Ella Solo Quería Ser Amada En Barcelona Pero Su MADRE OCULTABA Una INTENCIÓN OSCURA Que Su Sexto Sentido REVELÓ
PARTE 1: El don, la madre y el suegro con dientes de porcelana
Vivir en Barcelona tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Lo bueno: la arquitectura, el mar, las terrazas en Gràcia cuando empieza a asomar la primavera, y esa sensación constante de que estás en una ciudad que respira arte. Lo malo: el precio de los alquileres, los guiris en patinete eléctrico por las aceras, y el hecho de que, si tienes mi “pequeño problema”, salir a la calle es como intentar cruzar un campo de minas emocional.
Me llamo Lucía. Tengo veintiséis años, un máster en Historia del Arte que me sirve para decorar la pared de mi minúsculo piso en el Poble Sec, y una maldición. O un don, dependiendo de si le preguntas a un chamán o a mi psiquiatra, aunque a este último dejé de ir hace años.
Mi maldición es sencilla, pero agotadora: si te miro a los ojos durante más de tres segundos, sé exactamente qué estás tramando. No leo la mente como en las películas de Hollywood. No escucho voces susurrando secretos. Simplemente… lo veo. Veo tu intención más profunda, esa que intentas esconder detrás de una sonrisa educada o de un “buenos días”.
Descubrí esto cuando tenía siete años y miré a los ojos al frutero de mi barrio. El hombre, el señor Paco, siempre me daba una cereza de regalo. Era encantador. Pero un día, al mirarle fijamente, vi con una claridad pasmosa que su intención real no era ser amable, sino distraer a mi madre para cobrarle de más por unos melocotones que estaban a punto de pudrirse. Desde entonces, he desarrollado una habilidad olímpica para mirar al puente de la nariz de la gente, a sus frentes, a sus barbillas o, en el peor de los casos, al suelo. En Barcelona, ir mirando al suelo te asegura pisar alguna “sorpresa” canina, pero al menos te salva de saber que el chico tan mono del metro solo te está sonriendo porque quiere robarte la cartera.
Y luego está mi madre. Carmen.
Carmen es… una fuerza de la naturaleza. Si Barcelona fuera una persona, no sería Gaudí ni Serrat. Sería mi madre entrando en una tienda de Paseo de Gracia exigiendo hablar con el encargado porque la dependienta no le ha dicho “buenos días” con el tono adecuado. Mi madre vive por y para las apariencias. Para ella, el “qué dirán” no es una preocupación, es una religión.
El teléfono vibró en mi bolsillo mientras esquivaba a un grupo de turistas que le estaban haciendo fotos a una farola en l’Eixample. Era ella. Respiré hondo, mirando fijamente la pantalla antes de descolgar.
—¿Sí, mamá?
—¡Nena! —su voz resonó como un trueno envuelto en seda—. ¿Dónde te metes? Llevo llamándote toda la mañana.
—Estaba trabajando, mamá. En la galería. Ya sabes, ese sitio donde me pagan por explicarle a gente con mucho dinero por qué un lienzo en blanco cuesta lo mismo que un coche.
—Bah, tonterías. Escúchame bien, Lucía. Este domingo comemos todos juntos. He reservado en El Botafumeiro. A las dos y media. Y por Dios te lo pido, no vengas con esas pintas de perro flauta que me llevas últimamente.
—Mamá, es ropa vintage…
—Es ropa vieja, Lucía. Vieja y triste. Quiero que te pongas algo alegre. Y péinate. Arturo va a venir.
Ah, Arturo. El nuevo prometido. Mi madre se divorció de mi padre (un hombre que tenía la intensidad de un ficus y que huyó a un pueblo de la Costa Brava en cuanto pudo) hace cinco años. Desde entonces, ha estado buscando lo que ella llama “un compañero de vida”, que en idioma Carmen significa “un señor con un buen patrimonio, una casa en la Cerdanya y la capacidad de asentir a todo lo que yo diga”. Arturo cumplía todos los requisitos. Era un empresario del sector inmobiliario, unos diez años mayor que ella, con un bronceado perpetuo que gritaba “juego al golf los martes” y unos dientes tan blancos, grandes y artificiales que parecían teclas de un piano de pared.
—Vale, mamá. Iré. Arturo, qué bien. Qué ilusión.
—No uses ese tono irónico conmigo, jovencita. Arturo es un santo. Y está haciendo un gran esfuerzo por integrarse en la familia. Así que quiero que el domingo seas encantadora. Tu tía Pili también viene, y la tía Montse.
—¿Las tías también? Mamá, ¿qué celebramos? ¿Que por fin has conseguido que el ayuntamiento te ponga un banco a tu nombre?
—Celebramos que somos una familia unida, Lucía. ¿Es que una madre no puede querer agasajar a su única hija y a su futuro marido? Venga, te dejo, que tengo cita en la peluquería. A las dos y media. ¡Puntual!
Y colgó.
Ese es el problema. Mi madre siempre ha sabido jugar sus cartas. Ante los demás, es la madre coraje. La viuda (bueno, divorciada, pero ella lo vive con el dramatismo de una viuda de Bernarda Alba) que se ha desvivido por sacar adelante a su hija “especial”. Siempre que había público, me trataba como a una princesa de cristal. Me abrazaba, me acariciaba el pelo, hablaba de mí con un orgullo impostado que me daba náuseas. Pero cuando estábamos solas, la historia era diferente. Para ella, yo no era Lucía. Yo era “el problema”. Yo era la niña rara que no tenía novio, que trabajaba en cosas que no daban dinero y que, para colmo, tenía la extraña costumbre de evitar el contacto visual, haciéndola quedar mal ante sus amigas de la alta sociedad catalana.
El domingo llegó con la pesadez de una losa. Me puse un vestido azul marino que consideré suficientemente “no triste” y me recogí el pelo. Llegué al restaurante a las dos y veinticinco. El Botafumeiro olía a marisco caro y a perfume de señora rica.
Allí estaban, ocupando una de las mesas grandes del fondo. Mi madre estaba radiante. Llevaba una blusa de seda que probablemente costaba más que mi alquiler, y el pelo perfectamente ahuecado. A su lado, Arturo, sonriendo con sus dientes de piano. Al otro lado, las tías. La tía Pili, que siempre olía a laca y a naftalina, y la tía Montse, que se pasaba la vida quejándose de la ciática y del gobierno, independientemente de quién gobernara.
—¡Mi niña! —gritó mi madre en cuanto me vio acercarme. Se levantó con una agilidad sorprendente para sus tacones y me envolvió en un abrazo que olía a Chanel Nº5 y a laca Elnett—. ¡Qué preciosa estás! Mírala, Arturo, ¿no es una preciosidad?
Arturo se levantó, ajustándose la americana. Me tendió la mano con una sonrisa deslumbrante. Yo miré su corbata. Era azul con puntitos. Muy segura. Muy de notario.
—Hombre, Lucía. Qué alegría volver a verte. Tu madre no para de hablar de ti —dijo Arturo con una voz profunda y engolada.
—Hola, Arturo. Qué tal. Hola, mamá. Hola, tías.
Me senté. La tía Montse ya estaba atacando el pan.
—Nena, estás muy flaca —sentenció Montse—. Esta niña no come. En mis tiempos, las mujeres teníamos curvas. Ahora parecéis fideos.
—Déjala, Montse, si a los chicos de hoy en día les gustan así, andróginas —comentó Pili, mientras se ajustaba las gafas de ver de cerca para leer la carta de vinos.
—Mi Lucía tiene una figura estupenda —intervino mi madre, acariciándome la mano por encima del mantel—. Es que trabaja mucho, la pobre. En esa galería suya. Es toda una intelectual. ¿A que sí, cariño?
