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Escándalo en boda de Barcelona: Padres regalan un ÁTICO MILLONARIO a la menor y un SIMPLE ELECTRODOMÉSTICO al hijo mayor frente a los invitados

Escándalo en boda de Barcelona: Padres regalan un ÁTICO MILLONARIO a la menor y un SIMPLE ELECTRODOMÉSTICO al hijo mayor frente a los invitados

Parte 1

En Barcelona, una boda elegante puede parecer muchas cosas: una celebración del amor, una reunión familiar, una excusa carísima para que los tíos que no se hablan desde 2017 se sienten en la misma mesa fingiendo que lo del piso de la abuela ya está superado. Pero la boda de Claudia Soler y Víctor Rius, celebrada un sábado de junio en un hotel con vistas al puerto, parecía desde el principio una de esas bodas donde algo iba a estallar.

No era una intuición mística. Era logística.

Había demasiadas flores, demasiados camareros con guantes blancos, demasiados invitados que decían “qué sencillo todo” mientras miraban lámparas que seguramente costaban más que un coche de segunda mano. El salón principal tenía ventanales enormes desde los que se veía Barcelona extendida como una postal de esas que venden en las tiendas para turistas, con el mar brillando al fondo y la ciudad fingiendo por unas horas que no existían los alquileres imposibles ni los vecinos que taladran a las ocho de la mañana.

Claudia, la novia, estaba radiante. Veintinueve años, sonrisa de anuncio, vestido blanco impecable y una capacidad sobrenatural para posar como si hubiera nacido con un fotógrafo siguiéndola por los pasillos. Era la hija menor de Ramón y Maribel Soler, una pareja de empresarios de toda la vida que se habían hecho ricos con una cadena de tiendas de decoración para hogares “con alma”, aunque todo el mundo en la familia sabía que el alma la había puesto el hijo mayor, Andrés.

Andrés Soler tenía treinta y ocho años y una camisa blanca que ya se le estaba pegando a la espalda antes de que sirvieran el primer plato. No porque estuviera nervioso por la boda, sino porque se había pasado la mañana solucionando cosas. Que si el proveedor de centros de mesa había traído hortensias en lugar de peonías, que si el primo de Víctor había perdido el sobre con las alianzas, que si la tía Encarna no podía sentarse cerca del aire acondicionado porque “le entra por el cuello y luego no hay quien viva”.

Andrés era el tipo de persona a la que todos llamaban cuando había un problema, incluso cuando el problema no tenía nada que ver con él. Si se rompía una silla, Andrés. Si faltaba cava, Andrés. Si el DJ no encontraba el enchufe, Andrés. Si alguien preguntaba por qué el primo Óscar había llegado con zapatillas blancas a una boda de etiqueta, Andrés también, porque al parecer él debía tener una explicación para todo lo que sucedía bajo el cielo catalán.

—Andrés, hijo —le dijo su madre, Maribel, interceptándolo junto a una mesa donde dos camareros colocaban copas con precisión quirúrgica—, ¿has visto a tu padre?

—Lo vi hace diez minutos discutiendo con el metre porque quería que el jamón saliera “con más presencia”.

—Ay, pues búscalo, que tiene que prepararse para el discurso.

Andrés miró el reloj.

—Mamá, el discurso es dentro de dos horas.

—Ya, pero tu padre cuando improvisa parece un concejal inaugurando una rotonda. Hay que controlarlo.

Andrés respiró hondo. Se había prometido no enfadarse. Era la boda de su hermana. Claudia estaba feliz. Víctor, el novio, parecía buen chico, aunque tenía ese aire de yerno que aún no ha entendido del todo en qué familia se ha metido. Y Ramón, el padre, era Ramón: teatral, orgulloso, un señor que decía “esto lo pago yo” incluso cuando pagaba Andrés.

—Voy a buscarlo —dijo Andrés.

—Y luego ponte la chaqueta, por favor. Que pareces el encargado del almacén.

Andrés bajó la mirada hacia su camisa impecable y su pantalón de traje.

—Gracias, mamá. Siempre sabes levantarme el ánimo.

—No empieces con tus bromitas. Hoy es un día importante.

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