Wi-Fi.
En cuanto el teléfono encendió, recibí la cascada de notificaciones habitual, pero ni un solo mensaje de Marcos, Laura o Guille preguntando si seguía vivo o si me había comido una jauría de perros callejeros. Nada. Cero. “Hijos de la gran puta”, murmuré sobre la espuma de mi café, que casualmente no sabía a melocotón, sino a desesperación.
Abrí Idealista. El portal del horror. Empecé a buscar habitaciones o algún estudio milagroso. El mercado de alquiler en Barcelona es un chiste macabro contado por un psicópata. La primera opción era una “Acogedora habitación interior con encanto”. La foto mostraba un catre militar encajado entre una lavadora y un calentador de gas. El precio: 850 euros al mes. “Solo chicas vegetarianas que no hagan ruido al respirar. No se permite usar la cocina después de las 19:00”. Seguí haciendo scroll, sintiendo que mi úlcera estomacal se expandía. Opciones que consistían en dormir en el balcón de un piso compartido con cinco estudiantes italianos, o un bajo comercial sin cédula de habitabilidad donde antes vendían kebabs y que todavía conservaba el palo de la carne en medio del salón. Todo por encima de los 1000 euros.
Fue entonces, a las diez de la mañana, mientras me planteaba seriamente aprender a hacer malabares en los semáforos para sobrevivir, cuando el pánico real me golpeó. El sudor frío. Me palpé los bolsillos. Miré dentro de las bolsas azules. Saqué los calzoncillos, los jerséis, los libros de bolsillo.
No estaba.
En medio del caos del desahucio, bajo la presión de los matones de Eusebio y la prisa de empaquetar una vida en media hora, me había dejado lo más importante. No era dinero. No eran joyas. Era mi disco duro externo. El disco duro negro de dos terabytes. El que contenía mi portfolio entero de diseño gráfico, mis proyectos personales, mis copias de seguridad de los últimos diez años y, lo más crítico, un archivo de texto con las frases semilla de una pequeña cartera de criptomonedas que, irónicamente, Marcos me había obligado a abrir hace tres años y que ahora mismo valía unos nada despreciables tres mil euros. Suficiente para pagar un par de meses de fianza y salir de esta pesadilla.
¿Dónde estaba? En el altillo. Mi antiguo piso en la calle Astúries tenía un altillo oculto encima del marco de la puerta del baño, una especie de hueco disimulado con una tabla de madera que yo usaba para esconder las cosas de valor cuando me iba de vacaciones, porque el barrio se pone muy feo en agosto.
Tenía que volver.
Dejé las bolsas de IKEA y el poto en una consigna para turistas cerca de Plaza Catalunya, pagando la ridícula suma de ocho euros por día, y puse rumbo de vuelta a Gràcia. El plan era sencillo: colar en el edificio aprovechando que algún vecino saliera, subir al tercero segunda, forzar un poco la cerradura de la puerta (Eusebio usaba cerraduras baratas que se abrían casi mirándolas fuerte), coger el disco duro y desaparecer como un fantasma.
Llegué al número de mi calle. El corazón me latía a mil por hora. Justo cuando llegué, la señora Carmen, la vecina del primero, salía con su carrito de la compra. Me vio y abrió mucho los ojos.
—¡Ay, Javi, hijo! ¿Pero tú no te habías ido ya? —preguntó, sujetando la puerta.
—Hola, señora Carmen. Sí, bueno, un pequeño imprevisto de mudanza. Me he dejado una cosilla de nada —dije, sonriendo como un sociópata para no delatar mi nerviosismo.
—Ah, claro, claro. Sube, sube. Aunque creo que los nuevos inquilinos ya están dentro, ¿eh? Ayer por la noche vi mucho trajín de cajas. Qué rápido alquila don Eusebio, madre mía. Y qué gente más joven y guapa, por cierto. Muy modernos.
“¿Nuevos inquilinos? ¿Ya?”, pensé mientras subía las escaleras de dos en dos. ¡Qué cabrón el Eusebio! Lo tenía apalabrado y por eso me echó. El sobrino Manolito mis cojones.
Subí por la escalera, intentando no hacer ruido. Esquivé el tercer escalón del segundo piso, que siempre cruje como un trueno. Llegué a mi rellano. La puerta de madera de mi antiguo hogar, el tercero segunda, estaba entreabierta. Alguien había puesto un trozo de cartón para que no se cerrara del todo, seguramente porque estaban metiendo muebles.
Me acerqué de puntillas, pegando la espalda a la pared, conteniendo la respiración. Iba a asomarme para ver si podía colar por el pasillo directo al baño, cuando de repente, una voz me heló la sangre.
—¡Tío, es que te lo juro, esto es un puto chollo! —Era una voz masculina. Fuerte. Excesivamente familiar—. ¡Mil doscientos euros al mes por este pisazo en Gràcia! ¡Si está a precio de 2015, bro!
El cerebro me dio un vuelco. Esa voz. Era la voz de Marcos. Mi amigo Marcos. El de la chica de Tinder y el perro con ansiedad.
Otra voz respondió, una voz femenina con un tono nasal que yo habría reconocido aunque estuviera en coma.
—Totalmente. Y tiene un montón de luz natural para mis stories de yoga. La energía del espacio es buenísima. Se nota que aquí se ha sufrido, pero el universo lo ha limpiado para nosotros.
Laura. La de las chinches radiactivas. La de la abuela.
Y luego, el golpe de gracia. El sonido inconfundible de alguien abriendo una lata de cerveza Estrella Galicia y eructando levemente.
—Lo mejor es que nos hemos ahorrado la agencia —dijo Guille. Mi hermano de otra madre. El de los túneles urbanos—. Le lloramos un poco a Eusebio, le dijimos que éramos jóvenes emprendedores solventes y nos hizo precio de amigos. ¡Qué viejo más majo, la verdad!
Me quedé petrificado en el pasillo, detrás de la puerta entreabierta. Mi mente no podía, no quería, procesar lo que estaba escuchando. ¿Mis amigos? ¿Mi tribu? ¿Se habían quedado con mi piso? ¿El piso del que me acababan de echar ilegalmente la noche anterior?
La bilis me subió por la garganta. Me asomé solo un milímetro por la rendija de la puerta.