La miré. No a los ojos, por supuesto. Miré su collar de perlas.
—Sí, mamá. Trabajo mucho.
La comida transcurrió como suelen transcurrir estas comidas: mucho ruido, mucho vino blanco frío, cigalas que salpicaban y conversaciones que saltaban del precio de la vivienda en Sarrià a los problemas de rodilla del vecino del quinto. Yo me dedicaba a asentir, sonreír y comer marisco como si no hubiera un mañana. Mantener el contacto visual al mínimo era mi estrategia de supervivencia.
Todo iba bien hasta el segundo plato. Arturo se había pedido un chuletón, mi madre una lubina al horno. Yo estaba peleándome con un pulpo a la gallega cuando la conversación dio un giro inesperado.
—Y bueno, Lucía —dijo Arturo, limpiándose la comisura de la boca con la servilleta de tela blanca—. Tu madre me ha contado que te sientes un poco… estancada últimamente.
Dejé el tenedor. Parpadeé. Miré a Arturo (a su barbilla partida, concretamente).
—¿Estancada? ¿Yo? —Miré a mi madre. Estaba cortando su lubina con una delicadeza quirúrgica.
—Bueno, cariño —dijo ella, con una voz suave, melosa, pensada especialmente para que las tías la escucharan y pensaran “qué buena madre es”—. Ya sabes. Tu trabajo en la galería no te está llevando a ninguna parte. Siempre me dices que estás cansada de la rutina de Barcelona. Que necesitas un cambio de aires.
—Mamá, yo nunca te he dicho que quiera un cambio de aires. A mí me gusta Barcelona.
—Ay, esta juventud —interrumpió Pili, agitando la mano—. No saben lo que quieren. Hoy en día lo tienen todo tan fácil que se aburren.
—Es el estrés de la ciudad grande —añadió Montse, asintiendo con la boca llena de patata—. La contaminación afecta a las neuronas. Lo leí en Facebook.
Mi corazón empezó a latir un poco más rápido. Había una encerrona formándose en esta mesa, y yo estaba en el centro geométrico.
—Lucía, cielo —continuó mi madre, dejando los cubiertos y mirándome con una expresión de preocupación tan perfectamente ensayada que merecía un Goya—. Arturo y yo hemos estado hablando. Nos preocupas. Eres joven, eres lista… pero creemos que este ambiente te está limitando. Te estás marchitando aquí.
—¿Marchitando? Mamá, tengo 26 años, no soy un ficus.
—No te pongas a la defensiva, nena —intervino Arturo, con tono condescendiente—. Solo queremos lo mejor para ti. Tu madre y yo… bueno, nos vamos a casar en seis meses. Y queremos empezar nuestra vida matrimonial sabiendo que tú estás bien encaminada.
Hubo un silencio en la mesa. Las tías dejaron de masticar. Hasta el camarero que pasaba por detrás pareció ralentizar el paso.
—¿Bien encaminada hacia dónde, exactamente? —pregunte, sintiendo cómo se me secaba la boca.
Mi madre suspiró. Un suspiro de santa mártir. De madre sufridora.
—He encontrado un lugar maravilloso, Lucía. En Suiza. Cerca de Ginebra. Es un instituto. Una especie de… academia de perfeccionamiento para señoritas y jóvenes profesionales que necesitan reencontrar su propósito.
—¿Un retiro espiritual? —pregunté, frunciendo el ceño.
—No exactamente —dijo Arturo, tosiendo un poco—. Es un programa residencial. Seis meses. Muy intensivo. Te enseñan disciplina, idiomas, protocolo, gestión emocional… Es estupendo. Conozco al director. Le envié allí a mi sobrino Carlitos cuando le dio por… bueno, por la música electrónica y las malas compañías. Salió de allí siendo otro. Ahora trabaja en un banco.
—Mamá —dije, bajando el tono de voz para que no se me notara el temblor—. Me estás sugiriendo… ¿que me vaya a un internado en Suiza? ¿A los 26 años?
—Es un programa para adultos jóvenes, cariño —dijo mi madre, sonriendo con ternura y apretándome la mano de nuevo—. Y no te preocupes por el dinero, Arturo insiste en pagarlo todo. Como regalo de bodas para mí. Para que yo esté tranquila.
La miré.
No a las perlas. No a la frente.
Esta vez, por la sorpresa, la indignación y la pura incredulidad, cometí el error de levantar la vista. Miré directamente a los ojos de mi madre.
Uno, dos, tres segundos.
Fue como si la realidad se rasgara. El ruido de los platos, las risas de las mesas vecinas, el olor a marisco… todo desapareció. En su lugar, a través de sus pupilas castañas, vi la verdad. Se desplegó ante mí como una película nítida y cruel.
No era un instituto de perfeccionamiento.

Vi la imagen mental clara que ella tenía en la cabeza: un edificio gris, rodeado de muros altos. Vi un documento que había estado firmando esa misma mañana. Instituto San Jerónimo para la Corrección Conductual y Psiquiátrica. Una institución de dudosa legalidad legalizada en un cantón suizo oscuro, famosa por “silenciar” a familiares incómodos de familias pudientes bajo el pretexto de “agotamiento mental”.
Vi su intención real: quitarme de en medio. Limpiar la casa. Arturo no quería “cargas” ni “hijastras raras”. Mi madre me veía como una mancha en su nuevo cuadro perfecto, un estorbo para su nueva vida en la alta burguesía. Y lo peor de todo: vi cómo planeaba incapacitarme legalmente alegando problemas mentales graves (mi historial de evitar el contacto visual y mi antigua visita al psiquiatra iban a ser sus pruebas) si yo me negaba a firmar la entrada voluntaria.
Me solté de su mano como si quemara.
—Lucía, cielo, te has puesto pálida —dijo la tía Montse.
—¿Estás bien, nena? —preguntó mi madre. En sus ojos ya no vi la visión, sino la máscara de preocupación. Pero el daño estaba hecho.
Yo solo quería ser amada. Solo quería que, en el fondo, detrás de su esnobismo, mi madre me quisiera un poco. Pero mi sexto sentido acababa de phơi bày—de revelar, de desnudar— la intención más oscura, fría y calculadora que había visto jamás.
Iba a intentar encerrarme.
Y lo iba a hacer con una sonrisa maternal.
Tragué saliva. La indignación me subió por la garganta como bilis, pero la reprimí. Si montaba un escándalo aquí, le daría exactamente la munición que necesitaba para llamarme “histérica” o “desequilibrada”. Tenía que jugar. Tenía que iniciar una guerra silenciosa.
—Suiza —dije por fin, forzando una sonrisa que me dolió en la cara—. Vaya. Es… es mucho que asimilar, mamá. Qué sorpresa tan… generosa.
Arturo sonrió, relajándose. Mi madre suspiró, aliviada.
—Ya sabía yo que lo entenderías, mi amor —dijo ella, levantando su copa de vino—. Por los nuevos comienzos.
Brindamos. El cristal tintineó. Pero mientras yo bebía mi agua con gas, mi mente ya estaba trabajando a mil por hora. Si querían guerra en Barcelona, iban a tener la guerra más grande que esta ciudad hubiera visto desde la época de Gaudí. No me iban a enviar a ningún puto reformatorio suizo sin pelear.
PARTE 2: Un plan de contraataque con sabor a cortado descafeinado de máquina
El lunes por la mañana en la galería de arte contemporáneo “Espai Buit” (Espacio Vacío, un nombre que hacía justicia tanto al concepto artístico como a nuestra cuenta de resultados) transcurrió con la lentitud desesperante de un caracol subiendo por un cristal. Yo estaba sentada detrás del mostrador de recepción, rodeada de esculturas hechas con alambre reciclado y tapones de corcho que nuestro artista del mes insistía en llamar “Grito Urbano”.
