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Ella Solo Quería Ser Amada En Barcelona Pero Su MADRE OCULTABA Una INTENCIÓN OSCURA Que Su Sexto Sentido REVELÓ

Ella Solo Quería Ser Amada En Barcelona Pero Su MADRE OCULTABA Una INTENCIÓN OSCURA Que Su Sexto Sentido REVELÓ


PARTE 1: El don, la madre y el suegro con dientes de porcelana

Vivir en Barcelona tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Lo bueno: la arquitectura, el mar, las terrazas en Gràcia cuando empieza a asomar la primavera, y esa sensación constante de que estás en una ciudad que respira arte. Lo malo: el precio de los alquileres, los guiris en patinete eléctrico por las aceras, y el hecho de que, si tienes mi “pequeño problema”, salir a la calle es como intentar cruzar un campo de minas emocional.

Me llamo Lucía. Tengo veintiséis años, un máster en Historia del Arte que me sirve para decorar la pared de mi minúsculo piso en el Poble Sec, y una maldición. O un don, dependiendo de si le preguntas a un chamán o a mi psiquiatra, aunque a este último dejé de ir hace años.

Mi maldición es sencilla, pero agotadora: si te miro a los ojos durante más de tres segundos, sé exactamente qué estás tramando. No leo la mente como en las películas de Hollywood. No escucho voces susurrando secretos. Simplemente… lo veo. Veo tu intención más profunda, esa que intentas esconder detrás de una sonrisa educada o de un “buenos días”.

Descubrí esto cuando tenía siete años y miré a los ojos al frutero de mi barrio. El hombre, el señor Paco, siempre me daba una cereza de regalo. Era encantador. Pero un día, al mirarle fijamente, vi con una claridad pasmosa que su intención real no era ser amable, sino distraer a mi madre para cobrarle de más por unos melocotones que estaban a punto de pudrirse. Desde entonces, he desarrollado una habilidad olímpica para mirar al puente de la nariz de la gente, a sus frentes, a sus barbillas o, en el peor de los casos, al suelo. En Barcelona, ir mirando al suelo te asegura pisar alguna “sorpresa” canina, pero al menos te salva de saber que el chico tan mono del metro solo te está sonriendo porque quiere robarte la cartera.

Y luego está mi madre. Carmen.

Carmen es… una fuerza de la naturaleza. Si Barcelona fuera una persona, no sería Gaudí ni Serrat. Sería mi madre entrando en una tienda de Paseo de Gracia exigiendo hablar con el encargado porque la dependienta no le ha dicho “buenos días” con el tono adecuado. Mi madre vive por y para las apariencias. Para ella, el “qué dirán” no es una preocupación, es una religión.

El teléfono vibró en mi bolsillo mientras esquivaba a un grupo de turistas que le estaban haciendo fotos a una farola en l’Eixample. Era ella. Respiré hondo, mirando fijamente la pantalla antes de descolgar.

—¿Sí, mamá?

—¡Nena! —su voz resonó como un trueno envuelto en seda—. ¿Dónde te metes? Llevo llamándote toda la mañana.

—Estaba trabajando, mamá. En la galería. Ya sabes, ese sitio donde me pagan por explicarle a gente con mucho dinero por qué un lienzo en blanco cuesta lo mismo que un coche.

—Bah, tonterías. Escúchame bien, Lucía. Este domingo comemos todos juntos. He reservado en El Botafumeiro. A las dos y media. Y por Dios te lo pido, no vengas con esas pintas de perro flauta que me llevas últimamente.

—Mamá, es ropa vintage…

—Es ropa vieja, Lucía. Vieja y triste. Quiero que te pongas algo alegre. Y péinate. Arturo va a venir.

Ah, Arturo. El nuevo prometido. Mi madre se divorció de mi padre (un hombre que tenía la intensidad de un ficus y que huyó a un pueblo de la Costa Brava en cuanto pudo) hace cinco años. Desde entonces, ha estado buscando lo que ella llama “un compañero de vida”, que en idioma Carmen significa “un señor con un buen patrimonio, una casa en la Cerdanya y la capacidad de asentir a todo lo que yo diga”. Arturo cumplía todos los requisitos. Era un empresario del sector inmobiliario, unos diez años mayor que ella, con un bronceado perpetuo que gritaba “juego al golf los martes” y unos dientes tan blancos, grandes y artificiales que parecían teclas de un piano de pared.

—Vale, mamá. Iré. Arturo, qué bien. Qué ilusión.

—No uses ese tono irónico conmigo, jovencita. Arturo es un santo. Y está haciendo un gran esfuerzo por integrarse en la familia. Así que quiero que el domingo seas encantadora. Tu tía Pili también viene, y la tía Montse.

—¿Las tías también? Mamá, ¿qué celebramos? ¿Que por fin has conseguido que el ayuntamiento te ponga un banco a tu nombre?

—Celebramos que somos una familia unida, Lucía. ¿Es que una madre no puede querer agasajar a su única hija y a su futuro marido? Venga, te dejo, que tengo cita en la peluquería. A las dos y media. ¡Puntual!

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