Allí estaban. En MI salón. Marcos estaba sentado en MI sofá de pana verde (el que yo no había podido llevarme y Eusebio me robó “en concepto de daños imaginarios”), Laura estaba haciendo un directo en Instagram enfocando a MI balcón, y Guille estaba comiendo Doritos de MI bol de cerámica favorito, apoyando los pies en MI mesa de centro.
—Aún me siento un pelín mal por Javi, la verdad —dijo Laura, haciendo un puchero para la cámara del móvil que seguramente era puro postureo—. Pobrecito. ¿Creéis que habrá dormido en la calle?
—Tía, no seas dramas —replicó Marcos, estirando los brazos para marcar bíceps—. El Javi es un superviviente. Es la ley de la selva inmobiliaria, bro. Darwinismo urbano. Él era débil, no supo defender su territorio frente al macho alfa que es Eusebio, y nosotros hemos ocupado el nicho ecológico. Es ciencia. Además, le llamé ayer y le di ánimos. Mi karma está limpio.
—Ya, a ver, es una putada lo suyo —añadió Guille, con la boca llena de Doritos—. Pero si no lo cogíamos nosotros, lo iba a coger un guiri de Minnesota para hacer un Airbnb ilegal. Al menos se queda en la familia. Cuando Javi se entere y se le pase el cabreo, seguro que se alegra de que nos haya tocado a nosotros y nos venga a visitar. ¡Hasta le dejaremos dormir en el sofá si alguna vez viene de fiesta!
La indignación que sentí en ese momento no se puede describir con palabras del diccionario de la Real Academia. Era un nivel de rabia tan puro, tan cristalino, que por un segundo pensé que iba a sufrir combustión espontánea ahí mismo, en el rellano. Estos desgraciados, estos judas con zapatillas de marca y abonos del Primavera Sound, habían conspirado a mis espaldas, habían negociado con mi verdugo, me habían negado asilo en pleno febrero y ahora estaban celebrando mi desgracia mientras se comían mi fianza y mi hogar.
Retiré la cara de la puerta. Apreté los puños hasta clavarme las uñas en las palmas. Ya no me importaba el disco duro, ni las criptomonedas, ni el altillo. Acababa de nacer en mí un propósito vital mucho mayor, una misión dictada por los mismísimos dioses de la venganza. Iba a destrozarles la vida. O, al menos, iba a joderles la fiesta de inauguración de la manera más épica y destructiva posible.
Bajé las escaleras del edificio no ya como un vagabundo asustado, sino como un villano de cómic que acaba de abrazar su lado oscuro. Javi había muerto de frío en un cajero automático; el Conde de Montecristo de Gràcia acababa de nacer.
PARTE 3
Pasó una semana. Siete días eternos viviendo en un hostal cochambroso en el barrio de El Raval. Mi habitación, si es que se le puede llamar así a un cubículo de pladur sin ventanas, la compartía con tres australianos que estaban en un viaje de “descubrimiento personal”, lo que básicamente significaba que no se duchaban y llegaban a las seis de la mañana oliendo a tequila barato y a arrepentimiento.
Durante esa semana, conseguí un adelanto de mi jefe en la agencia y pude recuperar mis bolsas de IKEA y a Paco el poto de la consigna. Puse a Paco en la única esquina del hostal donde rebotaba un triste rayo de luz a las tres de la tarde. Lo regué. “Aguanta, Paco. Nosotros somos de otra pasta”, le susurré a las hojas lacias.
Me dediqué en cuerpo y alma a estudiar al enemigo. Me creé una cuenta falsa de Instagram con el nombre de “@PatatasBravasLover99” y empecé a vigilar las stories de Marcos, Laura y Guille. No había día en que no presumieran de su nueva y maravillosa vida en el tercero segunda. Subían fotos de desayunos con aguacate en “su” nueva cocina. Reels de Marcos haciendo flexiones en el pasillo que yo mismo pinté de blanco el verano pasado.
Pero el plato fuerte llegó el jueves por la noche. Laura subió un cartel digital hortera, con letras doradas y un fondo de confeti.
“¡Inauguración Oficial del Pisito! Sábado a las 22:00. Habrá DJ, pica-pica y muy buenas vibras. ¡Prohibido traer mala energía! Confirmar asistencia por DM.”
Sonreí en la oscuridad de mi litera mientras el australiano de abajo roncaba como un jabalí con sinusitis. Una fiesta. En mi piso. Con mis cosas. Ese iba a ser el escenario de mi venganza. Iba a colar en esa fiesta, iba a destapar su hipocresía delante de todo su círculo social, y les iba a dar una lección de “karma” que ni el Dalai Lama en sus mejores días.
Llegó la noche del sábado. Me preparé meticulosamente. No podía ir vestido como el mendigo en el que me había convertido. Fui a un Zara, me compré una camisa negra de cuello mao, unos pantalones de pinza modernos y me peiné el pelo hacia atrás con gomina. Me miré en el espejo del baño público de la estación de Sants. No parecía un sintecho a punto de cometer un asesinato social; parecía el primo pijo de Madrid que viene de visita a Barcelona a cerrar un trato de negocios. Estaba perfecto.
A las once y media de la noche, me planté en la puerta de la calle Astúries. El portero automático estaba roto (una de las ventajas de que el casero sea un tacaño miserable), así que solo tuve que esperar a que saliera un repartidor de Glovo para colar en el edificio. Mientras subía las escaleras, el retumbar de los graves de la música ya hacía vibrar los escalones. Estaban poniendo un remix de C. Tangana a un volumen que amenazaba la integridad estructural del edificio.
Llegué al tercero. La puerta estaba abierta de par en par. Había gente en el rellano fumando y riendo a carcajadas. Pasé por su lado caminando con seguridad, con la cabeza alta, murmurando un “perdón, buenas noches” como si fuera un invitado más. Nadie me paró. Entré en el que fue mi hogar durante tres años.
El impacto inicial fue duro. La casa estaba llena a reventar. Calculo que había unas cincuenta personas hacinadas en el salón, el pasillo y la cocina. El humo de los vapeadores de sabores frutales formaba una neblina densa que me picaba en los ojos. Me abrí paso entre la multitud de modernos, modernillos, erasmus y fauna variada de la noche barcelonesa.