Marc, mi jefe, mejor amigo y la única persona en Barcelona que sabía lo de mi “problemilla” visual, entró en la galería arrastrando los pies y sosteniendo un vaso de café de cartón como si fuera el Santo Grial. Marc es el típico barcelonés de Gràcia: lleva gorro de lana en agosto, gafas de pasta sin graduar y siempre está a punto de lanzar una startup que nunca termina de cuajar.
—Tía, tengo una resaca que me habla en arameo —anunció, dejándose caer en la silla de diseño escandinavo que teníamos para los clientes y que era dolorosamente incómoda—. Anoche me liaron unos suecos en el Razzmatazz y terminé bebiendo algo que sabía a regaliz y a desinfectante de heridas. ¿Qué tal tu domingo familiar? ¿Hubo heridos?
Lo miré fijamente. No a los ojos, sino a la montura de sus gafas.
—Marc, mi madre me quiere meter en un loquero suizo.
Marc paró la taza de café a milímetros de sus labios. Me miró. Luego miró a la escultura de alambre. Luego otra vez a mí.
—Joder, Lucía. Y yo quejándome de mi resaca. A ver, desarrolla eso. ¿Qué significa “un loquero suizo”? ¿Te ha visto hablar sola por la calle?
—No, Marc. Es en serio. Ayer en el Botafumeiro me soltaron el bombazo. Arturo, el de los dientes de piano, tiene un amigo que dirige una clínica en Ginebra. Lo venden como un retiro para jóvenes sin rumbo, pero cuando miré a mi madre a los ojos… lo vi. Vi los papeles. Vi la intención. Quieren declararme inestable para apartarme del medio y que no moleste en su nueva, idílica y asquerosamente rica vida matrimonial.
Marc silbó por lo bajo. Se olvidó del café y se inclinó hacia delante. A pesar de su aspecto de pasota, Marc es un estratega nato. Se ha pasado la vida esquivando a caseros, inspectores de hacienda y exnovios tóxicos, así que tiene un máster en supervivencia urbana.
—Hostia puta con la Carmen. Sabía que era intensa, pero esto es nivel telenovela de las cuatro de la tarde. A ver, si tú lo viste, es que es cien por cien real. Tu radar nunca falla. ¿Qué vas a hacer? ¿Huir a México? Tengo un primo en Tulum que alquila cabañas.
—No voy a huir, Marc. Esa es mi ciudad. Este es mi piso de sesenta metros cuadrados con humedades que pago a precio de palacio. No me van a echar de mi vida porque a un pijo del club de polo le incomode mi existencia. Voy a desmontar el chiringuito. Pero necesito saber más. Necesito saber qué esconde Arturo.
—¿Arturo? ¿El Ken madurito? —Marc se rascó la barba rala—. Parece el típico tío que esconde dinero en Andorra o que tiene una segunda familia en Móstoles.
—Exacto. Alguien que sugiere mandar a la hija de su prometida a un psiquiátrico suizo no es trigo limpio. Tiene que haber algo más. Mi madre es manipuladora, sí, pero es muy cobarde para idear todo esto sola. Arturo es el cerebro de la operación “Desterrar a Lucía”. Y tengo que mirarle a los ojos. A él.
Marc tragó saliva. Sabía lo mucho que me costaba usar mi don, especialmente con gente que me daba mala espina. La última vez que miré a los ojos a un baboso en una discoteca, estuve dos días con migraña y náuseas por las cosas repugnantes que vi en su cabeza.
—¿Estás segura? Mirar a ese tío puede ser como asomarse a una fosa séptica con traje de chaqueta.
—No tengo opción. Voy a citarle esta tarde. A solas. Le diré que quiero hablar sobre Suiza, que estoy “recapacitando”.
Esa misma tarde, le envié un mensaje a Arturo pidiéndole que nos viéramos en el Café de l’Òpera, en las Ramblas. Un sitio clásico, neutral, y con suficiente ruido de guiris y camareros cabreados como para no levantar sospechas. Llegó diez minutos tarde, haciendo aspavientos con las manos y quejándose del tráfico de las Rondas, como hacen todos los señores que conducen coches demasiado grandes para la ciudad.
—¡Lucía, querida! —Me plantó dos besos sonoros en las mejillas, oliendo a colonia cara y a tabaco rubio—. Qué sorpresa tu mensaje. Tu madre se ha puesto contentísima cuando le he dicho que querías verme. Pediré un cortado. ¡Jefe! ¡Un cortado, descafeinado de máquina, la leche templada, no hirviendo!
Se sentó frente a mí, ajustándose los puños de la camisa. Me forcé a mantener una sonrisa temblorosa, la típica de una “niña perdida” que está a punto de aceptar su destino.
—Arturo, gracias por venir —empecé, bajando la voz, jugando con el azucarillo—. He estado pensando en lo de ayer. En lo de Ginebra.
—Es una oportunidad de oro, Lucía. Créeme. —Se inclinó sobre la mesa de mármol, adoptando una pose paternal que me revolvió el estómago—. Eres una chica lista, pero estás desperdiciada. En ese centro te darán herramientas. Te pulirán.
Respiré hondo. El corazón me latía en las sienes. Era ahora o nunca.
Levanté la barbilla. Y en lugar de mirar a su corbata o a su frente, clavé mis pupilas directamente en las suyas.
Uno. Dos. Tres segundos.
El bullicio de las Ramblas se apagó. El camarero gritando “¡Mesa cuatro!” se desvaneció. Las pupilas de Arturo, de un azul deslavado, se convirtieron en un proyector de cine.
Y la verdad me golpeó como un tren de mercancías.
No vi a un empresario exitoso. Vi montañas de papeles con sellos rojos de “EMBARGO”. Vi correos electrónicos de abogados del banco exigiendo pagos inmediatos. Vi una constructora, la suya, completamente en la ruina, hundida por deudas de juego y malas inversiones en la costa de Levante. Arturo no tenía un duro. Era un cascarón vacío envuelto en trajes a medida.
Pero la visión no terminó ahí. Vi a mi madre. Vi la cuenta bancaria de mi madre, jugosa, heredada en parte de mi abuelo y en parte del divorcio. Vi el anillo de compromiso. Arturo se casaba con mi madre única y exclusivamente para tener acceso a sus cuentas y salvar su propio trasero de ir a la cárcel por alzamiento de bienes.
¿Y yo? Yo era la piedra en el zapato. Como hija única, yo era la heredera natural. Si mi madre quería vender propiedades o hacer “préstamos” grandes a Arturo después de casarse, yo podía oponerme o hacer preguntas. Pero si yo estaba legalmente incapacitada en Suiza, bajo el cuidado de su “amigo” el director del centro… Arturo tendría vía libre para saquear a Carmen. Y el amigo suizo, por supuesto, se llevaba una suculenta comisión por internarme.
Rompí el contacto visual de golpe, jadeando, echándome hacia atrás en la silla de madera y mimbre. El ruido del café volvió de sopetón.
—Lucía, ¿estás bien? —Arturo frunció el ceño, aunque su voz sonaba más molesta que preocupada—. Te has puesto a sudar. Si es que tienes los nervios destrozados, chiquilla. Mírate. Es evidente que necesitas el reposo en Suiza.
—Sí… —conseguí articular, apretando los puños debajo de la mesa para que no viera cómo temblaba de pura rabia—. Tienes razón, Arturo. Tengo los nervios… a flor de piel.
Me levanté de repente, tirando el azucarillo al suelo.
