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Familia estricta en Málaga controla cada minuto del estudio de su hijo hasta que él expone todos sus secretos familiares en televisión nacional

Familia estricta en Málaga controla cada minuto del estudio de su hijo hasta que él expone todos sus secretos familiares en televisión nacional

Parte 1

En la calle Cristo de la Epidemia, en Málaga, había una casa que parecía diseñada para que nadie pudiera sospechar jamás que dentro se cocía un drama familiar con más tensión que una final de Eurovisión contada por tu cuñado.

Desde fuera, el piso de los Márquez Pineda era impecable. Tercer piso con ascensor, macetas de geranios en el balcón, visillos blancos, olor a suavizante caro y una placa en la puerta que decía “Familia Márquez Pineda” con una letra dorada tan seria que parecía que allí dentro se firmaban tratados internacionales. Los vecinos los miraban con respeto. O con esa mezcla de respeto y pereza que se le tiene a la gente que siempre parece tener la vida resuelta.

Rafael Márquez, el padre, era profesor de Economía en un instituto concertado. Usaba camisas planchadas con raya en la manga, hablaba de “disciplina” como otros hablan del tiempo y tenía la costumbre de decir “en mis tiempos” aunque sus tiempos no hubieran sido precisamente la Antigua Grecia. Carmen Pineda, la madre, era orientadora educativa, de esas que en reuniones escolares hablaban con voz dulce sobre la importancia de escuchar a los adolescentes, mientras en casa medía el rendimiento académico de su hijo con la precisión de un notario con migraña.

Y luego estaba Nicolás, Nico para todo el mundo menos para sus padres cuando estaban enfadados, que entonces era “Nicolás Rafael Márquez Pineda”, nombre completo, condena completa.

Nico cursaba segundo de Bachillerato. Tenía diecisiete años, ojeras de opositor, pelo castaño siempre medio despeinado y una habilidad con los ordenadores que en su familia se resumía con la frase: “El niño es muy bueno con las maquinitas”. Lo mismo arreglaba el wifi de la casa que recuperaba archivos perdidos, montaba pequeñas aplicaciones o explicaba a su abuela cómo mandar un audio sin grabarse respirando durante cuarenta segundos antes de hablar.

Pero para Rafael y Carmen, todo aquello era secundario.

Lo importante era Medicina.

No porque Nico hubiera dicho alguna vez que quería ser médico. De hecho, cuando tenía doce años, comentó durante una comida que le gustaba la programación, y su padre respondió:

—Programar está muy bien como afición, Nicolás. Como el pádel. Pero uno no construye un futuro serio con aficiones.

—Papá, hay gente que trabaja de eso.

—También hay gente que canta en el metro y no por eso vamos a comprarte una guitarra.

Carmen, con su sonrisa profesional, añadió:

—Tu padre quiere decir que tienes muchísimo potencial, cariño. Y cuando uno tiene potencial, no puede desperdiciarlo.

En aquella familia, “potencial” era una palabra peligrosa. Sonaba bonita, pero siempre venía con deberes, exámenes, horarios, renuncias y una mirada de decepción si sacabas un nueve y medio en vez de un diez.

El salón de los Márquez Pineda era un altar al éxito académico. En una estantería estaban todos los diplomas de Nico desde primaria: concurso de cálculo mental, olimpiada de ciencias, premio al mejor expediente, finalista del certamen de robótica, aunque ese último lo tenían medio tapado por una foto de Rafael dando una charla sobre esfuerzo y meritocracia. Había también libros con títulos gruesos, de esos que nadie abre pero quedan estupendos cuando viene visita.

En el centro de la casa, como si fuera el puente de mando de un submarino, estaba el horario de estudio de Nico. Carmen lo había diseñado en una cartulina grande pegada junto a la cocina. Cada franja tenía un color. Matemáticas en azul, Biología en verde, Química en naranja, Lengua en amarillo, Inglés en rosa. Los descansos eran pequeños rectángulos grises, tan tristes que parecían autorizaciones penitenciarias.

—Mamá, diez minutos de descanso no es descanso —dijo Nico una tarde, mirando la cartulina.

—Claro que sí, cariño. En diez minutos puedes estirar las piernas, beber agua y despejarte.

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