Fui directo a la cocina. La isla de la cocina, ESA isla que yo mismo había montado peleándome con las instrucciones de IKEA durante siete horas y perdiendo un trozo de dedo con un destornillador, ahora servía de cabina de DJ. Guille estaba allí, con unos auriculares enormes alrededor del cuello, dándole a los botoncitos de una controladora Pioneer y haciéndose el interesante mientras dos chicas rubias le grababan con el móvil.
En la encimera vi botellas de mi propia ginebra. La ginebra cara, la de edición especial, que yo tenía guardada en el fondo del armario para las grandes ocasiones. Se la estaban bebiendo mezclada con Fanta de limón de marca blanca. Herejes.
Seguí moviéndome entre las sombras, pegado a las paredes, observando. Llegué al pasillo que daba a las habitaciones. Me asomé a la que había sido mi habitación principal. La puerta estaba abierta. Marcos había instalado su “Setup de Crypto-Bro y Gaming”. Tres monitores enormes iluminaban la estancia con gráficos de barras bajistas de Bitcoin y un juego de tiros. Mi antigua cama de matrimonio había desaparecido, sustituida por un colchón en el suelo con sábanas negras. En la pared, donde yo tenía colgado un mapa del mundo con chinchetas de mis viajes, él había colgado un neón rosa fosforescente que decía “HUSTLE HARD”. Sentí náuseas físicas.
Por último, me dirigí al salón. Allí estaba Laura, en el centro de todas las miradas, sosteniendo una copa de vino y gesticulando exageradamente.
—…y entonces, cuando entramos por primera vez, os lo juro, sentí una presión en el pecho —estaba contando Laura a un grupo de acólitos boquiabiertos—. La casa estaba llena de energía estancada. El inquilino anterior era un chico súper tóxico, muy negativo, ¿sabéis? Un anclaje a las bajas frecuencias. Tuvimos que quemar tres fardos de salvia blanca para purificar el ambiente. Pero ahora… mirad, ¡todo es luz!
Se acabó. El nivel de cinismo había sobrepasado el límite humano tolerable. Mi plan original era ir a los plomos, bajar la luz y gritarles desde la oscuridad, pero esa charla sobre mis “bajas frecuencias” exigía una intervención mucho más frontal, cinematográfica y teatral.
Me abrí paso hacia el centro del salón, apartando a un chico que llevaba un gorro de pescador en interiores y a una chica que intentaba hacer malabares con unas mandarinas.
—¡PERDÓN! —grité, con toda la fuerza de mis pulmones, la voz amplificada por la rabia de una semana comiendo latas de atún—. ¡PERDÓN, GENTE!
La música seguía sonando, así que mi grito quedó un poco diluido. No pasaba nada. Me di la vuelta, marché a zancadas hacia la cocina, empujé a Guille, que pegó un respingo soltando un gritito agudo de susto, y arranqué los cables de la tabla de mezclas de cuajo.
El sonido de la música murió al instante con un “scrraaaatch” horrendo. El silencio que se hizo en la casa fue tan repentino y absoluto que se podía escuchar el goteo del grifo de la cocina (aquel que yo le pedí a Eusebio que arreglara durante dos años).
Cincuenta pares de ojos se volvieron hacia mí.
Desde la cocina, me subí de un salto a uno de los taburetes altos de la isla, elevándome sobre la multitud como un profeta de la desgracia.
—¡Buenas noches a todos! —anuncié, abriendo los brazos—. ¡Bienvenidos a MI casa! Veo que os lo estáis pasando genial bebiéndoos mi ginebra y respirando el aire puro libre de mis bajas frecuencias.
El murmullo de la sorpresa recorrió la sala. Vi las caras de Marcos, Laura y Guille. Fue un poema renacentista. Si existiera un color que definiera el pánico absoluto mezclado con la culpa más profunda, era el color de sus rostros en ese preciso instante. Laura dejó caer su copa de vino, que se hizo añicos contra el suelo de parqué (mi parqué). Marcos dio un paso atrás, tragando saliva ruidosamente, y Guille todavía sostenía los auriculares en el aire, paralizado como un conejo en los faros de un camión.
La función acababa de empezar, y yo iba a ser el puto protagonista.
PARTE 4
—¡J-Javi! —balbuceó Marcos, rompiendo el tenso silencio. Trató de poner su sonrisa de comercial, esa que usa cuando intenta vender Herbalife, pero le salió una mueca que parecía un ictus—. ¡Bro! ¡Qué… qué sorpresa tan épica! ¡Has venido! ¡Te estábamos esperando para… para… cortar la cinta inaugural!
Solté una carcajada amarga, seca, que retumbó en las paredes.
—¿Cortar la cinta? ¿Con qué, Marcos? ¿Con las excusas baratas que me disteis hace una semana cuando estaba en la puta calle, con tres grados bajo cero, pidiéndoos un rincón en el suelo para no morir congelado?
La gente de la fiesta empezó a mirarse entre sí. El ambiente festivo se había convertido en un velatorio incómodo. Una chica con piercings en la cara le susurró a su amigo: “¿Este es el chico tóxico de las bajas frecuencias?”. Yo la fulminé con la mirada.
—¡Yo no soy tóxico! —le grité a la chica—. ¡Yo era el titular del contrato de alquiler hasta que el psicópata de Eusebio me echó ilegalmente con dos gorilas! ¡Y estos tres… —señalé a mi “tribu” con un dedo acusador que temblaba de furia—, mis supuestos mejores amigos de toda la vida, no solo me dejaron tirado como a un perro, sino que al día siguiente vinieron a firmar un contrato a mis espaldas para quedarse con la casa!
—¡Javi, por favor, no montes un espectáculo! —chilló Laura, dando un paso adelante con las manos entrelazadas como si fuera a rezar—. Lo estás sacando todo de contexto. El universo tiene sus tiempos. El fluir de las energías…
—¡El fluir de las energías mis cojones, Laura! —la interrumpí, sin ningún tipo de filtro—. ¡Me dijiste que tu casa estaba infestada de chinches mutantes! Y tú, Marcos —lo apunté—, que tu perro tenía ansiedad y la rusa de Tinder necesitaba paz. ¡No tienes perro! ¡Tienes un cactus que está medio muerto porque te olvidas de regarlo! ¡Y tú, Guille! ¡Guille, me cago en la leche! ¡Fingiste que estabas en un túnel haciendo ruidos con la boca! ¡Te conozco desde que teníamos ocho años, desgraciado!