—Me voy a casa a descansar. Dile a mi madre que… que me lo estoy pensando muy seriamente. Que creo que es una gran idea.
—Esa es la actitud —sonrió, mostrando otra vez el teclado de piano—. Te acompaño a la puerta. Yo pago.
Salí a las Ramblas y caminé a paso rápido hasta la Plaza Catalunya, mezclándome entre la multitud. Sacudí las manos, intentando quitarme la sensación de suciedad que me había dejado la visión. Arturo no solo era un cabrón manipulador; era un estafador. Iba a arruinar a mi madre. Iba a dejarla en la calle. Y, por muy tóxica, clasista y manipuladora que fuera Carmen… era mi madre. Y nadie la estafaba en mi ciudad excepto, quizás, el Ayuntamiento con los impuestos.
Saqué el móvil y llamé a Marc.
—Prepara café del bueno, Marc. Necesitamos un ordenador potente, un amigo informático de los tuyos de la dark web y mucha, mucha paciencia. Vamos a hundirle la vida a un pijo.
PARTE 3: El hacker de Gràcia y la cena de compromiso
La operación, a la que Marc bautizó como “Misión: Salvar a la Pija Madre y Hundir al Dientes”, se instaló en mi salón. Marc trajo a un tipo al que llamaba “El Xapas”. Era un informático que vivía en el Carmel, se alimentaba exclusivamente de ramen instantáneo y tenía la asombrosa habilidad de encontrar la talla de zapatos de cualquier persona con solo mirar su dirección IP.

—A ver, nena —dijo El Xapas, tecleando a la velocidad de la luz en un portátil que parecía sacado de un desguace ruso—. Este tal Arturo tiene la huella digital de un boomer, lo cual facilita las cosas. Usa la misma contraseña para todo. ‘GolfPadel1965’. Debería darle vergüenza.
Estábamos sentados en el suelo de mi piso, comiendo pizza fría. Llevábamos tres días buceando en la vida privada del futuro marido de mi madre. Y lo que habíamos encontrado era para escribir un thriller financiero.
—Mira esto —El Xapas giró la pantalla hacia nosotros—. Su empresa, ‘Inversiones Arturo S.L.’, está en concurso de acreedores desde hace un año. Le debe dinero a Hacienda, a la Seguridad Social, y a un par de tipos en Marbella que, por los mensajes de WhatsApp que he interceptado, no parecen el tipo de gente que manda burofaxes. Mandan a tíos con bates de béisbol.
—Madre mía —suspiró Marc, con un trozo de pizza a medio camino de la boca—. El Ken está a un paso de que le rompan las piernas.
—Y eso no es lo mejor —continuó El Xapas, abriendo una carpeta en el escritorio—. Aquí están los correos con el director de la clínica de Suiza. El tal doctor Müller. Resulta que Arturo cobra una comisión del 15% por cada “paciente” de la alta sociedad que deriva a la clínica. En tu caso, Lucía, la factura mensual que le iban a pasar a tu madre era de doce mil euros. Arturo se iba a embolsar casi dos mil pavos al mes solo por tenerte allí sedada haciendo macramé.
—Es un parásito —dije, sintiendo una mezcla de náuseas y triunfo—. Es perfecto. Lo tenemos. Lo tenemos pillado por los testículos. Imprímelo todo, Xapas. Todo. Correos, embargos, deudas, mensajes de los matones. Todo.
—¿Y qué vas a hacer con eso? —preguntó Marc—. ¿Se lo vas a dar a tu madre en un sobre manila como en una peli de detectives?
—No. Mi madre negaría la mayor. Diría que son documentos falsificados por mi “mente enferma” para boicotear su felicidad. Para que ella lo crea, tiene que explotarle en la cara en público. Donde no pueda mirar hacia otro lado. Y donde él no pueda escapar.
La oportunidad se presentó en bandeja de plata dos días después. Mi madre había organizado una cena íntima en el reservado del restaurante del Hotel W, ese que tiene forma de vela y mira al mar. La excusa era oficializar la fecha de la boda y presentar el diseño de las invitaciones a las tías, a un par de amigas íntimas de mi madre (señoras con la cara tan estirada que no podían cerrar los ojos del todo) y a un par de socios del club náutico de Arturo que aún no sabían que estaba arruinado. En total, unas quince personas. El público perfecto para el hundimiento del Titanic.
El sábado por la noche me puse mi mejor vestido rojo. Si iba a ir a la guerra, iba a ir vestida para matar. Me pinté los labios, me solté el pelo y metí una carpeta azul gruesa, llena de impresiones en alta calidad, en mi bolso de mano.
Cuando llegué al restaurante, en la última planta del hotel, la vista de Barcelona iluminada era espectacular. Las luces de la costa, el mar oscuro rompiendo contra el espigón… un escenario de película. Mi madre estaba radiante, en su salsa, recibiendo a los invitados con copas de cava y risas falsas que sonaban a cristal chocar.
—¡Lucía, cariño! —Mi madre me vio entrar y se acercó, agarrándome del brazo con una fuerza sorprendente para sus dedos huesudos—. Qué elegante vas. ¿Ves cómo cuando quieres no pareces una pordiosera? Arturo me ha dicho que lo de Suiza va viento en popa. Estoy tan orgullosa de ti. Has madurado.
La miré, esta vez a la nariz.
—Sí, mamá. He madurado muchísimo. Esta noche va a ser inolvidable.
La cena comenzó. Carpaccio de buey, vieiras, vino blanco carísimo. La conversación giraba en torno a lo maravillosa que iba a ser la boda en la masía del Empordà. Arturo estaba exultante, sentado en la cabecera de la mesa al lado de mi madre, alzando la copa cada dos por tres y contando anécdotas aburridas sobre su hándicap en el golf. Las amigas de mi madre asentían embelesadas. La tía Montse se quejaba de que el aire acondicionado estaba muy fuerte. Todo normal.
Esperé a los postres. Cuando empezaron a servir el coulant de chocolate, Arturo se puso en pie, golpeando suavemente su copa con un tenedor.
—Atención, familia, amigos. —El silencio cayó sobre la mesa. Arturo miró a mi madre con devoción ensayada—. Carmen, mi amor. Hoy no solo celebramos que pronto serás mi esposa. También celebramos que nuestra querida Lucía —y me señaló con la mano abierta, como si yo fuera un premio en un concurso de la tele— ha decidido dar un paso valiente hacia su bienestar. La semana que viene ingresará en el Instituto San Jerónimo de Ginebra, para descansar, encontrarse a sí misma y volver siendo la mujer brillante que todos sabemos que es.
Hubo murmullos de aprobación. Las amigas de mi madre me miraron con esa mezcla de lástima condescendiente que solo las señoras ricas saben poner. “Pobrecita, está loca, pero al menos tiene dinero”, parecían pensar. Mi madre se secó una lágrima falsa con la servilleta.
Me levanté despacio. Agarré mi bolso, lo abrí y saqué la gruesa carpeta azul. La dejé caer sobre el mantel blanco con un golpe seco que resonó en el reservado.
—Gracias, Arturo, por tus hermosas palabras —dije, proyectando la voz para que me escucharan hasta en la cocina—. La verdad es que Ginebra suena muy bien. Suiza es famosa por sus montañas, su chocolate… y su secreto bancario. Aunque, por lo que veo en estos documentos, tú de bancos ya no quieres saber nada, ¿verdad?
Arturo dejó de sonreír. Su bronceado pareció perder dos tonos de golpe.
—Lucía, cielo, ¿qué es eso? —Mi madre frunció el ceño, molesta por la interrupción de su momento estelar.
