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Este joven fingió sonreír en casa por diez años mientras el acoso escolar le rompía por dentro y le dejó una vida adulta perfectamente vacía

Este joven fingió sonreír en casa por diez años mientras el acoso escolar le rompía por dentro y le dejó una vida adulta perfectamente vacía

Parte 1

En casa de los Molina, si alguien preguntaba por Sergio, la respuesta era siempre la misma.

—¿Sergio? Ese es la alegría de la casa.

Lo decía su madre, Carmen, con una seguridad que no admitía debate, como quien afirma que en agosto hace calor en Sevilla o que siempre falta una bolsa en el cajón de las bolsas. Lo repetía su padre, Julián, mientras pelaba mandarinas con una concentración casi quirúrgica. Lo comentaba incluso su hermana pequeña, Nora, aunque ella añadía siempre un matiz importante.

—Es la alegría de la casa, sí, pero también es un pesado.

Y Sergio, que por aquel entonces tenía doce años, respondía llevándose una mano al pecho como si acabaran de atravesarle con una espada invisible.

—¿Pesado yo? Nora, por favor. Estoy aportando luz, cultura y entretenimiento a este hogar. Lo que pasa es que esta familia no está preparada para mi talento.

—Tu talento es hacer ruidos con la axila —decía Nora.

—Eso también es cultura corporal.

Carmen le lanzaba una servilleta, Julián soltaba una carcajada por la nariz, y Sergio se levantaba de la silla para hacer una reverencia exagerada, casi tirando el vaso de agua.

—Gracias, gracias. Actuaré aquí toda la semana. Propina en bizum.

Así era él en casa. Un niño con los ojos grandes, el pelo siempre un poco rebelde y una capacidad absurda para transformar cualquier momento corriente en una escena de comedia familiar. Si se quemaban las croquetas, Sergio anunciaba solemnemente:

—Hoy cenamos carbón gourmet. Muy moderno. En Madrid ya te cobran dieciocho euros por esto y te ponen una hojita encima.

Si se iba la luz, encendía una linterna debajo de la barbilla y empezaba a contar historias de terror que siempre terminaban con su padre buscando las gafas en la nevera. Si su madre llegaba cansada del trabajo, él imitaba al vecino del quinto, don Eusebio, protestando por el ascensor como si estuviera dando un discurso en el Congreso.

—Señora Carmen, esto del ascensor es una vergüenza nacional. Yo ya he escrito a la comunidad, al ayuntamiento y a la ONU.

Carmen se reía incluso cuando no tenía fuerzas. Y eso Sergio lo notaba. Notaba cuándo su madre venía con la cara apagada, cuándo su padre disimulaba la preocupación mirando facturas, cuándo Nora estaba triste porque alguna amiga no la había invitado a un cumpleaños. Sergio tenía un radar especial para detectar silencios incómodos, y en cuanto uno aparecía, él entraba en escena.

—Atención, familia. Tengo una noticia importante.

—Miedo me das —decía Julián.

 

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