Guille encogió los hombros, pálido como la cera.
—Javi, tío… el mercado inmobiliario está súper agresivo. Era una oportunidad de oro. Eusebio nos lo dejó a mil doscientos. Si no éramos nosotros, iban a ser unos franceses o un fondo buitre. Todo queda en casa, ¿no? Hemos mantenido tu espíritu vivo en estas paredes.
La indignación ajena empezó a notarse entre los invitados. Alguien del fondo gritó: “¡Qué cabrones!”. Otro chico asintió: “Tío, eso no se le hace a un colega, menudos piezas”. Marcos, viéndose acorralado por la opinión pública de sus propios invitados, intentó recuperar el control, hinchando el pecho y acercándose a la isla de la cocina.
—Mira, Javi. Ya vale de dramas, ¿ok? —adoptó su tono de macho alfa de gimnasio—. Has venido, has montado tu numerito, has desahogado tu frustración de perdedor del sistema, y nos parece genial. Te validamos los sentimientos. Pero esto ahora es nuestra casa. Nosotros hemos pagado la fianza, nosotros pagamos el alquiler. Así que te voy a pedir que te bajes de esa silla y te vayas por la puerta, antes de que tenga que… invitarte a salir.
—¿Invitarme a salir? ¿Tú? ¿A mí? —Bajé del taburete lentamente. Caminé hacia él hasta quedar a dos palmos de su cara. Marcos era más alto y más fuerte, pero yo tenía la fuerza imparable de quien no tiene absolutamente nada que perder—. No voy a irme sin dejaros un regalito de inauguración, pedazo de sinvergüenzas.
Me di media vuelta y miré a la multitud.
—¡Gente, la fiesta ha terminado! ¡Pero antes de iros, podéis llevaros los abrigos! —Anuncié, y saqué mi móvil del bolsillo.
Abrí la aplicación de mi compañía de internet.
—Sabéis, chicos, —dije, mirando a mis ex-amigos—, cuando uno hace las cosas a escondidas, se le olvidan los pequeños detalles administrativos. Como por ejemplo, que el contrato de fibra óptica de esta casa, que incluye el router premium de un giga de velocidad, está a mi nombre. Y la cuenta bancaria donde lo cobran es la mía. Y por suerte para mí, la aplicación tiene un botoncito maravilloso que dice: “Corte de servicio inmediato por mudanza”.
Guille abrió mucho los ojos. Él, que trabaja desde casa como diseñador web, entendió la gravedad del asunto al instante.
—No, Javi, espera, tío, no jodas, tengo una entrega el lunes…
Apreté la pantalla. Confirmar.
—Puf. Desaparecido en el ciberespacio —sonreí diabólicamente—. Suerte buscando un técnico de Movistar que venga un lunes por la mañana.
—¡Eres un niñato inmaduro! —gritó Laura, al borde de un ataque de nervios, con la máscara de espiritualidad totalmente desintegrada.
—Y eso no es todo, Laura mi amor —continué, caminando por el pasillo, dirigiéndome hacia el cuarto de baño. Todos me seguían con la mirada, fascinados por el desastre en vivo y en directo—. ¿Recordáis que Eusebio nunca arregló la caldera vieja? Esa caldera italiana que hace ruidos extraños y de vez en cuando huele a gas.
Entré al baño. Levanté la tapa de la caldera que estaba junto a la ducha. Metí la mano por detrás del mecanismo principal, en un recoveco lleno de polvo, y tiré de un pequeño fusible negro que era la clave maestra de ese trasto infernal. El chasquido resonó en el baño azulejado. Me guardé el fusible en el bolsillo.
—A partir de este momento, y hasta que encontréis un técnico especializado en calderas descatalogadas de 1996, en esta casa solo habrá agua fría. Helada. Congelada. Perfecta para vuestras duchas de reafirmación del karma y para que Marcos se recupere después del crossfit.
—¡Devuelve eso, Javi, te juro que llamo a la policía! —Marcos estaba rojo de ira, avanzando por el pasillo con los puños apretados.
—Llama. Por favor, llama —lo desafié, mirándolo fijamente—. Explícales a los Mossos cómo me habéis estafado, cómo Eusebio hizo un desalojo ilegal sin orden judicial, y cómo estáis ocupando un piso cuyo contrato anterior sigue en vigor porque no se firmó la rescisión de mutuo acuerdo. Ah, ¿no sabíais eso? Eusebio es un rata, pero no es muy listo. El contrato original sigue siendo legalmente mío. Así que técnicamente, vosotros sois unos putos okupas.
Los invitados ya estaban recogiendo sus chaquetas a velocidad de récord. Nadie quería estar en medio de una movida legal con los Mossos, desahucios y calderas rotas. La estampida hacia la puerta principal fue digna de los encierros de San Fermín.
Pasé junto a Marcos, dándole un empujoncito condescendiente en el hombro.
—Disfrutad del pisazo, chicos. La humedad del baño sale en marzo, y si abrís la ventana del salón por las tardes, huele a la fritanga del bar de abajo. Mil doscientos euros bien invertidos.
Llegué al salón vacío. Solo quedaban ellos tres, parados en medio de los escombros de su fiesta fallida, rodeados de vasos de plástico y colillas. Laura estaba llorando, abrazada a sí misma. Guille miraba el router, que ahora parpadeaba con una ominosa luz roja intermitente, simbolizando la ausencia total de conexión con el mundo exterior. Marcos me miraba con una mezcla de odio asesino y humillación absoluta.
Antes de cruzar la puerta del piso para siempre, me detuve bajo el marco. Miré hacia el techo, justo encima de la puerta del baño. El falso altillo. Metí la mano, palpé la madera polvorienta, y mis dedos rozaron el plástico rígido de mi disco duro de dos terabytes. Lo agarré firmemente, lo saqué de su escondite y me lo metí en el bolsillo interior de la chaqueta. Mis tres mil euros en criptomonedas, mi portfolio y mi vida entera, volvían conmigo. Ni siquiera se habían dado cuenta de que estaba ahí arriba. Idiotas.