—Son los deberes que me ha mandado el médico, mamá. He estado practicando mi “vuelta a la realidad”. —Abrí la carpeta y saqué el primer folio—. Por ejemplo, he vuelto a la realidad de que Inversiones Arturo S.L. debe un millón doscientos mil euros a Hacienda.
El silencio en la mesa fue absoluto. Solo se oía el zumbido del aire acondicionado.
—¿Qué… qué barbaridad estás diciendo, Lucía? Te está dando un brote. —Arturo intentó mantener el tono condescendiente, pero la voz le temblaba. Dio un paso hacia mí para coger la carpeta, pero yo la aparté rápidamente.
—¿Un brote? No, no, Arturo. Un brote es lo que te va a dar a ti cuando los matones de Marbella, a los que debes ciento cincuenta mil euros de una timba de póker, te encuentren. Tengo aquí las copias de los WhatsApps que te mandaron el martes. Dicen algo de… “romperte los dientes de porcelana a martillazos”. Qué poca poesía tienen en el sur, ¿verdad?
La tía Montse se atragantó con el vino. Una de las amigas de mi madre se llevó la mano al pecho. Mi madre estaba congelada, mirando alternativamente a mí y a Arturo.
—Arturo… ¿qué es esto? —susurró mi madre, la voz estrangulada.
—¡Es mentira, Carmen! ¡Son falsificaciones! —gritó Arturo, perdiendo por completo los papeles. Su cara estaba roja, las venas del cuello marcadas—. ¡Te lo dije! ¡Esta chica está enferma de la cabeza! ¡Tiene delirios! ¡Hay que encerrarla ya!
—¿Delirios? —Sonreí de forma helada y saqué los últimos folios—. Esto sí que es un delirio, mamá. Los correos entre tu queridísimo prometido y el doctor Müller de la clínica suiza. Arturo recibe un quince por ciento de comisión por encerrarme allí y medicarme. Te iba a costar doce mil euros al mes, de los cuales él se llevaba casi dos mil. Y una vez que yo estuviera legalmente declarada “inestable”, Arturo tendría control total sobre tus cuentas como tu marido legal, sin que yo pudiera impedirlo para pagar sus deudas millonarias. Te iba a dejar en la ruina, mamá. Iba a vender hasta la casa de la Cerdanya.
Lancé los papeles al centro de la mesa. Cayeron sobre las copas de cristal, sobre los manteles blancos, como una lluvia de sentencias de muerte financiera. Los socios del club náutico se levantaron inmediatamente para coger los folios y leerlos por sí mismos.
—¡Hija de puta! —bramó Arturo, avanzando hacia mí con los puños cerrados, perdiendo toda su fachada de caballero pijo.
Antes de que pudiera acercarse a menos de un metro, uno de sus propios socios del club de golf, un hombre robusto con cara de pocos amigos, le puso una mano firme en el pecho, deteniéndolo en seco.
—Ni se te ocurra, Arturo —gruñó el socio—. Ya nos has jodido a varios con tus chanchullos inmobiliarios. A la chica no la tocas.
Mi madre seguía inmóvil en su silla. Tenía uno de los papeles en las manos. Estaba leyendo los correos del psiquiátrico. Sus ojos, normalmente llenos de prepotencia, ahora estaban abiertos de par en par, llenos de un horror absoluto. El maquillaje perfecto parecía de repente una máscara agrietada. Me miró. Luego miró a Arturo.
—Fuera —susurró mi madre.
—Carmen, mi amor, escúchame… es una trampa de la niña…
—¡QUE TE LARGUES DE AQUÍ INMEDIATAMENTE! —El grito de mi madre resonó en todo el hotel W, agudo, fiero, como una leona a la que acaban de intentar quitarle las crías. Y, sobre todo, a la que le han intentado robar la cartera. Lanzó su copa de cava intacta directo al pecho de Arturo. El líquido dorado empapó su camisa a medida y su corbata de seda.
Arturo miró a su alrededor. Vio el asco en las caras de sus socios, el juicio implacable en las amigas de mi madre, y mi sonrisa triunfal. No dijo nada más. Dio media vuelta y salió corriendo del reservado, pareciendo de repente un hombre viejo, encorvado y acabado.
PARTE 4: El epílogo en Gràcia y la paz de los miopes
El silencio que siguió a la huida de Arturo fue espeso. La tía Pili rompió el hielo poniéndose las gafas de leer y cogiendo uno de los papeles del centro de la mesa.
—Pues menos mal que no hemos pagado todavía los billetes a Ginebra, hija, porque con lo caros que están los vuelos… —comentó con total naturalidad, mientras volvía a atacar su coulant de chocolate.
Yo me dejé caer en mi silla, soltando todo el aire que había contenido en los últimos tres días. La adrenalina empezó a bajar, dejándome una sensación de cansancio profundo pero inmensamente satisfactorio.
Mi madre se levantó despacio. Caminó alrededor de la mesa grande hasta llegar a mi silla. Esperaba que me gritara por haber montado el espectáculo, por haberla humillado en público revelando que casi se casa con un estafador. Sin embargo, lo que hizo me dejó paralizada. Se arrodilló a mi lado, sin importarle que las medias de seda se rasgaran con el suelo de madera, y me abrazó. Fue un abrazo real. Fuerte, desesperado y sin rastro del Chanel o de la falsedad habitual. Estaba temblando.

—Perdóname —me susurró al oído, con la voz rota—. Dios mío, Lucía, perdóname. Yo pensé… yo creía que… no quería verte, cariño. Solo quería la salida fácil. Casi dejo que te destruya.
Le devolví el abrazo lentamente. No iba a perdonar de la noche a la mañana años de negligencia emocional y de hacerme sentir que yo era “el problema” familiar. Sabía que la semana que viene mi madre volvería a quejarse de mi ropa o a exigir que me peinara de otra manera. Carmen es Carmen. Pero en ese momento, en ese abrazo, algo se había roto y algo nuevo, más honesto, había empezado a construirse.
—Tranquila, mamá —le respondí, acariciándole la espalda—. De momento, la casa de la Cerdanya sigue siendo tuya. Pero me debes un aumento en el presupuesto para ropa si quieres que siga viniendo a cenar a estos sitios.
Mi madre soltó una carcajada húmeda y se separó de mí, limpiándose el rímel corrido.
—Te compraré el Corte Inglés entero si quieres, niña.
Tres meses después, la vida en Barcelona había vuelto a su ritmo habitual. Las terrazas de Gràcia seguían llenas, los alquileres seguían imposibles, y el sol de primavera calentaba los adoquines de las plazas.
Arturo, por supuesto, había desaparecido del mapa. Las malas lenguas del club náutico decían que se había mudado a Portugal huyendo de sus acreedores, o quizás huyendo de los tíos de Marbella. En cualquier caso, no volvió a pisar el código postal de mi madre, que por cierto, ahora estaba yendo a terapia. Una terapeuta carísima de la zona alta, por supuesto, pero era un avance. Había dejado de presionarme con casarme o con buscar un trabajo “de verdad”, y hasta había venido un día a la galería a comprar una de las esculturas de corcho de Marc, solo para “apoyar el arte local”.
Estaba sentada en una terraza de la Plaza del Sol con Marc. Estábamos tomando un vermut casero con aceitunas, celebrando que el Espai Buit por fin había cerrado los números en positivo ese mes.
—Brindo por El Xapas —dijo Marc, alzando su vasito de cristal grueso—. Con el dinero que le pagaste de “recompensa” de los ahorros que tu madre no perdió, se ha comprado un ordenador que parece una nave espacial. Dice que ahora puede hackear el Pentágono si hace falta.