—Ah, una última cosa —dije, girándome hacia ellos con la sonrisa más amplia, sincera y malvada que he esbozado en mis treinta y dos años de vida—. No le deis comida húmeda al poto de la ventana. Es muy sensible y se estresa. Que descanséis.
Cerré la puerta de un portazo, dejando a mis tres ex-amigos sumidos en el frío, en el silencio, sin internet y con la peor indigestión kármica de sus modernas y patéticas vidas.
Mientras bajaba por las escaleras de la calle Astúries, saliendo al aire helado de la madrugada de Barcelona, sentí cómo el frío ya no me calaba los huesos. Caminé por el barrio de Gràcia, con mi disco duro en el bolsillo y la cabeza alta. No tenía casa. Tenía que volver a dormir en aquel apestoso hostal del Raval escuchando a australianos roncar. Mis tres mejores amigos resultaron ser la escoria más grande que la evolución humana ha producido, y el lunes tendría que rogarle a mi jefe que no me despidiera por llegar tarde toda la semana.
Y sin embargo, mientras caminaba por la Plaza del Sol soltando una carcajada sonora que asustó a un par de palomas trasnochadas, me di cuenta de una cosa: era, sin lugar a dudas, el hombre más feliz de toda puta Barcelona.
Fin de la historia. Adiós, Gràcia. Hola, libertad.
PARTE 5
El domingo por la mañana en el barrio de El Raval tiene una banda sonora muy específica. Está compuesta por el traqueteo de las maletas de los guiris que se van al aeropuerto con resaca, el sonido de las persianas metálicas de los colmados abriéndose, y el inconfundible eco de alguien vomitando en una esquina. Yo me desperté con una sinfonía de ronquidos australianos y el olor a humedad rancia incrustado en mi única almohada.
Me senté en la litera, frotándome la cara. La adrenalina de la noche anterior había desaparecido por completo, dejando paso a una resaca emocional del tamaño del Camp Nou. Toqué mi chaqueta, colgada en el poste de metal de la cama. El bulto rígido del disco duro seguía ahí. No había sido un sueño. Les había jodido la vida a los traidores y tenía mi pequeño tesoro digital conmigo.
—Mate, you okay? —murmuró uno de los australianos, abriendo un ojo inyectado en sangre.
—Sí, sí, mate. Todo perfect. Vuelve a dormir, canguro —respondí en mi mejor spanglish.
Me vestí rápidamente, agarré a Paco el poto, que cada día tenía un color más amarillento preocupante, y salí a la calle. Necesitaba un ordenador seguro. No podía usar el del trabajo porque el firewall de la agencia bloqueaba cualquier página relacionada con criptomonedas o contenido mínimamente divertido. Así que me dirigí a un locutorio de los de toda la vida, de esos que huelen a plástico caliente y llamadas internacionales a precios desorbitados.
El dueño, un tipo con un mostrador lleno de fundas de móviles horteras, me miró de arriba abajo.
—Un euro la hora. No puedes descargar películas —me advirtió, señalando un cartel escrito a mano con rotulador rojo.
—Tranquilo, jefe. Solo voy a consultar mis finanzas internacionales.
Me senté en el ordenador número cuatro. El teclado estaba tan pegajoso que casi tuve que usar fuerza bruta para pulsar la tecla “Intro”. Conecté el disco duro negro. Mi corazón empezó a latir un poco más rápido. Navegué por las carpetas: “Diseños 2018”, “Fotos Ibiza”, “Facturas”, hasta llegar a una carpeta oculta llamada “Recetas de croquetas de la abuela”. Obviamente, mi abuela jamás había hecho una croqueta en su vida, era de esas señoras que compraban La Cocinera y te decían que era casero.
Abrí el archivo de texto. Allí estaban. Las doce palabras semilla. “Elefante”, “Bicicleta”, “Nublado”… Una serie de palabras ridículas que separaban mi existencia actual como indigente de hostal, de una cuenta corriente con un colchón decente.
Abrí el navegador, me metí en la plataforma de exchange y empecé a teclear con manos temblorosas. El proceso de recuperación de la cartera me llevó veinte minutos y tres ataques de pánico por culpa del teclado pegajoso que me escribía doble la letra “e”. Finalmente, la pantalla se cargó.
Apareció el logo de la plataforma girando lentamente. Cerré los ojos. “Por favor, por favor, que siga habiendo tres mil euros. Me conformo con dos mil. Me conformo con mil quinientos y un bocadillo de calamares”, recé a los dioses del blockchain.
Abrí los ojos.
El saldo no eran tres mil euros.
Me quedé mirando la pantalla, parpadeando varias veces, acercando la cara al monitor CRT que zumbaba como un mosquito gigante. Volví a contar los números. La moneda en la que Marcos me había insistido invertir hace tres años, una absoluta basura llamada “DogeFlokiInuMoon” que tenía un perro pixelado con gafas de sol como logo, había experimentado un crecimiento absurdo, estúpido, e irracional durante mi semana de desconexión forzosa en la calle.
El saldo marcaba exactamente 18.452,33 euros.
Solté un grito ahogado. El chico del ordenador tres, que estaba jugando al Counter Strike, me miró mal.
—¡Dieciocho mil pavos! —susurré para mí mismo, tapándome la boca con las dos manos—. ¡Me cago en mi estampa, soy rico! Bueno, no soy rico nivel yate en Marbella, ¡pero soy rico nivel piso con calefacción central y terraza en Barcelona!
Saqué el dinero. Todo. No me lo pensé ni medio segundo. La volatilidad de esas basuras es como la lealtad de mis ex-amigos: hoy está por las nubes y mañana vale menos que un billete del Monopoly. Hice la transferencia a mi cuenta del Banco Santander. El mensaje de “Transferencia en proceso. Puede tardar hasta 48 horas hábiles” me pareció la poesía más hermosa jamás escrita en la historia de la literatura española.
Salí del locutorio sintiendo que flotaba. El sol de febrero me calentaba la cara, Paco el poto parecía incluso tener un brillo verde esperanza en sus hojas mustias. Era el momento de pasar a la fase dos de mi plan maestro: hundir a don Eusebio en la miseria legal más absoluta.
Para eso, necesitaba a mi amigo Carles. Carles era abogado. Bueno, decir “abogado” es ser muy generoso. Carles se sacó la carrera en ocho años en una universidad a distancia y su bufete consistía en una mesa en el fondo del local de fotocopias de su madre en el barrio de Sants. Pero Carles tenía una virtud: era un cabrón resentido con el sistema, le encantaba el salseo y me debía la vida desde que le presenté a su actual novia en una fiesta de fin de año.
Lo llamé.
—¡Hombre, el desahuciado más famoso de Gràcia! —contestó, riéndose—. Vi tus stories falsas del viernes. ¿Es verdad que les cortaste la luz a los traidores?
—Mejor. Les quité el wifi y reventé la caldera. Oye, Carles, necesito tus servicios profesionales. Y esta vez te voy a pagar. Y bien.
—Uy, uy, uy. Palabras mágicas. Pásate por la copistería, que mi madre acaba de hacer croquetas. De las de verdad, no de las tuyas.
Una hora más tarde, estábamos sentados entre cajas de folios Din A4 y el olor penetrante a tóner de impresora. Carles estaba masticando una croqueta mientras leía atentamente el contrato de alquiler que yo había rescatado de mis bolsas de IKEA.
—A ver, Javi. Esto es una chapuza épica —dijo, tragando—. El viejo este, Eusebio, es tonto del culo. Te echó alegando necesidad de un familiar, pero no te dio el preaviso legal de dos meses estipulado por la Ley de Arrendamientos Urbanos. Segundo, contrató a unos “desokupas” para un inquilino legal, lo cual es allanamiento de morada y coacciones. Y tercero, y esto es lo más bonito… —Carles sonrió, enseñando un poco de bechamel en los dientes—, el contrato sigue a tu nombre. No hay documento de rescisión firmado por ti. Lo que significa que el contrato que les hizo a tus colegas es nulo de pleno derecho. Un papel mojado. Una estafa a tres bandas.
—¿Qué significa eso en términos prácticos? —pregunté, frotándome las manos.
—Significa que Eusebio ha cometido un fraude. Te ha echado ilegalmente y ha realquilado un piso que legalmente sigue siendo tuyo, cobrando dos veces o vete a saber qué ha hecho. Podemos meterle un paquete que se va a cagar encima. Y tus amiguitos… técnicamente son intrusos. Si llamas a los Mossos con este papel, puedes echarles tú a ellos.
—No —dije rápidamente—. No quiero echar a Marcos, Laura y Guille. Aún no. Quiero que sufran. Quiero que convivan con la humedad, con el frío polar y sin conexión a internet durante un rato más. Quiero que el karma les devore lentamente el alma.
Carles me miró con una mezcla de admiración y terror.
—Javi, recuérdame que nunca te robe un yogur de la nevera. Eres un psicópata, tío. Me encanta. ¿Qué hacemos entonces?
—Vamos a mandar un burofax. Un burofax redactado en el lenguaje legal más aterrador, denso e incomprensible que puedas generar. Dirigido a Eusebio, notificándole que las acciones legales por coacciones y desalojo ilegal están en marcha, exigiendo una indemnización por daños morales de, digamos, diez mil euros, y advirtiendo de que el contrato actual es fraudulento. Y quiero que le mandes una copia a mis ex-amigos al tercero segunda, solo a título “informativo”. Que no duerman.
Carles tecleó furiosamente en su portátil lleno de pegatinas de bandas indie.
—Hecho. Esto le va a provocar una úlcera al viejo. Y a tus colegas les va a dar un ataque de ansiedad que ni con trescientos fardos de salvia blanca lo curan.
PARTE 6
El martes por la mañana, la transferencia de los dieciocho mil euros llegó a mi cuenta. Viendo esos números en la app del banco, mientras desayunaba una tostada de verdad en una cafetería pija del Eixample, decidí que mi etapa de mártir había terminado. Era el momento de resurgir de las cenizas.
Empecé a buscar piso de nuevo, pero esta vez con otra actitud. Ya no miraba zulos interiores de ochocientos euros. Fui a una inmobiliaria de las caras, de las que tienen sillones de cuero blanco en la recepción. Me atendió un tipo llamado Borja, que llevaba un traje que valía más que toda mi ropa junta.
—Javier, buscas algo céntrico, con luz, balcón… El mercado está tenso, ya sabes —me dijo Borja, con ese tono condescendiente de quien te va a cobrar un mes de agencia más IVA solo por abrirte una puerta.
—Borja, mírame —le dije, sacando mi móvil y enseñándole el saldo de la cuenta sin pudor ninguno—. No tengo avalistas porque mis padres están jubilados en el pueblo, pero puedo pagarte un año entero por adelantado ahora mismo si me encuentras un ático en Poblenou o en Gràcia con terraza.
Borja parpadeó. La condescendencia desapareció y fue sustituida por el brillo de los billetes en sus pupilas.
—Dame dos horas, Javier. Te voy a encontrar el paraíso.
Mientras Borja trabajaba para mí, me dediqué a mi nuevo hobby favorito: espiar el hundimiento del tercero segunda a través de mi cuenta de Instagram falsa. Las cosas estaban degenerando a un ritmo que superaba mis mejores expectativas.
Laura había subido una historia. Estaba envuelta en tres mantas polares, con un gorro de lana calado hasta las cejas. Su voz temblaba. No había filtros de belleza.
—Hola, amores… —susurró a la cámara—. Hoy no habrá clase de yoga online. Resulta que… bueno, estamos experimentando un pequeño retroceso energético en el pisito. El universo nos está poniendo a prueba. Se nos ha estropeado la caldera y el técnico dice que la pieza hay que traerla de Alemania en barco y tarda un mes. El agua sale tan fría que ayer Guille intentó ducharse y le dio un calambre muscular. Además, no tenemos wifi. Las operadoras dicen que el titular anterior bloqueó la línea por una deuda inexistente y hay un lío legal… Estoy usando los megas del móvil pero se me acaban. Mandadme luz, por favor.