—Brindo por no ir a Suiza —respondí, chocando mi vaso con el suyo—. Me gusta demasiado el fuet como para alimentarme de queso gruyere el resto de mis días.
Di un sorbo al vermut. El sabor dulce y amargo resbaló por mi garganta. Observé la plaza. Un grupo de músicos callejeros tocaba la guitarra, unos niños jugaban a la pelota esquivando las mesas, y los perros olfateaban alegremente a los transeúntes.
De repente, un chico que estaba en la mesa de al lado, leyendo un libro gastado de Bukowski, levantó la vista. Tenía el pelo alborotado, una sonrisa ladeada y unos ojos verdes muy brillantes. Me miró directamente. Yo me quedé quieta.
Uno. Dos…
Aparté la mirada justo antes del tercer segundo y me centré en mi aceituna. Sonreí. No necesitaba saber qué oscuras, brillantes o aburridas intenciones tenía ese chico. No necesitaba usar mi maldición para todo. Había aprendido que el sexto sentido es una herramienta para sobrevivir a las tormentas, pero para disfrutar del paseo, a veces, la mejor decisión es simplemente dejarse llevar por la ignorancia y disfrutar de un buen vermut bajo el sol de Barcelona.
PARTE 5: El chico del Bukowski, el podólogo de la tía Montse y la terapia de Carmen
Había decidido ignorar mi don, pero la ciudad de Barcelona tiene una forma muy particular de ponerte a prueba. Y mi prueba tenía nombre: Hugo.
El chico del libro de Bukowski en la Plaza del Sol no se había quedado en una simple anécdota visual. Aquel día, después de que yo apartara la mirada para concentrarme en mi aceituna, él cerró el libro de golpe, se levantó con su cerveza a medio terminar y se acercó a nuestra mesa. Marc, que tiene el instinto de conservación de un caniche toy, se puso a la defensiva de inmediato, cruzando los brazos sobre su camiseta de rayas.
—Hola —dijo Hugo. Su voz era grave, un poco rasposa, como si acabara de despertarse o de fumarse un paquete de Celtas cortos, aunque olía a jabón de lavanda—. Perdona que os interrumpa. Es que te he visto sonreír a tu aceituna como si te acabara de contar un chiste buenísimo, y me ha dado envidia. Los poemas de Bukowski son una mierda de compañía para un vermut de domingo.
Yo me reí. Marc resopló, murmurando algo sobre “intensitos de Gràcia”, pero yo le di una patada por debajo de la mesa. Así fue como Hugo y yo empezamos a hablar. Resultó que era arquitecto, o al menos eso ponía en su título, porque en la práctica se dedicaba a diseñar reformas de cocinas minúsculas para “pisos colmena” en el Raval. Era divertido, rápido mentalmente y tenía la extraña cualidad de no tomarse a sí mismo demasiado en serio.
Y lo más importante: me había pasado tres citas enteras con él sin mirarle a los ojos más de dos segundos y medio.
Era un esfuerzo titánico. Mantener una conversación romántica mirando al lóbulo de la oreja de la otra persona, o fingiendo un interés desmedido por la espuma de tu cortado, no es la técnica de seducción más eficaz del mundo. Pero funcionaba. Llevábamos un mes viéndonos y todo iba peligrosamente normal. Demasiado normal.
Un jueves por la tarde, la tranquilidad saltó por los aires. Estaba en la galería con Marc, intentando convencer a una señora con un abrigo de visón (en pleno mayo, porque el aire acondicionado de las tiendas de Paseo de Gracia exige ropa de invierno) de que una mancha roja sobre un lienzo azul representaba “la angustia del proletariado moderno”.
El móvil vibró en mi bolsillo trasero. El identificador de llamadas mostraba una foto de mi madre, Carmen, con gafas de sol gigantes en una terraza de Sitges. Suspiré, le pedí disculpas a la señora del visón y me metí en el pequeño almacén trasero para contestar.
—Mamá. ¿Qué pasa? Estoy trabajando.
—¡Lucía, cariño! —su voz sonaba alarmantemente alegre. Desde que iba a terapia, Carmen había sustituido la indignación crónica por una especie de euforia zen que me daba mucho más miedo—. Dime que tienes libre este sábado por la noche.
—No lo sé. Quizás quede con Hugo. ¿Por qué?
—¡Ay, el chico de los planos de cocinas! —Mi madre nunca se aprendía el nombre de mis ligues, solo sus profesiones, y siempre las reducía a lo más mundano—. Déjale las cocinas a Karlos Arguiñano por un día. Tienes que venir a cenar a casa. Tu tía Montse y tu tía Pili vienen, y Montse trae un invitado sorpresa para ti.
El estómago me dio un vuelco.
—¿Un invitado sorpresa? Mamá, por favor. Dime que no me ha buscado una cita a ciegas. Ya tengo a alguien. Y la última vez que la tía Montse me presentó a un “chico estupendo”, resultó ser un fanático de los trenes en miniatura que me habló durante tres horas sobre el ancho de vía de la línea R4 de Rodalies.
—No seas exagerada, Lucía. Esta vez es diferente. Es su podólogo. El doctor Bernat. Un chico guapísimo, con clínica propia en Balmes. Montse dice que tiene unas manos divinas para quitar durezas, así que imagínate qué tacto tendrá para todo lo demás. Además, mi terapeuta, la doctora Valls, dice que es importante que yo fomente la cohesión familiar y el apoyo intergeneracional.
Respiré hondo. La maldita doctora Valls. Le cobraba a mi madre ciento cincuenta euros la hora por decirle obviedades con palabras esdrújulas.
—Mamá, no voy a ir a una cita con el hombre que le lima los callos a la tía Montse. Me niego.
—Lucía… —El tono zen desapareció, y la Carmen de toda la vida asomó la patita—. No me hagas montar un número. Hemos avanzado mucho desde lo de Arturo. No me castigues ahora con tu rebeldía postadolescente. Solo es una cena. Te pones el vestido verde, sonríes, te comes la merluza y, si el podólogo no te gusta, le dices que te duele la cabeza y te vas. Pero ven. Por mí.
El chantaje emocional. Su especialidad olímpica.
—Vale —mascullé, derrotada—. Iré. Pero si me habla de juanetes durante los aperitivos, cojo el bolso y me voy al bar de abajo.
—¡Esa es mi niña! Un besito, te quiero.
Colgué y salí del almacén frotándome las sienes. Marc me miró desde el mostrador. La señora del visón se había ido, afortunadamente sin comprar la angustia del proletariado.
—¿Problemas en el paraíso terapéutico de la Pija Madre? —preguntó Marc, girando un bolígrafo entre sus dedos.
—Cena familiar este sábado. La tía Montse me trae de trofeo a su podólogo para que me case con él. Y tengo que ir porque mi madre está usando su nueva “estabilidad emocional” como arma arrojadiza.
—Maravilloso. Oye, ¿y si te llevas a Hugo? —sugirió Marc, con los ojos brillando de pura maldad—. Preséntalo como tu novio oficial. Imagina la cara de la tía Montse cuando vea que su podólogo ha sido desbancado por un tío que diseña cocinas de IKEA para pisos de treinta metros cuadrados.
—Estás loco. Hugo y yo llevamos un mes. Apenas le conozco. Aún no le he mirado a los ojos más de tres segundos, Marc. Llevarlo a una cena con mi madre es someterlo a un interrogatorio del KGB sin anestesia.
—Pues ya va siendo hora de que le mires, ¿no crees? —Marc dejó el bolígrafo y se puso serio—. Llevas un mes esquivando su mirada. Lucía, tía, no puedes pasarte la vida saliendo con chicos mirando al techo. ¿Qué pasa si esconde algo raro? ¿Y si resulta que es de los que aplauden cuando aterriza el avión? ¿O peor, y si es fan de Paulo Coelho? Tienes un detector de capullos integrado. Úsalo.