Sonreí, dando un sorbo a mi café. “Luz no sé, pero frío vais a pasar un rato largo, reina”, pensé.
Siguiente historia. Era de Marcos. Estaba en el gimnasio, grabando en el espejo de los vestuarios. Tenía unas ojeras que le llegaban al suelo y no parecía estar presumiendo de bíceps.
—Bro, la vida a veces te tira un jab de derechas cuando no te lo esperas. Las cosas en casa están tensas, no voy a mentir. El frío te quita las gains. No se puede dormir bien. Y encima ayer nos llegó una puta carta del juzgado o algo así. Un burofax de un abogado loco. Dice que somos okupas, bro. ¡Yo no soy un okupa, pago mis impuestos! La rusa de Tinder… me ha dejado en visto. Dice que olemos a cerrado y que sin calefacción no hay romance. Esto es una conspiración, tío.
El plan estaba saliendo a la perfección. La presión psicológica, el frío extremo y la amenaza legal los estaban devorando desde dentro. Como ratas en un barco que se hunde, era cuestión de tiempo que empezaran a comerse entre ellos.
Esa misma tarde, Borja de la inmobiliaria me llamó. Había encontrado un sobreático en el barrio de Poblenou, a cinco calles de la playa. Cuarta planta con ascensor, sin vecinos arriba, terraza de cuarenta metros cuadrados y una cocina abierta que parecía sacada de una revista de decoración sueca. El alquiler eran mil quinientos euros al mes. Hace una semana me habría parecido una locura suicida. Hoy, con mi colchón criptográfico, me pareció una ganga. Firmé el contrato esa misma tarde, pagando seis meses por adelantado para evitar papeleos absurdos.
El miércoles estaba haciendo la mudanza. Fue la mudanza más rápida y placentera de mi vida. Mis tres bolsas de IKEA y el poto Paco llegaron a su nuevo palacio. Fui a un centro comercial, compré un sofá de tres plazas ridículamente caro, una televisión de 65 pulgadas y una cafetera italiana de verdad. Coloqué a Paco en la terraza, bajo el sol directo de la tarde.
—Mira, Paco. Hemos llegado a la tierra prometida —le dije a la planta, sirviéndome una copa de vino tinto—. Aquí no hay humedades, no hay Eusebios y, sobre todo, no hay traidores.
PARTE 7
El viernes de esa misma semana, la bomba atómica explotó en el barrio de Gràcia.
Carles me llamó a la hora de comer. Estaba histérico, riéndose a carcajadas.
—¡Javi! ¡Pon el altavoz! ¡Tienes que escuchar esto! —gritaba Carles.
De fondo, escuché una voz ronca, temblorosa y muy alterada. Era don Eusebio. Había llamado al teléfono de la copistería de la madre de Carles (que constaba como el número del bufete en el burofax).
—…¡Es que no hay derecho! —se quejaba el casero—. ¡Ustedes me quieren arruinar, señor abogado! ¡Ese chico, Javier, era un inquilino conflictivo!
—Don Eusebio, le repito que mi cliente ha sufrido graves daños psicológicos y materiales —decía Carles con voz grave y profesional, aguantándose la risa—. Usted perpetró un desahucio sin orden judicial. Eso está penado con cárcel, don Eusebio. Cárcel. Se va a comer el turrón en Brians 2.
—¡Cárcel no, por la virgen de Montserrat! —lloriqueó el viejo—. ¡Yo tengo el corazón delicado! ¡Devuélvanme el piso! ¡Echen a esos tres desgraciados que he metido, que son unos hippies que no paran de quejarse de que si el agua fría, que si el internet! ¡Ayer me llamaron doce veces insultándome porque se les ha congelado una tubería! ¡No los aguanto! ¡Lleguemos a un acuerdo! ¡Le devuelvo la fianza a Javier, le pago los daños morales, pero quiten la denuncia!
Carles me miró a través de la pantalla (habíamos hecho una videollamada para que yo no me perdiera detalle). Yo le hice un gesto de “aprieta más” con la mano.
—No sé, Eusebio. Mi cliente está muy afectado. Tiene estrés postraumático. Le dan ataques de pánico si ve una bolsa de IKEA. Los daños ascienden a quince mil euros, más las costas del juicio. Y queremos la nulidad del contrato de los intrusos de manera inmediata. Usted se encarga de echarlos.
—¡Lo que sea! ¡Lo que usted diga, señor letrado! ¡Mañana mismo voy con los matones y los saco a patadas! ¡Pero quince mil es mucho! ¡Tengo ocho mil ahorrados, no me arruinen!
—Ocho mil, más la fianza de dos meses que se quedó de mi cliente, más la mensualidad de este mes. Y en efectivo. Nos vemos el lunes en mi despacho. Y si no trae el dinero, el martes presentamos la querella en los juzgados.
Eusebio colgó. Carles y yo estallamos en una carcajada conjunta que duró al menos tres minutos.
—¡Eres un genio del mal, Carles! ¡Ocho mil euros más!
—Javi, el lunes vamos a ser los reyes del mambo. Pero lo mejor de todo es que Eusebio va a mandar a los gorilas a echar a tus colegas este fin de semana. El círculo del karma se ha completado.
Esa noche, no salí de fiesta. Me pedí sushi a domicilio, me abrí una cerveza fría y me senté en mi terraza frente al mar de Poblenou, con el portátil abierto, esperando el desenlace final en directo a través de las redes sociales.
No tuve que esperar mucho. A las once de la noche, Guille hizo un directo en Instagram. Su cara era un poema de terror puro. La cámara temblaba. De fondo, se escuchaban golpes secos y fuertes contra la puerta de madera. Era el mismo sonido que yo había escuchado dos semanas antes.
—Chicos… chicos, ayuda, por favor —decía Guille, susurrando, con los ojos llorosos—. Estamos atrincherados en el salón. El viejo Eusebio ha vuelto. Ha traído a dos tíos que parecen armarios empotrados. Están golpeando la puerta. Nos dicen que tenemos diez minutos para coger nuestras cosas y largarnos o tiran la puerta abajo.
La cámara giró y mostró a Marcos. El macho alfa estaba sentado en el suelo, pálido, abrazando una consola de videojuegos contra su pecho. Laura estaba llorando a gritos en una esquina, hiperventilando.