Sabía que Marc tenía razón. Aquella misma noche había quedado con Hugo para cenar en un restaurante tailandés del barrio de Sant Antoni. El sitio estaba a reventar, olía a curry verde y a leche de coco, y teníamos una mesa minúscula pegada a la ventana.
Hugo estaba contándome una anécdota sobre cómo un cliente le había pedido instalar una bañera de hidromasaje en un baño donde apenas cabía el retrete, gesticulando con los palillos. Yo le escuchaba, riendo, pero mi mente estaba en el desafío. Tengo que mirarle. —Y entonces el tipo me dice que si quitamos el lavabo, la bañera cabe —Hugo se llevó un trozo de pollo a la boca—. Y yo le digo: “Claro, Paco, pero ¿dónde te lavas los dientes? ¿En la cocina con el estropajo?”. La gente está muy mal de la cabeza, te lo juro.
Se rió. Y en ese momento, levanté la vista. Apunté directamente a sus pupilas. Verdes, moteadas de marrón cerca del iris.
Uno.
Él siguió sonriendo, masticando despacio.
Dos.
Su expresión cambió ligeramente, notando la intensidad de mi mirada. Parpadeó, pero no apartó los ojos.
Tres.
El ruido del restaurante tailandés desapareció. El picor del curry en mi lengua se desvaneció. La realidad se plegó y entré en su mente.
Me preparé para lo peor. Me preparé para ver otra familia secreta, deudas de juego, un alijo de drogas o, como decía Marc, una colección completa de libros de autoayuda. Pero lo que vi me dejó completamente descolocada.
Vi nerviosismo. Vi a Hugo, en su pequeño piso de soltero, probándose tres camisas diferentes antes de salir a cenar conmigo, maldiciendo frente al espejo porque sentía que no era “lo suficientemente guay” para mí. Vi una hoja de cálculo en su ordenador donde estaba calculando cómo llegar a fin de mes porque, a pesar de sus bromas, su estudio de arquitectura estaba pasando por un bache tremendo y no sabía cómo pagarse el alquiler del mes siguiente. Y, en lo más profundo, vi una intención tan pura que me dio ganas de llorar: solo quería hacerme reír. Su mayor objetivo aquella noche, su “intención oculta”, era conseguir que yo me relajara y me olvidara de la tensión que siempre llevaba en los hombros. No quería estafarme, no quería usarme. Solo estaba aterrorizado de que yo descubriera que estaba arruinado y le dejara.
Rompí el contacto visual. Volví a la mesa del tailandés con un jadeo sordo, aferrando los palillos con tanta fuerza que casi los parto por la mitad.
—¿Lucía? —Hugo dejó sus propios palillos en el cuenco de arroz. Su sonrisa había desaparecido, reemplazada por una mirada de preocupación absoluta—. ¿Estás bien? Te has quedado pálida de golpe. ¿Es el picante? Te dije que el Pad Thai de aquí era traicionero.
—No… no es el picante —conseguí decir, bebiendo un trago largo de cerveza Singha para calmar el nudo que se me había formado en la garganta—. Estoy bien. Hugo, yo…
Le miré de nuevo. Esta vez sin miedo. Sin activar ningún don. Solo a él. A sus ojos verdes.
—Hugo. Mi madre organiza una cena familiar este sábado. Es en su casa. Va a ir mi tía Montse, que es una pesadilla andante, y va a llevar a su podólogo para intentar emparejarme con él porque cree que estoy soltera y sin futuro. Es un circo. Va a haber preguntas incómodas, comentarios clasistas y probablemente merluza seca. ¿Quieres venir conmigo?
Hugo parpadeó, completamente desarmado. Se rascó la nuca.
—Espera, espera. ¿Me estás pidiendo que vaya a una cena de los horrores familiares para hacer de escudo humano contra un podólogo?
—Básicamente, sí. Y para presentarte como mi novio. Si te apetece, claro.
Una sonrisa lenta y socarrona se dibujó en su rostro. Se inclinó sobre la mesa.
—Me parece el plan más suicida y maravilloso que me han propuesto en años. Cuenta conmigo. Pero si la tía Montse me mira los pies, le cobro la consulta.
El sábado por la noche, nos plantamos en el portal de mi madre en el barrio de Sarrià. Hugo llevaba una camisa azul marino impecable (que ahora yo sabía que había planchado tres veces presa del pánico) y una botella de vino tinto que, por lo que vi en su cuenta bancaria mental, le había costado un riñón y medio.
Subimos en el ascensor de caoba en silencio. Yo le apreté la mano. Estaba frío y sudoroso.
—Relájate —le susurré—. Solo tienes que sonreír y asentir. Y si la cosa se pone fea, fingimos una intoxicación alimentaria y nos escapamos.
Las puertas del ascensor se abrieron directamente en el recibidor de la casa de mi madre. La puerta principal ya estaba entornada, y se oía el cloqueo característico de las tías desde el salón. Entramos.
—¡Mamá! Ya estamos aquí —anuncié, colgando mi chaqueta en el perchero.
Carmen apareció desde el pasillo que daba a la cocina. Llevaba un delantal de lino sobre una blusa de seda, el epítome de la falsa informalidad burguesa. Se detuvo en seco al ver a Hugo. Sus ojos escanearon al pobre chico de arriba abajo en un microsegundo, tasando sus zapatos, su corte de pelo y la etiqueta del vino.
—Lucía, cariño. No me dijiste que venías acompañada. —La voz de mi madre era dulce, pero tenía ese filo cortante que solo yo sabía detectar.
—Te lo insinué por teléfono, mamá. Te presento a Hugo. Hugo, esta es mi madre, Carmen.
—Encantado de conocerla, señora —dijo Hugo, dando un paso al frente y entregándole la botella de vino—. Lucía me ha hablado muchísimo de usted.
Mi madre cogió la botella. Miró la etiqueta. Vi cómo sus cejas se relajaban un milímetro. Un Rioja reserva. Bien jugado, Hugo.
—Gracias, joven. Qué detalle. Pasad al salón, por favor. Montse y el doctor Bernat ya han llegado.
Entramos en el inmenso salón decorado en tonos crudos. Y allí estaba el panorama. En los sofás blancos de diseño, la tía Pili bebía jerez, y la tía Montse le tocaba el brazo a un hombre de unos treinta y tantos años, con el pelo engominado hacia atrás, un traje gris impecable y un reloj que probablemente costaba más que el coche de Hugo. El famoso podólogo.
—¡Nena! —exclamó Montse al verme—. ¡Por fin llegas! Ven aquí, que te quiero presentar a Bernat. Bernat, esta es mi sobrina Lucía. La de la galería de arte. La intelectual.
Bernat se levantó. Era alto, atlético, con una sonrisa de anuncio dental. Me tendió la mano.
—Encantado, Lucía. Tu tía me ha cantado tus alabanzas durante toda la semana.
—Hola, Bernat. —Le estreché la mano y tiré de Hugo para que se pusiera a mi lado—. Y este es Hugo. Mi pareja.
El silencio cayó sobre el salón como una manta de plomo. La tía Montse parpadeó, mirando de Bernat a Hugo y de Hugo a Bernat, procesando el fracaso de su plan de celestina. La tía Pili dio un sorbito ruidoso a su jerez.
—¿Tu pareja? —repitió Montse, arrugando la nariz como si acabara de oler algo rancio—. Vaya. Pues no sabíamos nada. ¿Y tú, a qué te dedicas, chico?
—Soy arquitecto —respondió Hugo, manteniendo una calma admirable.
—Ah, arquitecto. Bueno, eso tiene más empaque que lo de la galería de la niña —intervino la tía Pili, intentando ser diplomática, fracasando estrepitosamente.
—¿Y tienes despacho propio? —atacó Montse, que no iba a rendirse tan fácilmente—. Porque Bernat aquí presente acaba de abrir su segunda clínica. En la zona alta, claro. Nada de barrios raros.
Hugo me miró de reojo. Yo le di un pequeño apretón en la mano.
—Tengo mi propio estudio, sí —mintió Hugo con una elegancia suprema, obviando el detalle de que su “estudio” era una mesa de caballetes en el salón de su casa—. Nos especializamos en optimización de espacios urbanos. Ya sabe, el futuro de la ciudad.
—Muy interesante —dijo Bernat, el podólogo, con un tono ligeramente condescendiente—. Yo siempre digo que los pies son los cimientos del cuerpo. Si los cimientos fallan, el edificio entero se derrumba. Igual que en la arquitectura, ¿verdad, Hugo?
Mi madre entró en el salón en ese preciso momento, trayendo una bandeja con canapés de salmón.
—Bueno, bueno, dejemos el trabajo para otro momento. Sentémonos. Bernat, querido, cuéntanos cómo está tu madre. Sé que andaba fastidiada de las cervicales.
La cena fue un auténtico campo de minas. Mi madre intentaba canalizar su terapia guiando la conversación hacia temas “neutros” como las vacaciones o las exposiciones de arte, pero la tía Montse estaba empeñada en hacer un concurso de méritos entre el podólogo y mi novio.
Bernat, por su parte, era insufrible. Pasó del primer plato al segundo explicándonos las virtudes de las plantillas ortopédicas de fibra de carbono, intercalando anécdotas sobre los barcos de sus amigos en Menorca. Yo me dedicaba a tragar vino y a mirar el plato. Hugo, sorprendentemente, aguantaba el tirón con estoicismo, respondiendo con cortesía e incluso haciendo algún chiste que hizo sonreír a mi madre a su pesar.
Pero la gota que colmó el vaso llegó con los postres.
Estábamos comiendo tarta de manzana cuando Bernat se giró hacia mí.
—Y dime, Lucía, ¿tú qué aspiraciones tienes? Porque el arte moderno está muy bien como afición, pero económicamente… no debe de ser muy estable, ¿no? Tu tía Montse me comentaba que a lo mejor necesitabas un empujoncito. Que estabas un poco… perdida.
Apreté los dientes. Montse no se había enterado de nada tras el desastre de Arturo. Seguían viéndome como a la “niña rarita y pobre” de la familia.
Iba a contestarle una bordería monumental, pero decidí usar mi arma secreta. Me giré hacia Bernat. Le miré a los ojos.
Uno. Dos. Tres segundos.
Oh, Dios mío.
Casi escupo la tarta de manzana.
El “perfecto” doctor Bernat, el soltero de oro de la tía Montse, el magnate de las plantillas de fibra de carbono. Su intención oculta era tan brillante, tan patética y tan escandalosa que tuve que morderme el labio hasta hacerme daño para no soltar una carcajada en mitad del salón.
No le interesaba yo. No le interesaban las mujeres en absoluto. Vi la imagen clarísima de su entrenador personal del gimnasio Metropolitan, un chico cubano con unos bíceps del tamaño de mi cabeza, con el que Bernat mantenía un romance secreto y apasionado desde hacía dos años. Bernat solo había accedido a venir a esta cena para calmar a su conservadora madre y a su cartera de clientas ancianas de la zona alta, manteniendo la fachada de yerno perfecto y heterosexual en busca de esposa. Su plan era salir unas cuantas veces conmigo, decir que “no había química” y ganar tiempo.
Rompí el contacto visual. Mi sonrisa ahora era depredadora.
—No te preocupes por mis finanzas, Bernat —dije, apoyando la barbilla en las manos y mirándole con una dulzura envenenada—. Estoy muy bien. De hecho, a mí me gusta la vida sencilla. No soy de grandes lujos ni de gimnasios caros. Tú sí debes entrenar mucho, ¿verdad? Tienes unos hombros muy marcados. Seguro que tienes un entrenador personal estupendo.
Bernat se quedó rígido. La cuchara de postre se quedó suspendida a mitad de camino hacia su boca.
—Eh… bueno, sí. Voy al Metropolitan. Para descargar estrés.
—Ya. El Metropolitan. Qué sitio tan… intenso —bajé la voz un poco, pero lo suficiente para que él me escuchara perfectamente—. Me han dicho que tienen entrenadores muy… dedicados. Especialmente los caribeños. Hacen sudar mucho.
El color abandonó la cara de Bernat a una velocidad vertiginosa. Tragó saliva de forma audible. Me miró a los ojos y supo, con ese instinto animal que todos tenemos cuando nos descubren un secreto, que yo lo sabía. No sabía cómo, pero lo sabía.
—Yo… sí. Son… muy profesionales —tartamudeó el podólogo, bajando la cuchara y aflojándose el nudo de la corbata de seda.
La tía Montse, ajena por completo al ataque de pánico interno de su protegido, metió baza.
—Bernat está hecho un toro. Es un partidazo, Lucía. No como otros que se dedican a hacer cocinitas.
Fue Hugo el que intervino entonces, antes de que yo pudiera rematar a Bernat.
—Tiene usted razón, Montse. Los arquitectos somos más de cerebro que de músculo. Pero oiga, al menos sabemos construir unos cimientos sólidos que no necesitan esconderse detrás de una plantilla falsa para parecer más altos.
Hugo me guiñó un ojo. Yo casi me enamoro de él en ese mismo instante.
Bernat tosió bruscamente, excusándose, y se levantó para ir al baño. Cuando volvió, diez minutos después, tenía la cara lavada y una prisa repentina por irse, alegando una urgencia matutina en la clínica. Montse se quedó desolada, sin entender por qué su candidato huía despavorido de la cena.
Cuando por fin terminó la velada y Hugo y yo estábamos esperando el ascensor para irnos, mi madre salió al rellano.
—Lucía. Hugo. —Carmen se cruzó de brazos. Llevaba la botella de Rioja vacía en una mano—. Tengo que admitir que el podólogo era un plomo. Y tú, Hugo… no estás mal. Eres educado. Y el vino era pasable.
Hugo sonrió con humildad.
—Gracias, Carmen. Prometo traer uno mejor la próxima vez.
Mi madre me miró a mí. Por un segundo, vi un destello de genuino afecto en sus ojos, sin falsedades, sin necesidad de usar mi sexto sentido.
—Cuídate, mi niña. Y dile a Marc que su asquerosa escultura de tapones de corcho se está deshaciendo en mi terraza.
Bajamos a la calle. El aire fresco de la madrugada barcelonesa nos golpeó la cara. Hugo soltó un suspiro tremendo y se desabrochó el botón del cuello de la camisa.
—He sobrevivido. ¿Me merezco un premio o no?
—Te mereces un monumento en la Plaza Catalunya —le dije, pasando mi brazo por su cintura—. O al menos, un shawarma doble en el Raval. Yo invito.
Y mientras caminábamos por la calle Muntaner, riendo, me di cuenta de que mi don no era una maldición. Era simplemente un filtro. Un detector de gilipollas de alta precisión que me había salvado de un reformatorio suizo, me había librado de casarme con un podólogo en el armario, y, de paso, me había dejado el camino libre para disfrutar de un arquitecto arruinado, pero honesto. Y en Barcelona, encontrar a alguien honesto es mucho más difícil que encontrar un piso barato. Y yo acababa de ganar la lotería.