—¡Llama a la policía, Marcos! —gritaba Laura.
—¡No podemos llamar a la policía! —replicó Marcos, con la voz quebrada—. ¡El burofax del abogado decía que el contrato era ilegal! ¡Si viene la policía, nos detienen por ocupación! ¡Es una trampa, todo es una puta trampa del universo!
Los golpes en la puerta se hicieron más violentos. Se escuchó la voz de Eusebio desde el rellano: “¡Venga, perroflautas! ¡A la calle! ¡Que no tengo todo el puto día! ¡O salís u os suelto a los perros!”.
El directo de Guille se cortó abruptamente cuando la puerta cedió con un crujido estrepitoso de madera astillada.
Cerré el portátil. Suspiré profundamente. La venganza es un plato que se sirve frío, pero cuando se aliña con justicia kármica y burofaxes legales, sabe a gloria bendita. Mis queridos examigos iban a experimentar de primera mano el frío traicionero de Barcelona en febrero, las bolsas de IKEA empaquetadas a toda prisa y la desesperación de no tener a dónde ir. Y yo no iba a mover ni un solo dedo para ayudarles.
PARTE 8
El lunes por la mañana me presenté en la copistería de Carles vestido con mi camisa de cuello mao. Eusebio ya estaba allí. Parecía haber envejecido diez años en un fin de semana. Tenía un sobre gordo de papel manila entre las manos temblorosas. Al verme entrar, agachó la cabeza.
—Javier… muchacho… lo siento mucho —murmuró, casi sin voz—. Ha sido un malentendido terrible. Las cosas se salieron de madre.
Me senté frente a él, cruzando las piernas, con una actitud de absoluta serenidad zen.
—Don Eusebio. La vida está llena de malas decisiones. Usted tomó la suya la noche que me echó a la calle. ¿Ha solucionado el tema de los okupas del tercero segunda?
Eusebio asintió enérgicamente.
—Sí, sí. Los saqué el sábado por la noche. Menudo drama. La chica no paraba de gritar cosas sobre las energías y el bajito del ordenador me intentó morder. Los dejé en la calle Astúries con sus cosas. Llovía un poco. Ya he cambiado la cerradura y he puesto el piso a la venta. No quiero saber nada más de alquileres.
Carles agarró el sobre, sacó los billetes y los contó con una máquina cuenta-billetes que le había robado a un supermercado chino (historia larga).
—Ocho mil quinientos euros. Correcto. Aquí tiene, Eusebio, el documento de desistimiento y la renuncia a acciones legales firmado por mi cliente. Usted es libre. No vuelva a cruzarse en nuestro camino.
El viejo cogió el papel como si fuera un indulto presidencial y salió corriendo de la copistería tan rápido que casi tira un expositor de bolígrafos Bic.
Carles y yo nos repartimos el botín. Le di sus honorarios, generosamente engordados, y me guardé el resto.
—Javi, ha sido el caso más rápido y satisfactorio de mi triste carrera —dijo Carles, abrazándome—. Tenemos que celebrar esto. ¿Una buena cena esta noche?
—Invito yo —sonreí—. Y de paso te enseño mi nuevo piso. Tiene terraza.
Pasaron los meses. Llegó la primavera a Barcelona. El sol empezó a picar, los turistas invadieron las Ramblas como zombis con palos selfie, y mi vida se estabilizó. Conseguí un ascenso en la agencia de marketing (resulta que cuando no tienes la ansiedad de vivir en la precariedad absoluta, trabajas mejor), y mi cuenta corriente seguía engordando lentamente.
De Marcos, Laura y Guille supe poco, pero el chismorreo barcelonés es pequeño y siempre llega. Supe por conocidos en común que la noche del desahucio durmieron en el suelo de la estación del Norte. Su pequeña “tribu” se desintegró por completo esa misma madrugada bajo el peso de las acusaciones mutuas.
Laura se mudó a un pueblo de la Garrotxa a hacer voluntariado en una granja de cabras, asegurando que la ciudad era “un nido de vampiros emocionales”. Marcos tuvo que volver a vivir a Móstoles con sus padres, porque no pudo pagar ninguna fianza con sus ingresos de gurú de las finanzas. La última vez que alguien lo vio, estaba trabajando de reponedor en un Mercadona, visualizando el éxito mientras apilaba latas de atún. Y Guille… pobre Guille. Se fue a vivir con una chica de Sabadell que no le deja salir los fines de semana y le obliga a ver telenovelas turcas.
Un viernes por la tarde, estaba yo sentado en mi terraza de Poblenou. Tenía una cerveza artesanal en una mano y el móvil en la otra. Paco el poto, ahora convertido en un arbusto verde oscuro, fuerte y vigoroso, me daba sombra. Estaba borrando contactos antiguos del teléfono.
Llegué a la “G” de Guille. Luego a la “L” de Laura. Finalmente, a la “M” de Marcos.
Pensé en escribirles. Un mensaje sutil. Una foto de mis pies apoyados en la barandilla de la terraza con el mar de fondo, y un texto que pusiera “A veces el karma tarda, pero siempre paga la fianza”.
Pero luego miré a mi alrededor. Miré el cielo azul, sentí la brisa fresca del Mediterráneo. Le di un trago a la cerveza. Ya no sentía rabia. Ya no sentía ganas de venganza. Simplemente sentía una indiferencia absoluta y liberadora. Eran pasado. Yo había ganado la partida, no solo porque me quedé con el dinero, sino porque me libré de tres parásitos que se disfrazaban de familia.
Le di al botón de “Eliminar contacto” tres veces. Sin dudar. Sin mirar atrás.
Dejé el móvil sobre la mesa. Me recosté en la silla y cerré los ojos. La vida, pensé, a veces te tiene que dar una patada en el culo y tirarte a la calle con unas bolsas de IKEA en pleno febrero para que te des cuenta de quién vale la pena y quién es solo basura que ocupa espacio en el altillo.
Brindé en solitario por Eusebio, por los desahucios ilegales y por las criptomonedas con logos de perros. Al final del día, resultó que mi peor tragedia fue exactamente el billete de lotería que necesitaba para ser feliz.